jueves, julio 16, 2026
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Vivencias de la pandemia

Introducción

Hacen cinco años, mes de mayo, enfrentábamos el primer pico de la pandemia del COVID 19 que hizo estragos en Europa, sobre todo; después se disemino por todo el mundo.

De 29 artículos que escribí durante este tiempo fatídico, que ojalá nunca más volvamos a vivir, me permito transcribir tres, en esta nota, con el título general de VIVENCIAS DE LA PANDEMIA. A manera de recorderis por las ricas enseñanzas que dejo, tan dura prueba, a los que logramos sobrevivir a virus tan maligno. Gracias sean dadas a Dios.

  •  

El coronavirus

Severo llamado de atención

Alto ahí. Han ordenado al prepotente hombre que puebla un lugar llamado planeta tierra.  A hacer un alto en el camino.

No hagan nada, deténgase, párenlo todo, quédense quietos en sus casas; cierren puertas y abran ventanas, para que entren los vientos y circule el aire. 

¡Señores, por favor!  No se muevan. Miren bien, fíjense…, no se han dado cuenta que están al borde del abismo. O es que están ciegos.

Plena de sabiduría, desde los albores de los tiempos, la que así habla y manda es nadie más que la sempiterna naturaleza a través de un microscópico e incalculable ejército de mortíferos coronavirus.

La naturaleza, sabia al fin, es invencible.  Por más que el desmesurado terrícola, ha intentado sobrepasar sus extensos limites, utilizando portentosos medios y destructores artificios tecno – científicos.

No va a permitir, natura, que lo más entrañable que ella tiene, de todo su vasto universo, la maravillosa naturaleza humana, creación divina, perezca.

“Si la naturaleza se opone, lucharemos contra ella y haremos que nos obedezca”; exclamo, desafiante el libertador Simón Bolívar en 1812 ante un terremoto que destruyó la ciudad de Caracas dejando 12.000 muertos.

Tal pareciera, esta consigna la ha seguido el mundo civilizado contrariando, subestimando, el dominio infinito que la madre naturaleza ostenta sobre la finita naturaleza humana.  Pretende el hombre, atrevido y ambicioso, superarla en su vasto reino creyendo que todo lo puede tras culto, fanático, al dios dinero y demás deidades de él dependientes, entre otras, las diosas: fama, consumo, vanidad, soberbia, ira, violencia, avaricia, poder, corrupción, etc.

Si. El Dios dinero, léase capital, nos ha llevado al borde del despeñadero. En buena hora, la noble diosa razón, la humana razón, ha hecho caso, obediente e inteligente, al llamado protector que nos hace, furiosa, la naturaleza, herida en sus bosques, montañas, mares y ríos, mediante su temible y coronada legión viral.

Volver a casa, al viejo rincón de los abuelos, es la ecológica invitación que recibimos. Volver a la olvidada morada en donde tiene asiento lo más sublime de la condición humana: el amor, que la ennoblece.

Volver al hogar es orden perentoria de la madre naturaleza para reencontrarnos con los auténticos frutos del amor, presentes en los preciados valores que la institución familiar contribuye a forjar en la persona, desde niños; tales como: la solidaridad, generosidad, honestidad, honradez, responsabilidad y fidelidad.

La familia, cuna de la civilización, epicentro de la sociedad, se ha venido a menos, casi hasta su lamentable desaparición, debido a la insensatez de normas dictadas por la mayoría de los gobernantes de naciones del orbe, en contra de leyes señaladas por el rígido ordenamiento natural, que la creo.

El respeto y veneración por la vida, en todas sus formas, la vida humana, en particular y a la familia, bajo el nutriente gratificante del amor, evitarán en el futuro, “llamado de atención tan severo” como el que hemos recibido y cuyas repercusiones estamos viviendo, en este año, 2020. El dios dinero, tan frágil, como ostentoso y petulante, quien lo creyera, impotente ha quedado.

Sin duda, esta cruel pandemia, marcará el destino de la humanidad para siempre. Con la fe puesta en Dios, seguro, vamos a salir adelante. El cambio de rumbo ha de venir y la naturaleza volverá, alegre, a florecer en primavera, gracias al hombre nuevo que surgirá de esta encrucijada.

Teobaldo Coronado Hurtado

Barranquilla marzo 21 de 2020

Pandémica congoja

Pasa el tiempo, de esta temporada penosa de pandemia con la molesta sensación de su lerdo acontecer; la angustiante percepción de que se hubiera, sin rumbo cierto, detenido. ¿Quién sabe hasta cuándo?   No sé

Pasa lánguido este inclemente verano sin, siquiera, el sol poder ver, al amanecer, sobre el resplandeciente espejo del río; ni al atardecer cuando en un letárgico crepúsculo se recoge en poéticos arreboles dentro del mar caribe con sus grandes navíos ausentes.

Pasa un mes y el que sigue escasos de “lluvias mil” en abril y mayo huérfano de flores para la virgen, tampoco para la madre a las que tanto nos complace bendecir.

Menos mal el carnaval pudimos, con toda la bacanidad, parrandear.

El año no se siente transcurrir cuando el presente se esfuma en el hastío y el futuro, impredecible, niega los sueños por cumplir.

Pasan los días, uno después de otro, sin percatarme de si es lunes de zapatero o un viernes pachanguero. Pareciera, todos de fiesta fueran, pero a nadie encuentro para con una “Fría bien helada” poder celebrar. Perdida la esperanza de, al escenario de mis dichas, retornar en busca de la gente que, igual que yo, mi habladuría debe extrañar.

Pasan horas, tras horas, sin percatarme de si son las seis o las diez, las dos o las tres.  Distraído de normales afanes y no encontrar qué hacer; tal vez algo distinto con que los deseos entretener.

Solo el viejo libro, siempre ahí, compañero fiel.

Pasan, así, callados, los momentos del virulento aislamiento que ahora vivimos.  Repasando amarillentas páginas de antiguos textos y descubriendo las olorosas, a tinta fresca, de los más nuevos que en la biblioteca habitan y colman mi espíritu de grato y nutriente lenitivo.

Tenue, muy tenues, las serenas melodías de Franz Liszt, Tchaikovski, Rossini y la emblemática voz de Demis Roussus escucho; bálsamo acústico contra mi pandémica congoja.  Mientras, leo y leo y Teomedicadas escribo.

Todo pasa.   Y el alba llegará en que, ruego a Dios pueda, sano y salvo, volver a inhalar aire nuevo, de coronavirus depurado.

Bajo los árboles del parque, con los amigos del deporte blanco y tantos otros que también estimo, nos volveremos a ver para un par de cervezas “vestidas de novia” de nuevo paladear. Y el mundo loco que, en suerte, nos ha tocado para vivir, “hablando paja” de la buena, arreglar.

Sursum corda. Arriba los corazones.

Barranquilla mayo 18 de 2020.

  •  

Diálogos pandémicos

I

Miraba, acucioso, cuál aguacate escoger en un estante de la tienda del turco de la esquina de mi casa; pintada con los colores: rojo, azul y blanco, del Junior de Curramba.  De improviso siento una mano sobre mis hombros.

–      Hola Coronado ¿Cómo estás? me saludan.

Volteo para ver y es Álvaro, el colega, cirujano, de muchas jornadas juntos en lo sangrientos ruedos de un quirófano.

–   ¿Que otro muerto hay por ahí? Me interroga.

¿Después del deceso de Jaime? le inquiero

–      Si. ¿Quién más? ¿Qué has sabido? Tú que estas enterado de todo lo que pasa entre los médicos, replica.

No. No tengo ningún dato después de Jaime. Lo sentí mucho, le agrego.

Vuelve a la carga mi amigo y me pregunta

– ¿Tú no estás tomando hidróxido de cloro?

No. Le contesto

– ¿Tampoco Ivermectina?

No. No estoy tomando nada para prevenir el covid. Voy a esperar llegue la vacuna. Agrego algo sorprendido.

El perspicaz cirujano enmudece y me incrimina:

–  ¿Por qué estás tan negro?

El tenis, que juego casi todos los días.  ¡Ajá¡ y yo no soy negro ¡negro fino! le alego con cierta sorna.

El doctor, que no es que sonría mucho, soltó sonora carcajada que su mujer, por ahí cercana recogiendo frutas y verduras, lo tomó del brazo y se lo llevó, toda seria.

Quedé pensativo, con semejante sondeo, que me tiene, ahora, escribiendo estas cuartillas.

Tercera epidemia. La evidente inquietud y dureza de la pregunta por los muertos de cada día, de mi apreciado Álvaro, pienso la experimentamos todos en una u otra forma. Aterrados por la letalidad de un feroz enemigo que asusta, que nos tiene en permanente zozobra, no hay duda de que tenemos miedo.  Miedo a contaminarnos y el natural pánico que produce, en consecuencia, la muerte que provoca. La dolorosa pérdida de tantas personas, incluidos muchos seres queridos, genera un estado de terror generalizado.

En la década de los 80 el doctor Jonathan Mann, fallecido exdirector de la ONU/SIDA, denominó a este pánico colectivo Tercera Epidemia en una triada que consideraba Primera Epidemia a los contaminados VIH positivos, sin síntomas. Segunda Epidemia a los enfermos que padecían el SIDA.  Clasificación que, de alguna manera, podríamos aplicar en forma análoga a la actual pandemia del COVID 19.

Viene a mi mente el primer caso diagnosticado con SIDA en el Hospital de Barranquilla, mediados de 1984. Una paciente de la sala Pumarejo, ginecología, que habíamos operado de un quiste de ovario. Cuando se comprobó el diagnóstico la sala fue abandonada a las carreras por el resto de las pacientes allí hospitalizadas y las monjas se fueron del “Memorial Hospital” porque el demonio se había tomado la institución. Una doctora de apellido Di Ruggiero que, hacia internado, estudiante de la Universidad del Norte, tuvo el coraje, solitaria, de cuidar solicita a la desventurada señora hasta que se produjo su deceso.

Automedicación. En reciente reunión de la Academia de Medicina sobre “Aspectos Éticos del Covid/vacuna” conté a la audiencia virtual sobre la pregunta que me hicieron con relación al hidróxido de cloro y la ivermectina, que entendí como una sugerencia de tratamiento profiláctico. Mi intención estaba dirigida a obtener una opinión, entre los académicos, respecto a la validez de esta automedicación preventiva. Sin obtener respuesta satisfactoria.

El uso, discutido, de la ivermectina en el manejo de los enfermos que ya padecen el covid fue el enfoque dado por los comentaristas de la reunión a mi consulta.

Considero que hay en la desmedida automedicación profiláctica que se está dando en esta pandemia unas implicaciones éticas, además de las epidemiológicas, dignas de revisar.

II

De los Estados Unidos con alguna frecuencia mi gran amigo Guillo, residenciado en Las Vegas, también médico, me llama con un contexto, en su saludo, parecido al del circunspecto galeno de la tienda barranquillera, cada vez le llegan noticias sobre el inmolado más reciente del covid.  Su parla que no tiene nada de parca se va en comentarios sin fin sobre la vida del difunto de turno y lo buena persona que era.

Y prepárate, Teo, que ahí te vienen preguntas:

–      Aja Teobaldo ¿cómo está todo por allá? Del doctor Juan María me informaron que estaba en UCI, delicado. Tú sabes que él es diabético e hipertenso; Dios quiera salga adelante, añade.

–   ¿Qué más?

– ¿Has sabido de alguien que esté mal, que se encuentre hospitalizado?

–      Supe que el doctor Rodríguez se recuperó. ¿No has hablado con él?

–  ¿Como va lo de la vacuna por allá? Ya yo me vacuné.

–   ¿Tú no te piensas vacunar? Vente pa acá, ¡marica¡ y te vacunas.

Es cuestionario insistente del doctor Guillo preocupado, en todo momento, por la suerte de sus compañeros médicos. La solidaridad gremial ha sido un distintivo de su faceta profesional que le induce estar atento a cuanto sucede en el ambiente sanitario de la ciudad.

III

Cuando la pandemia tuvo su momento crítico en Colombia, por allá en el mes de abril del año pasado, 2020, recibo llamada telefónica un tanto asustadiza de Pacho, el ortopedista de tantas intervenciones compartidas:

–      – ¿Coro cómo te ha ido?

Y, de una, en tono vehemente lanza un nojodazo

–      – ¡Nojoda, Teo de la que nos salvamos! Imagínate, Coro ¿qué tal nos hubiera tocado a nosotros estar activos en esta calamidad? Menos mal ya estamos retirados, porque lo que está viviendo el personal de la salud es algo terrible. Pobres doctores con lo expuestos que están, mal trato que les está dando la gente, los mismos hospitales y el indolente gobierno, agrega.

Tienes mucha razón Pacho, le añado, y trato de explicarle que no hay punto de comparación con la experiencia por nosotros vivida en la llamada epidemia del siglo XX, la del SIDA. La suerte corrida, en particular, por los profesionales de la salud, no tiene parangón entre la una y la otra. Le comento que:

Covid versus sida.

Algunas diferencias

1.     El poder de contaminación es en suma mayor con el covid en cuanto el coronavirus se encuentra en los aerosoles (Fluge) que expulsa la persona al respirar; casi que podemos afirmar que está en el ambiente. De allí que entre más aglomeración el riesgo es mayor, sobre todo en recintos cerrados. El Virus de inmunodeficiencia adquirida, VIH, se transmite a través del contacto con la sangre, en especial, por la vía sexual.

2.     En un principio se consideró factor predisponente importante, entre muchos, la homosexualidad y con el tiempo se ha concluido que la promiscuidad en las relaciones íntimas es determinante significativa de su proliferación.

El coronavirus no respeta pinta ataca sin discriminación desde el más encumbrado de los personajes hasta el más humilde; no tiene que ver con sexo raza o condición social.

3.     El SIDA tuvo prevalencia entre gente joven, dada su actividad sexual más intensa, que se agrava si se cumple sin protección alguna. En cambio, el Covid tiene repercusión considerable en los ancianos, por su estado de vulnerabilidad.

El doctor Pacho menos inquisidor me llama ahora, desde Canadá, a donde viajó en octubre del año pasado, para intercambiar experiencias familiares y claro lamentándose siempre de la cantidad considerable de colegas muy cercanos a nosotros que han fallecido.

Conclusión

El convencional y vivaracho saludo de:

¿Qué hay de nuevo?

¿Cómo va todo?

!Aja y qué! cuéntamelo todo

¿Qué hubo cuadro, como está la vaina? Típico de los barranquilleros se ha tornado en exclamaciones apagadas con tono fúnebre; un pesado lamento ante el abatimiento que invade el alma de la gente por la incertidumbre en que se vive. No sabe uno cual será el futuro que nos espera en los días por venir.  El inclemente y mortal virus no se rinde todavía ante la artillería pesada de los hombres de ciencia que arremeten ya, en buena hora, con el arma esperanzadora de la vacuna para contenerlo.

En la lucha encarnada que libra la humanidad contra el coronavirus tendrá que salir triunfante, de eso tengo mucha fe, la grandeza de una especie que ha superado a lo largo de la historia momentos cruciales, más difíciles que los de la actual pandemia.

Que la misericordia divina nos cuide y nos proteja.

Barranquilla enero 31 de 2021

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