Cuando la plaza de soledad era una fiesta

¿Quién en ciudad trocó mi caserío?

Porfirio Barba Jacob

Usted no me lo está preguntando, pero jamás cambiaría esta plaza de ahora por la plaza que todavía está fresca en la memoria de mi infancia. Quizás no lo recuerdes, o nunca te detuviste en los detalles, o de pronto es que eres muy joven y nadie te ha contado lo que muchos de mi generación vivimos y sentimos en la plaza principal de Soledad, cuando este municipio – hoy con ansias de ciudad – apenas contaba treinta calles y treinta y seis carreras. Soledad era un rectángulo delimitado al oriente por el ímpetu de un río caudalosos y alegre que la atravesaba en su camino, buscando el mar, y, al occidente, la calle treinta, una vía en mal estado, llena de huecos, piedras y polvo, por donde transitaban los buses de los municipios de la zona río: Malambo, Santo Tomás, Sabanagrande, Palmar de Varela, Campo de la Cruz, Suán, hacia Barranquilla, y viceversa. Los otros límites, al sur, con el viejo aeropuerto Ernesto Cortizo y, al norte del municipio, la Casa Azul, una casa – prostíbulo, silenciosa y acogedora, íntima, en el barrio Porvenir, en la carrera treinta y seis con calle diecisiete en el imaginario de los soledeños todavía, pero que en realidad es la calle dieciocho. Bueno, pero volvamos a la plaza.

En la plaza estaba el Palacio Municipal, que aún persiste como testimonio del abandono de un patrimonio que nadie sabe qué hacer a pesar de su presencia majestuosa e imponente. Frente a palacio, estaba el parque con sus dos cañones celebrando el pasado; en el centro del mismo, la estatua de Bolívar resaltando la historicidad del municipio y el paso del Libertador. El parque no era gran cosa, pero era nuestro parque. Allí aprendimos a montar en bicicleta sin el temor de la velocidad de un automóvil, sin la compañía de los padres que nos autorizaran, y que nunca se dieron cuenta de nuestras caídas y raspones. Los cañones se convertían en caballos galopantes a través de la imaginación de los juegos, cuando aún éramos niños. Alrededor del parque unos bordillos de cemento hacían las veces de banca donde se sentaban las parejas a conversar y confesarse sentimientos eternos bajo el sello de un beso fugaz, la paranoia de un nerviosismo y el susto de ser sorprendidos por los padres de la novia cuya vigilancia siempre fue burlada por el anhelo y la pasión de un amor secreto.

Diagonal al parque estaba el Colegio Femenino Dolores María Ucrós. Las estudiantes que llegaban temprano se sentaban en los bordillos del parque, todas de blanco uniforme, inmaculadas, risueñas y soñadoras, con sus libros cargados en los brazos. Cuántas mujeres hermosas pasaron por allí en un itinerario de instantes y momentos fugaces. Recuerdo cada mañana, camino al colegio, el coqueteo distractor de la risa pícara y la mirada traviesa de las estudiantes celebrando el paso de los peatones mientras esperaban el toque de la campana de la escuela; eran mujeres cambiando su piel de niña y el ímpetu de las sensaciones de la adolescencia. Vestidas de blanco sus bellezas tenían un toque diáfano y mucha transparencia espiritual. El parque quedaba solo cuando los tañidos de la campana medieval dejaban de escucharse, dejándonos los aromas y perfumes respirados a plenitud; en los oídos el eco de las risas atrapadas; en la memoria, las imágenes del rubor aflorando a las mejillas. Todo era alegría y se alentaban los sueños, los deseos, la posibilidad del amor, la esperanza del encuentro cada día.

Más allá del parque estaba el Teatro Olimpia, llegado mucho antes que la televisión a nuestro pueblo. A través del cine fuimos conscientes de la existencia de Méjico y la serie de personajes en franca romería desfilando por nuestras retinas: Blue Demón, Santos, el Enmascarado de Plata; Luis y Toni Aguilar, Viruta y Capulina, Cantinflas; a Vicente Fernández exhibiéndose con sus canciones y el rol de vaquero justiciero y enamorador. También el cine nos recreó el oeste americano y los pistoleros acabando con los indígenas, matándolos para darle paso al caballo de acero, símbolo del progreso y el desarrollo, arrasando con el mundo cultural y religioso de los indios americanos. La vida de los pistoleros, sus duelos, venganzas, los pasquines de búsqueda señalando a los proscritos de la ley, ofreciendo un precio por sus cabezas, las persecuciones implacables de los caza recompensas. Con el cine aprendimos el terror infundidos por los vampiros, liderados por el Conde Drácula, y unas momias mejicanas que se levantaba de sus tumbas a cobrar venganza. No fue un cine con altas pretensiones culturales, pero nos permitió soñar al saber que más allá de lo local existían otros mundos donde la vida se vivía de múltiples maneras.

Recuerdo que, muy cercano al cine, detrás de la iglesia, la zapatería del Cubano y la tienda el Amigo del Pueblo, estaba el popular Pedro, al que todos llamábamos Pello, con las últimas caricaturas de Kalimán, el hombre increíble; Mandrake El Mago y su esposa Nadia, en compañía de su incondicional Lotario; Sekub de la selva, Memín, Educando a Papá. También nos traía las últimas novedades de Marcial Lafuente Estefanía, Silver Kane y Keith Luger. De alguna manera, muchos soledeños – estoy seguro de eso – hicieron el curso donde Pello; primero las caricaturas, después las novelas de aventuras de Estefanía sobre el Far West, junto con la prosa serena y equilibrada de Kane y Luger. Llegar a estos últimos autores era haber hecho el curso al pasar de la imagen divertida acompañada de textos hasta la prosa desprendida de la imagen, que hacía volar la imaginación de los lectores por las praderas del oeste, mientras leíamos escondidos en los recovecos de las paredes del viejo Cine Colón. Todo lo que veíamos en el Cine Olimpia lo corroborábamos allí en la biblioteca callejera y andante que nos traía Pello cada semana. Por esa misma época – sin la televisión en la intimidad de los hogares todavía – la radio desgranaba las novelas de Kalimán y Solín inmersos en universos misteriosos, llenos de aventuras. Pensándolo bien, creo que Pello fue para muchos de nosotros el primer bibliotecólogo que conocimos, ese era su rebusque, y para los viciosos de la lectura no importaba lo que nos cobraba y cuánto por las entretenidas caricaturas; al final, hay que reconocer que todo vicio implica un gasto que se hace con placer, y para muchos la lectura era un vicio donde se sacrificaban las meriendas de la semana y los ahorros guardados producto de tareas domésticas realizadas a algún vecino del barrio.

En la plaza estaba el Palacio Municipal, que aún persiste como testimonio del abandono de un patrimonio que nadie sabe qué hacer a pesar de su presencia majestuosa e imponente. Frente a palacio, estaba el parque con sus dos cañones celebrando el pasado; en el centro del mismo, la estatua de Bolívar resaltando la historicidad del municipio y el paso del Libertador. El parque no era gran cosa, pero era nuestro parque.

En el centro de la plaza estaba la iglesia, con su porte majestuoso apuntando al cielo, vigilante. Todos los sepelios en Soledad, antes de llegar al cementerio, recibían su último adiós bajo la severa mirada del padre Miranda durante el ritual de la misa. Con el tiempo nos acostumbramos al tañido de las campanas, éramos capaces de discernir los alegres llamados a los rituales de Semana Santa y las fiestas patronales; las tristes y melancólicas cuando había un muerto en el pueblo; las espaciadas y lúgubres acompañando los pasos de la romería, detrás del ataúd llevado en hombros, rumbo al camposanto. Dos personajes inolvidables acompañaban al difunto hasta su última morada: Alberto, El Bobo, caminando muy pegado al ataúd; su mirada extraña y dolorosa lo hacía verse disminuido, como si las campanas doblaran por él. Sonando el platón de butifarra y riéndose de la muerte con su eterno sentido del humor, Chibolito, mezclado entre la multitud, conversando, gracioso y carismático, enterándose dónde era el velorio y prometiendo el último repertorio de chistes como un paliativo a la tristeza.  

Alrededor de la iglesia estaba el atrio, encima de las gradas, o escalones.  Sábados, domingos y feriados el instinto gregario nos arrastraba hacia él a observar a las muchachas dar vueltas y vueltas. Cualquier sentido era bueno: andar en el sentido de las manecillas del reloj era una posibilidad, pero también la variante de hacerlo en sentido inverso tenía que ver con la atracción de una mirada penetrante e insistente, o la sonrisa que afloraba después de dar vueltas y vueltas, sin marearnos; asentir con la cabeza, o un breve saludo, guiñando un ojo, un piropo espontaneo e improvisado; detenerse a preguntar la hora, o el pretexto de ser presentado por una amiga, el papel doblado encubriendo una frase amable y entregado de manera subrepticia, burlando la vigilancia de los acompañantes adultos. Cuando nos aburríamos del cine siempre quedaba la opción de pasear alrededor del atrio de la iglesia para encontrarnos de nuevo con aquellos ojos misteriosos, las sonrisas fugaces, el breve gesto de interés de una mujer que había salido de misa, pero cuya intención era la búsqueda de un príncipe azul.

Debajo del atrio, frente a la puerta principal de la iglesia, al lado del colegio bachillerato de Soledad, había una placita donde jugábamos extenuantes partidos de bola de trapo, casi hasta las doce de la noche. Se concertaban citas entre los equipos de los diferentes barrios: Centro, Cachimbero, Matadero, Siete de Agosto, que se encontraban cerca de la plaza. Por esa época se disfrutaba de una plaza con piso de tierra y total ausencia de cemento. A este lugar, llegaban jóvenes y adultos, hombres y mujeres, de distintos barrios de Soledad, corriendo, o trotando, bajo la lluvia pertinaz, comportamiento este que alguna vez fue comentado por José Villarreal con una frase breve: “En Soledad sólo hay atletas de agua lluvia”. Mientras esto sucedía los niños jugaban con pelotas de caucho pateándolas, o lanzándolas; otros se aislaban en el mundo lúdico de la Peregrina, o rayuela – cuando ya había escampado –, trazando la figura sobre el suelo húmedo y saltando los cajones en un viaje de equilibrio dinámico y coordinación visomotora que iba de la tierra al cielo, según las reglas convenidas. El paisaje pueblerino de la plaza era una bella postal donde resplandecía la blancura de la iglesia, apuntando a las alturas, intentando tocar el cielo gris, lleno de agua todavía.

Frente al Teatro Olimpia había una casa majestuosa, que primero fue utilizada como Comisariato por la empresa Avianca, después se usó como sitio de esparcimiento y punto de encuentro para tomar cervezas y jugar billar con nombre propio y nuevo: los Billares de Santa Elena. Este billar fue academia para los principiantes y espacio de exhibición para los “tigres” – veteranos, en las dos modalidades: billar y buchacara.

La plaza principal, bella plaza de la infancia acogía a los advenedizos errantes de otros lares que andaban de fiesta en fiesta en los festejos patronales de los pueblos del Caribe. San Antonio de Padua, patrono de Soledad, fiesta celebrada en junio – junio trece – coincidía con las vacaciones de mitad de año. Por esa época romerías de personas con los itinerarios de fiestas patronales en las arrugas de sus rostros nos deleitaban con los juegos de azar y ruletas, las peleas de boxeo, los concursos variados que exhibían la fuerza y la resistencia de los participantes en halterofilia, carreras atléticas y la experticia de veteranos leñadores cortando troncos inmensos a punta de hachazos, la gastronomía de otras regiones en olorosos chorizos, morcillas, sancochos; los juegos pirotécnicos y la quemada de castillos inmensos; la demostración de fuerza de los pulseadores a ver quién era el mejor; la habilidad y destreza de un hombre anónimo subiendo veloz la vara de premio, engrasada y muy alta. Mientras eso acontecía en las fiestas patronales, quien esto escribe, era sólo un niño caminando entre la gente, observando asombrado, durante años, los mismos rostros curtidos de tristeza y coraje, los mismos concursos, la misma romería de gente viajando de pueblo en pueblo, de fiesta en fiesta. Toda esa gente llegaba con antelación, los primeros días de junio, armaban sus carpas, engrasaban las ruletas, ejercitando uno que otro acto novedoso. Todos en el municipio veíamos con asombro a estos trabajadores de las fiestas patronales, esforzándose por dar lo mejor de sí, idénticos a Melquiades cada vez que regresaba a Macondo gritando los nuevos inventos de la ciencia en el realismo mágico de Cien años de Soledad.

El pasado está vivo en la memoria y esta plaza que ahora contemplo nada tiene que ver con la que todavía sobrevive en mi imaginación, tal como sucedió con Porfirio Barba Jacob cuando pregunta y se pregunta extrañado, de vuelta a su pueblo, en su poema Regreso: ¿quién en ciudad trocó mi caserío? Y yo me pregunto: ¿Adónde se fueron las risas de las estudiantes vestidas de blanco que todos los días engalanaban el parque, esperando el llamado de la escuela?, ¿Dónde quedaron los cañones de la independencia que cuidaban el parque con seriedad profunda?, ¿Qué sucedió con el Teatro Olimpia que un día abrió nuestros sentidos y nos hizo soñar al ver otros mundos?, ¿A quién se le ocurrió pensar que las placas de cemento, que ocultaron la tierra húmeda y mojada por la lluvia, sobre la plaza era un vestigio del progreso?, ¿Qué fue del Loco Ahumada y sus secretos en el arte de hacer las bolas de trapo que tantas pasiones llevó a los barrios del municipio?, ¿Qué ha pasado con las vueltas sucesivas alrededor de la iglesia y los pasos que iban y venían de los jóvenes, encontrándose y desencontrándose aquellas noches de sábados y domingos?, ¿Qué se hicieron las extensas romerías que nos visitaban en cada celebración durante las fiestas de San Antonio?

Una última pregunta: ¿Alguna vez se preguntó a la gente del municipio si querían que el parque de la infancia continuara, o hacer borrón y cuenta nueva a partir de una obra sin memoria histórica?

4 thoughts on “Cuando la plaza de soledad era una fiesta

  1. Profe gracias por Recordarme sitios lugares inolvidables en mi vida.
    De mi querida y amada Soledad.
    Una vez más Gracias.
    Que Dios lo Bendiga y lo guarde hoy mañana y Siempre.

  2. Que bueno es que alguien con la mente lucida de este docente nos permita hacer un viaje hacia el pasado y ver nuevamente a través de de su elocuencia ese sitio tan emblemático como lo fue, y digo fue porque de aquella plaza que yo también conocí y visite infinidades de veces puesto que me gradué en el bachillerato, la plaza de Soledad. Gracias profe porque cerrando los ojos uno viaja nuevamente al pasado y se pasea por los sitios que aún, a pesar del tiempo, permanecen intactos en nuestra mente. Gracias profe, un fuerte abrazo y felicitaciones por su crónica de la otrora plaza de Soledad.

  3. Que bien profe como nos paseó en la historia de nuestra infancia y adolescencia, gratisimos recuerdos afloraron en mi memoria al degustar su escrito, solo le falto dar mención al famoso salón de baile en carnavales y luego convertido en salón de billares me refiero al “Salón REY SOY” al igual que el viejo edificio ubicado al lado del bachillerato masculino de soledad, jamás y nunca rescatado por administración alguna como patrimonio historico del pueblo Soledad.

  4. Wow. Sentí que realmente intenta expresar e ir más allá de lo que se Lee , lleva una historia tan profunda , llena de los sentimientos comunes del ser humano , pero más sobre la felicidad. A pesar que los tiempos de antes no tenía la tecnología avanzada (algo que actualmente es “el vivir de la juventud”) esta historia nos muestra sobre qué los jóvenes disfrutaban su adolescencia como tal , sin necesidad del uso tecnológico , ellos reían , bromeaban , disfrutaban , leían (no es muy común ya) , y simplemente se disfrutaba.
    Este relato me hizo sentir algo que no puedo expresar con palabras , se ven tan lindo , estructurado , y armonioso , al leerlo puedo sentir la melancolía con la que el escritor pudo haber redactado esto , y es un sentimiento tan hermoso , y esas cuestiones tan realistas. Literalmente me hace querer regresar a esos tiempos , cómo experimentación y deseo , quisiera saber cómo era este municipio antes de la “evolución” , y se que no me decepcionaría.

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