Calle soledeña

Nací en una calle de Soledad, que el tiempo me fue dando la oportunidad de compararla con otras calles, llegando a la sencilla conclusión que mi calle natal era la misma calle en todas partes, en el mismo barrio, en el municipio pequeño que albergó mi infancia; era una época en que no distinguíamos las calles de las carreras; años después supimos que nuestra calle era una carrera, sin embargo, en el barrio, era nuestra calle y no había ninguna como ella, porque nuestra calle tenía su nacimiento en el río y se perdía barrio arriba, con su cuerpo terroso y sinuoso de camino destapado. Eran calles donde la vida transcurría despacio y las afujías y la velocidad no eran manifiestas, no se concebían en el ánimo y tranquilidad de los vecinos. Adornadas de tierras, escenarios de juegos; tránsito de peatones que iban y venían a lo largo de la calle; camino de herraduras, donde burros, caballos y vacas, andaban de memoria, o por obligación. La inmensa calle donde viví la infancia – para un niño las calles siempre son inmensas – hoy me parece angosta, seca, caliente, deprimente, con una pérdida total del espíritu. Mi calle, igual a todas las calles del municipio era lenta, serena e ingenua. Desde cualquier ángulo que se le mirase, mi calle era hermosa.

El aroma matinal nos llegaba profundo al olfato, el paso silencioso de los burros y caballos sobre la arena de la calle se notaba en los rebuznos alegres y nerviosos, y en los relinchos juveniles de los potrillos. La noche dejaba retazos de frescura en las mañanas de enero, febrero y marzo, y en las vacaciones, al inicio del año jugábamos con la luna sonriente que aparecía detrás del río y los niños pequeños se dormían escuchando, luna dame pan, que tus hijos no me dan. Los niños grandes jugábamos a declamar el poema, La Luna de Sabines, que no las enseñó una maestra que le encantaba la poesía. Todos veíamos la luna salir con su risa picara, sentados en la puerta de la calle de la casa de la vieja Julia, Henry, chistoso y dramático, miraba la cara de la luna y se inspiraba:

La luna se puede tomar a cucharadas
o como una cápsula cada dos horas.
Es buena como hipnótico y sedante
y también alivia
a los que se han intoxicado de filosofía.

 Nos reíamos al verlo en el piso que parecía una tarima, nos gozábamos los gestos y ademanes, llegando a perfeccionar sus expresiones del cuerpo con los tonos de su voz. Al final, lo imitábamos, pero él era el mejor. Seguro la luna también se gozaba el homenaje, muy comprensiva, porque ni idea teníamos de lo que significaba la palabra filosofía.

El olor de mi calle lo llevaba conmigo, me acompañaba como una sombra camino al colegio, nunca se desprendía la calle de uno, se nos enroscaba en el pecho palpitante, estaba viva en la memoria evocadora. Ansiábamos volver a la calle después de largas ausencias, por estar en la escuela, o un viaje imprevisto que inventaban los adultos a Barranquilla. De regreso nos gustaba observar los patios sin paredes, los cercados de madera y bambú dejaban entrever la vida íntima que habitaba en ellos. Jamás olvidaré el placer del retorno, cambiarse de ropa en un santiamén y correr descalzo a la calle en pro del juego como pretexto para encontrarnos con los amigos y vivir el presente de la calle. Los zapatos no eran parte de las costumbres y sentíamos que los pies se regocijaban alegres al salir de las cárceles de lonas y cueros de los calzados.

En las tardes, el humo de las calillas y el tabaco se evaporaba en las narices de los fumadores sentados en las terrazas, se esparcía y mezclaba con el aroma del café, mientras los viejos hablaban dormidos durante las siestas, sentados en mecedoras de madera, meditaban con la calilla hacia dentro, sobre todo las mujeres; los hombres despiertos hablaban de pretil a pretil con la voz distorsionada por el tabaco que jamás se quitaban de la boca. La calle se llenaba de olores y murmullos, despertaba despacio después de la siesta, estirando su pereza. Después de cuatro, sacudía su parsimonia, se estiraba y encogía a la vez, como un animal que acaba de despertar y se prepara para la acción. A esa hora, el olor a pescado frito, arepa asada, agua de maíz, señalaban el movimiento de las cocinas; las voces austeras dentro de las casas dejando oír las ordenes y los regaños sobre los quehaceres de la comida en fogones de piedra y hierro, atizados con leña y carbón.

En vacaciones las fronteras entre los patios y las casas desaparecían. Se tomaba agua en un patio, se cogían limones en otros; en otros se realizaban juegos de carreras y persecuciones y los gallos se espantaban, los conejos se escondían asustados en sus madrigueras domésticas. Los gallinazos regresaban de sus misteriosos festines carroñeros y dormitaban en los altos cocoteros

En los grandes y largos patios las voces se entrecruzaban; las gallinas cacareaban, los perros sacaban a relucir sus antagonismos, mostrándose los dientes. En la casa de la Niña Tere se escuchaba el ruido del motor de un inmenso molino, donde la gente molía el maíz pilado para hacer bollos de limpio y de angelitos y arepas; también se molía la yuca para hacer las carimañolas y rosquetes. En vacaciones las fronteras entre los patios y las casas desaparecían. Se tomaba agua en un patio, se cogían limones en otros; en otros se realizaban juegos de carreras y persecuciones y los gallos se espantaban, los conejos se escondían asustados en sus madrigueras domésticas. Los gallinazos regresaban de sus misteriosos festines carroñeros y dormitaban en los altos cocoteros, temiendo quizá a la furia del viejo Clodomiro, que casi todos los días con su honda exhibía una puntería implacable, derribando con certeras bolas de barro a algún golero imprudente que asomaba su cabeza entre las ramas del árbol, eso cuenta la gente y yo doy testimonio de ello. El viejo Clodomiro después de un acierto me decía: “Vea, mijo, el golero come de todo mundo, pero cuando muere nadie se lo come”, y le creía, viendo como el animal tendido en el suelo se iba secando hasta que la brisa y el agua lo desaparecía de la faz de la tierra.

Los sábados, la calle extendía su alegría de fiesta a las otras calles. Eran calles sin carros, inmaduras, con el semblante de la ingenuidad y la acogida de los transeúntes. Sábados y domingos los hombres tomaban cervezas, jugaban bola de trapo, sacaban un tocadiscos donde rodaban los long play de treinta y tres revoluciones, para escuchar las canciones de Luis y Tony Aguilar, de Fruko y sus Tesos; y la canción, Hormiga en mis pantalones, de James Brown, que bailábamos los niños, y los adultos disfrutaban, viéndonos las morisquetas y la gracia de cada uno, y terminaban dando un premio a los mejores bailarines de rock de la calle.

En las madrugadas, la calle era un pasaje oscuro con parpadeos intermitentes de luces amarillentas de los postes. Las sombras valientes de los campesinos se tomaban la calle y el día temprano para llegar al río y viajar en sus canoas antes que saliera el sol. Los árboles con la brisa fresca de las madrugadas decembrinas asustaban a los transeúntes, que creían en espantos escondidos entre las ramas, jugándoles una mala pasada con el sonido del viento. Sin embargo, sabíamos que la calle dormía su sueño tranquilo.

Pero tuvimos momentos tristes en nuestra calle. Que yo recuerde, los viejos de la calle se morían de viejos, tranquilos, sin penas ni culpas. La vieja Tomasa vendiendo refrescos de maíz, y excelente bailarina durante los carnavales, se jactaba diciendo: “sepan bien que yo enseñé a bailar a Esthercita Forero”, lo decía con los ojos cerrados y una vela en la mano durante las noches de cumbiamba y pre carnaval. Don Julio, le decíamos a un hombrecito bajito y educado, esposo de la vieja Julia, murió al caerse de un bus, rompiéndose unas costillas que le atravesaron el pulmón; desde ese día la rectitud de su hogar perdió el rumbo. Murió viejo, pero la vejez no le aguantó el accidente. El Sr. Luis, incansable trabajador de Avianca, que nunca le sonrío a los niños de la calle y en la memoria lo recordamos como un hombre bondadoso y buen padre, pero en la mente de los niños se nos quedó el estereotipo de muy cascarrabias, murió sumido en una demencia senil. Belén, la rezandera que reaprendió la calle y las voces de todos los vecinos de memoria, estando ya ciega; su ceguera no le quitó el vigor, pero el tiempo inexorable la fue extinguiendo hasta apagarla una noche de octubre, sin tener un solo achaque, sólo la ceguera. “Murió de vieja”, dijo un médico joven que la vio serena y tranquila en su muerte, pero que no contaba con la oposición de la familia, que evitó que se llevara el cadáver al hospital para estudiar el cuerpo maravilloso de los cien años de Doña Belén, como acostumbraba a decir el médico cachaco con asombro y lujuria académica.

Dos muertes inesperadas sacudieron la calle, a todos los vecinos lejanos y cercanos. La muerte de Rafelito, así le decíamos, aunque todos sabíamos que se llamaba Rafael. Era dueño de una fábrica de juegos pirotécnicos, que tenía en su propia casa. La casa era de paja, patio ancho y largo, en el centro, un árbol de mamón hacía las delicias en épocas de cosecha. Allí trabajábamos niños y jóvenes para el rebusque en navidad. Nos volvimos expertos haciendo tiros, traqui – traqui, volcanes, velitas bengalas, que hacían las delicias de la calle el ocho de diciembre, Día de las Velitas, y el veinticuatro y treintaiuno. Nunca nadie salió quemado, éramos tan disciplinados que teníamos todas las precauciones a pesar de ser, para nosotros los niños, una actividad muy lúdica. La única vez que hubo un percance fue una noche en el mes de septiembre, cuando murió Rafelito en la explosión que hizo volar la casa de paja por los aires. Nos despertamos esa noche porque el trueno hizo vibrar la calle, junto con los ventanales y techos de teja. Casi a la una de la mañana, observé a través de la ventana, la llegada de los bomberos, pero fue demasiado tarde. Rafelito fue un hombre bueno, mamador de gallo, con buen sentido del humor; lástima que esa noche, dicen, se quedó dormido, fumándose un cigarrillo en un cuarto lleno de pólvora.

La otra muerte inesperada fue la de Freddy, compañero de juegos por su estatura, pero demasiado niño para andar con los grandes. Era alto, fuerte, cabellos claros. Terminó siendo el portero de fútbol, tanto del equipo de los más pequeños, como del equipo de los grandes. Era admirador de Carrizo de Argentina y de Yashin de Rusia, arqueros mundialistas ambos. Cuando se ponía los guantes bajo los tres palos del equipo, le oíamos decir, “ahora verán a Amadeo Carrizo en los tres palos, imbatible”. Sonreíamos. Era agradable escucharlo sin petulancia, era un sueño inocente en el que no creíamos, pero nos sentíamos bien apoyándolos en sus locuras. “Ni si vuelve a nacer Marcos Coll, le hace gol a este Yashin soledeño”, lo decía, vanagloriándose después de sacar cabezazos, disparos potentes y chilenas de los delanteros rivales que la gente en las graderías ya cantaba como gol. Freddy fue fruto de la calle, de la arenosa, del Maracaná, como decía, que le permitió soñar desde niño. Él se sabía con talento de arquero y la gente se lo corroboraba. Una noche de junio se le presentó un dolor en el estómago y se fue muriendo de a poquito, encogido como lo hacen los arqueros, acurrucado, tratando de sacarse ese gol de las entrañas que nunca espero.

Hay días que regreso a mi calle. Se ha perdido toda frescura, no hay rastros de tierra para que los niños jueguen al trompo, o las canicas. La calle pavimentada padece de un mutismo, con sus puertas cerradas, casas enrejadas. El río no se ve. Es una calle triste, donde no se recuerdan las voces del pasado, los partidos de bola de trapo solo son historias y que las nuevas generaciones no creen. Es una calle sin espíritu, deprimida, que ha sufrido las consecuencias de la promesa de un desarrollo que no existe. La gente se acuesta temprano, se ha vuelto costumbre que nadie sabe cómo se llama el vecino. Ya no se ve el simple gesto de un plato de comida pasado a través de la cerca. Viendo esta calle en un municipio que pretende ser ciudad me pregunto y me vuelvo a preguntar, como lo hace el poeta Porfirio Barba Jacob:

¿Quién en ciudad trocó mi caserío?

¿Qué se hicieron las chozas

que hace un tiempo abandoné? Dios mío,

ya no florecen en mi huerto rosas,

están las avenidas bulliciosas,

y no se escucha la canción del río.

One thought on “Calle soledeña

  1. Maravilloso escrito!! Un recuento histórico impecable y terriblemente real de una mente brillante y prodigiosa. Te felicito primo. Con todo el respeto a nuestro nobel de literatura, Macondo le quedó pequeño y no tiene nada que envidiarle!!

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