El otro discurso, muy personal (3)

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Agustín Garizábalo.

“Un día, narrándole todos estos avatares a Pacho Maturana, me dijo: ‘Cuenta tu historia, no necesitas más’…” – AGA

Mi primera gran aspiración, cuando niño, era ser maromero. Me gustaba estar enganchado en los árboles haciendo piruetas y como era muy elástico, estiraba mis piernas y brazos al punto que podía ponerme la pierna izquierda sobre mi cuello y caminaba, así enredado, sobre mi pierna derecha. En esas pusieron un circo cerca del colegio Salcedo, donde estudiaba, en el playón frente a la Funeraria del Pueblo, ahí a orillas de la calle 18, que todo el mundo en Soledad conoce como la 17, vaya usted a saber.

Fui a la primera función del circo invitado por un compañero que había conseguido unas entradas. Transcurría todo normal con números de payasos, perritos  y leones cuando de repente el presentador, con música de redoblantes, exclamó: “Y ahoraaaa…. Jonny Quest” Era un trapecista, con otros dos que le acompañaban, haciendo volteretas mientras se soltaba de un trapecio y se agarraba de otro. Pese a que tenía una malla debajo, que lo protegería de una eventual caída, quedé espantado, extasiado, anonadado. No había visto en mi corta vida que un hombre pudiera volar (entonces no veíamos televisión y contadas veces habíamos ido a cine, así que nuestra imaginación era casi virgen) y me aficioné de tal manera a ver ese número que todos los días le pedía a mi amigo que fuéramos al circo a mirar cómo ensayaban, cómo comían, cómo bañaban y alimentaban a las bestias, cómo se maquillaban. Y cada vez que mi amigo conseguía entradas, nos metíamos en la primera función del día, que era a las cuatro de la tarde, y el único número que me interesaba de verdad era el de Jonny Quest, mi héroe, mi fantasía, porque, en ese momento, a mis doce años (que era como tener ocho ahora), lo que más quería en la vida era volar por los aires y hacer contorsiones y piruetas.

En mi casa había una tienda y alquilábamos “paquitos” de superhéroes, Pato Donald, Tío Rico, Pájaro Loco, etc. Y cada tanto había que ir al centro de Barranquilla a cambiar las historietas, especialmente aquellos tomos de Santo, el enmascarado de plata, que los lectores seguían con asiduidad. Ese miércoles me tocó a mí esa tarea; iba muy tranquilo a eso de las nueve de la mañana en una chiva de Transporte Martelo, cuando, cerca de la Funeraria del Pueblo, por donde estaba puesta la carpa del circo, se sube Jonny Quest, y yo que me pongo pálido, mi héroe ahí en persona, de carne y hueso y en colores. Vino y se sentó justo en la banca detrás de mí. Un sudor frío recorrió mi cuerpo. ¿Qué hacía? ¿Le metía conversación? ¿Le preguntaba por tonterías como hace uno cada vez que se encuentra con un personaje que no imagina encontrarse en la realidad? “No puedo perder esta oportunidad”, me decía. Contarle que yo también era maromero, que una vez me caí de un palo de mango y no me pasó absolutamente nada, que mi sueño era volar entre trapecios. De los nervios lo único que se me ocurrió fue ponerme a ver una de las historietas que llevaba en mi bolsa, y en medio de mi confusión, pude ver que mi ídolo, se acercó lentamente por detrás a mirar lo que yo estaba viendo. Qué sensación de plenitud me invadió al saber que, de alguna manera, estaba haciendo algo por mi héroe, así fuese de manera indirecta; que fuera leyendo las aventuras del Súper Ratón mientras llegábamos al centro y tuve el sumo cuidado de darle el suficiente espacio en mi costado para que pudiera leer con más facilidad. Al llegar a nuestro destino, se bajó resuelto y sin la más mínima intención de voltear para atrás ni agradecer aquel gesto mío (recordé este episodio cuando vi la película “Un aventura extraordinaria”, al final, el tigre Richard Parker internándose  en la jungla).  Pero igual me sentí muy feliz, porque pude hacer algo por aquel personaje que me había cautivado con su magia en esas semanas. 

Algo de eso me ocurre con los artistas, los magos y futbolistas. Como mi segundo sueño fue jugar fútbol en grandes estadios, (aunque no lo crean, tenía fina magia con el balón) y cómo caí en una etapa, que duró 4 años, cuando me enfermaba por cualquier cosa, mi mamá no me dejaba salir  y cuando tenía que hacerlo me obligaba a llevar un plástico por si llovía, y me impedía que nadara en el caño, y menos jugar fútbol, yo que andaba, lo que se dice, en el nivel más lastimoso de flacura, y “Qué tal que te rompan una pierna o te fractures un brazo”, me decía. Además, con problemas de calcio en los hueso, porque era místico para comer, no me alimentaba bien y me veía más desnutrido y pequeño que los otros pelaos.

Observar con profundidad y sentido crítico las actuaciones de aquellas personas cercanas que tienen un don (y no me refiero solo a futbolistas), que son capaces de hacer lo que yo no podría hacer ni en mil años, pero por mi aprendizaje permanente, esa manía de mirar, esa manera incrédula de ver, porque no me quedo con nada, lo que en realidad no es VER sino INTERPRETAR, – “Los intelectuales tenemos la obligación de ser incómodos”- les digo a mis amigos para fastidiarlos

Así que estaba condenado a sentarme a mirar, desde mi ventana, los juegos de mis amigos y vecinos.   Jugaban a cuatro, ocho y doce,  la lleva,  trompos, bolas de uñita y, por supuesto, al fútbol. Empecé a darme cuenta de ciertos detalles y cosas que podrían significar una estrategia para ganar en los lances. Una vez trajeron una “línea” de bola de trapo de otra cuadra y la contienda resultó violenta y ardorosa, y en el ambiente se sentía que la cuadrilla del otro lado nos superaría, la caída era inminente y entonces se me ocurrió, a mí que casi no me paraban bolas porque era el más debilucho de la cuadra, se me ocurrió llamar al Perilla, que era el que mejor técnica tenía de los nuestros, y le dije que se fuera al costado izquierdo porque había visto que esa zona era la más débil del contrario, y él, sin reflexionar demasiado corrió hacia ese costado, con tan buena fortuna que le cayeron un par de bolas y con espacio y precisión fulminó el partido con dos portentosos golazos, que los puso a celebrar saltando y abrazados porque habían ganado la apuesta, que no era poca cosa.

 Al final, cuando ya todos se iban, con las camisas al hombro  y cubiertos de arena, y después de hartarse varias ollas de agua, yo mirando esas caras de felicidad de mis amigos de cuadra, y Perilla, haciéndose el desentendido, disimulando lo más que pudo, como si no estuviera ahí pero sabiendo que sí estaba,  lanzó una mirada hacia mi ventana y levanto brevemente el pulgar de su mano derecha por unos segundos, lo que yo interpreté  como un “Gracias”.

Entendí que esta era mi misión en la vida: Ayudar a mis héroes, hacerme importante para ellos, lograr que me crean, que reconozcan mi inteligencia y sabiduría, si es que tengo alguna. Eso implica salirme, ver desde afuera, mimetizarme, hacerme parte del paisaje y ser lo más honesto posible con ellos. Observar con profundidad y sentido crítico las actuaciones de aquellas personas cercanas que tienen un don (y no me refiero solo a futbolistas), que son capaces de hacer lo que yo no podría hacer ni en mil años, pero por mi aprendizaje permanente, esa manía de mirar, esa manera incrédula de ver, porque no me quedo con nada, lo que en realidad no es VER sino INTERPRETAR, – “Los intelectuales tenemos la obligación de ser incómodos”- les digo a mis amigos para fastidiarlos; esa manera de encontrar un lenguaje para que algunos jóvenes futbolistas, por ejemplo, que saben que ellos son excelentes en lo que hacen (porque solo me interesan los excelentes, los que me invitan a volver a mirar) puedan potenciar sus cualidades y ser EFICIENTES, que no es más que conseguir resultados con mínimos recursos; esta relación pedagógica –de ida y vuelta- con los demás, decía, resultó siendo mi mayor motivación en la vida porque he logrado realizarme a través del triunfo de esos jóvenes y esos amigos -muchos educadores, por fortuna-, que se dejaron apoyar y que creyeron.

Alguna vez le preguntaron a Pier Paolo Pasolini, cómo había logrado un éxito tan rotundo en su carrera al convertir a personas comunes y corrientes en actores naturales. Apenas dijo: “Yo no soy sino por ellos, que no son sino por mí”.

***Una consulta al margen, mis queridos lectores: ¿Sigo contando estás historias o cambio de tema? Sus opiniones serían muy valiosas e importantes***

Agustin Garizábalo
Nacido en Soledad (Atlántico). amplia experiencia en Pedagogía Deportiva, especialidad en el fútbol de formación, manejo de grupo de trabajo e idoneidad en la selección y proyección de talentos deportivos. Hace veinte años es Cazatalentos oficial de la Asociación Deportivo Cali en todo el país. Ha contribuido en el descubrimiento, formación y desarrollo de las carreras futbolísticas de jugadores como Luis Fernando Muriel, Juan Guillermo Cuadrado, Gustavo Cuéllar, Rafael Santos Borré y Freddy Montero, entre otros. Columnista del periódico El Heraldo de Barranquilla, Revista Récord, Revista LA LIGA, Revista del Deportivo Cali Es un analista del fútbol en todos sus aspectos, especialmente en los pedagógicos y sociológicos.

1 COMENTARIO

  1. Profe,sinceramente le comento que me gusta leer cada uno de sus escritos,pues suelo trasladarme a los hechos cuando me gusta el contenido de lo que leo,y su manera costumbrista de escribir resulta para mi mas entretenida e interesante.

  2. Hola Gari, en qué momento decidistes ser escritor y comentarista de fútbol, luego pedagogo de futbolistas menores ? También recuerdo que empesastes observando y comentando a futbolistas “veteranos” y en su gran mayoría “docentes”. ¡ ah se me olvidaba! Caricaturista…!!! Saludos

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