jueves, julio 16, 2026

Retratos

Es un tiempo terrible

nuestro tiempo;

un tiempo en que buscamos

locos la memoria

de otros días más afortunados.

Cumpleaños I. Benito Taibo.

Las fotografías cuentan historias en las que somos participes, o nos permiten elaborar conjeturas porque no estuvimos ahí o fueron tomadas muchos años antes de nacer. Cada imagen en sí misma tiene un legado, una historia, una máscara propia, que al mostrarse tiene sentido para los allegados, al mismo tiempo se abre a la búsqueda de sentido, provocando múltiples interpretaciones en los que hacen la lectura, o simplemente sucumbe a la indiferencia y el olvido, también a las especulaciones. Las máscaras exhibidas en los rostros, ocultándolos, afectan al lector fotográfico, que en su lectura se hace pregunta y conjetura hipótesis. Sin embargo, la fotografía gana simpatizantes y adeptos cuando es explicada desde la subjetividad, aunque expresen el sin sentido de un instante tejido de confusas historias y ambivalencias. Abro las amarillas páginas del viejo álbum lleno de recuerdos itinerantes, de gestos infantiles, sonrientes, juveniles y desafiantes, de épocas que evocan nostalgia y se quedan de nuevo en la memoria, pareciendo que sucedió ayer. Niños, jóvenes, adultos y viejos, expectantes, retan el flash sin parpadear ante el relámpago, escépticos. Pero he considerado en esta época de imágenes fugaces, describirlas antes que mostrarlas. Nos basta recordar los frecuentes episodios de la alegría y comprender un poco el dolor que habita en cada página. La austeridad del abuelo, la madre y el hijo ausente, la casa vivida e intacta en la memoria, el gato que se humaniza y la hermana habitada por el tiempo.

1.

El rostro del hombre, serio y adusto; en su mirada hay un gesto leve de autoridad y amargura. Depende de la perspectiva de donde se le observe, su mirada – dicen los que han visto la foto – es austera o paternal. Es raro, pero desde niño jugábamos con las subjetivas ópticas de la imagen y le inventábamos historias interminables. La foto, de medio cuerpo, muestra un rostro escéptico y el torso cubierto con una camisa blanca abotonada hasta el cuello, dando la impresión de ser un sacerdote. Su cabello corto es blanco, forma un contraste de ricos matices en la foto de blanco y negro, que en la penumbra del cuarto da la sensación de una oscuridad medieval. El fotógrafo debió frustrarse ante el rictus patriarcal e imponente que se aprecia en sus labios. Cada vez que entrábamos al cuarto veíamos la foto de este hombre, mi abuelo paterno, su rostro nos generaba una serie de sensaciones, con las que nos acostumbramos a vivir y a morir un poco en la infancia. Aún su fotografía está mirándome desde su lejanía y sin saber por qué pienso que es un espíritu de uno de esos personajes de Pedro Paramo, que a Rulfo se le olvidó incluir en la fantasmal Comala.

 2.

En la fotografía, mi madre está rodeada por sus hijos; faltas tú, te digo cada vez que vemos el álbum juntos. En el álbum de la familia esta foto fue tomada hace más de cuarenta años. En un blanco y negro reluciente todavía. Todos estamos en blanco y negro; y tú no estás. Papá es la excepción con excusa – había muerto años atrás –. Su ausencia es respetada, pero la tuya nos causa incertidumbre, un cierto desasosiego. ¿Dónde estabas ese día? En la actualidad, veo el retrato y ya no está mamá, sólo nos queda esta foto de ella. Siempre que vemos el vacío en la imagen nos recuerda que no estás. Pero estás vivo y en este testimonio visual eres el gran ausente. A veces, nos preguntamos, ¿dónde estarías ese día? Nadie sabe dónde estuviste, pero de lo que tenemos certeza es que no fuiste el fotógrafo.

Nos basta recordar los frecuentes episodios de la alegría y comprender un poco el dolor que habita en cada página. La austeridad del abuelo, la madre y el hijo ausente, la casa vivida e intacta en la memoria, el gato que se humaniza y la hermana habitada por el tiempo.

3.

El frente de la casa tiene veinte metros de anchura; de fondo, sesenta y cinco metros. Dos ventanales, una puerta y el portón de acceso al patio, conforman su rostro alegre, pintado de verde y rosado. “Cuidado con el perro”, se lee en el portón. El techo de eternit no se ve porque el plafón cubre la terraza. Tres escalones de ladrillos rojos permiten subir a la terraza, donde siempre permanecen dos mecedores de hierro, tejidos con plásticos y una banca de concreto. Reuniones, bailes, novenas, velorios, de esos recuerdos está hecha la terraza. Detrás de los mecedores, la ventana que da a la calle, y el transeúnte que pasa ve la sala y el comedor. En este ventanal, papá leía su periódico los mediodías y después hacía la siesta; el otro ventanal está cerrado, de ese lado seguido están los cuatro cuartos de la casa. En el primero velaron a papá el día que murió. Junto a este cuarto, al lado de la terraza, mamá tiene su jardín de plantas: helechos, claveles, rosas, manzanilla, valeriana, toronjil y un pino pequeño y frondoso. La casa conserva su ternura de refugio; es evocación y puente para que la memoria se desborde por los cuartos, el comedor, primero y segundo patio; no se contiene y fluye con la brisa que viene del río en las tardes de junio; escuchando los ladridos de Arandú, alegres y entusiastas; las noticias de Marcos Pérez en el viejo radio alemán, mientras la tarde se llena de oficios y quehaceres; el paso sigiloso y meditado de Matusalén, el viejo morrocoyo, que sabe de memoria las historias de la casa. Evocar la casa es traer de vuelta la nostalgia al presente. La foto detenida en el tiempo envejece, pero la imagen, joven y eterna de la casa de la infancia, permanece en la memoria.

4.

Su mirada inquieta y sabia es un bosque tranquilo en el verde de sus ojos. Es la tranquilidad reposada de la domesticidad. En su filogenia lo salvaje fue minimizado por la educación. Recorre la casa en silencio, sin ningún pretexto, y duerme confianzudo después del almuerzo; se acomoda en la suavidad de las alfombras, ronroneando, y cuando me mira su mirada se encuentra con la mía, sin bajarla. Escucha conversaciones y enfoca la atención en el lenguaje de sus dueños, distinguiendo los tonos tristes y alegres. Saca pecho orgulloso en medio de la familia que le quitó el complejo de considerarse un advenedizo, un invitado, un extraño. A pesar de no exigirlo, sabe que comprenden el rigor de sus instintos, gozándose la libertad con moderación y elegancia; del trato recibido le brota un sentimiento que no se explica hacia su familia putativa y una sensación extraña de soledad le corroe cuando se marchan al trabajo y al estudio, y de alegría cuando regresan, aunque sea parco y poco efusivo. Es consciente de su tendencia a deprimirse, diríase que es parte de su personalidad calmada y mesurada, a excepción de los días en que obedece a sus instintos y siente el llamado de la noche y las sombras fugaces y oscuras que saltan los techos convocándolo a una reunión felina con maullidos eróticos. En casa, le divierte saber que se preocupan por entender sus maullidos: el maullido breve y suave, llama la atención para salir o comer; los largos e intensos, anhelando jugar; los prolongados dejan saber su malestar en la soledad de los días; los entrecortados, constantes e intensos, son indicios para que los amos dejen una ventana abierta en el segundo piso y salga al encuentro de la noche. En la final de la Copa América se muestra serio antes del partido, escéptico e indiferente, pero comprensivo. Se deja vestir con la camiseta de la selección Colombia ante el entusiasmo de sus dueños y la envidia de cualquier gato lujurioso y callejero.

5.

De pie, frente a tu casa, veo el paso implacable del tiempo como se ha ensañado con el dolor en tus rodillas, incrustándose en los pequeños lunares que cubren la piel de tus brazos y se pierden en tus hombros, asomándose más arriba en tu pecho blanco y limpio. Pero no descansa el obsesivo advenedizo que estuvo agazapado en los juegos espontáneos de la niñez y el vértigo fugaz de la biología, que corroía la adolescencia. Ahora se estaciona en tu cabeza blanca opacando los escasos cabellos negros. Aun así, sonríes con la misma fuerza de siempre; pero el tiempo también ha tomado tus mejillas flácidas deformando el color del optimismo y tallando una mueca en la sonrisa que nunca se apaga. Posas en el frente de tu casa y, el tiempo incisivo sin abandonarte te obliga a buscar apoyo en el marco de la puerta, dejándote una sensación de vigor y equilibrio. Ese tiempo guardado dentro de ti ha tenido la paciencia de Job; ha sido cauteloso y mesurado, intentando derrotarte desde hace mucho, sin embargo, tu andar cuidadoso y alegría desbordante no te abandonan, permanecen contigo, demorando la vida, alargándola, permitiéndote hacer cábalas y construyendo hipótesis, estableciendo conjeturas, entretenida en el maravilloso arte de tejer, tejiendo y destejiendo, burlándote de las alianzas convenidas entre el tiempo y la parca, incansables en su espera. Mientras tanto, continúas celebrando la vida, como siempre lo haces desde que te conozco.

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2 COMMENTS

  1. Un retrato, es el testigo mudo y real de épocas, momentos, seres queridos , que ya no están, pero con sólo verlos, a través de ese cartón fotográfico mudo, evocamos sentimientos de nostalgia, alegria y añoranzas. Gracias por recordarnos, con éste artículo, y con la descripción de cada detalle, cómo una simple foto puede transportarnos al pasado y reencontrarnos, con todo lo que amamos. Bendiciones

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