jueves, julio 16, 2026
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Hace un mes… todo quedó ahí

Recelo tenia de adquirir un auto nuevo, sin embargo, en mayo lo compré, presente que ella bien merecía, para el día de la madre. El celular que en junio regalé, para su cumpleaños, ahí quedó, con solo tres meses de uso. La nueva máquina de coser, que tanto añoraba, no la alcanzó a estrenar, en su caja de madera, aun, permanece guardada.

Y, así, todo quedo ahí hace un mes. Nada se llevó de sus vestidos, zapatos, bolsos, perfumes y pashminas. Todo de marca, vanidosa que era. Bien puesta le gustaba andar. Las maticas de cebolla y jengibre de la cocina, la uva playa del balcón y el coco que en un recodo de la sala está, que con celo todos los días regaba, al levantarse. Sus floreros, acostumbrados a lucir heliconias, rosas y orquídeas en la sala principal y sala de estar.

Madejas de hilos, lanas, sedas y cuanto utilizaba en sus bordados y tejidos, muchos sin terminar, ocupan anaqueles, gavetas y closets. El laborioso mantel blanco que elaboraba con tanta dedicación y entusiasmo para Regina, concluir no pudo. Sus particulares adornos de porcelana y Lladró que rebuscaba en las galerías de arte cuando viajaba al exterior. Los oleos de su hija Mónica que cuelgan multicolores en las paredes blancas del apartamento y que ufana mostraba a cuantos visitaban. “Tu exposición permanente de pintura”, le decía.

Los variados relojes que adornan lo alto del marco de cada puerta, como en la poesía de García Lorca, se pararon, en señal de duelo, a las 5 de la tarde del día 9 del noveno mes del año, la misma hora de su funeral.

 Joyas ni prendas dejó cuando los bandidos, al penetrar en la vieja y hermosa casona de la 85, hace 10 años, se las robaron. Solo para los nietos, complacida, volvió a comprar con el club que en la Joyería Moderna todas las semanas pagaba. 

Ahí están la mecedora y la camándula colgando, sobre el busto de la Virgen, en que todas las mañanas se recogía, piadosa, a rezar el santo rosario por las intenciones de su gente querida y otras más.

La casa se siente vacía, solitaria, si ella no está. Falta su encantadora presencia, dulce voz, tenue risa, maternales regaños, el suave tararear de las canciones de Demi Roussus en las que se embelesaba. Helena lo llenaba todo. Era mi amoroso sostén, mi afectuoso refugio. Mi razón de ser.

El tinto de la mañana ya no me sabe a gloria, sin el buqué particular, delicioso, que ella le imprimía. Si la busco para contarle mis cuitas o el sueño que tuve, la noche anterior, con Lucia, con Diego o con Antonia un nudo se me forma en la garganta sin la reconfortante alegría de poder compartirlo y celebrar juntos. Gran conversadora, se volvió ya septuagenaria; deslumbraba con sus historias, anécdotas y cuentos, con su impresionante memoria.

En Samoa, la tienda Club Bordillo de los Altos de Riomar, a donde pernoctábamos a comprar cilantros y limones y de ñapa una Stella Artois degustar; las ariscas palomas no revolotean, encaramadas y tristes en el alto ramaje del frondoso almendro que nos cobijaba con su sombra.

Si asomo a lo alto del balcón veo pasar los barcos que van y vienen por el caudaloso Magdalena, sin la viva emoción que a su lado sentía, el paisaje marino del intenso azul caribe se tornó en grisoso manto fúnebre.

Ahora experimento la amarga sensación de que cuanto hay en el apartamento sobra, si Helena no está, no tienen ningún sentido. Helena Yamile era mi alter ego, mi motor, mi vida. Tengo la terrible impresión de que mi hogar se derrumba a pedazos en medio de la soledad que me consume, del injusto silencio que tintinea en todos los rincones.

Espero, tengo fe, que la congoja que a mi alma atormenta pase pronto, se apague con el correr de los días bajo el impulso permanente de su vivificante recuerdo que nunca ha de acabar.

Los variados relojes que adornan lo alto del marco de cada puerta, como en la poesía de García Lorca, se pararon, en señal de duelo, a las 5 de la tarde del día 9 del noveno mes del año, la misma hora de su funeral.

“El tiempo lo arregla todo”, es estribillo que acostumbro a utilizar para calmar el ánimo de los que a mí se acercan abatidos en busca de consuelo, de un sabio consejo. Ahora me toca aplicarlo, a mí mismo, en la coyuntura dolorosa que padezco cuando el gran amor de mi vida ha partido al encuentro glorioso con el padre celestial.

Porque la vida sigue y el mejor homenaje que puedo rendirle es continuar la dinámica que, solicita, imprimía a la existencia, la suya y la mía.  En casa, mandaba, ordenaba y disponía, como una autentica líder. De mi parte complaciente, se hacía lo que ella quería. Bueno, estético y exquisito gusto que tenía para todo.

Son muchas las enseñanzas que recibí de esta gran maestra, formada en la escuela de la vida, que predicaba la seriedad, el orden y la disciplina.

 Nos deja una estela de honradez, de honestidad, de lealtad y sobre todo de servicio a los demás con suma bondad, sin esperar nada a cambio. Son innumerables las personas que recibieron el beneficio de su corazón desprendido, de su alma generosa, con la sabiduría y templanza suficientes para hacer caso omiso a las ingratitudes. Callada, practicante de las obras de misericordia, sacrificaba sus gastos personales para resolver afugias económicas de familiares, amigos y personas, sin ningún vínculo, que solicitaban su espontanea colaboración. Tan callada, que en la mayoría de las ocasiones yo ni cuenta me daba.

Porque nada trajimos a este mundo y nada podemos llevarnos, vestida de blanco, y nada más, partió Helena Yamile en su angelical viaje hacia el reino de los justos, al reino de los bienaventurados limpios de corazón, que gozosos pueden ver a Dios.

Quedan sus sacrosantas cenizas para recordarnos que, igual a ella, nosotros también seremos polvo, del mismo barro de que estamos hechos todos los humanos, para invitarnos a seguir su ejemplo de vida. El ejemplo de la mujer admirable y buena que permanecerá por siempre viva, con su bendito recuerdo, en nuestros corazones agradecidos.

El tiempo pasa y en cada segundo palpita en mi corazón el dolor de su partida.

En cada segundo mi alma suspira por el amor que me dio. Mientras, yo sigo mi camino, con el intimo consuelo de que la amé, la amo y siempre la amaré.

Amor mío

Eres, aunque ausente, amorosa presencia

Que darás ánimo al dolor de mi callada soledad

A mi perpetuo sufrir, ahora que conmigo no estás.

Ya no seré el mismo de antes, en mi agitado pensamiento,

 y en mi insaciable existir, si tú por siempre te marchaste.

Quedo añorando la romanza vespertina

de tus besos, tus caricias y tu candor,

de vago por las tardes, frente al mar azul

sin tu vital aliento que buscaré

en una estrella o en una flor.

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  1. Un bello homenaje al ser amado, a la compañera de los caminos de la vida, el sentimiento de perdida o el duelo expresado en este magnifico escrito. En donde las palabras faltan.

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