jueves, julio 16, 2026
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Memorias del callejón del “Meao” y la calle de las notarias de la vieja Killa 

-leíamos “el ser y la nada” al vaivén de copas de ron blanco.

Yo no podría escribir una historia que no sea basada exclusivamente en experiencias personales“. Gabriel García Márquez. Dos Soledades.

Tengo edad para aventurarme a escribir memorias, un auténtico género literario y periodístico. Mis cuatro nietos lo certifican: soy abuelo y luzco blanca cabellera. O sea, tengo recuerdos de lo vivido como para contar, no sólo a nietos e hijos sino a las amistades divertidas y conservadas como, por qué no, a las nuevas generaciones de barranquilleros que, como yo, han crecido felices y agradecidos con esta tierra bañada por el Río Magdalena y saludada por el Caribe. mucho sol y muchas brisas.

Barranquilla, a esta hora de su historia urbana, no es única ni es una sola ciudad. Son muchas ciudades en una. Acá habitan distintos ambientes, en un sólo espíritu: el del killero… arrebatao. Uno de esos ambientes es el llamado centro. El Centro fue una especie de “ombligo” entre los barrios de arriba y de abajo. O sea, es la zona comercial que se formó en los alrededores de la Plaza de la Iglesia de San Nicolás de Tolentino. Plaza que presidió en los tiempos de mi primera juventud, ahora vivo la tercera, la estatua de Cristóbal Colón, el descubridor.

Ese sector de Barranquilla ha venido siendo intervenido, de unos años para acá, con el plausible interés de conservar su arquitectura. Pero fundamentalmente para rescatar la razón comercial de la ciudad, volviéndolo atractivo para las juventudes. regresar al centro es una buena política. Para ello, además de la conservación arquitectónica y el embellecimiento, es primordial entregar seguridad a la ciudadanía.

Entonces, en días reciente leí que la actual administración distrital ha “rescatado”, con colores, sabores y olores a caño, el famoso callejón del “meao”, ubicado paralelamente a la Plaza de San Nicolás. Y en ese rescate urbano-comercial se han ubicado negocios de comidas y abarrotes, dándole un ambiente colorido y simpático, como lo demuestran las fotografías de ese lugar que reviven recuerdos de la época moceril que lo transité con efervescencia juvenil.

De ellos, me acuerdo que siendo estudiante de bachillerato, inicios de la década de los años 70s del pasado siglo, en el Instituto “Agustín Nieto Caballero”, situado en el Barrio Abajo, iba con mis amigos Lácides García Detjen (QEPD) y Pedro Castellón Patiño, histórico docente de Uniatlántico, y con la compañía de nuestro profesor de Filosofía, el legendario Rafael Osorio Peña, cariñosamente llamados, por sus ex-alumnos, “EL Pollo Osorio”, a una de las cantinas ubicadas, para entonces, en el hoy adornado callejón del “meao“.

El profesor Osorio, que entonces lucia entre sus “guayos” medias de diferentes colores, una roja y otra amarilla, leía y nosotros respondíamos los pasajes leídos. Entre trago y trago, “a palo seco” fuimos comprendiendo por qué a Jean Paul le concedieron el Nobel de Literatura y Simone de Beauvoir y nueve mujeres más lo amaron con locura infinita.

Foto proporcionada por el autor.

La cita, a la que nos convocábamos, era los sábados en horas de la mañana. Es decir, horario del mercado doméstico. E íbamos a conversar, como cualquier grupo de tranquilos parroquianos, sobre filosofía, o sea, una extensión de las clases de “El Pollo” que, luego del Carnaval de París en el mayo del 68, abrazó las enseñanzas de Jean Paul Sartre, el filósofo más importante del existencialismo francés. La tertulia filosófica la hacíamos alrededor de una botella de ron blanco, licor cristalino, fabricado en la extinta Fábrica de Licores del Atlántico. bebida de machos. Llamado popularmente “GordoLobo”.

Recuerdo, como olvidar, que la conversación, semi-etílica, la desarrollábamos leyendo e interpretando las páginas abundantes del libro de Sartre “el ser y la nada“, en la edición de caratula azul mar de la editorial Losada. El profesor Osorio, que entonces lucia entre sus “guayos” medias de diferentes colores, una roja y otra amarilla, leía y nosotros respondíamos los pasajes leídos. Entre trago y trago, “a palo seco” fuimos comprendiendo por qué a Jean Paul le concedieron el Nobel de Literatura y Simone de Beauvoir y nueve mujeres más lo amaron con locura infinita.

Para llegar al callejón del “Meao” – no miao – hay que atravesar la Plaza o cruzar la llamada “calle de las notarías“, porque para esa época Barranquilla solo tenía, al parecer, un par de notarías: La primera y la segunda. Funcionaron en casonas pintadas de blanca cal mediterránea. En una, la del balcón “veintijuliero”, se desempeñaba el Dr. José Lacoraza Varela, quien más tarde fue rector de Uniatlántico. Es decir, el callejón, la calle y la plaza eran lo neurálgico del centro: corazón de la vieja Killa.

En una de las aceras de la calle de las notarías funcionó, para los años 50s, un hotel “putañero”, edificación hoy remodelada, donde Gabo, El Nobel colombiano, pernoctar sus noches y redactaba o imaginaba la columna “La jirafa“, que firmaba como septimus, y que publicaba el diario El Heraldo, cuya sede quedaba en la misma calle 33, pero pasando la plaza. Cuenta la leyenda que “Gabito“, como lo llamaban sus compadres, tertuliaba con las damas de la noche, quienes lo adoptaron como su vecino querido.

Ir a leer a Jean Paul Sartre, en las mañanas de los sábados de los 70s, en uno de los concurridos rincones del callejón del “Meao“, después de atravesar, como peatón, la Plaza de San Nicolás, que era un “San Andresito multicolor”, o la calle de las notarías, sin ningún temor de atraco o empujones, libro en mano, dibuja una escena de lo que era aquella Barranquilla: “el mejor vividero del mundo“, como nos gustaba llamar a nuestra querida ciudad. Rescatar ese centro debe ser un esfuerzo ciudadano, siempre y cuando se brinde seguridad al transeúnte. Es hora de pensar la ciudad en paz.

La Próxima: Padres & Hijos: Las responsabilidades.

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