jueves, julio 16, 2026
Home Opinión Teobaldo Coronado Intrusos en el quirófano

Intrusos en el quirófano

Introducción

Sucedía, con alguna frecuencia, que al llegar al quirófano ya estaba adentro algún médico o profesional de la salud, compañero de trabajo o un pariente cercano del paciente atento, pendiente del procedimiento a realizar. Se sentían, intrusos, autorizados para estar allí. Escasos los allegados que antes de ingresar a la sala de cirugía pedían permiso. Era, casi siempre un alumno mío, estudiante de medicina, el que lo solicitaba.

Se ha puesto de moda, sobre todo por parte de los especialistas en ginecología, la presencia de algún familiar, en especial de los esposos, en salas de parto y cirugía para la operación cesárea. Incluso, en la consulta ginecológica, consideran prudente la presencia del conyugue o marido de la mujer a examinar.  Si es una menor de edad debe estar acompañada, de preferencia, por su mamá.

Casos se han visto de médicos inescrupulosos, carentes de toda ética, que han faltado al debido respeto que se merece la mujer – paciente y quebrantando la confianza depositada en su investidura profesional. Que justifican la presencia de un acompañante en la consulta. Por mi condición de magistrado del Tribunal de É tuve conocimiento de varios repudiables casos de abusos sexuales.

En el rol de anestesiólogo, por la experiencia vivida, me volví intransigente para aceptar familiares de pacientes durante la intervención quirúrgica. Lo que me ocasionó más de un reproche y descalificativos de los por mi vetados.

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La doctora, ginecóloga, compañera de trabajo en el hospital, ingresó al quirófano de una clínica privada para la operación de su mamá, una histerectomía abdominal.

“Coro ¿No te molesta que yo te acompañe?”, me dice.

Tranquila, no creo haya problema, ¡aja y cuantas veces no hemos operado juntos! le contesté.

Transcurrido un tiempo de la cirugía la anestesiada paciente comenzó a sangrar, hace una hipotensión severa, suenan las alarmas de los monitores y, mientras, yo estaba atento a esta complicación la colega, su hija, se desploma repentinamente y cae, por suerte, en brazos de las enfermeras circulantes. Tocó, entonces, atender a la mama y a la hija, en emergencia las dos. A mi amiga doctora, una vez recuperada, se le quitaron las ganas de acompañarme. Se fue.

Fueron numerosos los estudiantes que se desmayaron al ver la sangre en “cantidades navegables”, como diría un dilecto cirujano, al incursionar por primera vez en un quirófano.

Y así, son muchos los ejemplos que podría mencionar, la brevedad del escrito lo impide.

Caso australiano

La revista Semana en su edición del martes 19 de septiembre de 2023, publica la información sobre la demanda que contra el Royal Women’s Hospital de Melbourne (Australia) presentó el señor Anil Koppula solicitando indemnización de mil millones de dólares australianos, 642 millones de dólares estadounidenses.

Koppula presenció el nacimiento, en buen estado, de su hijo a través de la cesárea que le practicaron a su esposa en 2018. Cinco años después, en su alegato, sostiene que el haber estado presente en la cesárea de su mujer ha sido la causa de la “enfermedad psicótica” que padece y en consecuencia de la ruptura de su matrimonio.

Para respaldar su denuncia, “el Sr. Koppula sostiene que en el hospital incitaron y permitieron estar presente en el momento de la operación y, por lo tanto, ver los órganos internos y la sangre de su esposa”. Afirmó “que el hospital incumplió el deber de diligencia y cuidado al dejarlo ver la cesárea y está obligado a pagarle una indemnización por daños y perjuicios”.

Respuesta de la demanda

El juez James Gorton, instructor del caso, ordenó el examen médico de Koppula que dio como resultado un grado insuficiente de deterioro psiquiátrico. Determinó que no se le deben pagar daños y perjuicios porque no sufrió ninguna pérdida económica y su supuesta enfermedad no alcanza el umbral de lo que se considera una “lesión grave”. En sentencia del lunes 18 de septiembre desestimó la demanda y calificó el reclamo como un “abuso de proceso”.

En el “abuso de proceso” la persona involucrada puede tener una intención maliciosa, ya sea abogado o un ciudadano, para lograr objetivos ilegales en el sistema legal.

Demanda pendenciera

El caso australiano que sirve de ilustración a este articulo cabe, en el argot jurídico nuestro, a la denominada “Demanda pendenciera”, a que se ven abocados los médicos, en que se tira, en lenguaje barranquillero, “Un varillazo” para pescar en rio revuelto y sacar provecho económico de una posible indemnización por mala práctica.

Si en Australia llueve, en Colombia no escampa. Entre nosotros, por la ineficiencia estatal del sistema de salud, la gente se desquita con el médico que cumple su oficio muchas veces sin los medios adecuados y sometido a la burocracia que ordena y manda en la institución hospitalaria; se enfrascan en encontrar alguna falla, en su desempeño, para demandarlo.  

El abogado que acepta demandar a un médico, casi siempre, juega a ganar a como dé lugar. A sabiendas, de ser injusta su pretensión, intentará probar la culpa médica a cualquier precio, empleando las argucias jurídicas posibles.

El profesional de la medicina tiene derecho a contrademandar (si es posible penalmente) a quien en forma injusta lo hace comparecer ante los tribunales.

Abuso de proceso

En el “abuso de proceso” la persona involucrada puede tener una intención maliciosa, ya sea abogado o un ciudadano, para lograr objetivos ilegales en el sistema legal. Utiliza un aspecto del proceso legal para un propósito que se considera ilegal, como acoso, intimidación o molestias simples. En otra presentación se entabla una demanda con el objetivo específico de provocar que la persona se presente ante un juez.

En el caso de una demanda, el abogado contratado para enfrentarla puede determinar si se está produciendo o no un abuso del proceso. Demostrarlo puede ser un desafío y los tribunales a menudo se muestran reacios a perseguirlo.

Conclusión

La sabiduría popular enseña que “No hay peor cuña que la del mismo palo”. Un colega compañero de trabajo o no, un estudiante o una enfermera, por ejemplo, por celos profesionales, simple antipatía o resentimiento puede ser tu asolapado enemigo a la hora de cometer un error o tener dificultades en la asistencia sanitaria

– En Cierta ocasión al terminar la cirugía, salgo y al asomarme al corredor en donde los familiares de los pacientes esperan, se abalanzó un grupo de personas contra mí:

“Doctor, doctor ¿Mi mama está bien, mi mama está viva, se salva? me interrogan consternados, en coro.

Si, señores está bien, la cirugía fue un éxito, ya se encuentra en la sala de recuperación, les respondí, tranquilo.

Sucedió que un estudiante presente en la intervención, que había salido primero que yo comentó, a lo mejor en términos dramáticos por su inexperiencia, a los familiares del paciente las incidencias del acto operatorio. De la dificultad que tuvo el anestesiólogo para intubarla. Que produjo la justificada alarma de sus nerviosos parientes.

Considero que la presencia de familiares, y amigos del enfermo en la sala de cirugía, limitan la necesaria espontaneidad, objetividad, y tranquilidad que debe observar el cirujano y el equipo médico en general. Cuando todo transcurre normal, sin sobresaltos, es probable no se produzcan reacciones indeseables. A la hora de las complicaciones, imprevisibles como son algunas veces, la disposición y ánimo para sortearlas no son los convenientes para los espectadores, ni para los que participan en la operación.

La ley 23 de Ética médica, señala, de otra parte, en su artículo 26 que: “El médico no prestará sus servicios profesionales a personas de su familia o que de él dependan en casos de enfermedad grave o toxicomanía, salvo en aquellas de urgencia o cuando en la localidad no existiere otro médico”.

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