El inolvidable diálogo de Gabo y Vargas Llosa, en Lima, años antes de ser dos nobeles de literatura

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Gaspar Hernández Caamaño

Admiro al Mario Vargas Llosa ensayista, desde que leí “la orgía perpetua“, su análisis sobre Madame Bovary, célebre personaje de la novela de Gustav Flaubert, pero ya había leído “Los Cachorros”. Eran tiempos del bachillerato y leía en libros prestados de la biblioteca del colegio “Agustín Nieto Caballero” en el Barrio Abajo. Leíamos mi amigo difunto, Lácides García Detjen, de noche en el patio, en la biblioteca o en los salones de clases, en cuyos pupitres quedábamos dormidos. Vicio de juventud que aún cargo: leer acostado. Los libros no podían salir del colegio más liberal de esa Barranquilla barrio-bajera. Ahí leí no sólo literatura, sino filosofía, sociología, teatro, poesía, estudié trigonometría y redacté un periódico de pared. De cartelera: un prodigio de milimetría. Cada columna era una faena mecanográfica.

En esos años conocí, o mejor vi a Gabriel García Márquez, luciendo un semi afro con camisa amarilla y zapatos blancos de bacán de esquina. Tomaba cerveza en una tienda ubicada en la Carrera 50 con Calle 41 del Barrio Abajo. Fue una tarde. Le acompañaba el Maestro Fuenmayor, mientras él “disertaba” de pie, como lo muestra una foto que ví para la época de su muerte. Era 1.971. Y había publicado “Cíen Años de Soledad“, la que leí en un ejemplar de la primera edición, que compré en un “agache” de libros de segunda ubicado en la esquina del Paseo Bolívar con 20 de Julio. Recuerdo que el ejemplar estaba quemado en un extremo. Era un libro salvado de algún incendio de cigarrillo de un lector borracho. Ebrio de trementina, seguramente. De García Márquez entonces habíamos leído, en clase de literatura, su premiada novela “La Mala Hora“. 

Para entonces nadie creía o anunciaría o vaticinaría que Mario y Gabo que eran AMIGOS, luego sé “enemistaron” por un chisme de falda que está bien contado en el libro “Aquellos años del boom” del periodista catalán Xavier Ayén, que tiene como portada la cara de gitano de Gabo con el ojo “colombiano” a causa del puñetazo que Mario le dio una tarde cultural en el Palacio de Bellas Artes de México D.F., donde años más tarde, en una Semana Santa, despidieron sus cenizas inmortales. Para entonces, repito, nadie creía que estos jóvenes novelistas ganarían, por su obra creativa, el premio nobel de literatura. García Márquez en Octubre de 1.982 y Vargas Llosa en el 2012.

Como dije, García Márquez y Vargas Llosa fueron amigos. Se conocieron personalmente en Caracas, pero sostenían una correspondencia de soñadores. Siendo amigos, tanto que Gabo fue padrino de pila bautismal de un hijo de Mario, se encontraron en Lima y sostuvieron, en Septiembre de 1967, en dos tandas y con “estadio lleno”, una conversación sobre la novela latinoamericana, que hoy se reedita bajo el título “Dos soledades“(Alfaguara), después de registrado, hace medio siglo, ese diálogo de amigos en el Auditorio de la Universidad Nacional de Ingeniería de la capital peruana.

En esta edición de aquella conversación con universitarios limeños, se incluye una serie de comentarios, ensayos breves, testimonios de asistentes, entrevistas y el prólogo de la edición anterior. Así que además del amplio diálogo de los entonces “primiparos” para Nobel de Literatura, se pueden leer las opiniones de los siguientes escritores y periodistas, sobre el antes y después de ese “Diálogo inolvidable“: Palabras recuperadas de Juan Gabriel Vásquez, una vez y nunca más de Luis Rodríguez Pastor, nota preliminar de José Miguel Oviedo (gestor del histórico encuentro), fue hace años y no lo olvido de Abelardo Sánchez León, vida y literatura de Abelardo Oquendo, encuentro entre Mario Vargas Llosa y Gabriel García Márquez de Ricardo González Vigil, García Màrquez por Vargas Llosa. Dos entrevistas. 1) García Márquez: “Forjamos la gran novela de américa“, 2) Gabriel García Márquez: “Su clave: La sinceridad“. Además un Álbum Fotográfico. Realmente es un buen menú para lectores del boom de la literatura latinoamericana o para los que sueñan ser escritores.

podemos presentar aquí el texto definitivo del diálogo. Ese texto ilustra no solo el trasfondo de memorias personales que yace en Cien Años de Soledad y, sobre todo, las convicciones literarias de su autor, sino, sobre todo, los opuestos temperamentos humanos de Vargas Llosa -siempre riguroso, afinado en la teorización, metódico en la polémica-  y García Márquez -de humor explosivo y paradójico, de corrosiva inteligencia, furiosamente vital”.

3. El diálogo inolvidable. Como un diálogo inolvidable, calificó Luis Rodríguez Pastor aquella conversación de hace 50 años en Lima. Y realmente lo es. Es inolvidable para lectores y estudiosos del fenómeno de la novela latinoamericana, conocido como “el boom!!!

Al respecto, en el prólogo a la inicial versión del diálogo José Miguel Oviedo, quien lo propició, dijo:

“Tras un prolongado trabajo con la versión grabada, de correcciones y consultas con los propios autores, podemos presentar aquí el texto definitivo del diálogo. Ese texto ilustra no solo el trasfondo de memorias personales que yace en Cien Años de Soledad y, sobre todo, las convicciones literarias de su autor, sino, sobre todo, los opuestos temperamentos humanos de Vargas Llosa -siempre riguroso, afinado en la teorización, metódico en la polémica-  y García Márquez -de humor explosivo y paradójico, de corrosiva inteligencia, furiosamente vital.”.

A su vez, Ricardo González Vígil comenta: “En dicho diálogo Vargas Llosa se lució, pero el protagonismo le correspondió al genial colombiano, … porque poseía como nadie que yo haya escuchado (ni siquiera Jorge Luis Borges) el poder prometeico del lenguaje para encender la imaginación y el placer estético…”.

En una de las entrevistas del libro, Vargas Llosa hace el siguiente “retrato” de Gabo:

“Era enormemente divertido, contaba anécdotas maravillosamente bien, pero no era un intelectual, funcionaba más como un artista, como un poeta, no estaba en condiciones de explicar intelectualmente el enorme talento que tenía para escribir. Funcionaba a base de intuición, instinto, pálpito. Esa disposición tan extraordinaria que tenía para acertar tanto con los adjetivos, con los adverbios y sobre todo con la trama y la materia narrativa no pasaba por lo conceptual. En aquellos años en que fuimos tan amigos yo tenía la sensación de que muchas veces él no era consciente de esas cosas mágicas, milagrosas que hacía al componer sus historias“.

De verdad, verdad, leer las variadas páginas de dos soledades, obra muy comentada en medios por estos días, azotados todavía por el virus, me permitió navegar, otra vez, por aquella adolescencia mayor cargada de literatura, poesía y teatro. En que fue en ese colegio donde obtuve el título de bachiller donde me enamoré de leer en libros de papel. Y la clase de literatura, orientada por un sociólogo, la que consolidó mi admiración por Vargas Llosa, cuya vida “envidio” de buena manera, y mi devoción por el GARCÍA MÁRQUEZ de sus historias “real maravillosas.

Además, este diálogo inolvidable me convenció de una vieja idea: Escribir un ensayo sobre la niñez de un nobel. 

Es hora oportuna de volver a leer a Gabo y terminar esta violencia. Colombia: tiene futuro. Así lo aprendí en sus novelas.

La próxima: La amistad amorosa.

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