jueves, julio 16, 2026

Diciembre y navidad

Quiero salir a los balcones
donde una niña se asomaba
a ver llegar las golondrinas
que con diciembre regresaban.

Poema: “Regresos”. Meira Delmar.

Llegan las noches frescas con sus brisas, también las vacaciones de diciembre. Es el mes anhelado para descansar, recoger las fatigas físicas y nerviosas, y recrearse en la dimensión del ocio. Nos llenamos tanto de optimismo, que creemos que todo es posible, que el próximo año las utopías se concretarán en oportunidades para un mejor trabajo, estudio o el viaje deseado. Es tanto el optimismo que la ciudad se ilumina y las casas de los barrios se adornan con la parafernalia de la navidad: luces, adornos navideños: estrellas luminosas, papa Noel, o Santa Claus sonrientes, villancicos y cánticos de las novenas en las reuniones familiares. Sin importar el tipo de religión que se practique nos convidamos a vivir en paz, a hacer una tregua en las ideologías y celebrar como vecinos, amigos y familiares. En medio de esta alegría aparente y ese darse ánimo a pesar de las circunstancias que se viven, mi memoria me trae de golpe la nostalgia el pasado.

Desde que llegaba noviembre ya se sabía quién ganaba el año y quién habilitaba, y en los primeros días de este mes salíamos a vacaciones. Se guardaban las libretas y aprovechábamos al máximo el tiempo para el juego, porque las jornadas escolares eran mañana y tarde, sin mucho tiempo para jugar debido a la lejanía de la escuela y el tiempo en casa para los deberes escolares. Sin tiempo para jugar en la escuela teníamos a disposición más de sesenta días de vacaciones, un tesoro de tiempo, diría Mario Benedetti, poeta uruguayo. En el imaginario de los niños de la cuadra estaba el goce de los juegos tradicionales (trompo, yoyo, bola de uñitas, patineta, saltar la cuerda); el placer de andar descalzos sobre las calles llenas de tierra, sintiendo en los pies la frescura del suelo, liberándolos de la condena de una vida anónima y tener que vivir encerrados en un zapato, placer transgresor que me hace evocar a Neruda:

El pie del niño entonces

fue derrotado, cayó

en la batalla,

fue prisionero,

condenado a vivir en un zapato[1].

Además, vivíamos las vacaciones uniformados de Homo Ludens: íbamos de pesca al río, que nos quedaba cerca; nadábamos donde las aguas estaban tranquilas, sin mucha fuerza; viajábamos como pequeños expedicionarios a la Isla Cabica buscando un árbol que nos sirviera para adornar la sala de la casa con un arbolito de navidad. Así transcurrían las vacaciones, sin muchas pretensiones, ni tantas injerencias de la sociedad de consumo. Mientras esperábamos a diciembre jugábamos a las adivinanzas en cualquier terraza, o nos sentábamos alrededor de un abuelo para que nos contara historias de miedo y terror: desfilaban por sus palabras: el hombre sin cabeza, la mala hora, la llorona en el arroyo de Cristina, y la ansiedad transmitidas de las historias nos hacían escuchar los pasos de las ánimas del purgatorio. Al final, las historias eran tan bien contadas que el insomnio rondaba toda la noche hasta hacernos caer vencidos en las frías madrugadas, refrescadas por el viento que venía del río.

Y entonces llegaba diciembre, con sus brisas arreciando con fuerza las tardes y las noches, hasta enfriarse en las oscuras madrugadas. Seguíamos jugando los mismos juegos e íbamos de casa en casa, por las tardes, a sembrar en un pote de avena Quaker, lleno de barro, los árboles cortados, y adornarlos con algodón a su alrededor, desde la raíz hasta su copa. Después colgábamos las bolas de múltiples colores en sus ramas y las luces intermitentes nos incendiaban el corazón de alegría. Fue una época feliz, participando del juego serio de la navidad. En algunos hogares, además, se fabricaban los nacimientos con trapos viejos, hierba natural y papel cartón; un niño Dios, tierno y recién nacido, acompañado por José y María; un paisaje creativo, diseñado por nuestras manos hacían realidad la ficción; muchos animales pastaban alegres, cerca del bebé. En la puerta del pesebre hacían su entrada triunfal los tres reyes magos, uno detrás de otros, dejándose llevar por la intuición y la estrella que los guiaba, habían encontrado al niño Jesús. Allí sentados, mirábamos con asombro el mundo fabricado y, por un momento, nos sentíamos dentro de él, corriendo por las verdes montañas, persiguiendo las ovejas, admirando la paciencia de José; sentíamos que nos intimidaba el porte de los tres hombres sobre sus camellos, y alucinábamos, creyendo que nos hacían señas para que no gritáramos y despertáramos al mesías.

La época de navidad es un estado de ánimo que remueve el espíritu. Afecta las dimensiones humanas. Nos cuestionamos y reconocemos que se puede cambiar, aunque se tengan certezas de que no es fácil. Intentamos bajarle a la agresividad destructiva, lo cual es un testimonio personal de esa lucha interior que se vive cuando las emociones están por encima de la razón.

Después escribíamos cartas al niño Dios, donde le pedíamos, en estricto orden y con buena letra, los regalos que deseábamos. “Si es tan pequeño, cómo puede leer tantas cartas”. No hablen así, que eso lo castiga Dios, decía la vieja Belén, con su voz gruesa de tanto fumar calilla y la mirada perdida de los ciegos en un punto indeterminado. ¿En qué escuela aprendió a leer el niño Dios?, insistía Abelardo, el hijo del zapatero. Esas preguntas no se hacen, y si siguen así, el niño Dios no les traerá regalos este año, era la vieja Belén, con sus ojos cerrados, contando las cuentas del rosario, pero con el oído aguzado. Era tanta nuestra imaginación que la curiosidad nos permitía indagar a los hermanos mayores y los padres. ¿Cuándo deja de traerle regalos a los niños, el niño Dios?, preguntábamos inquietos. Los adultos nos miraban con sospecha, muy extrañados de esas preguntas indagadoras. Una mirada que sólo entendimos cuando nos hicimos mayores. Abimeleth, acucioso e inquieto, dejaba caer su inconformidad en nuestro ánimo, casi desprevenido. ¿Quieren conocer al niño Dios?, todos decíamos que sí, al mismo tiempo. Bueno, el veinticuatro en la noche, cierren los ojos sin dormirse, estén atentos, y antes de medianoche lo verán, nos decía, con su mirada apagada, triste quizás. Era la mirada seria de alguien que dejó de ser niño el día que el niño Dios le incumplió. ¿Por qué será que el niño Dios no le trajo regalos?, nos preguntábamos. Es que su papá no tiene trabajo, quizás por eso, respondía la vieja Belén, después de haber pasado la navidad. ¿Y qué tiene que ver eso con la ausencia de regalo del niño Dios? La mirada extraviada de la vieja era un radar incisivo y certero, buscando las voces herejes. Ella sabía hacia donde nos dirigíamos con esas preguntas, estaba segura adónde íbamos a parar, y por eso, se persignaba y los dedos de las manos, como si tuvieran ojos, mostraban una habilidad nerviosa al pasar las cuentas del rosario, mientras su voz era un susurro incomprendido recitando los misterios dolorosos casi llorando para evitar que cayéramos en pecado. Así llorando, la dejábamos sola, repitiendo sin cansarse, sabíamos que sufría, “perdónales padre que no saben lo que hacen”, le oíamos                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                        cada uno entrando a la casa.

Como niños éramos intermitentes en nuestra forma de pensar, al disfrutar del regalo navideño nos olvidábamos de todo, pero al conocer historias como las de Abimeleth, entonces nuestra mente impulsiva se atrevía a hacer conjeturas. Muchas veces nos sentimos defraudados con los regalos.  Yo pedía una pistola de agua de niño Dios, pero en la cama me aparecía un balón de futbol; Abelardo pedía una patineta con balineras y amanecía todos los años con una muda de ropa, que no le servía para jugar; Henry en su petición solicitó un tablero de Ajedrez, pero junto a su cama apareció un carro grande de plástico con llantas gruesas. Íbamos al arbolito y las cartas no estaban, nos mirábamos extrañados y llegamos a pensar que el bebé se había confundido con las peticiones. ¿Por qué será que nadie recibió el regalo que pidió?, nos mirábamos incrédulos.

De regreso a la escuela, al año siguiente, nos contábamos las experiencias vividas, hablábamos de los regalos recibidos y el niño Dios. Asociábamos y hacíamos conjeturas, establecíamos comparaciones. Sentíamos que la frontera entre regalos y niño Dios desaparecía. En los primeros días de enero, el Diario Hablado de Marcos Pérez Caicedo, se refería a las familias y niños de bajos recursos que no habían recibido aguinaldos, dejando entrever en su parlamento que ya estaba cerca el seis de enero y podría darse el milagrito, con la llegada de los Reyes Magos, como última opción. “La esperanza es lo último que se pierde”.

Siempre fue y ha sido un descubrimiento guiado por los adultos, casi sin darse cuenta, como en el juego frío, frío – caliente, caliente. Ya estábamos en quinto de primaria y era muy remoto que el niño Dios nos trajera regalos, además, ya en bachillerato no se hablaba del niño Dios, tampoco nos hacíamos ilusión. Niño Dios, regalo, aguinaldo, era un glosario que evolucionaba, igual que la mente de los niños. Desde ese día comenzaba el exilio hacia las dudas, terminando así el tiempo de ingenuidad de la infancia.

La época de navidad es un estado de ánimo que remueve el espíritu. Afecta las dimensiones humanas. Nos cuestionamos y reconocemos que se puede cambiar, aunque se tengan certezas de que no es fácil. Intentamos bajarle a la agresividad destructiva, lo cual es un testimonio personal de esa lucha interior que se vive cuando las emociones están por encima de la razón. Es un tiempo de paz y armonía, que requiere del esfuerzo personal para ayudarse a sí mismo y ayudar a los demás.

A creyentes y no creyentes se nos arruga el corazón ante un villancico, la canción infantil de una novena y el calor de la familia. Al final, diciembre es un mes para el reencuentro, un tiempo para soñar y creer que se puede lo imposible, planeando las utopías y aventurarse a hacerlas posibles, convencidos de que la persistencia es una condición de la motivación humana para alcanzar las más altas aspiraciones hacia una vida mejor.

Vuelvo a la realidad. Sentado en el balcón, observo la alegría de los niños y escucho el coro de las canciones navideñas en la novena que empieza. Dejo que mi mente divague y pienso que la alegría y las emociones son las mismas, sin embargo, en ese divagar me pregunto: ¿qué sucede con las golondrinas que aún no regresan en diciembre? Viajeras en el tiempo, solo responden con su silencio y su ausencia.


[1] NERUDA, Pablo. Poema: Al pie desde su niño.

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