jueves, julio 16, 2026
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El arte de tomar apuntes

Los apuntes, en cambio, viven de su contradicción

y espontaneidad. No hay en ellos nada previsto,

nada esperado, y nada debe ser completado o redondeado.

La provincia del hombre. Elías Canetti.

1.

Era necesario “tomar apuntes”, insistían los maestros desde la escuela primaria. Los primeros apuntes fueron literales, casi al pie de la letra ensayábamos la memoria, observando los trazos en sintonía con las voces correspondientes. Seguíamos atentos las exposiciones magistrales, porque la escuela no contaba con ayudas audiovisuales. Los maestros eran artistas de la palabra, nos encantaban con sus narraciones y los esbozos de mapas mentales en la pared verde y lijada usada como tablero. Al tiempo que explicaban, sacaban sus apuntes de la memoria: las flechas cobraban vidas en el tablero, las líneas servían de puentes, los círculos le daban relevancia a un concepto, las mayúsculas atraían nuestra atención, asociando palabras, evocando ideas. Era admirable la caligrafía en cursiva y script, cruzándose y entretejiéndose en una red construida con tizas de colores blancos, rojos y verdes. A diario ejercitábamos los apuntes, nuestros propios apuntes. Se reconocía nuestro esfuerzo. Después el aprendizaje nos condujo a los apuntes evocadores, bastaba una palabra que invitaba a escribir una frase, nuestras propias frases, nuestras ideas, nuestros propios criterios. Los apuntes fueron un paso necesario para la imaginación. Dejamos de lado la literalidad, surgieron los pensamientos como el vuelo alegre de las hojas sueltas en otoño. Una mirada, el silencio de la madrugada, el calor de la mujer amada, la ausencia premeditada, un paseo matinal, el ladrido amigable de un perro, la venganza y el resentimiento: todos son apuntes personales, aliviando mi espíritu y dejándome el regocijo de escribirlo.

2.

Se sabía de memoria la calle. Cuando la conocimos de niño ya estaba ciega. Los viejos del barrio conocieron su entusiasmo y alegría en las fiestas, recordaban su mirada pícara y curiosa. No había fiesta a la que no fuera invitada. La querían por su gracia y sencillez. El abandono de su primer y único amor la dejó abatida. Eso pudo haber explicado su ceguera, aunque la ciencia médica no se lo explicaba, eran los rumores. Dejó las fiestas y se convirtió en la conciencia del barrio, recorriendo la calle de extremo a extremo. Tenía el don de encantar a los vecinos con rezos y escuchar los presagios, porque no podía verlos, decía; hablaba de lo bueno y lo malo a niños y jóvenes; enseñaba el Padre nuestro, Dios te salve y Santa María. Sus manos sanadoras mitigaban las fiebres, aplacaban los dolores, ajustaban un hueso salido, sabía de aseguranzas para los niños con mal de ojo, y de brujerías y maleficios. Lamentaba haberlos aprendido tan tarde, pero terminaba santiguándose para evitar caer en pecado, recordando al tipo que se llevó sus ilusiones. La biblia era su libro de cabecera, de ahí sacaba consejos y regaños. De la alegría en los tiempos de vidente pasó al rostro serio y austero bajo la aureola de la ceguera. Ahora veo más que antes, decía en cualquier casa donde escuchaba voces en las puertas, deteniéndose. También sabía de memoria las voces de los habitantes del barrio.

3.

Uno a uno se fueron de nuestro lado. Imposible detenerlos cuando de antemano se educaron para exiliarse del hogar, incluso del país. Como Ulises, partieron en un viaje incierto, convencidos de superar la omnisciencia de los dioses. Ya en la distancia, los mensajes digitales; las cámaras, acercando las imágenes y las palabras, sin abrazos. Día a día mostraban una alegría sincera y un espíritu adaptado a la permanencia. Homero no los veía, los escuchaba impotente. La odisea del regreso no estaba contemplada, ni como esperanza siquiera. La madre y yo, sin embargo, esperábamos tejiendo la ilusión del regreso.

4

Dolió su muerte. También los sueños que se llevó. Buscamos en su cuarto, curioseamos los rincones, preguntamos dónde podrían estar sin dejar de mirarnos. Nada. Se los llevó con él. Eran sus sueños, no los nuestros. Lo hicimos porque a él no le servirían de nada. Nadie puede continuar los sueños de otro.

5

Se obstina en el goce de ser temido. No le importa. Le han dicho que antes del temor es preferible el desprecio. No lo acepta. Ser temido es su fuerza, pero es inconsciente de su debilidad; la razón no le alcanza para ello. Es la venganza la fuerza en la que se ampara, en los medios que lo azuzan y opinan como él, en el imaginario de los sumisos que lo muestran como un dios. Sabía del miedo que inspiraba estando en el poder; sonreía cuando la masa social justificaba la Ley del Talión a su conveniencia. La represalia era su fuerte, lo sabían los psiquiatras. En cada ilícito, en cada supuesta transgresión de la ley, en cada disidencia, en cada opositor a sus ideas, estaba el dolor evocado en la muerte del padre. Perdonar era una utopía en su percepción del mundo. La venganza lo marcaba como un animal siniestro. Perverso, incluso fuera del poder, los más cercanos aún le temen. Le bastaba entrar en una sala para que las conversaciones murieran en seco. Las autoridades, sus amigos, familia, subalternos, los de su partido, le temen. Prefieren la conformidad de la sumisión a la desobediencia.

6

Mendiga de lunes a sábado. Descansa los domingos, me dice, cuando logro hablar con él, porque es gran conversador. Es extraño verlo esta mañana dominical en el lugar de siempre, extendiendo su mano. Implora a los transeúntes. Lo observo. Me observa, saludándome y diciéndome con voz apagada: “profesor, últimamente el trabajo está malo”. Le sonrío. Lo invito a desayunar.

7

Verlo tan frecuente permitió construir una amistad. Una amistad impregnada de ladridos de bienvenida, cargada de alegría; de sus ladridos en las tristes despedidas que emanan un dejo de nostalgia; de saltos y retozos juveniles; de usar su cuerpo y su pelaje para masajear sus deseos de apego y confianza. De sus jadeos entrecortados, el intento de un abrazo efusivo y su olfato reconociéndome de pies a cabeza, haciéndome sentir la frialdad eterna de su hocico. Le manoseaba el pelaje, se lo revolvía; la fuerza de su juventud late nerviosa entre mis brazos, su vitalidad de perro joven. Miraba en sus ojos la mirada curiosa y expectante, observándome. Sabía de su comportamiento alegre y juguetón y también de su actitud perruna con cierto aire depresivo; me encantaba su mesura estoica de no alimentarse a toda hora. Tanto él como yo éramos felices en los tiempos justos del encuentro: echado como un tapete gris se esparcía por el suelo, a mi lado; se hacía notar con el sube y baja de su respiración en mi pierna, su calor, la frescura de su trance y su meditación. No lo miro, solo lo siento echado a mis pies. No es un animal. Tampoco es un perro, o quizás lo es para el que no es su amigo. Mientras escribo este apunte tengo la sensación de que muy dentro lleva consigo un hombre que se burla de nosotros, pero es consciente que su cercanía y la fuerza de su respiración son una contribución a la amistad que me profesa.

8

En un simple paseo matinal, andando al estilo de Thoreau o en el equilibrio dinámico y placentero de la bicicleta, recordando Nairo por los tours del mundo, se observan estampas de la gente en busca del oxígeno en cada amanecer antes que el tráfico lo pervierta con los gases tóxicos que joden al planeta. Un perro saca a pasear a su amo, que camina dando traspiés, típicos en un sedentario, cuyo cuerpo le es extraño. Un celular es exhibido en un brazo extendido, listo para una selfi, del hombre o la mujer que corren, jadean y sonríen, para después montarlo como proeza en Facebook o Instagram; un bebé apacigua su llanto al sentir la brisa del mar cercano y contempla sonriente, con cierto regocijo, el verde mundo que le ofrecen la altura de los árboles y el alegre vuelo de los pájaros, avistados desde su coche y empujado por una madre con la vista fija en el celular.  ¿Qué diría Matsuo Basho? No lo sabemos, pero quizás años más tarde – si el poeta es leído por los corredores, el hombre sedentario o la madre apegada al celular – recordarían este instante. Un instante vivido que años después solo el niño recordaría sin saber por qué esa sensación ante los breves versos del poema Las sendas de Oku: ¡Qué gloria! / Las hojas verdes, las hojas jóvenes, / bajo la luz del sol.

9

Observo la mujer que duerme a mi lado hace más de cuarenta años. He sido testigo de su descanso adolescente; he escuchado de su propia su voz los sueños de su juventud. Su cuerpo es un oráculo de vida reposada, de vida fértil. Su belleza siempre ha permanecido con ella, su despreocupación alegre e infantil se me antoja ingenua. Nada ha cambiado en ella, sin embargo, no es la misma. La mesura de la vejez pausada duerme su confianza con la sospecha inconsciente de saberse observada.

10.

El tiempo transcurre y quedamos solos. Lo sabemos, lo supimos, solo hay que aprender a soportar con estoicismo la angustia del desprendimiento, aunque no sepamos cuando escucharemos de nuevo sus voces y sus risas. La ausencia se vuelve una presencia constante, una sombra que se desplaza lentamente entre el recuerdo y la espera. En esta soledad, la compañía del otro se convierte en un ancla que sostiene el alma frente al imparable paso de los días.

11

Cuando era joven, el viejo maestro que ahora observo sin que me reconozca, nos decía que el pasado no existe. Nunca lo entendí a pesar de las tantas veces que lo repitió. Quizá tenía razón. Bueno, en realidad para él, ya el pasado no existe. Se nota en su mirada extraviada que me mira sin indagarse, sin preguntarse. Los compañeros de colegio de aquella época hablan de su Alzheimer. Solo vine a comprobarlo. La memoria se deshace, y con ella, la idea del tiempo y de la identidad. Lo que fue, se vuelve fugaz, un susurro perdido en la bruma de un presente fragmentado.

12

Le llegó la carta de retiro del trabajo. Leyó fragmentos de la carta: agradecimientos y fecha de vencimiento de su contrato; disfrute su ocio a partir del día…Recogió sus cosas en los días siguientes: diplomas que lo exaltaban como empleado del año, fotos de los hijos que se fueron del país en un exilio voluntario y un retrato de su mujer que lo dejó solo con su viudez, a la que hacía preguntas sin obtener respuestas, solo su mirada alegre y fresca, sonriéndole desde el más allá. Él, que era un entusiasta en el trabajo, perdió toda pasión e interés. Le recomendaron la lectura de La Tregua, novela de Mario Benedetti, porque la jubilación tiene su encanto y ello incluía hasta un nuevo amor, una amante quizá. Sin embargo, a pesar de los alientos y ánimos de los amigos y familiares, aún no asume el retiro.  Continúa saliendo de casa todas las mañanas a la oficina y regresa por las tardes a la hora acostumbrada. Se mira en el espejo y ve reflejado su cansancio y sus fatigas. Cree que el trabajo lo estresa.

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  1. Una coleccion de pequeñas y valiosas historias, resalto la toma de apuntes a mi juicio desarrolla la memoria, enrriquece el lenguaje oral y desarrolla la escritura.

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