jueves, julio 16, 2026
Home Opinión Wencel Antonio Valega Ruiz Cuando la plaza de soledad era una fiesta

Cuando la plaza de soledad era una fiesta

¿Quién en ciudad trocó mi caserío?

Porfirio Barba Jacob

Usted no me lo está preguntando, pero jamás cambiaría esta plaza de ahora por la plaza que todavía está fresca en la memoria de mi infancia. Quizás no lo recuerdes, o nunca te detuviste en los detalles, o de pronto es que eres muy joven y nadie te ha contado lo que muchos de mi generación vivimos y sentimos en la plaza principal de Soledad, cuando este municipio – hoy con ansias de ciudad – apenas contaba treinta calles y treinta y seis carreras. Soledad era un rectángulo delimitado al oriente por el ímpetu de un río caudalosos y alegre que la atravesaba en su camino, buscando el mar, y, al occidente, la calle treinta, una vía en mal estado, llena de huecos, piedras y polvo, por donde transitaban los buses de los municipios de la zona río: Malambo, Santo Tomás, Sabanagrande, Palmar de Varela, Campo de la Cruz, Suán, hacia Barranquilla, y viceversa. Los otros límites, al sur, con el viejo aeropuerto Ernesto Cortizo y, al norte del municipio, la Casa Azul, una casa – prostíbulo, silenciosa y acogedora, íntima, en el barrio Porvenir, en la carrera treinta y seis con calle diecisiete en el imaginario de los soledeños todavía, pero que en realidad es la calle dieciocho. Bueno, pero volvamos a la plaza.

En la plaza estaba el Palacio Municipal, que aún persiste como testimonio del abandono de un patrimonio que nadie sabe qué hacer a pesar de su presencia majestuosa e imponente. Frente a palacio, estaba el parque con sus dos cañones celebrando el pasado; en el centro del mismo, la estatua de Bolívar resaltando la historicidad del municipio y el paso del Libertador. El parque no era gran cosa, pero era nuestro parque. Allí aprendimos a montar en bicicleta sin el temor de la velocidad de un automóvil, sin la compañía de los padres que nos autorizaran, y que nunca se dieron cuenta de nuestras caídas y raspones. Los cañones se convertían en caballos galopantes a través de la imaginación de los juegos, cuando aún éramos niños. Alrededor del parque unos bordillos de cemento hacían las veces de banca donde se sentaban las parejas a conversar y confesarse sentimientos eternos bajo el sello de un beso fugaz, la paranoia de un nerviosismo y el susto de ser sorprendidos por los padres de la novia cuya vigilancia siempre fue burlada por el anhelo y la pasión de un amor secreto.

Diagonal al parque estaba el Colegio Femenino Dolores María Ucrós. Las estudiantes que llegaban temprano se sentaban en los bordillos del parque, todas de blanco uniforme, inmaculadas, risueñas y soñadoras, con sus libros cargados en los brazos. Cuántas mujeres hermosas pasaron por allí en un itinerario de instantes y momentos fugaces. Recuerdo cada mañana, camino al colegio, el coqueteo distractor de la risa pícara y la mirada traviesa de las estudiantes celebrando el paso de los peatones mientras esperaban el toque de la campana de la escuela; eran mujeres cambiando su piel de niña y el ímpetu de las sensaciones de la adolescencia. Vestidas de blanco sus bellezas tenían un toque diáfano y mucha transparencia espiritual. El parque quedaba solo cuando los tañidos de la campana medieval dejaban de escucharse, dejándonos los aromas y perfumes respirados a plenitud; en los oídos el eco de las risas atrapadas; en la memoria, las imágenes del rubor aflorando a las mejillas. Todo era alegría y se alentaban los sueños, los deseos, la posibilidad del amor, la esperanza del encuentro cada día.

Más allá del parque estaba el Teatro Olimpia, llegado mucho antes que la televisión a nuestro pueblo. A través del cine fuimos conscientes de la existencia de Méjico y la serie de personajes en franca romería desfilando por nuestras retinas: Blue Demón, Santos, el Enmascarado de Plata; Luis y Toni Aguilar, Viruta y Capulina, Cantinflas; a Vicente Fernández exhibiéndose con sus canciones y el rol de vaquero justiciero y enamorador. También el cine nos recreó el oeste americano y los pistoleros acabando con los indígenas, matándolos para darle paso al caballo de acero, símbolo del progreso y el desarrollo, arrasando con el mundo cultural y religioso de los indios americanos. La vida de los pistoleros, sus duelos, venganzas, los pasquines de búsqueda señalando a los proscritos de la ley, ofreciendo un precio por sus cabezas, las persecuciones implacables de los caza recompensas. Con el cine aprendimos el terror infundidos por los vampiros, liderados por el Conde Drácula, y unas momias mejicanas que se levantaba de sus tumbas a cobrar venganza. No fue un cine con altas pretensiones culturales, pero nos permitió soñar al saber que más allá de lo local existían otros mundos donde la vida se vivía de múltiples maneras.

Recuerdo que, muy cercano al cine, detrás de la iglesia, la zapatería del Cubano y la tienda el Amigo del Pueblo, estaba el popular Pedro, al que todos llamábamos Pello, con las últimas caricaturas de Kalimán, el hombre increíble; Mandrake El Mago y su esposa Nadia, en compañía de su incondicional Lotario; Sekub de la selva, Memín, Educando a Papá. También nos traía las últimas novedades de Marcial Lafuente Estefanía, Silver Kane y Keith Luger. De alguna manera, muchos soledeños – estoy seguro de eso – hicieron el curso donde Pello; primero las caricaturas, después las novelas de aventuras de Estefanía sobre el Far West, junto con la prosa serena y equilibrada de Kane y Luger. Llegar a estos últimos autores era haber hecho el curso al pasar de la imagen divertida acompañada de textos hasta la prosa desprendida de la imagen, que hacía volar la imaginación de los lectores por las praderas del oeste, mientras leíamos escondidos en los recovecos de las paredes del viejo Cine Colón. Todo lo que veíamos en el Cine Olimpia lo corroborábamos allí en la biblioteca callejera y andante que nos traía Pello cada semana. Por esa misma época – sin la televisión en la intimidad de los hogares todavía – la radio desgranaba las novelas de Kalimán y Solín inmersos en universos misteriosos, llenos de aventuras. Pensándolo bien, creo que Pello fue para muchos de nosotros el primer bibliotecólogo que conocimos, ese era su rebusque, y para los viciosos de la lectura no importaba lo que nos cobraba y cuánto por las entretenidas caricaturas; al final, hay que reconocer que todo vicio implica un gasto que se hace con placer, y para muchos la lectura era un vicio donde se sacrificaban las meriendas de la semana y los ahorros guardados producto de tareas domésticas realizadas a algún vecino del barrio.

En la plaza estaba el Palacio Municipal, que aún persiste como testimonio del abandono de un patrimonio que nadie sabe qué hacer a pesar de su presencia majestuosa e imponente. Frente a palacio, estaba el parque con sus dos cañones celebrando el pasado; en el centro del mismo, la estatua de Bolívar resaltando la historicidad del municipio y el paso del Libertador. El parque no era gran cosa, pero era nuestro parque.

En el centro de la plaza estaba la iglesia, con su porte majestuoso apuntando al cielo, vigilante. Todos los sepelios en Soledad, antes de llegar al cementerio, recibían su último adiós bajo la severa mirada del padre Miranda durante el ritual de la misa. Con el tiempo nos acostumbramos al tañido de las campanas, éramos capaces de discernir los alegres llamados a los rituales de Semana Santa y las fiestas patronales; las tristes y melancólicas cuando había un muerto en el pueblo; las espaciadas y lúgubres acompañando los pasos de la romería, detrás del ataúd llevado en hombros, rumbo al camposanto. Dos personajes inolvidables acompañaban al difunto hasta su última morada: Alberto, El Bobo, caminando muy pegado al ataúd; su mirada extraña y dolorosa lo hacía verse disminuido, como si las campanas doblaran por él. Sonando el platón de butifarra y riéndose de la muerte con su eterno sentido del humor, Chibolito, mezclado entre la multitud, conversando, gracioso y carismático, enterándose dónde era el velorio y prometiendo el último repertorio de chistes como un paliativo a la tristeza.  

Alrededor de la iglesia estaba el atrio, encima de las gradas, o escalones.  Sábados, domingos y feriados el instinto gregario nos arrastraba hacia él a observar a las muchachas dar vueltas y vueltas. Cualquier sentido era bueno: andar en el sentido de las manecillas del reloj era una posibilidad, pero también la variante de hacerlo en sentido inverso tenía que ver con la atracción de una mirada penetrante e insistente, o la sonrisa que afloraba después de dar vueltas y vueltas, sin marearnos; asentir con la cabeza, o un breve saludo, guiñando un ojo, un piropo espontaneo e improvisado; detenerse a preguntar la hora, o el pretexto de ser presentado por una amiga, el papel doblado encubriendo una frase amable y entregado de manera subrepticia, burlando la vigilancia de los acompañantes adultos. Cuando nos aburríamos del cine siempre quedaba la opción de pasear alrededor del atrio de la iglesia para encontrarnos de nuevo con aquellos ojos misteriosos, las sonrisas fugaces, el breve gesto de interés de una mujer que había salido de misa, pero cuya intención era la búsqueda de un príncipe azul.

Debajo del atrio, frente a la puerta principal de la iglesia, al lado del colegio bachillerato de Soledad, había una placita donde jugábamos extenuantes partidos de bola de trapo, casi hasta las doce de la noche. Se concertaban citas entre los equipos de los diferentes barrios: Centro, Cachimbero, Matadero, Siete de Agosto, que se encontraban cerca de la plaza. Por esa época se disfrutaba de una plaza con piso de tierra y total ausencia de cemento. A este lugar, llegaban jóvenes y adultos, hombres y mujeres, de distintos barrios de Soledad, corriendo, o trotando, bajo la lluvia pertinaz, comportamiento este que alguna vez fue comentado por José Villarreal con una frase breve: “En Soledad sólo hay atletas de agua lluvia”. Mientras esto sucedía los niños jugaban con pelotas de caucho pateándolas, o lanzándolas; otros se aislaban en el mundo lúdico de la Peregrina, o rayuela – cuando ya había escampado –, trazando la figura sobre el suelo húmedo y saltando los cajones en un viaje de equilibrio dinámico y coordinación visomotora que iba de la tierra al cielo, según las reglas convenidas. El paisaje pueblerino de la plaza era una bella postal donde resplandecía la blancura de la iglesia, apuntando a las alturas, intentando tocar el cielo gris, lleno de agua todavía.

Frente al Teatro Olimpia había una casa majestuosa, que primero fue utilizada como Comisariato por la empresa Avianca, después se usó como sitio de esparcimiento y punto de encuentro para tomar cervezas y jugar billar con nombre propio y nuevo: los Billares de Santa Elena. Este billar fue academia para los principiantes y espacio de exhibición para los “tigres” – veteranos, en las dos modalidades: billar y buchacara.

La plaza principal, bella plaza de la infancia acogía a los advenedizos errantes de otros lares que andaban de fiesta en fiesta en los festejos patronales de los pueblos del Caribe. San Antonio de Padua, patrono de Soledad, fiesta celebrada en junio – junio trece – coincidía con las vacaciones de mitad de año. Por esa época romerías de personas con los itinerarios de fiestas patronales en las arrugas de sus rostros nos deleitaban con los juegos de azar y ruletas, las peleas de boxeo, los concursos variados que exhibían la fuerza y la resistencia de los participantes en halterofilia, carreras atléticas y la experticia de veteranos leñadores cortando troncos inmensos a punta de hachazos, la gastronomía de otras regiones en olorosos chorizos, morcillas, sancochos; los juegos pirotécnicos y la quemada de castillos inmensos; la demostración de fuerza de los pulseadores a ver quién era el mejor; la habilidad y destreza de un hombre anónimo subiendo veloz la vara de premio, engrasada y muy alta. Mientras eso acontecía en las fiestas patronales, quien esto escribe, era sólo un niño caminando entre la gente, observando asombrado, durante años, los mismos rostros curtidos de tristeza y coraje, los mismos concursos, la misma romería de gente viajando de pueblo en pueblo, de fiesta en fiesta. Toda esa gente llegaba con antelación, los primeros días de junio, armaban sus carpas, engrasaban las ruletas, ejercitando uno que otro acto novedoso. Todos en el municipio veíamos con asombro a estos trabajadores de las fiestas patronales, esforzándose por dar lo mejor de sí, idénticos a Melquiades cada vez que regresaba a Macondo gritando los nuevos inventos de la ciencia en el realismo mágico de Cien años de Soledad.

El pasado está vivo en la memoria y esta plaza que ahora contemplo nada tiene que ver con la que todavía sobrevive en mi imaginación, tal como sucedió con Porfirio Barba Jacob cuando pregunta y se pregunta extrañado, de vuelta a su pueblo, en su poema Regreso: ¿quién en ciudad trocó mi caserío? Y yo me pregunto: ¿Adónde se fueron las risas de las estudiantes vestidas de blanco que todos los días engalanaban el parque, esperando el llamado de la escuela?, ¿Dónde quedaron los cañones de la independencia que cuidaban el parque con seriedad profunda?, ¿Qué sucedió con el Teatro Olimpia que un día abrió nuestros sentidos y nos hizo soñar al ver otros mundos?, ¿A quién se le ocurrió pensar que las placas de cemento, que ocultaron la tierra húmeda y mojada por la lluvia, sobre la plaza era un vestigio del progreso?, ¿Qué fue del Loco Ahumada y sus secretos en el arte de hacer las bolas de trapo que tantas pasiones llevó a los barrios del municipio?, ¿Qué ha pasado con las vueltas sucesivas alrededor de la iglesia y los pasos que iban y venían de los jóvenes, encontrándose y desencontrándose aquellas noches de sábados y domingos?, ¿Qué se hicieron las extensas romerías que nos visitaban en cada celebración durante las fiestas de San Antonio?

Una última pregunta: ¿Alguna vez se preguntó a la gente del municipio si querían que el parque de la infancia continuara, o hacer borrón y cuenta nueva a partir de una obra sin memoria histórica?

RELATED ARTICLES

Edumas, Interaseo y comunidad recuperan el parque del barrio La María en Soledad

La Alcaldía de Soledad, en articulación con Edumas, Interaseo y la comunidad, lideró una jornada integral de limpieza y mantenimiento que permitió...

Casos de dengue caen un 76 % en Soledad: Secretaría de Salud alerta por temporada crítica de mosquitos

Soledad logró reducir en un 76 % los casos de dengue gracias a las estrategias de prevención lideradas por la Secretaría de...

La transformación de la calle 25B del barrio Ferrocarril mejora la calidad de vida de cientos de familias en Soledad

La calle cuanta con su sistema de redes de acueductos y alcantarillados renovados. Hoy se ha convertido en un...

4 COMMENTS

  1. Profe gracias por Recordarme sitios lugares inolvidables en mi vida.
    De mi querida y amada Soledad.
    Una vez más Gracias.
    Que Dios lo Bendiga y lo guarde hoy mañana y Siempre.

  2. Que bueno es que alguien con la mente lucida de este docente nos permita hacer un viaje hacia el pasado y ver nuevamente a través de de su elocuencia ese sitio tan emblemático como lo fue, y digo fue porque de aquella plaza que yo también conocí y visite infinidades de veces puesto que me gradué en el bachillerato, la plaza de Soledad. Gracias profe porque cerrando los ojos uno viaja nuevamente al pasado y se pasea por los sitios que aún, a pesar del tiempo, permanecen intactos en nuestra mente. Gracias profe, un fuerte abrazo y felicitaciones por su crónica de la otrora plaza de Soledad.

  3. Que bien profe como nos paseó en la historia de nuestra infancia y adolescencia, gratisimos recuerdos afloraron en mi memoria al degustar su escrito, solo le falto dar mención al famoso salón de baile en carnavales y luego convertido en salón de billares me refiero al “Salón REY SOY” al igual que el viejo edificio ubicado al lado del bachillerato masculino de soledad, jamás y nunca rescatado por administración alguna como patrimonio historico del pueblo Soledad.

  4. Wow. Sentí que realmente intenta expresar e ir más allá de lo que se Lee , lleva una historia tan profunda , llena de los sentimientos comunes del ser humano , pero más sobre la felicidad. A pesar que los tiempos de antes no tenía la tecnología avanzada (algo que actualmente es “el vivir de la juventud”) esta historia nos muestra sobre qué los jóvenes disfrutaban su adolescencia como tal , sin necesidad del uso tecnológico , ellos reían , bromeaban , disfrutaban , leían (no es muy común ya) , y simplemente se disfrutaba.
    Este relato me hizo sentir algo que no puedo expresar con palabras , se ven tan lindo , estructurado , y armonioso , al leerlo puedo sentir la melancolía con la que el escritor pudo haber redactado esto , y es un sentimiento tan hermoso , y esas cuestiones tan realistas. Literalmente me hace querer regresar a esos tiempos , cómo experimentación y deseo , quisiera saber cómo era este municipio antes de la “evolución” , y se que no me decepcionaría.

LEAVE A REPLY

Please enter your comment!
Please enter your name here

- Advertisment -

Most Popular

Edumas, Interaseo y comunidad recuperan el parque del barrio La María en Soledad

La Alcaldía de Soledad, en articulación con Edumas, Interaseo y la comunidad, lideró una jornada integral de limpieza y mantenimiento que permitió...

Casos de dengue caen un 76 % en Soledad: Secretaría de Salud alerta por temporada crítica de mosquitos

Soledad logró reducir en un 76 % los casos de dengue gracias a las estrategias de prevención lideradas por la Secretaría de...

La transformación de la calle 25B del barrio Ferrocarril mejora la calidad de vida de cientos de familias en Soledad

La calle cuanta con su sistema de redes de acueductos y alcantarillados renovados. Hoy se ha convertido en un...

Más de 300 niños participaron en FestiPaz, el festival que promueve la paz y la convivencia en Soledad

Más de 300 niños y adolescentes de Soledad disfrutaron de FestiPaz, un festival que combinó arte, deporte, música y recreación para promover...

Recent Comments

PEDRO CONRADO CUDRIZ on Diario para mitigar tu ausencia
Julio Lobelo Fernández on Las casas de mi barrio
Liseth Arciniegas on Las casas de mi barrio
PEDRO CONRADO CUDRIZ on Esa necesidad de respirar un aire nuevo
Ricardo Sandoval on Mi ángel y los sueños de lucía
Wencel Antonio Valega on Un breve sumario sobre lo critico
Ricardo Sandoval on Eterno instante de amor
Ricardo Sandoval on Entre instantes y brevedades
Wencel Antonio Valega on Inteligencia artificial y redes sociales
Luis Padilla Drago on Cavilaciones sobre la muerte
Jorge Alfredo Chiquillo Carrillo on Inteligencia artificial y redes sociales
Luis Vslega on La casa de los viejos
Ricardo Sandoval on El arte de tomar apuntes
Victoria Valega R. on La casa de los viejos
Ricardo Sandoval on Hace un mes… todo quedó ahí
Ricardo Sandoval on El fútbol y su filosofía
Milton Gomez on El fútbol y su filosofía
Eduardo Mejia on El fútbol y su filosofía
PEDRO CONRADO CUDRIZ on El hombre rebelde
Ricardo Sandoval on Serendipia y anestesia
Ricardo Sandoval on Aprendiendo a envejecer
Ricardo Sandoval on El hombre rebelde
Carlos E G. Arana on La memoria de la amistad
PEDRO CONRADO CUDRIZ on El suicidio en la literatura
Karen Escorcia on El suicidio en la literatura
Carlos Alberto Justiz Prieto on El legado espiritual de John Newton
Wence Valega on Homenaje al amor
Nelly Valecillos Gómez on El legado espiritual de John Newton
Carlos Alberto Justiz Prieto on Marrugo entre oleajes y versos del Caribe
PEDRO CONRADO CUDRIZ on Cuentan que Willis
Carlos Alberto Justiz Prieto on Los Llinás: la saga continua
Carlos Alberto Justiz Prieto on La práctica de las virtudes a través del tiempo
Wencel Antonio Valega Ruiz on El Burnout un Síndrome que afecta al docente
Santiago Cervantes on Inobasol, testigo mudo de Soledad
Birleidys de la hoz on Inobasol, testigo mudo de Soledad
Nohelia Figueroa on Inobasol, testigo mudo de Soledad
Yaser De la Hoz on Exilios y regresos
María Fernanda Gamero Moreno on Inobasol, reconocimiento y gratitud
Hernando Jose Hernandez Leal on El Burnout un Síndrome que afecta al docente
Carlos Justiz Prieto on Lecciones educativas del pasado
Donaldo Rada Martínez on Inobasol, testigo mudo de Soledad
Donaldo Rada Martínez on Inobasol, testigo mudo de Soledad
PEDRO CONRADO CUDRIZ on Sobre la lectura y la escritura
Martha Cabana Jamette on Los Llinás: la saga continua
Jorge Enrique Barrios Peña on Lecciones educativas del pasado
Wencel Antonio Valega on Lecciones educativas del pasado
PEDRO CONRADO CUDRIZ on Inobasol, reconocimiento y gratitud
PEDRO CONRADO CUDRIZ on Sobre el hablar y escuchar
PEDRO CONRADO CUDRIZ on  ¿Quién soy? Después del trabajo
PEDRO CONRADO CUDRIZ on El arte de ver las cosas
Emperatriz on Travesía de la lectura
PEDRO CONRADO CUDRIZ on El castigo de Falcao
Wencel Antonio Valega Ruiz on El castigo de Falcao
Pedro Conrado Cúdriz on Travesía de la lectura
Wencel Antonio Valega Ruiz on Entre la verdad y la posverdad
Wencel Antonio Valega on Todos tenemos nuestro sambenito
PEDRO CONRADO CUDRIZ on Una semblanza de papá
Wencel Antonio Valega Ruiz on Procusto: la envidia que limita
Boris Enrique De la Hoz cárcamo on Procusto: la envidia que limita
Wencel Antonio Valega on Ha partido el último moralista
PEDRO CONRADO CUDRIZ on Caminantes
mario Escorcia García on Ha partido el último moralista
Carlos Alberto Justiz Prieto on Hacia una educación con calidad
Wencel Antonio Valega on Hacia una educación con calidad
Jorge Alfredo Chiquillo Carrillo on Hacia una educación con calidad
Monica Coronado on En el día del maestro
jose luis valega navarro on Evocando a mamá
PEDRO CONRADO CUDRIZ on ¿Para qué nos reunimos?
Alexander de Jesús Vega Lugo on La educación y su crisis
wencel antonio valega ruiz on La educación y su crisis
Janeth Saker Garcia on La educación y su crisis
Jorge Enrique Barrios Peña on La educación y su crisis
Roque Vizcaino Barros on ¿Por qué siempre hablamos de libros?
Pedro E Conrado Cúdriz on ¿Por qué siempre hablamos de libros?
Jorge Isaac Consuegra Palma on El complejo oficio de ser maestro
wencel antonio valega ruiz on El hombre un ser con capacidad de paz
Álvaro Pérez Cardozo on La ética de la razón cordial
Wencel Antonio Valega on La ética de la razón cordial
Pedro Conrado Cúdriz on Fotografía
Janeth Saker Garcia on Justicia: hacemos lo que debemos
Wencel Antonio Valega on Modernidad y democracia
Mercedes sandoval on Justicia: hacemos lo que debemos
Rodolfo Hernández Pulgar on Perspectivas sobre el amor
Luis Escobar Camargo on Perspectivas sobre el amor
Larrys Fontalvo Rodríguez on Apuntes de Educación Física I
Pedro Conrado Cúdriz on Apuntes de Educación Física I
Emperatriz Salazar on El negro Hooker 
Wencel Antonio Valega on Coeficiente
Wencel Antonio Valega on Coeficiente
Alejandro Solano Gutiérrez de Piñeres on Coeficiente
Pedro Conrado Cúdriz on Coeficiente
wencel antonio valega ruiz on Vicisitudes de un maestro de escuela
Manuel Pianeta on Tristeza de Carnaval
Pedro Conrado on Tristeza de Carnaval
MANUEL PIANETA CALVO on Inobasol, testigo mudo de Soledad
Rafael De Jesus Torres Huertas on Inobasol, testigo mudo de Soledad
JOSE MACHADO YEPES on Inobasol, testigo mudo de Soledad
Sagrario Vargas, on Clínica bautista. Añoranzas
Carlos Alberto Justiz Prieto on Pedagogía para la paz
Nairo José Cavieles Rojas, Ph.D. on Pedagogía para la paz
Pedro Conrado Cúdriz on Agonía en el parque
Xiomara Escobar on Pedagogía para la paz
Jatzen Ricardo Guzmán Cusis on Pedagogía para la paz
Buenaventura Russeau on Pedagogía para la paz
Pedro Conrado Cúdriz on Poemas De Invierno
PEDRO CONRADO CUDRIZ on WhatsApeando
PEDRO CONRADO CUDRIZ on Sofía quiere ser
PEDRO CONRADO CUDRIZ on El hombre del semáforo
Mabel Luz Fuentes Pantoja on Zaqui, siempre titular
Carlos E G. Arana on Halloween con Edgar Allan Poe
Yaneth Caña on Maestras de infancia
wencel antonio valega ruiz on Maestras de infancia
Mabel Luz Fuentes Pantoja on Maestras de infancia
César Augusto Lamadrid Martínez. on Fermín Zurbarán. Un grande de la cirugía 
PEDRO E CONRADO CUDRIZ on Sin rencores
Duperlis Salcedo on Andar en malos pasos
Wencel Valega on La empatía en la literatura
PEDRO E CONRADO CUDRIZ on La empatía en la literatura
Ademir on Sobre la amistad
Douglas Maza G. on ¿Qué hay de la biblioteca?
Duperlis Salcedo on Sobre la amistad
jose luis valega navarro on Zacarías en prosa y poesía
Pedro Conrado Cudriz on Diario de viaje
Mabel Luz Fuentes Pantoja on Retratos
Raul "cuco" on Retratos
Nicolás Javier Corena Guerra on Inobasol, sagrado manantial
Mauricio Díaz on Inobasol, sagrado manantial
Alirys Jaraba Gutiérrez on Inobasol, sagrado manantial
Edwin José Sandoval Africano on Inobasol, sagrado manantial
Edwin José Sandoval Africano on Inobasol, sagrado manantial
PEDRO E CONRADO CUDRIZ on La ingenuidad de la nostalgia
Duperlis Salcedo on El vendedor de camisetas
Luis Valega on Homenaje a papá 
Luis Caicedo on Homenaje a papá 
Duperlis Salcedo on Homenaje a papá 
PEDRO E CONRADO CUDRIZ on Homenaje a papá 
Alirys Jaraba Gutiérrez on Adiós al Boni Martínez
PEDRO E CONRADO CUDRIZ on Salvavidas
PEDRO E CONRADO CUDRIZ on Naty
Duperlis Salcedo on Nostalgia de ciudad
Libardo Rafael De Oro on Nostalgia de ciudad
Pedro Conrado Cudriz on Juegos de la memoria
Nadin castro mejia on Apuntes de viaje
PEDRO CONRADO CÚDRIZ on Educación perruna
Libardo Rafael De Oro on Educación perruna
Pedro Conrado Cúdriz on Viacrucis de un maestro
Manuel Julián pianeta on Inicio de un periplo
Jose Rodriguez Acosta. on Fútbol de mujeres
Rafael Barceló rodriguez on Fútbol, Respeto y Pasión en Madrid
Manuel Julián pianeta on Gutiérrez
Ismael on Ritual de amor
Jorge Isaac Consuegra Palma on Evocando Maestros
Ismael Arzuza on Diario de un abuelo
Katherine Cepeda on Diario de un abuelo
Victoria Valega R. on Amada Soledad
Manuel Julián pianeta on El amor de Lucas
Hola on Un día normal
Manuel Julián pianeta on Amada Soledad
Maseralix Barcelo oviedo on Amada Soledad
Diana Marcela Camacho pardo on Si tú me olvidas
Martha Valega. on Calle soledeña
Francisco Alfredo Pacheco Amador on La cama y el libro
Wencel Valega on La cama y el libro
Alejandro Solano Gutiérrez de Piñeres on El mandato de la reina
José Manuel Villarreal Gravini on El Pelé que conocí
Josefa miranda castro on El Pelé que conocí
Roque Vizcaino Barros. on ¿Por dónde anda, Marcelino?
Libardo Rafael De Oro on Deporte y política en Colombia
Margarita Matta on El Agua Potable, Un Derecho
José Manuel Villarreal Gravini on Cuestionado Mundial de Fútbol de Qatar
José Manuel Villarreal Gravini on Cuestionado Mundial de Fútbol de Qatar
Javier Reales on La aventura de jubilarse
Santiago Ruiz Buitrago on Sentimiento caribe
javier jiménez on De putas y prostitutas
Mabel Janet Flórez Fernández on El drama de escribir ensayos en la universidad
Mabel Janet Flórez Fernández on El drama de escribir ensayos en la universidad
Laureano Salas Marquez on Sobre partidas y regresos
Einstein on En un lugar de Europa
Ademir Santiago on Casa de la memoria
Alejandro Solano Gutiérrez de Piñeres on Ser hombre
Osvaldo Cáliz Peña on Don de la inconformidad
Martha Isabel Calderón on ¿Recibir amor o darlo? el amor propio
Alejandro Solano Gutiérrez de Piñeres on El hombre
Alexander Ortiz Ocaña on Configuración del cerebro fetal
Aldemar Guerra Castillo on En un lugar de Europa
Nadin castro mejia on En un lugar de Europa
rodolfo cano on Equivalentes suicidas
Heriberto Vargas viloria on Jubiloso ochentón
Nicolàs. Hernández on De la alegría de leer y escribir
Luis Valega on Homenaje a las palabras
Alejandro Solano Gutiérrez de Piñeres on Homenaje a las palabras
Ricardo Sevilla Mercado on Homenaje a las palabras
CARLOS ENRIQUE GONZALEZ ARANA on Homenaje a las palabras
Francisco Arzuza on Ser abuelo en el siglo XXI
Pedro Conrado Cudriz on Ser abuelo en el siglo XXI
Francisco Alfredo Pacheco Amador on Infancia y vejez: ambas deben ser consentidas
Roque Vizcaino Barros. on Viajando en búsqueda de mi identidad
Joel Marchena Cantillo on Cuando la plaza de soledad era una fiesta
Juan Sandoval Alvarino. on Cuando la plaza de soledad era una fiesta
Antonio Campo Peña on Viajando en búsqueda de mi identidad
Rafael Villarreal Noriega on Viajando en búsqueda de mi identidad
Francisco Alfredo Pacheco Amador on Las redes sociales no son periodismo
Milagro on Ídolos de barro
Margarita Rosa Matta Gómez on ¿Tiene Usted fiebre?
Francisco Alfredo Pacheco Amador on Silencios y soledades nutren de amor el vivir bien
Octavio Augusto De La Hoz Ordóñez on No digas todo lo que sabes
Francisco Alfredo Pacheco Amador on La amistad amorosa
Nairoby Rodríguez on El Turco Farid
Silvia Valencia Martínez on Lecciones de la pandemia
Max R. Peña on Fumar pasó de moda
NELSON MANUEL ORTIZ SANTOS on Propuestas para dar el salto 2: La Mentalidad
Teobaldo Coronado Hurtado on Propuestas para dar el salto 2: La Mentalidad
William Baca Orozco. on Todos tenemos voz
Esther Gonzalez Pabon on Ludopatía: adicción al juego
Francisco Alfredo Pacheco Amador on Democracias y li-be-rt-ad-es
Paul Jesus Marchena Cantillo on Dos rescates, una recompensa
Teobaldo Coronado Hurtado on Las muertes de cada día no tienen madre.
Yunelis Lopez Vargas on Un trabajador de la Salud
Isabel Baca Ruiz on Un trabajador de la Salud
Betty Cantillo de Gill on La Respiración
Marcos Gill on La Respiración
Wencel Valega on La Respiración
Ricardo Iglesias on La Respiración
Isabel Baca Ruiz on La Respiración
Sandra Márquez on NO Hay Picos, Hay Pandemia
Rosario Morales on NO Hay Picos, Hay Pandemia
Roberto González on QUÉ OCURRE EN NUESTRA ALMA MATER?
Esther Sofía Pereira Lopez on QUÉ OCURRE EN NUESTRA ALMA MATER?
Marta Donado Villarreal on Un Dolor De Cabeza
Armando Puello on Un Dolor De Cabeza
Jaime Rosales on Un Dolor De Cabeza
Silvia fabregas on Un Dolor De Cabeza
Alvaro Fabregas on Un Dolor De Cabeza
Isabel Baca Ruiz on Un Dolor De Cabeza
César Augusto Lamadrid Martínez on EL LIBRO DE PAPEL VS EL LIBRO DIGITAL.
Sandra Marquez on Ojo con sus ojos (II Parte)
Esther Sofia Pereira López on DE NIETOS Y ABUELOS
Teobaldo Coronado Hurtado on DE NIETOS Y ABUELOS
Diana Crespo Rodriguez on El propósito de la vida es vivir
Wilfrido Gómez on INSPIRACIÓN
Luis Espinoza Figueroa on INSPIRACIÓN
Erly Charles Paternina Hernández on INSPIRACIÓN
Jaime rosales on INSPIRACIÓN
Rafa nigrinis on El imperio de los sentidos
GREGORIO GREGORY on Dónde están mis juguetes?
Erly Charles Paternina Hernández on El imperio de los sentidos
Yexica Africano Navarto on Dónde están mis juguetes?
Milton Gomez Cardozo on Intimidad vs información (Final)
Milton Gomez Cardozo on Informacion vs intimidad (parte 2 )
Erly Charles Paternina Hernández on El arte del ganador
José Alvarado Nieto on El debut
Erly Charles Paternina Hernández on Fútbol de veteranos
Esther Sofia Pereira López on Periodismo con paredón
Agustin Garizábalo on El debut
Agustin Garizábalo on El debut
Agustin Garizábalo on El debut
Agustin Garizábalo on El debut
Agustin Garizábalo on El debut
salomon David castro aguas on El debut
Laura Barceló on El debut
William on El debut
Rosana Zambrano on El Páncreas y sus enfermedades
Dreynner Barraza Rosales on El Páncreas y sus enfermedades
Álvaro López Martínez on El debut
Álvaro López Martínez on El debut
Estebana Reyes Rangel on El debut
Gloria sofia fabregas Villate on El Páncreas y sus enfermedades
Rafael Enrique Surmay Herrera on El otro discurso, muy personal (3)
Carlos paternina acosta on El otro discurso, muy personal (3)
Agustín Garizabalo on El otro discurso, más personal (2)
Erly Charles Paternina Hernández on El otro discurso, más personal (2)
Fernando A Charris Almarales. on El otro discurso, más personal (2)
Erly Charles Paternina Hernández on El otro discurso, más personal
Rafael Enrique Surmay Herrera on El otro discurso, más personal
Erly Charles Paternina Hernández on El discurso y el método (5)
Erly Charles Paternina Hernández on El discurso y el método (4)
Mauricio javier Bustillo Marmol on El discurso y el método (3)
Jabib vergara delgado on El discurso y el método (4)
RICARDO GARIZABALO on El discurso y el método (4)
Jesús Orozco on El discurso y el método (4)
olmar Calderón Dávila on El discurso y el método (4)
Estebana Reyes Rangel on El discurso y el método (4)
Agustin Garizabalo almarales on El discurso y el método (4)
Leslie E. Smith on El discurso y el método (4)
Amparo urzola on ¿Tiene usted tos?
Jacquelín Isabel Martínez Navarro on Nuestro gran reto
Dra Masi on Nuestro gran reto
Eucaris Laguna on Nuestro gran reto
Yomaira Escorcia Barcelo on Nuestro gran reto
Reinaldo Rodríguez Garcia on El discurso y el método (3)
Isabel Baca Ruiz on Nuestro gran reto
Erly Charles Paternina Hernández on El discurso y el método (3)
Pablo Emilio Martinez Aparicio on El discurso y el método (3)
Erly Charles Paternina Hernández on El discurso y el método (2)
Agustin Garizábalo on Pequeñas infidencias (5)
Agustin Garizábalo on Pequeñas infidencias (5)
Agustin Garizábalo on Pequeñas infidencias (5)
Agustin Garizábalo on Pequeñas infidencias (5)
Alexander Luis Ortiz Ocaña on El éxito y la felicidad, según Jesús,
Erly Charles Paternina Hernández on Por fortuna se equivocan
Dreynner Barraza Rosales on Por fortuna se equivocan
Estebana Reyes Rangel on Por fortuna se equivocan
Rafael Enrique Surmay Herrera on Por fortuna se equivocan
Luis Maza Torregroza on El Laboratorio Clínico
olmar Calderón Dávila on Pequeñas Infidencias (6)
Erly Charles Paternina Hernández on Pequeñas Infidencias (6)
Ricardo Solano Orozco on El Laboratorio Clínico
Gilberto Marenco Better on Pequeñas infidencias (5)
Erly Charles Paternina Hernández on Pequeñas infidencias (5)
Elias Ruiz De La Victoria on Pequeñas infidencias (5)
Jaime rosales on Pequeñas infidencias (5)
Milton Gomez Cardozo on El silencio o el escándalo
Yadira Ruiz on ¿Tiene usted tos?
Sandra MarqueZ on Las Enfermedades Mentales
Alonso Pérez on Pequeñas infidencias (4)
Ivet Vergara on Las Enfermedades Mentales
Estebana Reyes Rangel on Pequeñas infidencias (4)
Erly Charles Paternina Hernández on Pequeñas infidencias (4)
Esther Sofia Pereira López on Soledad, aislamiento y vejez
Alfonso.Rodriguez Cruz on Soledad, aislamiento y vejez
Estebana Reyes Rangel on Pequeñas infidencias (3)
Xiomara Albis on Soledad, aislamiento y vejez
Milton Gomez Cardozo on Soledad, aislamiento y vejez
José Alvarado Nieto on Administrador de pasiones
Orlando Moscote Rojano on ¿Tiene usted tos?
Marcos Gill on ¿Tiene usted tos?
Roberto sarabia Durán on Pequeñas infidencias (2)
Sandra Marquez Sandoval on ¿Tiene usted tos?
Jairo Diz fabregas on Pequeñas infidencias
Adolfo Cotes. on Pequeñas infidencias
jose pachon niño on Pequeñas infidencias
Alexander Luis Ortiz Ocaña on Cómo alcanzar la felicidad infinita
Teobaldo Coronado on ¿Amor familiar o amor materno?
Teobaldo Coronado on ¿Amor familiar o amor materno?
Yomaira De las Salas Baca on Alcalde Pumarejo Decrete Cero Carnaval 2021
DONICEL PACHECO B. on Feliz día papá
Erly Charles Paternina Hernández on La grandeza de las cosas simples
IVIS GONZALEZ on El sistema inmunológico
Mirian Gonzalez on El sistema inmunológico
Ricardo Solano Orozco on El sistema inmunológico
Sandra Márquez Sandoval on El sistema inmunológico
Gladys Flórez Páez on Crítica: Redes vs Medios
Osiris Fabregas Zambrano on El sistema inmunológico
Esther Sofia Pereira López on Crítica: Redes vs Medios
Esther Sofia Pereira López on Crítica: Redes vs Medios
Roberto sarabia Durán on Pedagogía de la compasión
Adolfo Guerrero Sarmiento on Pedagogía de la compasión
Nancy Torres on Pedagogía de la compasión
Meibel Tatis on Los Hijos De Hipócrates
Alfonso De La Hoz O on Los Hijos De Hipócrates
Roberto sarabia Durán on Y si no alcanzas tus sueños…¿qué?
Erly Charles Paternina Hernández on Y si no alcanzas tus sueños…¿qué?
Teobaldo Coronado Hurtado on Periodismo y corrupción
CARLOS E. LLANOS GOENAGA on Competir sin jugar
Alexander Luis Ortiz Ocaña on El rol del maestro en medio de la pandemia
DIDIER ALFONSO LUNA GONZALEZ. on Competir sin jugar
Margarita Dorado Agrda on El rol del maestro en medio de la pandemia
EDUARDO E. ALMARALES MANGA on Competir sin jugar
Álvaro López Martínez on Competir sin jugar
Teobaldo Coronado Hurtado on Un diario sin lectores (Parte 3)
Blacky Arévalo Herrera on Competir sin jugar
Gyna Niebles Barceló on ¡Feliz día, Maestros!
Erly Charles Paternina Hernández on Fútbol Covid
Leoneth guerrero on Fútbol Covid
Carlos Alberto Figueroa Otero on Fútbol Covid
JUAN ANTONIO PABON ARRIETA on Fútbol Covid
Mr. Leslie E. Smith on Fútbol Covid
Alfredo Aurela on Fútbol Covid
Jesús Orozco charris on Fútbol Covid
Alonso Pérez on Cuando los ídolos hablan
MARTA CECILIA RICAURTE GUERRERO on En defensa del “Gran pacto social por Soledad”
Silvestre Maestre Martinez on ¿Y qué pasará con el fútbol local?
FAUSTO PEREZ VILLAREAL on ¿Y qué pasará con el fútbol local?
Yomara Estrada Perez on ¿Y qué pasará con el fútbol local?
Luis Hernando Cepeda Espitia on ¿Y qué pasará con el fútbol local?
Alfonso Silva Navarro on ¿Y qué pasará con el fútbol local?
Pedro Daniel Muñoz Alvis on ¿Y qué pasará con el fútbol local?
Adalberto Herrera Avila on Cuando se les caen las caretas
GUILLERMO LEON ROMERO CARDONA8 el maestro del futbol) on De Caimanes y Boricuas
William Pertuz Pedroza on Cuando se les caen las caretas
William Pertuz Pedroza on Cuando se les caen las caretas
César Agudelo on Una pasión heredada por amor
Andres Ibarguen on De Caimanes y Boricuas
Javier Ferrer Africano on Ecos de la pandemia
Efraindelahoz on Ecos de la pandemia
Carlos Torres Paredes. on Ecos de la pandemia
Sandra Marquez Sandoval on Ecos de la pandemia