jueves, julio 16, 2026

Casa de la memoria

No cabe duda. Esta es mi casa
aquí sucedo, aquí
me engaño inmensamente.

Mario Benedetti

A. Maslow en su pirámide de necesidades señala la seguridad como algo esencial en el proceso de autorrealización humana de las personas. Es parte de la seguridad de las personas, la casa, como un espacio de protección, íntimo y emocional. Siempre ha sido refugio de la puerta para dentro, allí volvemos a recobrar la autenticidad, lo que somos realmente. La casa nos acoge, nos espera, deseamos llegar a ella cuando trabajamos duro y parejo, pero también nos golpea la nostalgia cuando el país entero del que procedemos es la casa, esperándonos, sintiéndolo lejano en la distancia y en larga duración del tiempo. A pesar de todo, la casa que llevamos con nosotros es la vivida en la infancia, llena de asombros e infinitos recovecos; es la casa de los recuerdos vividos y compartida en medio de las otras casas del barrio. La casa, la sala, el comedor, los cuartos, el patio no tendrían mucho sentido para la memoria si no hubiesen sido usufructuados por las personas que rieron, lloraron y un día se fueron; por los animales de vidas efímeras y largas estancias. La casa de la memoria duele con sus altibajos de felicidad; a medida que se vive la vida pensarla es volver a recorrer y encontrar nuevos senderos y misterios que alguna vez pasaron desapercibidos. Pero hoy día la casa dejó de ser seguridad y protección de la fatiga y las inclemencias del tiempo, y se convirtió en una cárcel, quizás de máxima seguridad.

El primer recuerdo de mi casa fue una terraza amplia. Su actitud descomplicada se irradiaba por los pasillos, desde la entrada hasta el último patio, habitaba un aroma de paz. Era mi casa una morada de puertas abiertas, igual que el resto de las casas del barrio. En el patio de mi casa conocí la soledad, paseándola como un animal enjaulado, recorriéndolas desde el frente hasta el último patio, pasando por la sala y el comedor. Una vez me acosté en el piso de la casa y vi en el techo el orificio de una bala perdida, por donde entraba un tenue rayo de sol a plena luz del día, apuntándome con su ojo extraviado, hasta que mi madre llegó con una correa y me pegó fuerte, diciendo que esa luz en mi frente traía mala suerte.

Esta es mi casa detenida en el tiempo[1]

A cada casa le fue llegando el progreso, según el esfuerzo de cada uno de los dueños: las casas de barro y techos de paja fueron cambiando en la lentitud del tiempo; la paja cedió paso a los techos de tejas, y estas sucumbieron a los rigores del eternit; las paredes de bahareque aguantaron hasta que llegaron los cimientos de ladrillos. No se oía hablar de estrato social por aquellos días, concepto que trajeron después los recibos de agua y luz con el estricto fin de discriminar y de joder a la gente, tanto de la electrificadora como el acueducto municipal. Sin embargo, la casa se adaptó a los cambios porque la casa era la gente, y la gente la hacía agradable o desagradable.

Cada casa era sui generis, tenía su toque especial, su animus. Si no era el patio, era la sala y si no era la terraza, era su posición privilegiada en la esquina del barrio. La casa de la vieja Sara estaba ubicada en una de las esquinas del barrio, pintada de un verde intenso con un amarillo pálido que no tenía que ver mucho con el color aurífero de la bandera de Colombia; su techo de paja daba la impresión de ser un adolescente rebelde. En esa esquina se planeaban los partidos, se sacaba las alineaciones de bola de trapo. Sentados en el piso de la calle escuchábamos refunfuñar a la vieja Sara, sus amenazas y su rabia. A ella le molestaba la habladuría y las risas groseras hasta bien entrada la noche, pero en el fondo su rabia no era más que el malestar que le causaba la soledad y la partida de los hijos.

Tal vez ésta es la casa en que viví
cuando yo no existí ni había tierra,
cuando todo era luna o piedra o sombra,
cuando la luz inmóvil no nacía[2].

También estaba la esquina de los Navarro, punto de encuentro para organizar fiestas e inventar bailes a medida que fuimos creciendo; allí los secretos a voces eran temas de largas discusiones y se hacían vox populi dentro del grupo que coincidía casi todas las noches, fines de semana y durante las vacaciones. Sí, a la esquina llegaban los rumores y las comidillas del barrio, cuestionando la reputación de la gente: un embarazo no deseado del “bollito” de barrio; el closet de puertas cerradas para alguien cuya existencia estaba más cerca del suicidio, pero que eso prefería a dar el paso final que lo llevaría a la felicidad; la infidelidad insospechable de una mujer que esperaba a su marido los últimos tres días de cada mes y, ¿qué pasaba con los veintisiete restantes?, se preguntaba la gente, especialmente los que nos gozábamos la esquina con techo de paja de los Navarro, o los hombres que se marchaban del barrio dejando a sus mujeres embarazadas y con hijos para nunca más volver. Todo fluía por la casa de la esquina con techo de paja; estar sentado en esa esquina para mamar gallo, sin un peso en el bolsillo, era un placer en sí mismo. El día que se quemó la casa de los Navarro, los vecinos sentimos una congoja en el pecho al ver como el fuego viajaba rápido – movido por el viento de noviembre – de la cabeza a los pies. Desde ese día la esquina restaurada ya no fue la misma; al pasar por ahí, todavía sentíamos el crepitar de las llamas y el ruido del carro de bombero muy lejano, demorándose a propósito, dicen los ancianos recordando el suceso.

De las casas emanaban el aroma cotidiano y particular de café, tabaco, calilla y ron; fueron casas de puertas abiertas, donde siempre hubo un vaso de agua para el transeúnte – jugador sediento; casas conformando calles seguras, sin miedo, invitando al disfrute y el placer. En las mañanas, los gallos y gallinas festejaban en los patios el nuevo día con sus cantos…

Después estaban las casas del barrio Cachimbero, orgullosas de sus paredes de tabla, barro y ladrillo; de sus techos de paja, tejas y eternit. Era una mezcolanza que resaltaba la pulcritud, el aseo y la humildad. El barrio comenzaba desde el colegio Pablo VI hasta el arroyo de los Barceló; una franja de tierra abundante y blanda era el lecho de la única calle de este barrio; allí se jugaban partidos de bola de trapo sin tiempo, hasta donde el cuerpo aguantara. Mientras eso sucedía, de las casas emanaban el aroma cotidiano y particular de café, tabaco, calilla y ron; fueron casas de puertas abiertas, donde siempre hubo un vaso de agua para el transeúnte – jugador sediento; casas conformando calles seguras, sin miedo, invitando al disfrute y el placer. En las mañanas, los gallos y gallinas festejaban en los patios el nuevo día con sus cantos, los gallos de pelea entrenaban en mitad de la calle, esa era la arena de combate y entrenamiento; los sábados y domingos desaparecía la arena y los niños que jugaban en la calle se ufanaban denominándola como el estadio Maracaná.

Cada casa tenía su propio estilo, su propia personalidad; incluso, sus propios estados de ánimo, deprimentes y alegres, de reuniones y soledades. La casa de Reynaldo Barceló era de patio ancho y extenso: primero una terraza, después algunos jardines y, al final, árboles frutales: tres patios en uno. Mangos, naranjas, toronjas, limones, uva playera, guayaba, coco, plátanos y guineos, hacían las delicias de los visitantes. Disfrutábamos de los regalos de la tierra. El primer patio constituido por la terraza era el espacio para la rumba de los jóvenes, bailes de carnaval y una que otra verbena sacada de la imaginación de los vecinos. De pronto, la calma del domingo se interrumpía con la música de la vieja guardia, que el viejo Reynaldo entre cerveza y cerveza acompañaba con su potente voz.

Mi barrio tenía una multiplicidad de casas, donde se convivía sin importar con quién. No había rencores ni envidia entre los vecinos; muchos conflictos se resolvieron a puñetazo limpio hasta que la “rasquiñita” se acababa. Más que una crítica, la gente se asombraba con ingenuidad de los avances de la ciencia y los desafíos de la cultura importada, como en los tiempos de Melquiades, llegando a Macondo, siendo esto muy natural, sin ningún tipo de máscara, ni malicia.

Todos estábamos en la casa
pero no sé por qué. Estábamos. Luego el silencio[3]

Muchas de esas casas me contaban su historia, sus nostalgias; me acogieron en itinerarios inciertos al recorrer sus cuartos vacíos, mostrándome la soledad y la congoja evidenciadas en los techos rotos por donde se colaba la lluvia; el polvo junto con el abandono era el aroma triste esparcido por el viento en el territorio palpable de las casas, sumidas en depresiones profundas. En algunas escuché el sollozo de la vejez y un tiempo estático que rumiaba la espera; las risas infantiles y carcajadas adolescentes salían de sus escondites a reclamar los recuerdos. Tantas casas temblando de miedo en medio de silencios largos, eternos; casas cuyos lomos convulsionaban incontrolables y yo, queriendo acariciarles la espalda para aplacarles el susto.

Cuando alguien moría en una de nuestras casas, sí, porque cada casa era la casa de todos, la casa del finado sollozaba en los rincones olvidados y polvorientos; y cuando los sollozos descansaban, los pasos del muerto paseaban su desolación por corredores solitarios y sonidos leves, muy leves, casi inaudibles al advenedizo que llegaba al barrio y a la casa de luto por primera vez. Esa interacción profunda con las casas se sentía en una relación muy íntima; las casas era mucho más que un objeto, por eso sentíamos que la muerte de alguien las disminuía, entristeciéndolas.

En su casa de campo, que es sencilla y pequeña,
veo al jíbaro nuestro. Triste es, como su casa[4].

Conocí todas las casas del barrio. Casas vacías, sin nadie en sus cuartos, apenas leves indicios dejaban entrever que alguien pasó la noche, o durmió alguna vez ahí; sabanas estrujadas y olores alcalinos de noches tormentosas, rápidas, fugaces. Estuve en casas derrotadas exhibiendo el fracaso de sus dueños; indefensas ante la violencia de sus habitantes. Todas contagiadas por la personalidad de sus habitantes. Visité patios extensos donde se quedaron anclados los rumores del viento, enredados en las flores estoicas y los frutos atrevidos a pesar de los veranos intensos. Patios que albergaron mi adolescencia, con su única luz, pero dentro de la casa, la penumbra me transportaba a otras épocas oscuras, casi medievales.

También estuve en casas delgadas y flexibles cuyos cimientos desafiaban los vientos de diciembre y enero. Como animales enflaquecidos y endurecidos respirando la agonía de un pasado que jamás estaría de vuelta. Durante muchas noches me despertó el ronroneo de otros tiempos, acordándome de aquellas respiraciones convulsas, agitadas.

Las casas del barrio no tenían escaleras, tampoco pisos de cemento. Se pisaba la tierra húmeda desde la mañana hasta la noche. Pero un solo piso era suficiente para perdernos en los cuartos, en los laberintos creados por la imaginación. Años después conocimos las primeras escaleras cuando llegó el televisor al barrio y las películas nos mostraban las escaleras para ascender a la vida, o hundirnos en el sótano de los infiernos.

Pero el municipio creció y los barrios se multiplicaron, la explosión demográfica tuvo una carrera contra reloj y el ansia depredadora cercenó montes y bosques; el casco viejo de Soledad terminó siendo acompañado por urbanizaciones, una de las pioneras fue el barrio Hipódromo, seguido de otras como el Centenario, Salamanca, Santa Inés hasta que se rompieron los límites de la memoria, terminando por desconocer tantas urbanizaciones construidas y barrios de invasión que asumieron el liderazgo por la necesidad de un estar habitacional.

Las urbanizaciones llegaron con sus casas uniformadas bajo las premisas del Instituto Crédito Territorial. Casas con paredes, techos y pisos de cementos. En tal sentido, los nativos de Soledad no fuimos capaces de mantener un orden que permitiera hacer honor a ese casco viejo, a una tradición arquitectónica, donde se mantuviera la vieja Soledad con sus casas restauradas, orgullosas de persistir en el tiempo. De alguna manera, aquellas casas de la memoria: de paredes de bahareque, tabla y techo de paja y teja, se fueron extinguiendo hasta quedar enclaustradas en una amnesia imposible de restaurar.

Con el tiempo, las casas cambiaron la alegría por la hostilidad, volviéndose miedosas, tanto las del casco viejo como las de las urbanizaciones; naufragaron en el pánico de sus dueños, en sus prohibiciones. Primero se colocaron anuncios preventivos para defender la morada: Cuidado con el perro, tanto el que tenía un animal como el que no. Los mecedores y sillas que dormían su descanso en las terrazas, al aire libre, sin ser violentados, fueron guardados por sus dueños, cuyos miedos comenzaban a crecer. El transeúnte que solicitaba un vaso con agua a los dueños de casa, se le negaba con recelo. Después llegaron las rejas de hierro para tomar distancias y las casas fueron encarceladas de pies a cabeza, protegiéndolas de la violencia en sus diferentes manifestaciones: delincuencia juvenil, sicariato, atracos, violadores. Apareció el timbre que anunciaba previamente al visitante, visto desde la puerta, o la ventana, y separado por las rejas de hierro. Muchas casas de puertas cerradas instalaron los ojos de buey a través de los cuales sus dueños observaban agazapados, temerosos, inciertos, muchas veces, al visitante.

Llamaron quedo, muy quedo
a las puertas de la casa[5].

La pavimentación de las calles cubrió con el asfalto los territorios de juego de la infancia. La paranoia de la gente aumentó y la desconfianza fue un factor común que anuló muchas posibilidades de cooperación comunitaria. La temperatura aumentó en un municipio donde todos los días es verano y las casas fueron simples reclusas, anónimas, sin ningún número en su pecho.

La casa de mis padres, de los vecinos aledaños y de los familiares cercanos, son difíciles de imaginar como una multiplicidad de casas. El aroma de la infancia, la risa guardada, los saludos matinales de los campesinos, las cometas de agosto por los aires vespertinos, el río intimidando con su bravura nuestra ingenuidad; las voces del mercado en las madrugadas; las casas dormidas. Todas esas casas fueron mi casa, la casa de la memoria, que siempre llevo conmigo.


[1] Benedetti, Mario. Poema: Esta es mi casa.

[2] Neruda, Pablo. Poema: Casa.

[3] Sabines Jaime: Poema: Allí había una niña.

[4] Ribera, Evaristo. Poema: El Jibaro.

[5] Villaespesa, Francisco: Poema: Balada.

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