jueves, julio 16, 2026
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Fútbol de veteranos

Como no llegaron los titulares de siempre tuvieron la obligación de meterlo desde el principio, qué más tocaba. Ante aquellos ojos curtidos su fina figura sólo hablaba de libros y consultorios, jamás de inclementes combates futboleros. Su piel impoluta no lucía cicatrices y ni por equivocación el más pequeño tatuaje. Por eso, los demás, consumados veteranos, exjugadores profesionales, con muchas horas de camerino y linimento, lo miraban, y con razón, con total desconfianza. 

Cuando el partido alcanzó el estatus de exhibición vernácula, con pases y malabarismos exquisitos, este hombre ya no existía. Porque si la pelota la tomaba el equipo contrario sencillamente no la veía, tal era la precisión de los pases entre aquellos viejos camaradas, y cuando la tomaba su propio equipo, sus compañeros no lo veían a él, a pesar de su afanoso deseo de participar, mostrándose aquí y allá, apareciendo en los claros, implorando con su vocecita angustiada que le dieran a probar del confite. ¡Pobre médico!

Hubiese sido preferible que trotara alrededor de la cancha, sin duda la humillación habría resultado menos patéticas; a esas alturas del juego, pasado los veinte minutos, y  a pesar de su obstinado esfuerzo, por alguna razón que él no comprendía, deambulaba inédito en la cancha, sin haber tocado ni una sola vez el balón.

De repente tuvo la suerte de recoger un rebote y ¡oh, sorpresa!, el zurdito con cara de intelectual bogotano ejecutó una finta y entregó un buen pase. Lo hizo con rabia, con carácter, con resolución. A partir de allí la película empezó a filmarse en colores: Comenzaron a verlo. Alguien tímidamente le entregó el balón como para probarlo de nuevo y nuestro hombre respondió con un cambio de frente afortunado. De manera que al minuto treinta ya estaba en la rosca. Le decían “Vale mía”, “Cacha”, “Dóctor” (así, con acento en la primera O); otro, un poco más emocionado, después de que exhibiera un enganche, le gritó “Monstruo”. De algo le habían servido esos picaditos en Córdoba, Argentina, mientras hacía el rural, pensó. Siempre había creído en sus condiciones. Sabía que tenía su magia. No fue futbolista profesional porque su papá lo obligó a estudiar, usted sabe, pero ni más faltaba, aquí me tienen en la piña, qué se creyeron esos tipos.

Para nadie es un secreto que estos partidos de futbolistas veteranos, son espacios cerrados, prácticamente impenetrables. Definitivamente es un universo aparte. Son cofradías con códigos y sobrentendidos muy puntuales. Sus integrantes siguen rindiéndole culto a su pasado siempre “exitoso” y de leyenda, aunque necesariamente no haya sido así. En esa instancia de sus vidas juega más la evocación de gestas memorables, anécdotas y pasajes heroicos, que es lo que les ha quedado. Es un mundo con una alta cuota de imaginación y nostalgia, pero cómo no vivirlo con orgullo insolente y fascinación. Apodos, sobrenombres legendarios, más propios de luchadores enmascarados y paladines mexicanos (El Charro, El Zorro, La Muñe, El Mocho, La Pulga, Charol).

Para ellos todavía el juego significa tenencia de la pelota, gusto por administrarla, creatividad para gozársela. Y es lo que no han podido entender todavía las nuevas generaciones de futbolistas, que están siempre desesperados por lanzarla y por perderla.

En una atmósfera cargada de chistes y temas relacionados con los achaques de salud y trámite de pensiones, sucede un domingo de fútbol para esta comunidad, que prefiere apostarle al respeto y al buen gusto porque sabe que lo único que hay que defender allí es la amistad, última trinchera contra la tiranía de la vejez palpitante. El sancocho, las cervezas, el ron blanco, las señoras y algunos hijos que acompañan y el aplauso de los fanáticos de siempre que siguieron venerándolos a través de los años. En esta comunidad se presenta el caso curioso de que los fanáticos, técnicos y jugadores y hasta los árbitros gozan de la misma importancia. Cada jornada dominical es una cita obligada; siempre hay llamado a lista, nadie puede fallar, quién no llegue irremediablemente se hace notar. 


De modo que comprendemos ese celo, legítimo deseo de resguardar ese espacio. Por eso cualquiera no entra ahí. Para ser admitido con agrado es necesario demostrar ciertas cualidades personales y futbolísticas que garanticen que no serán alteradas las condiciones tradicionales. En otras palabras, quizás, sin proponérselo, han conformado un exclusivo club de veteranos. Y no faltará quien critique esa actitud de recelo. Pero la selectividad será siempre una característica de la edad otoñal ¿Y por qué no hacerlo si hay otros que descaradamente arman un club de dominó en el barrio y cierran filas como si se tratara de un cantón inexpugnable?

Y si vamos a la cancha, el criterio por el que se guían es elemental: Después de tantos años de trajinar en ese deporte, en esas instancias, lo único que les interesa es la seguridad del balón. Por eso se lo entregan a los que saben. Piensan dos minutos antes de pasarlo. No se lo dan a cualquiera. Para ellos todavía el juego significa tenencia de la pelota, gusto por administrarla, creatividad para gozársela. Y es lo que no han podido entender todavía las nuevas generaciones de futbolistas, que están siempre desesperados por lanzarla y por perderla. Uno mira un partido de muchachos y no alcanza a contar cuatro pases seguidos por equipo. No hay continuidad de juego, no hay fluidez. Se prefiere ensayar un choque con el contrario que dársela a un compañero.

En cambio, si usted está participando en un picado de veteranos y pierde dos veces consecutivas el balón, pida cambio enseguida, no pierda su tiempo amigo, porque no se la van a dar más. Piérdase porque lo borran. De pronto hasta lo podrían aceptar como fanático acompañante si es buena gente o hasta de patrocinador si tienes platica, pero como jugador hay cero posibilidades. A menos que haya sido una estrella en sus años dorados y tenga su espacio ganado en la memoria de la gente. Ahí sí… lo perdonan. Hasta le celebran sus embarradas. Aquí sí cuenta aquello del recorrido; con los nuevos y desconocidos, en cambio son implacables.

El análisis que hacen es el siguiente: Si cuesta tanto correr para recuperar la pelota, el peor castigo será para aquél que la pierda con facilidad. Porque es imperdonable que tengan que esforzarse de nuevo en disputarla, si lo que ellos quieren es divertirse, y diversión es poseer la pelota. “No puede ser de otra manera, güevones”- como dijo alguno. Por eso es que se cierra el círculo, esa defensa a ultranza, esa desconfianza expresa cuando aparece algún espécimen tierno, con cara de seminarista, queriendo participar del juego. No señor, ya los puestos están ocupados. Y si me apuras un poquito empezamos a sospechar de su delicadeza. Hummmm. A no ser que el tipo demuestre maestría y temperamento y que además se adapte y cumpla estrictamente con las leyes tácitas del grupo, esos códigos que nunca nadie menciona pero que todos aplican.

Así como lo hará después el médico de nuestra historia: Él también tendrá que dejar colgado a ese loquito que entra y que pretende que le den enseguida el balón sin haber mostrado las garantías para no perderlo.

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1 COMMENT

  1. Gran discurso profe, aunque la intención es hablar de un grupo de jugadores en especial, también deja ver el consejo a los jóvenes al visibilizar su desespero y afán por jugar el balón.
    Muchas gracias

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