jueves, julio 16, 2026
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Sobre el hablar y escuchar

 “Era también una pasión mía esa de oír a

las personas todo lo que desearan decir de sí mismas”.

Elías Canetti. Fiesta bajo las sombras (2003).

La primera prueba de respeto hacia los seres humanos

Consiste en no pasar por alto sus palabras.

Elías Canetti. La antorcha al oído (1982).

Este texto nace de una reflexión profunda sobre el acto de comunicar a partir de la vivencia corporal, enraizado en una lectura crítica y sensible de la condición humana. Se inscribe en el cruce de diversas corrientes filosóficas y literarias que abordan el cuerpo, la conciencia y el lenguaje como dimensiones inseparables del ser. En particular, se nutre de la fenomenología, que pone en el centro la experiencia vivida y el cuerpo como lugar de sentido; del pensamiento existencialista, que explora la relación del ser humano con el otro desde la libertad y la responsabilidad; de la filosofía del lenguaje, que interroga la palabra como construcción cultural y vínculo social; y de la corriente pedagógica crítica, que reconoce la corporeidad como dimensión esencial en los procesos de formación y escucha.

Desde lo literario, este texto se alinea con una tradición ensayística y poética que concibe la palabra no solo como medio de comunicación, sino como forma de pensamiento y de sensibilidad. No se trata de un texto técnico, ni de un ensayo teórico en sentido estricto, sino de una meditación personal, situada y resonante, que invita a pensar el hablar y el escuchar cómo experiencias corporales, sensoriales y profundamente humanas.

Aprendemos a comunicarnos antes de hablar. Antes de los sonidos está el gesto en el contexto, emergiendo del lenguaje corporal que evoluciona de lo instintivo a lo consciente. Siempre el cuerpo, sacándonos de apuro a medida que las conexiones maduran. Afinando la expresión oral, el cuerpo no se queda atrás: va a la zaga, escoltando al lenguaje. El lenguaje evocado desde el cuerpo, interioriza la lengua materna, el ritmo, las expresiones, la cultura en su totalidad, madurando los procesos cognitivos hasta convertir la lengua en una señal de inteligencia. Con el lenguaje incorporado, los actos se anidan y surgen de la conciencia, viviéndose en la intimidad de los monólogos como un personaje anónimo y cauteloso.

Dentro de los estudios de la motricidad humana, los factores perceptivos motrices permiten ejercitar la conciencia desde interior de la corporeidad, sobre sí misma y en relación con el entorno. La conciencia corporal surge de la comunicación interior, donde el cuerpo se habla y se escucha a sí mismo desde la interocepción, concebida como un sentido que permite ahondar en lo que sucede y lo que puede escucharse en un diálogo consigo mismo. Las sensaciones cardiacas, respiratorias y gastrointestinales son las más relevantes, sin embargo, la percepción de los sonidos guturales y las voces se perciben en sus evocaciones, en cómo han emergido y aclarado en el tiempo.

La sociedad global les exige a los ciudadanos que la lengua no se convierta en un obstáculo o una frontera que limite su tránsito como ciudadano del mundo. En ese sentido, las fronteras físicas están obligadas a superarse por el aprendizaje de los idiomas que favorecen la formación académica, científica y literaria. Más allá de hablar el propio idioma y comprenderlo, estamos abocados a incursionar en distintas lenguas y dialectos. A dejarnos seducir por el lenguaje, como describe Canetti, en La conciencia de las palabras, y quedar abiertos a la acción comunicativa de la “incredulidad, confianza, ambigüedad, jactancia, fuerza, amenaza, rechazo, disgusto, engaño, ternura, hospitalidad, asombro”, sabiendo que detrás de todo hablante late una intención que el oyente intenta desvelar, que la mirada escruta, desmintiendo o aprobando lo que la lengua proclama.

Por otra parte, el acto de hablar requiere un interlocutor que escuche. Antes de aprender a escuchar al otro, se aprende a escuchar el propio cuerpo, cuando se tiene la oportunidad de ser orientado en el ejercicio de la interocepción desde muy niño hacia la solidez de una conciencia corporal, desde la psicomotricidad. La escucha, entonces, se inicia desde el propio cuerpo en un viaje que descubrimos con exploraciones instintivas o conscientes, pero que, al final, puede aligerarse bajo una orientación didáctica. ¿A quién le corresponde? Quizás a la educación física, pero está se ocupa en una marcada tendencia deportivista alienada por el consumo y el rendimiento. Aprender a escuchar el cuerpo requiere de un maestro, sin importar su formación, porque escuchar el cuerpo no puede seguir sesgándose en la infancia.

Hablar y escuchar son inseparables, más que una hermandad, existe una complicidad simbiótica, necesaria entre la lengua y el oído. Cuando la voz y la audición están ausentes del cuerpo, este recurre al gesto y la mirada. El gesto que habla, esforzándose en la comunicación, y la mirada que observa, escruta y nos contempla. Incluso, cuando el gesto y la mirada no están, el cuerpo resuelve, compensando las ausencias. El tacto escucha a través de la piel, sintiendo la sonoridad de la vida en la plenitud del silencio.

Escuchar es un acto corporal e inteligente que favorece los procesos atencionales. De esa escucha se desprenden la condición de ser emisor o receptor; de ser interlocutor e incursionar en el diálogo como una necesidad mutua que implica entenderse, comprenderse o entrar en disonancia que nos obliga a establecer acuerdos. Más allá de la escucha de las voces, el ejercicio de la corporeidad, experimentado desde la interioridad, aprende a escuchar también el silencio.

El acto de escuchar es abrirse al otro en un gesto sincero y atento; entregarse a la palabra que llega y nos toca, atendiéndola; es responder asertivamente en la continuación del relato, en la narrativa de alguien que cuenta. Se escucha desde el oído, recibiendo la palabra y devolviéndola al otro. También se escucha con los ojos, con el gesto que asiente o desmiente; se escucha la voz que acompaña la declaración de ese otro que se anima a la confianza de la crítica, de la opinión, a lo que se padece y que necesita contar. Al escuchar nos apoderamos de los sonidos del mundo que nacen en la intimidad de la madre, siendo cuerpo propio y compartido; y seguimos asimilando en la propiocepción, en la vida exteroceptiva que nos llega de afuera, que influye en nuestra existencia.

Si no escucho al otro y este deja de escucharme, caemos en la mutua indiferencia; anulamos la posibilidad de la conciencia del otro. Si no escucho, me cierro al mundo y me niego a mí mismo y al otro. Pero a través de la apertura del mundo escucho las voces que me rodean: los trinos de cada amanecer, los murmullos que acosan y los ruidos que estresan. Aprender a escuchar es discernir la musicalidad de la vida, que incluye el silencio y el ruido grotesco de la civilización con su progreso.

Escuchar y hablar son inseparables, se toman de la mano, se convierten en cómplices; no pueden vivir el uno sin el otro, y si lo hacen, sería una vida incompleta e inaudible. A falta de escucha y de voces, surge el cuerpo que habla silencioso. El oído cede su lugar al recurso de la vista, al ojo que contempla desde la mirada las voces del cuerpo. Un cuerpo recursivo que salva la incapacidad de escuchar. El ejercicio de la escucha necesita del feedback de ser escuchado también. Escuchar es acogerse a la palabra del otro que habla; es resguardarse a sí mismo en la palabra propia; escucharse cuando el ruido se apaga y uno queda a solas con la compañía del silencio. Me escucho y te escucho para sentir que tu voz y la mía valen la pena; que soy sonido evocado y silencio que contempla la unicidad del mundo vivido, siendo lo más valioso lo que me diga el otro y poder escucharle; que me aliente y entusiasme en ser oído y escuchado a la vez. La voz escondida es el regocijo del mudo, el no hablante, deleitándose en el silencio que escucha, el silencio que observa, el silencio que conversa.

Soy reiterativo. Hablar y escuchar son inseparables, más que una hermandad, existe una complicidad simbiótica, necesaria entre la lengua y el oído. Cuando la voz y la audición están ausentes del cuerpo, este recurre al gesto y la mirada. El gesto que habla, esforzándose en la comunicación, y la mirada que observa, escruta y nos contempla. Incluso, cuando el gesto y la mirada no están, el cuerpo resuelve, compensando las ausencias. El tacto escucha a través de la piel, sintiendo la sonoridad de la vida en la plenitud del silencio. Y cuando las palabras, la mirada y el tacto se ausentan, surgen el olfato y el gusto en una sincronía para saborear los aromas y olfatear el silencio en una paradoja inexplicable.

Escuchar es entregarse a la palabra del otro en cuerpo y alma; dejarse arropar por lo que se dice y cuenta desde el lenguaje que clama. Es sentir la ternura del otro, su rabia, su rencor, su desasosiego, su malestar. No hacerlo es cerrarse, desviar la atención, ser indiferente.

Y si el que habla recurre al insulto o la promesa, respondo con el escepticismo del silencio; si lanza diatribas, dejo que la mirada le interrogue. Si sus palabras son afilados puñales, escucho su compulsividad y me sumerjo en la paz y el sosiego. Si juntos tenemos el convencimiento de una vida plena e individual; si ambos tenemos el tácito ideal de la solidaridad y el bienestar de los que nos rodean, porque nos hacemos daño con la palabra y la escucha indiferente. Si caminamos en medio de las ideologías y las vanas palabras que se pierden en ofertas y mentiras. Si nunca se aprendió a escuchar el dolor y palpar la miseria y nadie se percató de las oportunidades perdidas, ¿por qué insistimos en hablar, sabiendo que nadie escucha, que cada uno anda ocupado en su propia tragedia y necesidades insatisfechas, que nadie supo interpretar? Pero ese nadie, se ha convertido en el Testigo Oidor (P. 153), del que nos habla Canetti, que no se olvida de lo escuchado y, “cuando le llega la hora de desembuchar”, lo hace convertido en alguien que crece y se rebela, diciendo las cosas con precisión contundente que “más de uno desearía haberse callado en su momento”. Porque quien escucha de verdad no olvida. Y cuando habla, el mundo ya no puede seguir siendo el mismo.

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2 COMMENTS

  1. Wencel Valega hace un interesante análisis en su escrito sobre : Sobre el hablar y escuchar, coincido en que La primera prueba de respeto hacia los seres humanos consiste en no pasar por alto sus palabras, es una buena reflexión pues somos mas dados a hablar y pedir ser oídos, que a escuchar y entender al otro, me aplico el guante.

  2. Después de leer este ensayo quedan claro, para mí, varias cosas:
    Vivimos en medio de un ruido extrasonido que nos derrota, lo que nos obliga a aprender a escuchar el silencio del cuerpo, que es agua y silencio.

    Escuchar es otro acto consciente y lúcido de la corporalidad cotidiana. Es el otro lado de la otredad.

    Se piensa y se siente desde el complejo mundo interior, ese que no vemos y sin embargo, sentimos. Somos emisión y retorno. Este reconocimiento eleva nuestra responsabilidad de aceptación de nosotros y del otro.

    El ruido

    Difícil huirle al ruido,
    Nos muele los huesos
    Y los osículos del oído,
    De nada sirve la corbata
    Atormentada por los chasquidos.

    Ayer nada más
    Murieron veinte perros en la cuadra,
    Yo me salvé
    Por tener un corazón fuerte.

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