jueves, julio 16, 2026

Homenaje a papá 

Mi padre fue muy bueno: me donó su alegría
ingenua; su ironía
amable: su risueño y apacible candor.

Poema: Dones. LUIS GONZAGA URBINA

Se acercan las vacaciones, nos decía papá a Raúl, Iván y a mí, con su alegría de siempre y el entusiasmo con que le recordamos. Además de su trabajo era dueño de un optimismo y un amor profundo por la vida. Había construido el hábito de trabajar ocho horas diaria en el mercado de Soledad, cuando este era sencillo, modesto, limpio y seguro, y la gente se conocía por sus nombres, compartiendo café y arepa desde la madrugada hasta con los desconocidos que visitaban el mercado. Se levantaba a las tres de la mañana y a las doce del mediodía las campanadas del reloj de la sala, en evidente armonía con su regreso, coincidían con el chancleteo de sus pasos entrando por el callejón de la casa, que siempre estuvo abierto para los amigos y advenedizos que nos visitaban, pidiendo un vaso con agua, – algún día se venderá el agua, predecía– o un poco de comida. Sin recelos y con exagerada confianza ordenaba alegremente a Yoya, mi hermana mayor, sírvele comida y dale de beber a este pobre hombre. Así era papá, descomplicado, sin haber leído nunca a Séneca, era un hombre saboreando los instantes que la vida le ofrecía y los momentos festivos de un presente continuo, que a veces mamá no veía con buenos ojos. Sólo se vive una vez, tú y yo no podemos vivir solo de las tristezas, además, un plato de comida no se le niega a nadie, le decía a mamá, mirándola con sus ojos soñadores, esos que la enamoraron, los mismos ojos alegres que le profanaban la tristeza, nos contaba mamá cuando se quedó viuda, recordándolo.

Despojado de su rol de vendedor de verduras, asumía su función de padre estando en casa. Aquí les traigo mangos, para después del almuerzo, gritaba para que le oyéramos. Terminado el almuerzo nos sentábamos bajo el palo de ciruela y papá repartía sus consejos al mismo tiempo que nos entregaba cinco y seis mangos de puerco en una totuma, no dejen nada, ese es el mejor mango; nos motivaba con el ejemplo y su rol de niño juguetón disfrutando el momento, viéndole saborear las frutas con fruición y deleite, algún día, cuando me muera, se acordarán de mí, advertía soltando una carcajada, – espantando la muerte, burlándose de ella – sincera, emotiva, placentera, gozándose ese instante de la existencia, nos contagiaba su goce y también la incredulidad de que algún día pudiese morir. Hay que comer las frutas que están en cosechas, recordaba en todo momento. Después de almorzar consumíamos níspero, guayaba, toronja, papaya, maracuyá, mamón, patilla, caimito, martillo, guanábana, uva playera, melón.

Y llegaron las vacaciones, retomaba el tema con obsesión a mediados de junio; él con más alegría que nosotros. Hoy les enseñaré a hacer una cometa, hablaba con la misma alegría y seriedad con que se tomaba la vida, aunque su madre no me crea, nos decía, haciéndonos guiños y disfrutando su condición de homo ludens, diría Huizinga. Lo mirábamos asombrado, Raúl y yo irradiábamos felicidad y la certeza de disponer de treinta días para aprender lo que la escuela no se atrevió a enseñar.

Papel de cometa, varillas extraídas de una guadua de la cerca de María Torres, una madeja de pita comprada en la tienda de Maximino, almidón de yuca para pegar el papel en las varillas, retazos de tela para el rabo. Ya estaba listo el laboratorio, papá era el jefe, nosotros, sus ayudantes; Iván, pequeño todavía miraba entretenido, vea y no toque nada, mijo, así también se aprende, le murmuraba papá ensimismado en su mundo lúdico. Medía varillas, las comparaba, asignaba pequeñas tareas, dale vuelta al almidón, bátelo bien, tengan cuidado, no se vayan a quemar. Así se cortan los perendengues y el run – run para que zumbe cuando esté arriba, volando, nos mostraba y animaba a que lo intentáramos. Los días transcurrían construyendo la cometa, ajustándola, recibiendo instrucciones, volándola y viendo el zigzagueo de su baile aéreo bajo el capricho de los vientos del Veranillo de San Juan. Éramos felices volando la cometa, lejos y alto, muy alto. Él era el más feliz, desligado de su condición de homo faber, gozándose a plenitud su invención, esta cometa se llama Coronel, decía viéndola volar. Nunca más vi una cometa igual. La magia y el secreto se fueron con él.

¿Qué tal si hacemos una patineta?, preguntaba en plural, desafiándonos y comprometiéndonos sin saber a qué se refería. Nos mantenía en ascuas y hacía cumplir diversos itinerarios, para elaborar la famosa patineta, que estaba en su imaginación. Vamos al aeropuerto – se refería a la primera versión del Ernesto Cortizzo – a buscar balineras de avión, esas sirven para la patineta. Íbamos felices al aeropuerto en un viaje de ida y vuelta – ¡Qué bella época, caminar al mejor estilo de Henry Thoreau, sin pensar en el regreso, sin motocarros, en la Soledad de mi infancia! – y regresando con una mochila llena balineras, de esta manera, en nuestra imaginación el juguete comenzaba a tomar forma. Después nos llevaba a la carpintería de los Cantillos, donde papá negociaba una tabla fuerte y retazos de madera, para su experimento. Éramos espectadores – participantes, a la espera de oportunidades, lijen bien la tabla, laven las balineras con gasolina, traigan pinzas, martillo y destornillador, de la caja de herramientas, las instrucciones se cumplían con asombro y alegría, resultando, a veces, mejor que la escuela. Sin ningún tipo de magia construimos la patineta, guiados por su sabiduría y su alma infantil. Fue la primera vez que descubrimos el vértigo, maniobrando la patineta, empujados por la fuerza de alguien, esquivando obstáculos, usufructuando los resquicios de pavimento frente a las casas de los vecinos en un barrio donde las calles eran de arena, así será el futuro, aparecerán inesperados inventos que incomodarán a la gente, profetizaba pensativo, ante la molestia de los vecinos por rayarles el piso. Nos miraba condescendiente, con cierta complicidad, algún día las calles se pavimentarán, serán más rápidas y no habrá espacios para las patinetas, tampoco para caminar, murmuraba bajito sus prediccionesy la mirada fija en la incertidumbre de un futuro que quizás no llegaría a ver. 

Éramos felices volando la cometa, lejos y alto, muy alto. Él era el más feliz, desligado de su condición de homo faber, gozándose a plenitud su invención, esta cometa se llama Coronel, decía viéndola volar. Nunca más vi una cometa igual. La magia y el secreto se fueron con él.

Siempre fue nuestro héroe, no sólo en las vacaciones, también en los días escolares. Era frecuente verlo en su mecedora de madera después del almuerzo, junto a la ventana principal que daba a la calle. Leía el periódico de la primera a la última página. Vean la llegada de los hombres a la luna, nos mostraba las imágenes de astronautas levitando sobre el piso lunar; le gustaba compartir noticias que en su opinión eran interesante. Si nos veía cerca de él, nos extendía las tiras cómicas para leerlas en silencio, y nadie les eche cuento con las lecturas en la escuela, nos animaba sin gritos y de nuevo volvía a sus lecturas de interés. En las tiras cómicas leímos a Mandrake, el mago; a Dick Tracy, el detective de un sofisticado reloj de pulsera; Rip Kirby, el investigador elegante.  Terminábamos riendo con las aventuras de Benetín y Eneas y la mirada de Ramona controlando a Pancho, en Educando a Papá.

Los sábados en la noche conversaba en las gradas de la iglesia con sus amigos sobre política local y películas mejicanas que veía en el teatro Olimpia. Él, que era un hombre pacífico y alegre, se deleitaba viendo las películas de vaqueros de acción y tramas sencillas. Luís y Toni Aguilar, Vicente Fernández, Pedro Infante, Jorge Rivero, Rodolfo de Anda, Pedro Armendáriz, fueron sus actores preferidos. Al día siguiente narraba la película confiando en el prodigio de su memoria, – con pelos y señales – imitaba los disparos y el galope de los caballos, cantaba rancheras con los ojos cerrados, recordando al personaje principal – el “chacho” del filme –, al inicio o al final. Su voz fuerte era fresca y juvenil, apasionada; retrocediendo de vez en cuando si alguien le preguntaba por un pasaje incomprendido.

Desde las tres de la mañana nos despertaban sus silbidos y tarareos musicales de salsa y vallenato; a esa hora, la casa se impregnaba con su alegría de pájaro madrugador, extendiéndose por los cuartos, convencidos que soñábamos. Mamá le veía trasteando en la carretilla la masa de las arepas y carimañolas, la leche y el tinto, las ollas y calderos, siempre silbando y tarareando la vida esa despreocupación que tanto la angustiaba, tú crees que la vida es un juego, decía que decía mamá, pensando el futuro, mientras él se gozaba el instante. Se divertía tanto realizando su trabajo, que años después lo evoco, al leer a Bertrand Russel, en su libro, La conquista de la felicidad, y parafraseándole una de las ideas: disfrutar el trabajo diario es parte de la felicidad humana. Estoy convencido que papá fue un hombre feliz, encontrándole sentido a lo que le deparaba la vida.

A pesar de su generosidad y solidaridad con vecinos y familiares, sacaba excusas para el disfrute de la soledad, su propia soledad, estar solo es bueno, el que solo se cae, solo se levanta, era una de sus consignas a pesar de su excesiva confianza en la vida. Éramos testigos de su soledad ante la ingesta de tres botellas de ron blanco, solitario, escuchando música, un sábado por la tarde, en un antiguo radio alemán, que nadie pudo explicar cuándo llegó, quién lo trajo y qué se hizo. En medio de la borrachera sus monólogos evocaban las andanzas de joven, vomitaba en el traspatio y dormía la pea en una cama de lienzo, en mitad de la sala, hasta la madrugada en que despertaba con sus silbidos cotidianos y entusiastas a vivir un nuevo día, sin importarle si era domingo, en su opinión, el descanso es para los que trabajan, por eso trabajo y descanso todos los días, aunque sea festivo, decía con sabia ingenuidad.

Disfrutaba los carnavales con mamá al lado, que le permitía bailar con otras mujeres porque a ella jamás le dieron los pies, mis pies no fueron hechos para el baile, pero mi cabeza estaba bien puesta en los negocios, se excusaba con su seriedad natural, recordándonos las enseñanzas que le dejó su padre. Parrandeaba los carnavales en las casetas Ten Con Ten y Americana en las tardes y asistía por las noches a los bailes del teatro Colón. Disfrazado de monocuco lo reconocían porque mamá, como una sombra silenciosa y tímida siempre estuvo a su lado, nadie nunca le vio el rostro ni quitarse la careta a pesar del calor. Irradiaba energía bailando y “pidiendo baratos”, cambiando de pareja en medio de su gracia y la complicidad de los hombres, que aplaudían y le brindaban uno trago tras otro, sin parar. Jamás me verán peao, le decía a mamá cuando el ron lo mareaba; la tomaba del brazo y se marchaban juntos, recuerda que mañana tenemos que trabajar, le susurraba al oído. Mamá en silencio lo seguía, observándole, lo dejaba hablar, lo veía secarse el sudor, levantándose la careta. A pesar del escepticismo en su rostro, mamá lo consentía, dejándolo hacer y ser feliz, verlo cansado de tanto bailar me hacía feliz, nos decía mamá contando sus anécdotas carnestoléndicas.Jamás hablo mal de papá, su voz se suavizaba cuando se refería a él, lo admiraba y respetaba, entendí que era un hombre alegre y nunca, lo juro, le agüé la fiesta, decía con la nostalgia de los recuerdos, que le dolían aún y sin pudor le brotaban las lágrimas contenidas, mesuradas, fluyendo hasta restablecer su calma.

Desde el día que partió, la alegría se esfumó. Se fue con él, dejó el amargo sabor de la ausencia de una vida feliz. Los tarareos alegres de las madrugadas desaparecieron y la tristeza de mamá cobró fuerza inusitada. El portón fue cerrado y los chancleteos apresurados quedaron en la memoria de la familia. No volvimos a sentarnos bajo el ciruelo, a la hora del almuerzo, porque el entusiasmo se perdió. Papá se marchó con su vocación de mago y prestidigitador a otros mundos, llevándose sus juegos y el asombro que nos producían. Se llevó consigo los guiños de complicidad y sueños inconclusos, donde siempre habitaron la risa y la magia. Con su partida se acabó nuestra infancia, así lo quiso Dios, nos decían, viéndonos el dolor, no era justo, pensábamos Raúl y yo, viendo jugar a Iván – indiferente a la muerte todavía –, que siempre estaba a nuestro lado.

Su partida me convenció que los héroes también se mueren, siendo la única película vivida con final triste en la infancia, distintas a las que él nos contaba de finales felices. Sin embargo, de esa infancia vivida están intactos los momentos de felicidad.  Esto lo cuento a hijos y nietos, y la incredulidad es la única respuesta. Papá, sin egoísmo donó su alegría, su bondad, su sentido del humor e ironía para vivir y afrontar la muerte; nos recordó, con el ejemplo, a no desperdiciar ese niño juguetón que llevamos dentro y sacarle partido en cualquier instante de la vida.Simplemente así era él y así hay que recordarlo, sin egos, risueño y amable.

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5 COMMENTS

  1. Hay tanto en la historia de tu viejo como el mío. Qué eso de mango de puerco sino los cerdos comen cualquier mango. Alguien me preguntó un día Oye peco, es cierto que tú viejo era mecánico. Y ahora con ingenuo asombro me estoy enterando que el tuyo era verdulero. Y no sé porqué me admiro si nuestros viejos aprendieron a sobrevivir en medio de un mundo precario. Era su venganza contra la dura vida

  2. Hermoso escrito mi amigo Wencel ,e recuerda mucho mi infancia con mi abuelo que solía traernos del monte sacos de mangos y comíamos hasta la saciedad.
    Tu eres ejemplo de humildad, y los buenos valores que en tu inculcó tu padre.
    Felíz día del padre para ti .

  3. Sencillamente, Maravillosas historias que evocan un tiempo lleno de verdadero entendimiento en el vínculo filial de amor de familia! Gracias por el majestuoso relato de tiempos de añoranza, traen de inmediato los recuerdos vividos en cada uno del mundo del que lee.

  4. Solo le damos la razón cuando estamos en ese lugar y vemos lo importante de esos tiempo que no van a volver y que el celular tomo ese lugar ya redes están destruyendo la mente del ser humano

  5. Gracias Wve por esos relatos maravillosos y bien contados de los cuales fui parte por poco tiempo debido a mi marcha Al extranjero buscando una mejor vida. Son recuerdos vividos y nunca olvidados .Feliz dia del padre hermano!!!!

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