El negro Hooker 

Medico Teobaldo Coronado, el negro Hooker

El doctor Rosales Hooker Manuel, era en la década de los 60, el estudiante más popular de la Universidad de Cartagena, no solo de la facultad de medicina. Se pavoneaba, seductor, con su porte isleño y erguida estampa de ébano puro por los recodos del claustro agustiniano y del Hospital Santa Clara. 

Por las estrechas calles del sector amurallado paseaba, al caer la tarde, engreído, coqueto y bien perfumado con una rubia estudiante, la más esbelta y bonita que cursaba en la facultad de química y farmacia, ante la mirada curiosa de los mirones que desde los antiguos balcones coloniales observaban, chismosos, tan desigual pareja. Una ciudad heroica, la de entonces, apacible y sin tantos extraños huéspedes como hoy en día la asedian.  

Oriundo de San Andrés y Providencia había cursado el bachillerato en el Colegio Pinillos de Mompós, ciudad en donde, también, se ganó el aprecio y consideración de sus moradores.

Desde inicios de la carrera, 1962, me eligió entre sus amigos predilectos, de los escasos compañeros con quien hizo liga. En segundo año se afianzo la amistad cuando nos tocó padecer, estudiando juntos, los embates de la anatomía, bioquímica y biofísica con que los profesores Carlos Cruz y Víctor Barboza nos hicieron pasar el “Niagara en bicicleta”; así solía decir el mejor locutor de beisbol que ha tenido Colombia el inigualable Marcos Pérez Caicedo, cuando el pitcher con las bases llenas, sin outs y el bateador de turno, cuarto bate, tenía tres bases por bolas y cero strikes.

Hooker, como la mayoría de los condiscípulos, de escasos recursos económicos vivía en una vieja y modesta casa del barrio Daniel Lemaitre. Superado el ciclo de las ciencias básicas, ya en las rotaciones clínicas se rebuscaba, algún dinero, viajando a la isla cada vez que tenía oportunidad. Se iba cargando cajas desocupadas de cigarrillo Piel Roja, que llenaba de muestras médicas para regalar a los pacientes pobres que lo requerían.  Regresaba a Cartagena repleto de mercancías varias: maletines de mano, perfumes, cigarrillos, bolígrafos, camisetas etc. que expendía al contado o al fiado entre profesores, alumnos y empleados del alma mater.

Para celebrar el retorno invitaba en grupos, de a dos a tres compañeros por tanda, sábado por la tarde o un domingo al mediodía, para departir alrededor de una mesa en la que no faltaba una botella de whisky, un paquete de Marlboro y una caja de maní o pistachos. Animados con la música   que coleccionaba de Alejandro Duran, Luis Enrique Martínez y Andrés Landero que sonaban tras los parlantes de una vetusta radiola marca Phillips.

Entre los del grupo se pensaba que Rosales, por haber cursado los seis años de bachillerato en Mompós, más el tiempo de estancia en Cartagena, debía hablar mejor el español; me parece que nunca logro dominarlo.

_ En un examen de medicina interna Alberto Carmona, lo mandó a auscultar un paciente.

Lo examina, detenidamente, cuando termina el profesor le pregunta ¿Aja Hooker cuéntame que oíste, que tiene el paciente?

Mi amigo comienza a titubear, no encontraba las palabras precisas para responder hasta que, al fin, ante la insistencia de Carmona, le dice “Doctor, doctor, mi parecer oír algo así como unos “cabalios corriendo”. “Ritmo de galope” es lo que tú quieres decir, le increpó el profesor. Ok, ok doctor, yo no saber expresar correcto”, gracias.

Esta deficiencia lingüística se constituía en un motivo, a la hora del relajo, para mamarle gallo, más que por bulling por cariño y la estima que le teníamos. Él lo entendía así, aunque a veces se descomponía.

_ En una de las tertulias, entre clase y clase, alrededor del quiosco que se encontraba en el Santa Clara a la salida del Auditorio, anexo al anfiteatro, un compañero, mono, ojos azules, pero con el pelo cucú, ensortijado, comenzó a molestarlo. No lo bajaba de negro maluco, de negro marica, de negro pa’ arriba y negro pa’ abajo.

-Bueno, ¿cuál ser problema que usted tener con mí? ¿Qué querer usted con decir que yo ser negro, negro marica, negro pa’ arriba y negro pa’ abajo? Le preguntó

Usted ser un tonto, ser pendejo, porque yo ser mucho orgulloso de ser negro y usted hágame el favor de decir que ser usted. Usted no ser ni blanco, ni ser negro, ni nada, usted si ser maricón, No joder más, vaya al carajo.

“Doctor, doctor, mi parecer oír algo así como unos “cabalios corriendo”. “Ritmo de galope” es lo que tú quieres decir, le increpó el profesor. Ok, ok doctor, yo no saber expresar correcto”, gracias. Esta deficiencia lingüística se constituía en un motivo, a la hora del relajo, para mamarle gallo, más que por bulling por cariño y la estima que le teníamos. Él lo entendía así, aunque a veces se descomponía.

Dirigente político

En el ejercicio de la profesión, ya instalado en la isla de sus amores, tuvo un éxito arrollador como profesional de la medicina y dirigente político. Se convirtió en el medico más querido por las gentes del archipiélago por su idoneidad profesional y, en especial, por su generosidad con los más necesitados.

La simpatía que despierta entre la ciudadanía le sirve para alcanzar, luego, un escaño en el congreso de la república, representante a la cámara en 1976 por el partido liberal. En 1978 es nombrado intendente de San Andrés por el presidente de la república Julio Cesar Turbay Ayala quien le guardaba gran admiración y afecto, lo consideraba su leal seguidor en la isla. 

Caigo en cuenta, ahora, que uno de sus hijos el doctor Julio Cesar Hooker Mosquera, distinguido medico gastroenterólogo, residente en la ciudad de Cali, lleva el mismo nombre en homenaje, tal vez, a su admirado mentor político.

Por los vaivenes de la política son frecuentes sus viajes a Barranquilla en donde era contertulio de los dirigentes locales del partido liberal José Name Terán y Carlos Martin Leyes.

Intercambio familiar

En cuanto me desocupaba de mi agenda hospitalaria lo acompañaba y compartía con él durante su estadía en la ciudad. Esta circunstancia motivó que yo también visitara la isla, con alguna frecuencia, con mi familia. El doctor Hooker, se sobraba en atenciones en compañía de Rhona, su amable esposa y de Claudia, su niña que procuraban nuestros días, lejos del continente, fueran lo mas de esplendidos.  

35 años de su partida

Motiva a escribir esta crónica; recordar que el pasado 19 de septiembre se cumplieron 35 años del prematuro fallecimiento del doctor Rosales Hooker Manuel, cariñoso amigo e irreparable colega.

-Doctor Coronado yo necesitar que el doctor Padilla Drago me vea, yo tener algo de dolor a un lado de la columna, parece ser una hernia discal. Por favor apárteme una cita. Cada vez conversábamos por teléfono me hacia esta petición sin concretarla.

Pasado algún tiempo se comunica conmigo e informa que se encuentra mal que ya se va a embarcar en el avión, que viene para Barranquilla.

Lo esperé en al aeropuerto. Viendo su mal estado y lo avanzada de la noche le recomiendo irnos de una para la clínica; no aceptó y pidió lo dejara descansar en mi casa. Ni él ni yo dormimos a causa del intenso dolor que padecía.

Bien temprano lo conduzco a la Clínica General del Norte y llamo a los doctores, Fredy Mora, cirujano general, y Hugo Medina, ginecólogo, integrantes de nuestra promoción, para sortear la situación en vista de que clínicamente, a mi modo de ver, presentaba un abdomen agudo.

El doctor Mora, diligente, se encarga del manejo médico, ordena exámenes paraclínicos y decide intervenirlo al confirmar el diagnóstico.  Practica laparotomía abdominal – bajo anestesia general, por mi administrada, y la ayudantía del doctor Medina – encontrando una ruptura de absceso hepático con peritonitis. Tras un post operatorio inestable, dispendioso, en UCI, hace falla multisistémica por sepsis y muere. Tenía 50 años. Había nacido el 5 de septiembre de 1938.

Fue un trance doloroso y frustrante para los médicos tratantes, sus condiscípulos, al verlo morir, impotentes, en nuestras manos, a pesar de todo el esfuerzo que hicimos para sacarlo adelante.

Sin duda, el doctor Rosales Hooker, era una persona querida y estimada por nuestra promoción y por los estamentos de la facultad de medicina de la Universidad de Cartagena. Fue consentido por directivos y profesores, entre otros, el doctor Olegario Barboza, con quien conversaba siempre en inglés.

De mi parte, no obstante, el tiempo transcurrido de su deceso, 35 años, su imperecedero recuerdo palpita en mi memoria añorando los gratos y cordiales momentos que a su lado pude compartir.

Muy apreciado, también, en su tierra natal, para la comunidad sanandresana, que se ha dignado honrar su legado al rubricar el sitio en donde se reúne la asamblea del departamento de San Andrés y Providencia, erigido en 1991, con su egregio nombre: “Salón Rosales Hooker Manuel”.

Rosales Hooker es de la cochada 1969, de la facultad de medicina de la Universidad de Cartagena, junto al difunto Carlos Buelvas Aldana, exgobernador del departamento de Córdoba el compañero que ha alcanzado la más alta figuración en el entorno regional y nacional. Dios lo tenga en su santo reino.

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