jueves, julio 16, 2026

Travesía espiritual

Hay días que la soledad y el silencio nos atraen. Preferimos la largura de los días de invierno y ser testigos de la nieve cayendo alegre y persistente; el tenue abrigo del otoño humedecido por la lluvia arrasando con suavidad las últimas señales del verano; el paisaje primaveral que muestra el renacimiento de la vida y el coro intenso de pájaros, celebrando un nuevo amanecer. Sí, hay días que anhelamos alejarnos de las conversaciones alegres en familia y las fraternales discusiones con amigos; y no es que seamos insociables y anacoretas, dedicados a la contemplación y el sufrimiento de una penitencia. Nos alejamos de las voces cotidianas que brotan de los audios grabados en los celulares, las noticias reiterativas, que exhiben el dolor y la tragedia que alteran la psiquis y se equilibran con los paraísos de la publicidad que oferta la sociedad de consumo, que nos angustia y frustra con su realidad desmesurada. Cuando eso sucede, el estado de ánimo alerta la necesidad de ver la otra cara de la desmesura, de tomar distancias y sosegar el espíritu, buscando recuperarse. Entonces salgo a caminar. Invento caminos, no sobre la tierra firme, pero sí con el espíritu caballeresco, que todo caminante lleva en su interior – en palabras de Thoreau – y convertirse en un peregrino errante perdido en medio de libros, inmerso en la intemperie de los versos de un poema de Walt Whitman, o Alejandra Pizarnick; y la profundidad de las frases en los diarios de escritores como Tolstoi. Claro, que a diferencia de Thoreau, “siguiendo el espíritu de la aventura inmortal para no volver jamás”[1], siempre estaremos de regreso; de vuelta, aunque en estas andanzas pierda el rumbo en el interminable y enmarañado bosque de las letras que nunca se termina de recorrer.

En este paisaje por los pasillos de libros sale al paso La Fontaine, animándome: “¿Quién no vagabundea por los campos de la imaginación? / ¿Quién no construye castillos en el aire?”[2] Su consejo hace que me adentre en un terreno que conozco, pero de nuevo las páginas abiertas, provocan y desafían en este incesante viaje, donde cada página es un reto con nuevas preguntas y afirmaciones. Sucumbo y naufrago en conjeturas fantásticas. En ese arduo peregrinar acompañado por la soledad y el silencio han servido las lecturas realizadas, los guiños esporádicos, la censura de textos olvidados. En los pasillos percibo la vigilancia de voces ahogadas que murmuran y claman mi atención. ¿Qué sería de mi sin estas lecturas solitarias?, me pregunto, mientras encuentro una frase de Begoña Méndez, asaltándome con su afirmación, respondiendo a mis inquietudes: “casi podría afirmar que sin literatura no importaría demasiado estar muerta”[3]. Converso en el silencio de mis pensamientos con frases titilantes y medito sobre ellas.

Y en esa caminata – paseo, Tolstoi cuenta el sinsentido de su vida, la insatisfacción que lo corroe por dentro sin saber qué hacer ni cómo vivir: “Sentí que aquello en lo que se apoyaba mi vida se rompía, que no encontraba ningún asidero, que lo que había constituido mi vida ya no existía, que moralmente no podía vivir”[4]. Una angustia que lo hace considerar el suicido, pero el dilema coexiste dentro de él, ocultando la cuerda para no ahorcarse o evitando la caza para no pegarse un tiro; no dejaba de pensar en el día y la noche, conducentes a la muerte como única verdad.

En ese mismo sendero, Elías Canetti cuenta “su primer recuerdo”[5] de infancia que trae evocaciones de un miedo que lleva consigo. Recuerdo, que es contado como un sueño recurrente, en el que un hombre sonriente se le acerca, diciéndole: “¡Enséñame la lengua!”, al tiempo que saca una navaja para cortársela. Con la lengua afuera, el niño es incapaz de esconderla, solo espera, pero el hombre guarda el cuchillo y dice: “Hoy todavía no, mañana”. Con sus escasos tres años, inicia el día con el recuerdo del hombre del cuchillo, que lo llena de miedo, a pesar de la compañía de su nodriza. El recuerdo se afianza porque la mujer mantiene una íntima relación con el hombre del cuchillo, que amablemente amenaza con cortarle la lengua. El escritor cuenta sus recuerdos, lo leo y siento que lo escucho.

Por otra parte, la casa donde habito acoge mi soledad y mi silencio. He compartido casas y hogares, en cuyo centro crepitaban las llamas de las chimeneas, mientras el otoño y el invierno en caravana traían consigo el frío y de la nieve. Aquí en mi casa, donde permanezco gran parte del año, las chimeneas no existen; y en cualquier época del año, las ventanas abren sus puertas para que entre la luz del día y de la noche. En las noches costeñas, el fuego del hogar se remplaza por el calor de los cuerpos, se acrecienta con la tibieza de los abrazos y las risas: la vida se recibe y se homenajea, aunando el ser y el estar, sintiendo que somos donde estamos en la casa y estamos siendo dentro de ella, así tomamos conciencia del habitar, viviendo lo que hacemos y haciendo lo que somos. “En torno a ese calor, en lo tibio de la casa, la vida se recibe simplemente estando”[6], nos comunica el escritor argentino Hugo Mujica, con su prosa breve y limpia. 

Aquí en mi casa, donde permanezco gran parte del año, las chimeneas no existen; y en cualquier época del año, las ventanas abren sus puertas para que entre la luz del día y de la noche. En las noches costeñas, el fuego del hogar se remplaza por el calor de los cuerpos

Por un momento, mi mirada se detiene en Kafka, que me advierte, no hables, sólo escúchame. Entonces me cuenta “La desgracia de ser soltero”[7], en pequeños detalles que lo abruman, pareciéndole terrible quedarse soltero; suplicar compañía para una velada; enfermarse y contemplar la soledad del cuarto vacío durante semanas; tener que despedir a la esposa al pie de las escaleras porque es imposible subirlas; ser colocado en habitaciones que conducen a cuartos de extraños; llevar la comida a casa en un paquete; admirar a los niños de otros y sentir vergüenza al decir que no se tienen hijos. Casi estoy convencido que esta historia tiene que ver con él, con sus paradojas y su mundo lleno de contradicciones, de hombre reflexivo y solitario. Así lo evidencian sus sentimientos expresados en Cartas a Felice, el amor de su vida: “Me siento desamparado e impotente. Si estuviésemos juntos me callaría, pero como estamos separados no me queda otro remedio que escribir, de lo contrario me moriría de tristeza.”[8], así fue su dilema existencial que deambuló entre el amor y la escritura.

En ese circular itinerario surgen los reclamos de la poesía, como el vuelo alegre de las hojas de otoño, cruzándose en el camino. “¿Quién quiere inscribirse como candidato a mi afecto?”[9], suplica Whitman con brazos abiertos, ansiando compañía y paliar su soledad. El diálogo íntimo y confeso del miedo y en cómo ocultarlo en Pizarnick: “…y qué es lo que vas a hacer/ voy a ocultarme en el lenguaje/ y por qué/ tengo miedo”[10]. La ternura desbordada de Gabriela Mistral en sus experiencias magisteriales y la alegría de las rondas infantiles: “¿Qué niño no quiere a la ronda/ que está en las colinas venir?”[11]. A partir del juego de ajedrez, Borges afirma que los jugadores son prisioneros de otro tablero – quizás de la existencia misma – “de negras noches y de blancos días”[12].  Rubén Darío, el poeta nicaragüense deja entrever rasgos de melancolía que dan una sensación de pérdida y falto de rumbo, considerando que soñar es uno de sus males, ¿o defecto?: “y así voy, ciego, ciego y loco, por este mundo amargo;/ a veces me parece que el camino es muy largo, / y a veces que es muy corto…”[13]/.

Tengo la libertad de entrar y salir de este bosque silencioso, donde no hay cantos de pájaros ni paisajes con ríos y mares, árboles y cielos, que solo habitan mi memoria. Aquí estoy en medio de la calma y el sosiego, donde el ruido no tiene permiso y el espíritu goza de entera libertad. Ando largas travesías entre más de un libro salvaje, evocando a Juan Villoro, acompañado de sus guiños y su apertura silenciosa en la imaginación, desplazándose con la prudencia de sus secretos, cambiando de lugar, adelantándose en el trayecto y llamando mi atención de peregrino – lector u ocultándose cuando se han sentido olvidado. Y cuando salgo de mi bosque construido, busco el aroma de la realidad que nos condena a la vida injusta. A mis espaldas, las palabras de Cesare Pavese, resuenan, advirtiendo en su diario, el 6 de noviembre de 1937: “La mayor culpa del suicida no es matarse, sino pensarlo y no hacerlo”[14], es el susurro de una sentencia cumplida a cabalidad, suicidándose y evitando la angustia de la culpa.

Lo placentero de volver a la realidad es la esperanza del regreso al bosque inagotable de los estantes y el prudente silencio de los libros, abiertos a depararnos nuevos significados y sentidos en la gramática de la existencia. Volver a los fantasmas bibliotecarios es un regocijo, porque sabemos que los fantasmas no existen. Pero si existen los espectros contenidos en la lectura: mitos, personajes, sesudos libros, clásicos adustos e imperecederos, frases que resuenan, versos que marcan cada etapa de la vida, los viajes de Homero; volver a rodearse de muchedumbres de espíritus – en palabras de Nietzsche – justificando esta travesía espiritual.  


[1] THOREAU, Henry David. Poéticas del caminar. Alquimia Ediciones. 2022. Pág. 10

[2] De LA FONTAINE JEAN. La lechera y el cántaro de leche. Fábulas. Hachette, París. 1895. Pág. 134

[3] BEGOÑA, Méndez. Ciento veinticuatro huecos. Barcelona. Hurtado y Ortega Editores. 2024.

[4] TOLSTOI, Lev. Mi confesión. Obras. Madrid Aguilar. 1981. Pág. 16

[5] CANNETTI, Elías. La lengua Salvada. Obra Completa 3. Penguin Randon House Editorial. Mayo 2025. Pág. 23.

[6] MUJICA, Hugo. La casa y otros ensayos. Vaso Roto Ediciones. Colección Umbrales. Barcelona. 2008. Pág. 21.

[7] KAFKA, Frank. Contemplación. Ediciones Barataria. España. 2015. Pág. 33

[8] KAFKA, Frank. Cartas a Felice. Nórdica Editorial. Madrid. 2019

[9] WHITMAN, Walt. Hojas de Hierba. Iberlibro Editores. 2019. Pág. 110.

[10] PIZARNICK, Alejandra. Extraído de Bonnet, Piedad. Antología de poesía latinoamericana contemporánea. Poema: Cold in hand blues. Editorial Norma. Bogotá. Colombia. 2019.

[11] MISTRAL, Gabriela. Gabriela Mistral en verso y prosa. Antología. Real Academia Española. Edición conmemorativa. Poema: Rondas. Perú. 2010. Pág. 123

[12] BORGES Jorge Luis. Borges esencial. Real Academia Española. Edición conmemorativa. Poema: Ajedrez. Portugal. 2017. Pág. 513 – 514

[13] Rubén Darío. Del símbolo a la realidad. Real Academia Española. Edición conmemorativa. Poema: Melancolía. España. 2016. Pág. 141

[14] PAVESE, Cesare. El oficio de vivir. Seix Barral Editorial. Colombia. 2024. Pág. 62

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