jueves, julio 16, 2026

Gutiérrez

“Un apaciguamiento. Una breve energía.

Después la rabia inmensa de aquella rebeldía

que nosotros sabemos dominar y vencer…”

Pablo Neruda. Poema: De mi vida de estudiante.

No es fácil acostumbrarse a ganar, mucho menos considerarse un perdedor. Perder o ganar. ¿Qué nos hace desear el éxito y aborrecer la perdida? Hay quienes se gozan el placer del éxito, y no es malo, simplemente por un momento se olvidan que la frontera con el fracaso anda muy cerca, rondando también. Nadie quiere perder es cierto, todos quieren ganar, queremos ganar. El líder de una empresa promueve el éxito como un estado necesario para mantenerse frente a la competencia; los padres motivan a sus hijos a ganar en el mundo de la escuela; y la escuela se desgasta intentando formar personas que piensen en el éxito, en la victoria, recurriendo a dinámicas sociales e individuales, que permiten la interacción y la exploración de sí mismo. Quienes nacen en cuna de oro, como decía mi madre, por lo general, nacen con la felicidad y el bienestar en la mirada; los que nacen donde las oportunidades son escasas se pierden en un cotidiano trasegar, naufragando en el mundo de la vida.

Hay quienes se ofuscan con la derrota y no les vale ninguna explicación lógica, para ellos perder no tiene sentido porque siempre han sido ganadores. Incluso, estimulan la ansiedad de ganar a costa de lo que sea. En el mundo del deporte siempre el resultado tiene que ver con ganar, perder, empatar, sin embargo, todos quieren ganar, pero sólo gana el mejor. Detrás del ganar está el deseo, el sueño de vencer, de mostrar la autoeficacia y la eficiencia, que se sobrepone a un mal juzgamiento. Detrás de la perdida está la frustración, la impotencia, el dolor, la eliminación, las tristezas, el llanto. Los padres trasmiten una mentalidad ganadora a sus hijos y eso no es malo, sin embargo, qué sucede cuando no se logran los objetivos, ¿cómo afrontamos el error?, ¿acaso recurrimos al locus interno, asumiendo la culpa de la perdida, o hacemos uso del locus externo, buscando culpables externos al juego para evitar confrontarnos?

Alguna vez decidí ser entrenador de fútbol, era muy joven todavía y los sueños me perseguían. Entrenaba el equipo de fútbol de la escuela con la certeza de hacer más un trabajo educativo antes que competitivo; si perdíamos, bien; si ganábamos, bien. La escuela y los estudiantes se movilizaban para ver jugar a la selección de fútbol. Fue tanta mi dedicación por este deporte, que la Junta Municipal de Deporte del municipio de Soledad me encargo la dirección técnica del equipo infantil del municipio. Está de más decir que nunca recibí un solo peso, – eso sucede con frecuencia todavía, a pesar de los millones que mueve el fútbol, no se mira al técnico de escuela, de barrio – solo fueron promesas entusiastas de directivos que apenas asimilaban que mi trabajo tenía un precio, sin embargo, asumí el reto, fui feliz, viví una experiencia que dejó buenos recuerdos con cada uno de los jugadores. Si volviese a suceder viviría nuevamente la experiencia, y la haría con agrado.

Entrenábamos dos y tres días a la semana, hacíamos énfasis en los conceptos de técnica, principios de juego y la condición física de los jugadores de 13 y 14 años. Más que técnico, era un maestro haciendo las veces de entrenador cuya misión era llevar un control de la condición física a través de pruebas físicas y test técnicos con los que los evaluaba, además, cumplía los roles de técnico, nutricionista, médico inclusive; esos jugadores, casi adolescentes, eran inteligentes para jugar el fútbol, el cerebro de ellos era permeable para la construcción de una mentalidad táctica a través de la didáctica del juego. Trataba de asumir una postura ética que permitiera sentirme bien en lo que hacía, que era ayudar a que estos niños cumplieran el sueño de estar en la final en el estadio Romelio Martínez, siempre bajo el respeto y aceptación de las orientaciones pedagógicas. Reconozco que el equipo tenía jugadores valiosos y talentosos, que se desempeñaban muy bien en el puesto que se les asignara. Cualquier hora era buena para entrenar, con sol, lluvias; por la mañana, o por la tarde. Siempre les agradecí el entusiasmo que ponían en cada cita, en cada entrenamiento, en cada partido. No quería ser como los demás técnicos, hablaba durante los entrenamientos, los veía jugar en silencio durante los partidos, comportamiento que algunos criticaban porque en el imaginario de los adultos que nos acompañaban a los partidos el técnico gritón y vulgar en la raya era el estereotipo ideal. Aun así, siempre persistí con el silencio y me divertía viéndolos jugar.

Cualquier hora era buena para entrenar, con sol, lluvias; por la mañana, o por la tarde. Siempre les agradecí el entusiasmo que ponían en cada cita, en cada entrenamiento, en cada partido. No quería ser como los demás técnicos, hablaba durante los entrenamientos, los veía jugar en silencio durante los partidos, comportamiento que algunos criticaban porque en el imaginario de los adultos que nos acompañaban a los partidos el técnico gritón y vulgar en la raya era el estereotipo ideal. Aun así, siempre persistí con el silencio y me divertía viéndolos jugar.

La campaña del equipo culminó con un invicto por haberle ganado a todas selecciones de los municipios aledaños. Habíamos clasificado para disputar el título por el campeonato frente a la selección de Sabanalarga, considerada buen equipo, y tierra de buenos jugadores. El día de la final, los jugadores llegaron alegres y confiados al Romelio Martínez. En el otro camerino, los jugadores de Sabanalarga también mostraban su alegría y confianza por toda la trayectoria que los había llevado hasta allí.

En la charla técnica les prometí a los jugadores que todos jugarían, reconozco que en ese momento no pensé que muchos de ellos tenían arraigado un fuerte espíritu de competición, producto de los logros obtenidos hasta ahora, de la influencia de las familias enfocadas en los resultados, especialmente los padres, que no estaban dispuestos a aceptar una derrota, “había que ganar como sea”, fue siempre la opinión de los padres. Los preceptos axiológicos estaban por debajo de la competición, los jugadores me respetaban, pero estaban enardecidos porque querían ganar y si de ellos dependiera no estaban dispuestos a que se hicieran cambios para coadyuvar a la autoestima de los que estaban en la suplencia. Era consciente que si quería ganar tenía que dejar al mejor equipo en la cancha: Aniano, de biotipo longilineo, hablaba con su silencio de goleador, tenía hambre de gol; Edinsón Barceló, tenía coraje y fuerza en la media cancha, impasable; el moreno Gilberto, volante, con su técnica excelente era un buen pasador del balón, siempre exhibía fuerza y pundonor en cada partido; Gutiérrez, era locuaz con la pelota desbordando por las puntas, driblaba, centraba, desequilibraba hasta hacer gol; Ricardo era el líder gritando desde atrás, imbatible como arquero.

No debí hacer lo que hice, a fin de cuenta en un juego se pierde, se gana, o se empata, pero fue más mi deseo de hacer sentir bien a los suplentes que los fui cambiando uno por uno; me partía el alma viéndoles la ansiedad de querer hacer parte de este momento histórico, por eso no dudé en hacer los cambios; además, siempre les había hablado de divertirse con el juego, sin embargo, no todos opinaban igual, tanto padres de familia, como hinchas me enviaban sus energías tensas porque el partido estaba empatado y, según el criterio de ellos, no debí hacer cambios, que me olvidara de los sentimentalismos y el humanismo, y me enfocara en que era una competencia que tenía que ganar, y eso implicaba sacrificar algunos jugadores. Se les veía la mirada radiante y el entusiasmo a los que entraban; había rabia contenida en los jugadores que saqué. El partido estaba empatado, cero a cero. El segundo tiempo siguió cero a cero hasta que un ataque de Sabanalarga nos cogió retrocediendo y la pelota terminó inflando la malla de la portería que daba hacia la carrera Olaya Herrera.

Ya no recuerdo si perdimos uno a cero, o dos a uno. El equipo jugó bien, incluso, los suplentes no desentonaron, pero si el equipo titular hubiese continuado la historia hubiese sido otra. De regreso al municipio de Soledad, recuerdo que mi mente entró a divagar después de un cansancio acumulado de seis meses de trabajo. Esa noche decidí no ser técnico de fútbol. Que fuera otro el que puteara a los futbolistas, que los gritara desde la raya, que les exigiera sin tener la mínima idea de quién era cada cual, que los violentara durante los entrenamientos y los dejara extenuados; sí, que fuera otro el que respondiera al estereotipo de los hinchas y padres de familia.

En ese viaje de regreso, Gutiérrez iba a mi lado, secaba sus lágrimas. Era un niño con un talento indiscutible, se veía endeble, pero su habilidad y su biotipo le favorecían cuando tomaba el balón por las puntas. Lo miré, y él me vio. En sus ojos estaba el respeto, también el dolor, estaba la crítica contenida, y su locuacidad era con la pelota en el terreno de juego. Su lenguaje se expresaba en la alegría de sus juegos con el balón en los pies, después se volvía parco y taciturno. Sentía su mirada lacerándome en el rostro, queriéndome hacer miles de preguntas, pero prefería callar. Habíamos conformado un verdadero equipo y quizás me faltó preguntarles: ¿están de acuerdo en que se hagan cambios aun sabiendo que el partido está difícil? Seguro que esa pregunta hubiera generado una polémica, pero ellos estaban acostumbrados a ser consultados, y yo no lo hice. Me despedí al bajarme del bus y mientras me quedaba en la parada, sentía la mirada de Gutiérrez en la espalda, en la nuca y sus ojos se cruzaron con mis ojos, con rabia, con coraje, quizás hasta con un atisbo de odio.

Casi cuarenta años después me he encontrado a algunos integrantes de aquella vieja selección infantil en un homenaje que todavía me pregunto si merezco. Todos me han saludado con nostalgia, alegría y respeto. De pronto alguien se me lanza en un fuerte abrazo haciéndome bromas, riéndose y refiriéndose al último partido jugado, es Gutiérrez. Tiene claro, mucho más que yo lo que sucedió aquella noche en el Romelio Martínez.  Escucho su versión en una radiografía perfecta de lo sucedido. Lo escucho atentamente y le doy la razón.

Durante el homenaje se dieron discursos, se nombraron jugadores, se repartieron diplomas, se escucharon aplausos. Nadie hizo alusión a mi postura de aprendiz de técnico, ni a mis principios pedagógicos. De vez en cuando miraba al público desde la mesa donde estaba sentado y allí estaba Gutiérrez sonriéndome, enviándome un saludo con una cerveza en la mano. Ya Gutiérrez es un hombre, cincuenta años quizás, sin embargo, mientras el acto transcurre su mirada sigue fija en mí, que lo miro también, pero, así como él no ha olvidado la derrota, no dejo de ver en su mirada al niño que solo hablaba con el balón en los pies, que me acompañó con sus lágrimas en el último viaje que hice con ellos, que me dejó ver en su última mirada la rabia y el coraje, que no se apacigua todavía.

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