jueves, julio 16, 2026
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Hombre de río, no de mar

Cuando el Tío Juancho conoció el mar el asombro se le desbordó por todo el cuerpo con una fuerza incontenible. Durante horas corrió por la playa, con la alegría propia de un niño, lanzándole piedras y haciéndole preguntas, que el mar sólo contestaba con su bravura intermitente: ¿por dónde andabas que nunca te he visto?, ¿de dónde vienes? Pero el mar con su oleaje coquetón iba y venía, fresco e imperturbable, bañándole los pies y asustándolo con sus rugidos intimidantes y sus olas agrandándose de vez en cuando. El Tío Juancho acostumbrado a trabajar la tierra en la ribera del río Magdalena, de aguas turbias y profundas, jamás imaginó y soñó que hubiese algo más inmenso que el río de su vida.

Era conocedor del tiempo, se sabía de memoria las señales del invierno; conocía los ritmos del río, sus sonidos en un continuo que iba desde las aguas mansas y fluidas hasta las corrientes tormentosas que venían con los aguaceros invernales. Canalete en mano, machete al cinto y un bolso con café, panela y pan, colgándole del hombro, pasaba todas las mañanas por el frente de mi casa, entraba a saludar, se tomaba el segundo tinto de la mañana. De baja estatura, usaba un sombrero gris de ala corta, que le ocultaba la mirada de sus ojos azules, transparentes y honestos. A las seis y treinta de la mañana ya iba montado en su canoa con dos o tres personas acompañándole a trabajar en su rancho, allá en la Isla Cabicas. Por la tarde regresaba con yuca, plátano, mango, guayaba, verduras y un calambuco de leche, con lo que sostuvo a la familia y la crianza de los hijos.

Después del impacto, el Tío Juancho se fue tranquilizando y probó las aguas del mar. “Carajo, por qué tan salada”. Nadie le respondió la pregunta. Pero, ¿qué se puede cultivar con esta agua? Las preguntas se quedaban sin respuestas. También se bañó en el mar y el fuerte oleaje le impedía nadar en línea recta. “Ni nadar se puede aquí con tanto oleaje” – lo decía manteniendo el equilibrio ante el impacto de la fuerza de las olas–, se quedaba contemplando los estados de ánimo del mar que cambiaba con frecuencia, desde las olas tempestuosas y alegres hasta el largo viaje de regreso que se perdía en el horizonte.

Cuando el Tío Juancho regresó a su oficio de campesino, en la tierra que tanto quería y por la que daría la vida si era necesario, ya no fue el mismo.

Retomó sus rutinas, andando con certeza entre los sembrados de hortalizas, tomando apuntes, mirando el sol, prediciendo el tiempo de la cosecha, conocía en qué lugar de sus tierras estaba el agua, abría pozos con precisión matemática para no tener que traerla desde el río; revisaba las semillas y medía el tronco de los árboles frutales; hacía planes y contrataba hombres para la recolección en tiempos de cosecha, pagándoles por día. Dejaba de ir a su casa hasta por dos meses. La gente se asombraba de sus apuntes certeros y las convenciones que utilizaba, ya que siempre se jactó de decir que lo que sabía lo aprendió en el monte, no en la escuela. Por las noches, sentado a la puerta del rancho, en medio de la maleza, fumaba tabaco, miraba las estrellas hasta dormirse, contándolas en el cielo negro e infinito que se sabía de memoria.

Tiempo después de haber visto el mar me dijo una noche, mirando las estrellas: vea sobrino, prefiero ser el amo de todo esto, que ha dado hasta para tus estudios, a tener que vender cualquier mierdita a turistas insolentes.

Acompañando la noche, más allá del monte y la maleza, de los árboles frutales, el río pasaba vigoroso y veloz como una suave melodía a la que se había acostumbrado el Tío Juancho antes de dormirse.

Aunque jamás olvidó la inmensidad del mar sostenía que este no era más que un invento de los ricos, que se bañaban y tostaban todo un día. “Nunca hubiese vivido con ese mar”. No se cansaba de decir que había crecido junto al río y lo conocía como la palma de su mano. “En cambio vivir con ese mar a estas alturas es como criar un pelao malcriao”. Además, ¿de qué viviría estando frente a ese mar? No quiero ser como esos, decía el día que conoció el mar, señalando a los vendedores de baratijas, refrescos, masajes, comidas, cruceros.

La gente que supo que conoció el mar le preguntaban por él cuando regresó. Terminaba siempre diciéndoles, “allá ustedes si me creen o no, pero las vainas no son como las pintan, pero el incauto que quiera probar que vaya, a lo mejor se queda. Entre el mar y el río, me quedo con el río, que me lo ha dado todo en la vida. Más vale malo conocido, que bueno por conocer”.

El Tío Juancho murió a los noventa años con el deseo cumplido de conocer el mar. Todavía recuerdo lo que me dijo el día que lo visité en su rancho: Oiga sobrino, ¿existe algo más grande que el río? Le dije: Si, el mar. Tiempo después de haber visto el mar me dijo una noche, mirando las estrellas: vea sobrino, prefiero ser el amo de todo esto, que ha dado hasta para tus estudios, a tener que vender cualquier mierdita a turistas insolentes.

Me cuentan los amigos del Tío Juancho que el día de su muerte, el río rugió como un león enloquecido, rompiendo el silencio de la noche con una bravura inusitada que jamás se había visto y escuchado.

Todavía creo verlo con sus pantalones caquis, arremangados hasta la rodilla, camisa blanca que mostraba el pelo blanco de su pecho. Tanto de ida como de venida, nuestra casa era una estación obligada. El olor a tabaco anunciaba su presencia desde que se asomaba en la esquina. Nunca le vi perder la paciencia, o sacarse la rabia de encima cuando algo le molestaba. El mar azul que habitaba en su mirada era un remanso de paz, de aguas tranquilas. Nunca le dije que llevaba el mar consigo en sus ojos; desde que conoció el mar ese fue un tema vedado entre los dos. Cuando mis hijos y nietos me preguntan por el Tío Juancho, les cuento su historia a partir de una frase de Hemingway, refiriéndose a Santiago, el personaje principal del Viejo y el mar: “Todo en él era viejo, salvo sus ojos; y estos tenían el color mismo del mar y eran alegres e invictos”. Después les cuento las aventuras con el Tío Juancho, que más bien parecía mi abuelo.

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