jueves, julio 16, 2026

Ritual del libro

“De los diversos instrumentos del hombre, el más asombroso es,

sin duda, el libro. Los demás son extensiones de su cuerpo …

 pero el libro es otra cosa:

 el libro es una extensión de la memoria y de la imaginación”.

J.L. BORGES

“He construido mi casa como un juguete y juego en ella, de la mañana a la noche”, expresa con firmeza el poeta Neruda con sentimiento lúdico, privilegiando el ocio creativo como un espacio íntimo y necesario para el disfrute de un tiempo propio, de recogimiento, de confinamiento voluntario en su Isla Negra, frente al mar, escuchándolo.

No he construido mi casa como un juguete. Pero la habito guiado por el instinto, y también con conciencia. Le invento espacios a lo largo de los pasillos, descubro recovecos posibles, donde los libros se alinean en silenciosas filas; algunos cuelgan incomodos, haciendo malabares. No son juguetes, pero es como si lo fueran, ¿quién podría pensar que un libro es un juguete? Quizás los niños que habitan la casa – los nietos y sus amigos infantiles – crecen entre esos extraños juguetes que solo leen los adultos. Extraños juguetes rodeados por signos incomprensibles y misteriosos habitando sus entrañas. A falta de juguetes infantiles, los niños que apenas caminan se acercan tambaleantes a estantes y anaqueles, toman bruscamente los colores que atraen su atención: un texto verde y voluminoso de la poesía de Rubén Darío; o uno de tono suave, Hojas de Hierba, de Whitman; el marrón oscuro con las obras de selectas de Nietzsche; o el lomo amarillo de Diarios y Cuadernos de Patricia Higsmith; la cubierta salmón de la breve obra de Rulfo. Halan y sopesan la experiencia de un ritual que apenas comienza, que se experimenta desde el cuerpo. Curiosear, manipular, asir, abrir, cerrar; imitar al adulto que han observado leyendo, que les concede una licencia para jugar con los textos, con actitud expectante y comprensiva para evitar que los dañe.

Diría que el ritual del libro tiene su inicio, aunque se desdibuje un poco en la memoria con el paso del tiempo. Recuerdo tres experiencias iniciáticas de este ritual que vivo a diario; un ritual que ya no es juego, que el tiempo convirtió en una experiencia espiritual. A mediados de la década de los sesenta, en el siglo pasado, la empresa Avianca apadrinaba una escuela en el barrio Cachimbero, en Soledad, Atlántico. Allí, cursando el segundo grado experimenté el placer de la lectura compartida. La maestra Nancy – alta, delgada, blanca y ojos azules – sin perder su sonrisa guiaba la lectura compartida, en el patio de la escuela, bajo un frondoso árbol de almendra. Gozábamos de ese placer, bajo la mirada empática de la maestra. Leíamos, reíamos, llorábamos las leyendas del caribe y los poemas de Pombo. Nunca habíamos tocado un libro y ella permitía que nos lo lleváramos a casa para practicar la lectura. “Bajo su responsabilidad”, le insistía el profesor Varelo, director de la escuela. ¿Quién traicionaría la confianza de la seño Nancy, cuyos ojos azules eran los más bellos que habíamos visto?

Por esa misma época, mi padre, que era un tipo agropecuario, tomé conciencia de quién era él. Llegaba a mediodía, trayendo con él dos diarios: El Siglo y el Diario del Caribe. Después del almuerzo leía y antes de hacer la siesta, me decía: “Como ya sabes leer, ahí te dejo las caricaturas para que practiques, aprovecha que yo nunca fui a la escuela”. Nunca me dijo cómo aprendió a leer, pero me quedé con su experiencia de lector de periódicos, como parte de un proceso de iniciación en el camino hacia la lectura. No sólo leía las caricaturas de Mandrake, El Mago, Rip Kirby, sino que me atrevía a leer las crónicas deportivas, noticias de la llegada del hombre a la luna, las páginas sociales con sus extravagancias y ostentaciones del jet set barranquillero.

También mi hermana mayor, al mando de la casa, cuando mis padres se iban al mercado a trabajar, fue mi inspiración en las andanzas lectoras. Las primeras lecturas en casa a las que tuve acceso, aparte de las escolares, fueron las novelas de amor de Corín Tellado, con las cuales aprendió a leer ella. También las del legendario oeste con: Marcial Lafuente Estefanía, Keith Luger y Silver Kane. Ya el ritual daba sus primeras señales de inicio: espacios para las novelas, tiempos para las lecturas, planificación para el cambio de las novelas los fines de semana. Me escondía para leer las novelas de vaqueros con la complicidad de Isabel, mi hermana. “Los niños no deben leer esas novelitas de acción y plomo”, decía mi madre. Pero la complicidad positiva de mi hermana Isabel agilizó mi comprensión de los libros.

Me escondía para leer las novelas de vaqueros con la complicidad de Isabel, mi hermana. “Los niños no deben leer esas novelitas de acción y plomo”, decía mi madre. Pero la complicidad positiva de mi hermana Isabel agilizó mi comprensión de los libros.

Mi ritual se inicio con la pasión y alegría de la maestra Nancy; la disciplina y el ejemplo del padre lector, después de arduas jornadas de trabajo a la intemperie y la amorosa ingenuidad de Isabel que, nunca fue a la escuela, pero aprendió a leer y soñar, a pesar de que su príncipe azul en la vida real la decepcionó. Pero el ritual del libro y la lectura no termina.

Hoy la lectura se comparte y se hace pública al exhibirlas en las novenas navideñas, donde los niños leen a su ritmo, con sus propios titubeos, sin temor a las burlas. Sujetos a la comprensión que los anima cada navidad.

No hay preferencias de lecturas a medida que los niños han ido creciendo, pero si el anclaje de un itinerario diverso que enriquece las conversaciones, desde los libros de imágenes de Anthony Brown, que abren la imaginación hasta los libros juveniles de Juan Villoro y los textos ilustrados del Quijote de la Mancha y el Infinito en un Junco, de Irene Vallejo.  Así construyen sus propias experiencias y toman partido, guiados por el placer de leer. Una experiencia que les permite hablar de las bibliotecas que conocen y saber explorar y escoger los rincones de lecturas en las librerías de la ciudad.

Y es que los libros, sobre todo los que relatan y cuenta historias, leídos en un sagrado compartir, deja a un lado el celular, provocando tanto en el que lee como el que oye un juego de sentimientos: la empatía que mueve emociones, la ira ambivalente ante la descripción de un personaje que elogiamos alegremente, pero que también nos decepciona o nos causa un temor profundo. Estas emociones llevan a pensar que en un mundo donde todo se compra, con la lectura no es así, a la lectura hay que ganársela, parafraseando al neurocientífico Michel Desmurget. La condición de buenos lectores requiere un trabajo riguroso, asiduo y obstinado. Para Antoine Compagnon, “la literatura desconcierta, molesta, despista, desorienta más que los discursos filosóficos, sociológicos o psicológicos, porque se dirige a las emociones y a la empatía”[1].

De lo anterior surgen frecuentes lecturas en medio de la sala, los sábados por la tarde, dispuestas en un juego que ejercita la escucha y la opinión personal. ¿Saben lo que es la ambición? Niños y jóvenes se inquietan, porque saben que detrás de ese interrogante se teje una historia. Les leo a Tolstoi, interrumpo la lectura, les aclaro, prefiero dejar el libro y con mis propias palabras les narro la historia del hombre que quería más y más tierras, sin conformarse, sin saber si la vida le alcanzaría para vivirla; sin dimensionar siquiera una tierra que nunca encontraba el espacio justo en su imaginación.

Pahom, el hombre de la historia, es un campesino que escucha a su mujer y su cuñada hablando sobre la pobreza que él vive con su mujer. Oyéndolas se atreve a pensar: “¡si yo tuviera toda la tierra que me gustaría tener, no le temería ni al mismísimo diablo!”. Entonces el diablo, que lo escucha, toma partido y la codicia surge en Pahom, que de campesino pasa a terrateniente, comprando más y muchas más tierras. Una codicia que lo lleva a la muerte, porque al final, la única tierra suficiente fue: “dos metros de la cabeza a los pies era todo cuanto necesitaba”, respuesta a la pregunta evidente en el título del relato: ¿Cuánta tierra necesita un hombre?

Después de la lectura y aportes narrativos, hablan, opinan, establecen conjeturas, toman apuntes, asumen puntos de vista, se respetan; aplican lo aprendido y lo comparan con lo que se dice de la ciudad, el departamento y el país en que vivimos. Se tornan serios, tristes o preocupados. Revisan y discuten sus percepciones y maneras de interpretar el mundo.

Entonces Sofía de diez años, levanta su mano, deseosa de compartir una lectura que ha terminado. Les hablaré de Momo, de Michael Ende, escritor alemán. Contarles la historia de una niña llamada Momo que ayudó a la ciudad, protegiéndola de los “hombrecitos grises”, que le roban el tiempo a la gente, haciéndolas trabajar y trabajar, y olvidarse del disfrute familiar como paseos, fiestas y veladas nocturnas en la intimidad de los hogares. Mientras habla, lee algunos párrafos del texto, frases que llamaron su atención y cuestionan la actitud de los adultos, dedicados más a trabajar, desaprovechando la riqueza del ocio familiar.

Al final de las lecturas compartidas brota el contagio, el hábito, la constancia de asumirse lectores. Los libros, concebidos como juguetes culturales, les permiten trascender: abrir puertas hacia otros mundos, otras ideas, otras formas de sentir. El tiempo se nos escapa tan rápido, como en Macondo, cuando Aureliano Buendía se encerraba a fabricar pescaditos de oro. Nadie quiere deshabitar ese instante, ese tiempo sagrado en el que experimentan el fluir —como lo definió Mihaly Csikszentmihalyi—: una sensación de felicidad plena, donde los egos se disuelven y el grupo se vuelve uno solo, unido por el mismo propósito. Es entonces cuando la lectura nos deja satisfechos, completos, habitados por la memoria de lo compartido.


[1] COMPAGNON, Antoine. ¿Para qué sirve la literatura? Acantilado. Barcelona. 2012. Pág. 62.

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2 COMMENTS

  1. Considero que el libro ha sido, a lo largo de la historia, una de las creaciones más significativas de la humanidad. Más que un objeto, es un puente entre generaciones, culturas y saberes. En sus páginas se resguarda el conocimiento acumulado durante siglos, las emociones de incontables autores y las ideas que han transformado al mundo. Leer un libro es entablar un diálogo silencioso con quien lo escribió; es viajar a otras épocas, comprender otras realidades, desafiar nuestras creencias y expandir nuestro horizonte. A través de la lectura, el ser humano desarrolla su pensamiento crítico, enriquece su vocabulario, ejercita la empatía y cultiva la imaginación. Interesante escrito.

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