jueves, julio 16, 2026
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Ya voy. La cultura del aplazamiento

Es mejor hacer algo que no sea perfecto que no hacer nada.

Jhon Perry

Han pasado dos tediosas semanas sin poder escribir los esporádicos artículos para Teomedicadas, mi blog, ni para la revista virtual SoloProposiciones en la que, voluntariamente, estoy comprometido con una columna sabatina; no tanto con la revista, sino conmigo mismo.

Menos mal, asiduo lector, no he perdido el entusiasmo por el estudio y la investigación. Preocupado por esta abulia narrativa he dado, escudriñando por internet, con algunos textos que abordan el tema de la “Procrastinación” que me han llamado la atención y, por ende, dedicado a revisar y contextualizar. De esta manera he llegado al diagnóstico del mal que por una conocida y dolorosa razón personal y familiar me aqueja, el de una “procrastinitis aguda”, término que, motu proprio, se me ocurre endilgarle a este sindrome en el que “Uno no hace lo que tiene que hacer cuando corresponde”. 

Según la Real Academia de la Lengua procrastinar equivale a diferir, aplazar, dejar todo para algún otro momento, casi siempre indefinido. Sinónimos de procrastinar son: posponer, retrasar, postergar, demorar, retardar, dilatar, aparcar.

John Perry, el filósofo norteamericano de la Universidad de Stanford, en su libro The Art of Procrastination, 2020 (El Arte de la Procrastinación), Workman Publishing Company, lo define como “El arte de perder el tiempo” y habla de la deficiente gestión del tiempo de ciertas personas, de su extraña costumbre de aplazar tareas cortas, sencillas, susceptibles de llevar a cabo en el instante en que se plantean; actitud que puede ser irritante para otras personas que tienen una forma puntual, diferente de realizarlas. Tal vez lo más incómodo de esta modus operandi, procrastinador, es la justificación que siempre tienen para no ejecutar lo que en verdad toca, ocupados en otros menesteres de menor importancia.

Señala, Perry, el concepto de «orden horizontal», natural en un procrastinador, frente al «orden vertical», mucho más cercano a la noción de orden más conocida, el del individuo disciplinado.

Procrastinación proviene del verbo latino procrastināre, que significa postergar la presentación de una actividad de manera voluntaria. Tiene origen, también en el antiguo término griego Akrasia, que implica actuar en contra del juicio o causarse daño a sí mismo por debilidad de la voluntad.

Según la psicología la procrastinación es el producto de deficiencias en la autorregulación, con la falta de auto control que lleva al individuo a posponer el comienzo y realización de las actividades programadas por gratificaciones inmediatas, a pesar de conocer las repercusiones adversas de retrasarlas.  Es considerada, así como un patrón inapropiado en la conducta humana, de la voluntad.

Personas que visionan sus metas a largo plazo, con capacidad de posponer la satisfacción inmediata de lo cómodo y fácil por un beneficio más adelante, son menos propensas a procrastinar; dan valor promisorio a recompensas futuras con todo el esfuerzo que demandan. Disciplinadas y responsables que son.

Es justo reconocer que todos, con mayor o menor severidad, por diversas razones padecemos este sindrome cuando tenemos la pésima costumbre de dejar todo para después, nos encanta esperar el último momento para llevar a cabo obligaciones, deberes y compromisos. Justificamos la actitud dilatoria con excusas como: hace mucho calor, hace mucho frío, cuando deje de llover, se acaben las brisas, gradué y haga la especialidad, case y nazcan los hijos, trabaje y tenga dinero, consiga un mejor computador o más prosaicamente “cuando Dios quiera”. Supeditamos, de esta última forma, el ejercicio proactivo de nuestra voluntad al imperativo de la voluntad divina.

Recuerdo bien, que en mi casa la expresión “Ya voy” estaba terminantemente prohibida por mi exigente padre. Cuando daba una orden había que cumplirla de inmediato. “Por el camino del ya voy llegas al de no hacer nada, todo queda aplazado”, sostenía con vehemencia.  “Aplazamiento” es una palabra que utilizan los expertos en este tema para significar el resultado práctico de la PROCASTINACION. Al procrastinador crónico no le alcanza el tiempo para nada, es incumplido y siempre llega tarde a las citas. Si es estudiante en todo momento solicita aplazamiento de trabajos y evaluaciones.

Según la psicología la procrastinación es el producto de deficiencias en la autorregulación, con la falta de auto control que lleva al individuo a posponer el comienzo y realización de las actividades programadas por gratificaciones inmediatas, a pesar de conocer las repercusiones adversas de retrasarlas.  Es considerada, así como un patrón inapropiado en la conducta humana, de la voluntad.

 Diría que el aplazamiento es una constante en la cultura nuestra, es un fenómeno social que contribuye, poderosamente, en el atraso de las instituciones, en el desarrollo del país, a su subdesarrollo. Aplazamiento rutinario en la iniciación y terminación de las obras, demora para comenzar un evento, postergación indefinida de proyectos y planes corre pareja con la falta de puntualidad y cumplimiento de las personas responsables de su realización y su entorno. Comenzando por el presidente de la Republica Gustavo Petro, que debe dar ejemplo, la mayoría es incumplida con el oprobioso argumento de que nadie llega a la hora, todo el mundo se presenta tarde.

  • La semana pasada asistí en Cartagena a la ceremonia de graduación de la primaria, de uno de los niños de la familia que culminaba su 5º año elemental, ¿Qué tal? Estaba programada para las 4 y 30 de la tarde; comenzó a las 6, esperando a 3 chicos, de los graduandos.
  • Después que la Universidad Libre canceló mi contrato como profesor titular tras 41 años de servicio ininterrumpidos a la institución, ofrecieron por “prestación de servicios” que siguiera dictando la catedra de ética profesional a los doctores residentes de las distintas especialidades clínicas. La clase estaba programada de 4 a 6 de la tarde en el Hospital Universitario, CARI. No resistí la impuntualidad de los estudiantes y terminado el semestre no volví más a la universidad. Comenzaba a la hora señalada con los pocos alumnos presentes, los residentes de ortopedia, el resto iban llegando graneaditos y faltaban 15 minutos para terminar la clase y todavía seguían entrando estudiantes que llegaban con la mayor tranquilidad a conversar o a mirar sus celulares.

En la actualidad, inmersos en el mundo cibernético, a todos nos sucede que nos sentamos en el computador a realizar un trabajo, un escrito, por ejemplo, a mí me pasa, y en vez de concentrarme desde un principio en el objetivo señalado comienzo por revisar el correo electrónico, Facebook, YouTube, Instagram, etc., leo las noticias de toda índole y cuando vengo a ver he perdido tiempo valioso sin hacer nada, toca entonces postergar la elaboración de lo programado.

Este fenómeno que se da por el uso desmedido de las redes sociales el filósofo Perry lo llama “procrastinación estructurada”.  Según esta teoría los adictos a la dilación no son holgazanes sino personas que “consiguen hacer muchas cosas, dejando de hacer otras… posponen lo más importante y se entretienen haciendo algo “menos importante”.

  • En alguna ocasión llamé la atención a un estudiante durante la cátedra de anestesiología que, mientras yo dictaba la conferencia, revisaba fijamente su celular. Su respuesta me dejo callado, mirando hacia arriba. “No profe, yo no estoy distraído con el celular. Al contario, estoy muy atento a lo que usted dice. Solo que trato de comprobar qué tan cierto es, si es correcto, lo que usted refiere en su charla”.

Deduje, conforme, que, haciendo un esfuerzo, en algunos casos, si se pueden atender dos señores al tiempo.

Podemos colegir que la procrastinación, a las finales, encierra un problema ético, de falta de respeto por el otro, por la institución y por sí mismo, con repercusiones económicas y sociales nefastas. El costo de una obra pública, por ejemplo, después de varios aplazamientos, sale costando, mucho más de lo que fue presupuestada en sus inicios.

Para enfrentar la procrastinación debemos reflexionar sobre el valor del tiempo para no perderlo ante la conciencia que tenemos, como seres humanos, de la brevedad de la vida. El tiempo perdido tiene un costo alto. “El tiempo es oro” afirma la sabiduría popular. Séneca decía: “No es que tengamos poco tiempo, sino que desperdiciamos mucho.”

La cultura del aplazamiento corre pareja, sin duda, con la descomposición moral de los diferentes estamentos de la sociedad; de la corrupción galopante que corroe los cimientos de nuestra organización política. Habría que comenzar por exigir, ser rigurosos, en la puntualidad y cumplimiento de los niños y jóvenes, estudiantes de escuelas y universidades.

 El respeto por el tiempo del otro debería ser una consigna para poner en práctica en todos los ámbitos de la sociedad; comenzando por mis colegas, los médicos especialistas que, en su mayoría, ponen a los pacientes a esperar, horas y horas en sus consultorios, en forma inmisericorde.

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1 COMMENT

  1. Interesante título: Ya voy. La cultura del aplazamiento, conocida como procrastinación, equivale a diferir, posponer o dejar todo para algún otro momento, casi siempre indefinido. Es la costumbre de dejar las cosas para después, evitando enfrentar la vida y sus responsabilidades. Esta deficiente gestión del tiempo, presente en ciertas personas, no solo afecta a quien la practica, sino que también se convierte en una falta de respeto hacia el tiempo de los demás, un valor que debería asumirse como una consigna fundamental y ponerse en práctica en todos los ámbitos de la sociedad. Buen articulo

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