Carta de amor

Siempre he dicho que septiembre es un día especial, no porque la gente salga a las calles a festejar el amor y la amistad, sino porque los días lluviosos invaden mi estado de ánimo con esa ligera tristeza que me llena de nostalgia, y los recuerdos invaden mi memoria. Siento que fue ayer los tiempos vividos de la infancia de cada uno de ustedes.

El primero de ustedes nació una madrugada de abril, desde ahí comenzó el ejercicio de la paternidad. Los otros dos, nacieron en noches decembrinas, siendo los mejores regalos de navidad.  Al lado, como un ángel silencioso, pero lleno de optimismo, estaba vuestra madre, como un halo de esperanza, sin perder la calma. No hay amor más grande que el de una madre, abnegada y tierna, acompañándonos en la infancia; compañía que tuve yo, viviéndola a plenitud, en medio de los resquicios que dejaba el trabajo de ella y mi educación obligatoria; compañía que también tuvieron ustedes, que fueron sintiendo con los días el cuidado en la piel y el alma.

Tres hijos, dos hombres y una mujer nos trasnocharon la existencia, pero que sabíamos que eran el motivo de nuestros esfuerzos. Ningún dolor nos quitaba la persistencia de continuar juntos y acompañarlos en el duro camino de la crianza. Nada se comparaba con la mano prendida en nuestra mano adulta, durante los paseos; con la sonrisa triste, que agonizaba en medio del placer, para sobreponerse a la enfermedad; con el dulce sueño de la inocencia en la penumbra del cuarto; la alegría del baile y los juegos, y el llanto durante el fracaso o la derrota. Ahí estuvimos presente, – les hablo en plural porque siempre estuvimos su madre y yo – viviendo las angustias de cada etapa de sus vidas. Angustias que sentíamos como propias en el difícil arte de amar, un amor construido con el conocimiento que teníamos de cada uno de ustedes y el esfuerzo en ese proceso de aprendizaje por alcanzar ese sentimiento que lo permitiera todo en un futuro: el exilio voluntario y verlos triunfar lejos de este país que tanto amamos.

Nos apegamos tanto en la infancia con ustedes, que el sentimiento fue reciproco, aunque la distancia que nos separa es una realidad que nos alienta para un próximo encuentro. Llegó la adolescencia y ahí estábamos, no vigilantes, pero si acompañando la transición de sus primeros intereses, los deseos del cuerpo, los sueños e ilusiones, las utopías posibles y el afán de ser ciudadanos del mundo, gozándose la aldea global en tiempo y espacio, preocupados por la formación humana y académica, sin dejar de pensar que la vida es una sola, efímera y corta, sacando tiempo para las actividades felicitarías, en palabras de Ortega y Gasset, y comprendiendo que trabajo, estudio y ocio, nunca serían incompatibles, pero sí interdependientes. Cuántas veces conversamos por las noches en un tiempo familiar que no permitimos que se truncara, insistiéndoles que para todo había un tiempo y leyéndoles apartes del libro del Eclesiastés: Tiempo de plantar, y tiempo de arrancar lo plantado; tiempo de llorar, y tiempo de reír; tiempo de guerra, y tiempo de paz”.

Ustedes son naves que levaron anclas y partieron de este puerto, que ha quedado desierto, falto de risas, besos y abrazos. Nuestro espíritu se rodea de aguas tranquilas y como faro nocturno eleva la vista con optimismo en medio de la soledad de la noche, buscando el regreso de los amores partidos, que a su vez navegan, desandando ansiosos el camino del regreso hacia el regocijo de estos brazos abiertos y cálidos, amorosos y sin juzgar.

En Momo, la novela fantástica de Michael Ende, los hombres grises le robaban el tiempo a la gente, volviéndolos obsesivos por el trabajo, el individualismo y la codicia. El tiempo obligado de trabajo – excesivo – impedía el acceso a otro tiempo diferente porque se consideraba que no servía para nada. Nunca su madre y yo nos dejamos robar ese tiempo no obligado, ¿lo recuerdan? Cómo olvidar esas noches de risas sinceras e ingenuidad, donde aprendimos, que a pesar de las fatigas y el cansancio la vida era más agradable, inmersos en el ocio familiar, en un tiempo amable y humano, donde nos escuchábamos y jugábamos, valorando las posibilidades infinitas de las interacciones familiares en un tiempo óptimo y consciente. Es la mejor expresión del amor, bajo las noches infinitas que duró la infancia de los tres.

Y llegó la juventud, ese tiempo maravilloso de goce, viajes, ausencias, memoria, lleno de palabras y recuerdos; estaban más cerca de los sueños cada día, de ejecutar vuestros propios vuelos, pensando en la trascendencia de ir más allá que los demás, como bien relata Sebastián Bach en su Salvador Gaviota. Ustedes siempre quisieron ser diferentes, emanciparse a través del conocimiento, no por vanidad, sino porque los tiempos venideros lo exigían. Mientras eso sucedía en los mundos que construían, nosotros comprendíamos nuestra labor de espectadores, viéndolos volar alto, muy alto, sin importar que envejecíamos y la soledad era inminente. No es reproche, es la realidad observada y gratificante de sus logros. Sin duda alguna, la fuerza del amor que les tenemos permite que nuestra solidaridad y desprendimiento sean de largo alcance.

Al fin, uno a uno, se volaron con sus itinerarios configurados en la memoria, en el ejercicio positivo de andar por un futuro prometedor y a la vez incierto. Ustedes aprendieron a volar seguros de sí mismos porque sintieron el respaldo del amor que le prodigábamos en todo momento. Fue siempre un amor sin condición, los amamos sin preguntarnos si seríamos amados. Los amamos más cada día sin hacernos esa pregunta egoísta; sólo los amamos. Pero también sentimos que nos aman.

Ahora están conformes donde los sorprendió la vida, aunque también sé que no están satisfechos; y eso ustedes lo saben desde cuando les decía que la felicidad completa no existe. Somos felices sabiendo que son felices; ustedes se saben felices sabiéndonos felices. Sin embargo, de ambos lados sabemos que la felicidad presenta un trasfondo nublado. Nuevamente las ausencias, las distancias, los largos días incomunicados por la pandemia; el trabajo y el vacío de un tiempo que nos golpea en la conciencia, el sentido de la vida que tratamos de encontrar, de develar, para afirmarnos como seres biófilos, amantes de la vida.

La familia se volvió extensa con los nietos y de nuevo aparece esa sensación de ser padres para aventurarnos en la tarea de hacer lo que no hicimos con ustedes, de recobrar ese tiempo que no tuvimos con la familia extendida. Si ustedes alguna vez padecieron la ausencia de nosotros por el exceso de trabajo, es injusto que estos niños nacidos en la segunda década del siglo XXI padezcan tales sinsabores. Saber que son buenos lectores, aventureros en el mundo de las matemáticas y ensimismados en el fragmentado mundo de un arma todo y las piezas intrigantes de los rompecabezas. Escucharles decir, abuela o abuelo, es música a nuestros oídos; los nietos comprenden que también nuestro amor es incondicional, amándolos por lo que son, dispuestos a enseñarles otras experiencias, otros saberes y, ¿por qué no?, mostrarles los derroteros en un mundo cambiante.

Somos una familia en expansión conformada por la familia que cada uno constituye en cualquier lugar de este planeta. Ustedes son naves que levaron anclas y partieron de este puerto, que ha quedado desierto, falto de risas, besos y abrazos. Nuestro espíritu se rodea de aguas tranquilas y como faro nocturno eleva la vista con optimismo en medio de la soledad de la noche, buscando el regreso de los amores partidos, que a su vez navegan, desandando ansiosos el camino del regreso hacia el regocijo de estos brazos abiertos y cálidos, amorosos y sin juzgar. Nuestro amor está hecho del tejido de la paciencia del artista que jamás hace un reproche a sus obras – sólo las admira – y días tras día, así como el escritor lee y relee, escribe y reescribe, nosotros seguimos entusiastas esperando que ustedes continúen esculpiendo esta historia de amor hasta donde les alcance la vida.

Su madre y yo – sin egoísmo – los amamos, siempre estaremos esperándolos. Aún continúa lloviendo en septiembre.

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