Mecanización de la clínica

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Teobaldo Coronado

La evidencia demuestra que no existe, en la actualidad, un parejo discurrir, justo equilibrio técnico – humanístico, en la cotidiana labor médico asistencial debido al avasallador poder de la ciencia y su voraz, tecnología. Lo que conlleva una deshumanización en la prestación del servicio de salud en que lo humano es descuidado, subestimado para privilegiar la endiosada máquina, la maquinaria sistematizada de hoy en día.

La tendencia que se logra vislumbrar, en verdad preocupante, radica en que el ser bondadoso que debe residir en el alma de todo médico está siendo dominada por la prepotencia, la vanagloria de un ser tecno – científico, de un tecnócrata. Modelo profesional que ha ido abriéndose paso y, ante el cual, no podemos permanecer indiferentes para evitar queden reducidos, los practicantes de la medicina, a lo que el profesor Lokovics llamó: “Barbaros científicamente preparados, que constituyen el tipo más peligroso de ser humano que hay en la actualidad” [i].

Casos clínicos. Ilustro con un caso de la consulta diaria.

El paciente tiene una distensión en la rodilla. Un ortopedista, en que prevalece la formación clínica, prescribirá: hielo, analgésicos e inmovilización temporal. Esperará tiempo prudencial para ordenar exámenes de verificación diagnóstica correspondientes.

Otro ortopedista, con predominante alineación tecnológica, mandará, de una, resonancia y artroscopia para luego dar inicio al tratamiento, el cual, casi siempre, terminará en lo mismo: hielo, analgésicos y reposo.

La discusión de estos ejemplos es probable lleve a un debate bizantino sobre cuál de las dos conductas es acertada. Definir cuál de los dos especialistas decide lo más indicado, lo correcto.

Exhibicionismo científico. De arraigada formación clínica mi mensaje pretende, en esta reflexión crítica sobre la actual praxis, llamar la atención del estamento médico para que no incurra en la torpeza de extraviar la rica dimensión humana del ejercicio profesional en aras de la moda o un posible afán de “Exhibicionismo científico”. Mediante el uso exagerado de alternativas paraclínicas y costosos estudios complementarios quitándole prioridad a la esencia de la auténtica razón de ser del médico: la sabia aplicación de su inteligencia y destrezas para la obtención de una impresión clínica sustentada en el interrogatorio y el examen físico, es decir, en el contacto íntimo, interpersonal con el paciente. En el diligenciamiento juicioso y serio de la historia clínica.

La pereza intelectual aunada a la, cada vez en aumento, incapacidad clínica convierten el recurso paraclínico en un fin que invierte el rol protagónico del paciente, transformado así, sin suerte, en un medio manipulable. En primer lugar, del sofisticado y ambicioso mercado de equipos e instrumental hospitalario que maltrata inmisericorde su endeble economía. En segundo lugar, del mismo profesional de la salud que pretende encubrir mediante el recurso paraclínico sus falencias ante una probable culpabilidad por omisión.

El enfermo es una persona

Cuando el “ser enfermo” queda convertido, indignamente, en medio, en objeto; pierde su condición sagrada de persona, a causa de una medicina incorrectamente practicada, mal entendida.  El enfermo es una persona, sujeto de derechos ante la sociedad, que ni la ancianidad, ni su incapacidad o invalidez, ni la enfermedad misma pueden prescindirle.

El servidor de la salud no debe centrar su preocupación únicamente en la enfermedad como consecuencia de una alteración orgánica o biológica.  Por ende, pendiente,  tan solo,  de resultados radiológicos o de laboratorio, en lo interesante de la histopatología del gran tumor, de lo importante que es para la estadística la recopilación de datos preventivos, terapéuticos y diagnósticos;  con olvido de que los placas radiográficas, el resultado de la biopsia y demás laboratorios, en suma la grave anomalía patológica que  aqueja su cuerpo, pertenecen a un ser total que también tiene alma, con sus angustias, sentimientos y pesares; siempre esperanzado.

No puede el médico quedarse ensimismado, en la curiosidad científica de unos avances maravillosos, espectaculares, sin ver y mirar con ojos compasivos el corazón sufriente de los que esperan desesperados su ayuda y consuelo. “Es la ciencia la que debe estar al servicio del hombre y no el hombre al swrvicio de la ciencia”. (ii)

Sacralidad del cuerpo. El respeto a la dignidad de la persona, en la medida que entraña aceptación, comprensión y silencio de sus pensamientos, creencias y afectos, considera a su cuerpo, en su integridad y desnudez, en su pudor y quebranto, como algo en extremo sagrado.

Cierto es, que en el quehacer científico el cuerpo, en el conjunto de sus partes anatómicas, es motivo de nuestra observación y estudio. Desde una perspectiva psicológica objeto a escudriñar como reservorio que es de las cosas del espíritu, deposito sublime en donde el alma humana tiene alojada lo más entrañable de su misterioso e indescifrable mundo. Motivo suficiente para contemplar con infinito respeto, a la luz de la ciencia o a la luz de la fe, en actitud reverente, la sacralidad del cuerpo humano como recinto de la vida.

Mal uso de la tecnología

Un colega inscrito, a ultranza, en un prototipo mecanicista, despersonalizado, asume, ni más ni menos, el juego fácil de un adivino. Sin esfuerzo alguno, de su parte, espera que imágenes, informes, cifras, trazados e interconsultas con todos los especialistas, habidos y por haber, resuelvan el problema de su incompetencia clínica.

Conturba tener que decirlo, pero, abundan los cirujanos, simples operadores de resultados ecográficos y de TAC; como es de suponer realizando intervenciones al azar, con frecuencia innecesarias y fallidas. “Agueitotomías” llamamos los anestesiólogos, de la costa caribe colombiana, a las laparotomías sin hallazgo alguno, en donde el cirujano se va en “blanco”, por un error diagnóstico.

El mal uso de la maquinaria biotecnológica, con consiguiente despilfarro pecuniario, no solo incrementa costos hospitalarios, lo más grave, desde el punto de vista ético: rompe la comunicación, la indispensable comunicación interpersonal médico paciente. De esta ruptura de la comunicación, con las implicaciones que trae consigo, nacen, en su inmensa mayoría, los conflictos ético-legales a que se ven enfrentados los profesionales de la salud.

Mecanización de la clínica. La mecanización de la clínica con su arsenal de instrumentos y equipos interrumpe el dialogo amistoso. Sinnúmero de aparatos con sus diferentes ruidos nos han hecho perder la virtud del saber escuchar. El celular de cada uno, el teléfono fijo, el computador, el ruido acondicionado, la música ambiental, más todos los timbre y alarmas que queramos imaginar y siempre de apuros, como si andar de prisa nos hiciera más importantes, no permiten un encuentro sosegado, grato, indispensable a una cordial relación médico paciente. Obvio, estas condiciones son poco propicias para una clara y completa información al paciente sobre su enfermedad, diagnóstico, tratamiento, riesgos, complicaciones, y pronóstico, claves para el requisito ético legal, del “Consentimiento informado”, anexo importante de la historia clínica que debe ser diligenciado por el mismo médico.

Sociedad de consumo

La sociedad de consumo que nos aliena con sus bagatelas, con su publicidad asfixiante, ha impuesto la filosofía del “Tener”. Consecuencia de ello padecemos la esclavitud de lo que imponga la moda, del último modelo.

Cuando el “ser enfermo” queda convertido, indignamente, en medio, en objeto; pierde su condición sagrada de persona, a causa de una medicina incorrectamente practicada, mal entendida.  El enfermo es una persona, sujeto de derechos ante la sociedad, que ni la ancianidad, ni su incapacidad o invalidez, ni la enfermedad misma pueden prescindirle.

Competencia personal. En el médico se refleja en vanidosa competencia entre colegas, en carrera loca, por ostentar vestimenta y prendas de marca, camionetas cuatro puertas, residir en estrato seis; en fin, mostrar un modus vivendi suntuoso que, en la misma medida, demanda estresantes e ingentes rendimientos monetarios de “nuevo rico”.

Competencia profesional. En la práctica profesional, haciendo alarde de “exhibicionismo científico”, convierte en dogma la más reciente técnica aparecida en el “Journal” de su especialidad; de este modo presentarse como de avanzada en el uso de equipos e instrumental médico y formulando medicamentos de “última generación” para complacencia y usufructo de la codiciosa   industria farmacéutica.

Entre individuos pensantes, inteligentes, racionales, como se supone son los médicos, es ilusorio, ingenuo, creer que valemos por las cosas que tenemos y no por lo que somos. Al parecer, nuestra valía personal y profesional la hemos centrado en el “tener y hacer” más que en el “ser”.

Imagen del médico

De médicos, según Escardó, llamados a ser “hombres de primera clase, que ejercitan como tales, el menester médico” [iii] hemos pasado, es triste reconocerlo, a una clasificación de tercera. Todo, por dejar atrás el cultivo de virtudes y valores que en verdad nos enaltecen y permiten alcanzar una real dimensión intelectual, científica y humanística. De la humildad en el trato, alta sensibilidad y silenciosa espiritualidad que conlleva la sublime acción sanadora. El mágico encanto de “Curar algunas veces, aliviar en ocasiones y siempre consolar”.

Medicina a la defensiva. Haber perdido el inigualable modelo de distinción personal, que tradicionalmente ha caracterizado al médico, de incomparable calidad humana, rico en afecto, ternura, solidaridad y respeto nos ha colocado en entredicho y contribuido con creces al comportamiento prevenido, hostil, de la comunidad. Es lo que algunos llaman “Medicina a la defensiva”. Ahora el profesional médico no es visto, antaño lo era, como el amigo de la casa, el médico de la familia, el personaje más querido del pueblo.

Tercerización. A este detrimento de la imagen médica contribuye, también, es justo señalarlo, la consiguiente transformación y crisis de la sociedad en general, la burocratización y tercerización de las condiciones de trabajo, que han quitado a la medicina la condición nobilísima de profesión liberal. Al tener en su mayoría los médicos la condición de empleados públicos, funcionarios de la seguridad social o servidores, subcontratados, mal pagados, de los monopolios nacionales y multinacionales del negocio de la salud.

Conciencia gremial

Aceptar pasivos que la profesión, después del lugar destacado que siempre ocupó, sea en la actualidad vilipendiada y humillada es un lastre que pesa sobre nuestra propia conciencia gremial.

Dirigente gremial de mil batallas, en el pasado, me produce mucha tristeza la dejadez, la carencia actual de mística reivindicatoria del colectivo médico, evidente en la falta de unidad. Dispersos, cada uno por su cuenta, la consolidación, como grupo fuerte de presión, no se ve, no se siente. Las asociaciones médicas, que nos representan, no han logrado cumplir una lucha efectiva, que se deje escuchar, en la defensa de sus más caros intereses. No hay quorum para la toma de decisiones. Las riendas de nuestro destino están en manos de otros, ajenos a la profesión.

Fe del carbonero. Así las cosas, el estatus digno, honorable, que ostentábamos ha tocado fondo. Perdimos credibilidad, la vieja y reconocida “Fe del carbonero” de que alardeaban los pacientes sobre su médico es un mito.

La gente, los medios de opinión pública nos tratan sin clemencia, no permiten, ni perdonan la derrota frente a la enfermedad y la muerte.

La resignación, el cumplimiento de la voluntad divina no tienen asidero, perdieron vigencia con la desacralización de la sociedad.

Los familiares exigen explicaciones en veces con violencia, quieren respuestas concretas a unas conductas, a unos procedimientos sin éxito. No admiten equivocaciones. Aturdidos no entienden que tanto el enfermo como el médico, son igualmente frágiles e imperfectos.

Omnipotencia tecnológica

Largas jornadas de desvelo, de consagración, de servicio, quedan sin reconocimiento por la deslumbrante omnipotencia que proyectamos, apoyados en una tecnología de infinita capacidad alucinante. Esa omnipotencia y suficiencia técnico – instrumental tiene su precio que toca reparar, indemnizar. Los dolientes y sus familiares tienen exactamente definido que los aparatos, los equipos, no se equivocan, ni responden por obligaciones, contractuales ni extracontractuales.

La solución. ¡Doctores! Abramos los ojos. Es en nosotros mismos en donde podemos encontrar la solución. La pericia, habilidad, prudencia, diligencia, sumo cuidado y saber mucha medicina son ingredientes de la responsabilidad médica que se dan la mano con la ética y con la ley.

En tanto seamos menos médicos por manifiesta ineptitud clínica, mientras no toquemos los pacientes en el cálido y dulce encuentro personal, a mayor apego a la deslumbrante e idolatrada máquina más cerca estaremos de una demanda.

El cuidado y atención al paciente no puede quedar subordinado al cuidado y atención que pongamos a la bendita máquina, a sabiendas de que esta no es infalible; es imprescindible establecer un justo equilibrio entre los dos.  

Conclusión

Es probable no falte, “de todo hay en la viña del señor”, el soberbio y joven colega que considere retrograda, anacrónica la tesis por mi expuesta en este escrito. Pertenezco, a Dios gracias, a una generación de galenos que, no obstante haber sido formados con una marcada estructura clínica, pudimos adaptarnos a los revolucionarios adelantos científicos de la época presente. Fue con mucha solvencia que, por ejemplo, en el campo de mi especialidad, la anestesiología, pude utilizar las modernas máquinas de anestesia computarizadas y demás medios utilizados en su práctica: ventiladores, video laringoscopios, ecógrafos para anestesia regional, bombas de infusión, oxímetros, electrocardiógrafos, capnógrafos, etc. Sin por ello desconectarme del humano contacto físico, personal con el paciente no solo en quirófanos, sino también en Unidades de cuidado intensivo, UCI.

¿Cuál, entonces, la estrategia por seguir?

Lo que la gente busca, quiere encontrar, en su médico es:  

“Un SER HOMBRE, UN SER BUENO, dentro de un SER CIENTIFICO. Es el objetivo, el anhelo desesperado, ansioso de los otros, de los demás, en la persona del SER ENFERMO”. [iv]

Concluyo con las dicientes palabras del maestro, orgullo de España Dr. Gregorio Marañón: “Solo se es dignamente médico con la idea clavada en el corazón de que trabajamos con instrumentos imperfectos y con remedios de utilidad insegura, pero con la conciencia cierta de que hasta donde no puede llegar el saber, llega siempre el amor… Generosidad absoluta es lo que hace respetable la actitud del médico”. [v]


(I) Herzka J, 1985, Medicina dialogística. Revista Hexágono, Roche, Vol. 6, número 15, p.10.

(ii) Kieffer G, La Evolución de la Ética, Bioética, Alhambra, Madrid. 1983, p.26

(IIi) Escardo F, El Alma del Médico, En Revista Médica de Caldas, Volumen 1, número 4, 1998, p.11i]

(iv)Coronado Hurtado T, Ser Médico, Magazín Científico, Editorial Universidad del Norte, Barranquilla, agosto-setiembre 1991, p. 5

(V) Citado por Pedro Laín y Entralgo en Marañón y la Medicina, Revista de Occidente, Madrid, 1962, p. 26-27

Teobaldo Coronado
Teobaldo Coronado Hurtado Médico, especialista en Anestesiología y Reanimación. Magister en Filosofía. Miembro Correspondiente de la Academia Nacional de Medicina de Colombia. Socio Emérito de la Sociedad Colombiana de Anestesiología y Reanimación. Miembro activo de la Asociación de Escritores del Caribe Colombiano. Libros de mi autoría entre otros Son: La Hora del Sosiego. Digresiones de un Jubilado Viaje al Jardín de Akademus. Digresiones de un Académico. Medicina, Ética, Ciencia y Vocación. Digresiones de un Docente.

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