jueves, julio 16, 2026

Educación perruna

Esta noche he salido a pasear con Lucas, un schnauzer con más de once años de vida, que poco a poco se ganó un espacio en el mundo de los afectos de la familia, primero con su jovialidad de perro enérgico y derrochador de energía, después con la mesura y el equilibrio que dan los años, ladrando sólo cuando es estrictamente necesario; ha sido un ejemplo de los ímpetus vividos en la juventud y la moderación de los impulsos en el retiro en la que la educación recibida ha sido importante. Mientras lo llevo al parque observo su andar de viejo cansado hociqueando el pasto seco que va encontrando en el camino árido y seco. Lucas zigzaguea con su andar pausado y resopla de vez en cuando; no lo llevo, él me lleva por donde le guían sus instintos. Se detiene en medio de la oscuridad del parque, levanta su pata trasera derecha y la primera vez, al salir de casa, su meada es interminable, producto de su buena educación, apoyado en un pequeño arbusto, donde otros perros han dejado su huella, han marcado territorio en el itinerario de sus paseos. Quizás sea el cansancio de la vejez, pero Lucas mantiene la mirada en el suelo, cabizbajo, buscando, rebuscando señales de algo. Cuando levanta la mirada – sus orejas hacen un movimiento imperceptible – es porque escucha el ladrido de un perro vecino o, desde la distancia huele a alguno con los saldos del olfato que le va dejando la vejez.

¿A cuántos años humanos equivalen los once años vividos por Lucas para determinar su edad? Escojo una formula sencilla, donde un año de la vida de Lucas equivale a siete años de edad de los humanos, es decir, que este perro – le miro el lomo brillante de su pelaje gris – de andar pausado tiene alrededor de setenta y siete años. Aunque esto no es una regla fija, ese asunto de la edad tiene que ver con la raza, tamaño. Además, algunos teóricos resaltan que el número de años humanos en los perros es alto el primer año, y a partir de ahí puede ir decreciendo, hasta cuando un año de un perro adulto equivale a cuatro años humanos. Sin embargo, todos en casa hemos llegado a la conclusión que Lucas es un perro viejo, que nos ha sobrepasado en años a todos en la familia. El cuidado médico, la nutrición especial y las frecuentes visitas al veterinario son parte de su bienestar perruno. Quizás este cuidado que se ha tenido con él, en su salud y bienestar, lo lleve a superar los catorce años de tope máximo, que tienen que ver con la esperanza de vida de esta raza de perros.

Camina pausado, trotecito suave a una intensidad moderada, estados profundos de meditación con los ojos cerrados y también abiertos; le encantan los rincones de la casa, la penumbra y el silencio de la noche; es capaz de mantener una posición discreta e indiferente ante el bullicio de una fiesta improvisada. De vez en cuando deja sentir sus ladridos fuertes y el ímpetu de su fuerza instintiva ante un perro que se cruza en su camino, “perro que ladra, no muerde”, le digo al dueño del otro perro. Lucas se cansa con facilidad, su vista ha disminuido enormemente, pero el olfato y la audición todavía le permiten reconocer a la gente de la familia. Le encanta comer acompañado, sintiendo que alguien está cerca, después de cada paseo. Desde el balcón de la casa – donde le gusta permanecer – observa el parque de perros, donde animales de diferentes razas se encuentran en el juego y comparten los obstáculos perrunos: toboganes y obstáculos. Echado en el suelo, con la mirada puesta en el parque –estamos casi seguros – que su memoria le trae recuerdos de su niñez. Medita y observa en silencio. A la hora del café, por la tarde, compartimos su silencio, roto sólo por los ladridos alegres de los cachorros que juegan en el parque. Ahora Lucas dedica tiempo a sus reflexiones filosóficas, ya no juega con su energía corporal, sólo juega con sus elucubraciones, interrumpidas de vez en cuando por el vuelo de una mosca impertinente.

Desde muy pequeño Lucas prefirió la homeschool, donde niños, jóvenes y adultos de la familia le apostaron a su educación. Si alguna vez alguien se atrevió a comentar de un domador de perro para que lo entrenara, Lucas se volvió incorregible, indisciplinado y lo que jamás estuvo dispuesto a tolerar fue el castigo y el maltrato. Con el paso del tiempo se adaptó a los maestros de la familia y su cerebro de perro inteligente estuvo presto a la obediencia, el respeto a los niños, los buenos modales ante las visitas, y hacer sus necesidades fisiológicas cotidianas en el paseo matinal y vespertino. Aprendió a reconocer las voces de los miembros de su familia y ¡ay de aquel que se atreviera a tocarle el pelo a alguno de sus familiares ¡– no éramos partidarios de llamarnos dueños o amos –. Con su buena educación se ganó un espacio dentro de la familia. Tenía su propia cama en un rincón de la casa, cepillo de dientes, citas médicas programadas para baños y corte de pelo, cronograma de vacunación. Aprendió que siempre no lo llevarían de paseo con la familia, razón por la cual respiraba profundo, adaptándose a los cuidadores improvisados en un ejercicio de domesticación y respeto.

Aprendió a reconocer las voces de los miembros de su familia y ¡ay de aquel que se atreviera a tocarle el pelo a alguno de sus familiares ¡– no éramos partidarios de llamarnos dueños o amos –. Con su buena educación se ganó un espacio dentro de la familia. Tenía su propia cama en un rincón de la casa, cepillo de dientes, citas médicas programadas para baños y corte de pelo, cronograma de vacunación.

Pero la educación recibida por Lucas, además, de ser espontanea e improvisada tenía la intención de educarlo como ser humano, aunque fuera perro. En eso toda la familia colaboró y aportó en su formación.

Cuando fue un perro – niño, Lucas disfrutó de los videos de National Geographic, sus ojos se detenían en las imágenes de ciencia, cultura y educación, les ladraba a pasajes del mar, a las distintas expresiones étnicas y científicas. Sus ladridos eran la emoción diciente de agrado de estos programas. Nos deleitábamos viéndolo tomar el control del televisor con su boca y ponerlo en la mano de alguno de los televidentes, cuando sus instintos le avisaban que era la hora del programa. Disfrutaba con los niños de la familia los programas infantiles, Plaza Sésamo; le aburrían los programas dominicales de Pacheco. Aprendió la asociación de palabras y objetos: televisor, control remoto, pelota, Lucas, salir, entrar, ven, espera, vamos, busca la pelota – le encantaba el ejercicio de correr detrás de la pelota y traerla de nuevo al lanzador, hasta que se aburría, esperando otra forma de jugar –. A estas palabras se le sumaron los relatos de los Hermanos Grimm, poemas de Pombo; aprendió a reconocer la palabra libro y diferenciaba el volumen de los Cuentos de los hermanos Grimm de los Cuentos de Anderson. Se sentaba en la sala con los niños a escuchar los relatos que se leían y sus ojos inquietos y curiosos se desplazaban por cada uno de los lectores que leía en voz alta; en medio de una pausa o de un silencio prolongado se escuchaban los jadeos continuos de Lucas, incontenibles, pero respetuoso, sin ningún ladrido. Era un niño más creciendo entre otros niños.

Veía con indiferencia la camada de perros conducida por los paseadores matinalmente. No era capaz de ladrarles, respetaba la libre escogencia de la educación de sus dueños. Mientras disfrutaba de la libertad de correr libremente por el parque, veía como los paseadores de perro conducían a cinco o seis perros a la vez, amarrados y recibiendo órdenes, sin afectos, estrictamente lucrativo. Sin duda alguna estaba convencido de la importancia de una educación personalizada, con una variedad de maestros, que lo habían acogido y prodigado todos los cuidados. Sabía que nunca hablaría como un humano, pero comprendía lo que hablaban, hasta se permitía hacer pequeñas digresiones mentales. Y eso lo fue aprendiendo con la educación recibida y la que siguió después.

Lucas y yo leímos junto a Tombuctú, la novela de Paul Auster, digo así porque lo que leía lo compartía con él. ¿Estás dispuesto a vivir una aventura siendo mi compañero de viaje? Me miraba sin comprender, pero la costumbre de las preguntas le amplió su inteligencia; con el tiempo aprendió a asentir a los interrogantes. Sé que entendía lo que le decía, pero esa mirada suya, ese movimiento de orejas, el rabo y el sencillo gesto de cerrar los ojos, eran sus formas de responder. Le encantaban las reflexiones del perro, Mr. Bones, y su capacidad para narrar lo que acontecía en torno a su amo, un vagabundo de nombre Willy; no dejaba de mirarme mientras le hablaba o le leían algún pasaje, siempre su mirada atenta sobre mí.

La novela corta, La llamada de lo salvaje, de Jack London, se la comenté a Lucas después de leerla. Di un rodeo hablándole de la educación recibida y el entorno cultural y familiar en que había vivido, y como esta experiencia logró minimizar sus instintos que, hacían parte de su historia filogenética. En conclusión, la hipótesis fue que una mejor educación apaciguaría su instinto animal. Entonces le comenté el dilema del perro Buck, personaje central de la novela, que al final cede a su naturaleza, dejándose por lo salvaje, aunque la historia de este perro fue interesante y desgarradora, la de Lucas había sido diferente. Buck pasó por una vida ociosa y confortable, después por una de maltrato y, finalmente, una de supervivencia que lo devuelve con los suyos, siempre guiado por sus instintos. Lucas me escuchaba atento y dejándome sentir su energía calurosa, reposando en mis pies donde quedaba hecho un ovillo. Todavía recuerdo con emoción la vez que le leí a la historia del perro Flush, de Virginia Wolf, que deja entrever el mundo victoriano a través de la mente del perro que narra en medio de la fuerza de su olfato, la fidelidad como base de la amistad y la domesticación, y los deseos e instintos.

Después de todo la literatura viene a ser un espacio que servirá para mucho o para muy poco; sin embargo, viendo a Lucas echado en su pose meditativa en el balcón, o zigzagueando durante los paseos cotidianos, llevándome a pasear – ¿quién pasea a quién? – estoy convencido que cada libro compartido, o cada texto discutido entre palabras y gestos perrunos, hizo de las tardes de balcón y los paseos cotidianos, un espacio más humano, sobre todo para Lucas.

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  1. Disfrute el texto porque acá en casa convivimos con un frespuder, tan inteligente como el tuyo. Te recomiendo La mirada deHumilda de Alonso Sánchez Baute. Mi admiración,

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