jueves, julio 16, 2026
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¿Qué hacer con tanto ocio?

Durante muchos años he dedicado tiempo a reflexionar sobre el ocio y sin ningún tipo de orden en las lecturas me he encontrado con el beneplácito y complicidad de muchos autores, es decir, sin preguntarles sobre este tema me sugerían nuevos autores en forma indirecta, en sus citas y bibliografía. Al primero que leí fue al francés Joffre Dumazedier, sociólogo y estudioso del tema, en su libro Ocio y sociedad, texto que muestra una taxonomía amplia sobre este tema, y que el autor con precaución muy poco hace aseveraciones contundentes, cuidándose de afirmaciones subjetivas. Aníbal Ponce en su Educación y lucha de clases nos lleva de la mano desde la comunidad primitiva hasta los tiempos modernos y paralelo a sus temas centrales nos encontramos con el ocio en la comunidad primitiva y con ello la manifestación del ocio fecundo, donde el hombre se expresaba a través del canto, la palabra y el baile, y alrededor de una fogata, trata de alargar el día en ese instante de regocijo social valorado después de las tareas cotidianas durante el día. También se refiere a los griegos, que resaltan la importancia del ocio, denominándolo diagogos, descrito como un espacio social ganado después que el ciudadano griego demostró su civismo y amor por la ciudad y se gana el derecho al diagogos al cumplir cincuenta años, dedicándolo a las artes, la poesía, la danza, la filosofía. Ya en la edad media y moderna la concepción de ocio se transforma; en la sociedad medieval surge el ocio caballeresco y en la moderna aparece el ocio ostensible descrito en el libro, Teoría de la clase ociosa, donde Veblen, resalta la fuerza del consumismo ostensible, convirtiéndose en un referente simbólico a emular por otros.

Robert Boullon en su libro, Actividades turísticas y recreacionales, realiza un análisis del tiempo total, dividido, para su comprensión, en un tiempo obligado expreso en el trabajo y el tiempo no obligado, manifiesto en actividades diferentes, en el que se incluye el tiempo libre como un concepto aproximado al ocio, o confundiéndose con él. Además, este autor juega con el lenguaje, pero deja la percepción en el lector que su preferencia es el tiempo libre. En muchos países de habla castellana se da preferencia al concepto de tiempo libre; leisure dicen en Estados Unidos; lazer en portugués; loisir, expresan los franceses. A manera de una conclusión general hay que indicar que en Europa se habla de ocio y en occidente, los países de habla hispana hacen alusión al tiempo libre; en Colombia se le da mucha preferencia al término tiempo libre y la recreación.

Es muy frecuente observar en el centro de Madrid, España, especialmente en el parque El Retiro, anuncios alusivos a prácticas de ocio. Dentro de estas prácticas están el senderismo, canotaje en el lago que se encuentra en el centro del parque, actividades lúdicas al estilo de feria, donde los niños prueban el azar y los antagonismos. Alrededor del lago se encuentran las gitanas con su bola de cristal llamando la atención de las personas para leerles el futuro e indagar sobre problemas que perturban la felicidad de los usuarios.

¿Qué hacer con tanto ocio? Es una pregunta llena de angustia ante la proximidad de la jubilación; es un interrogante que se hace seis meses antes de jubilarse Martín Santome, personaje central de la novela La Tregua, cuyo autor es el uruguayo Mario Benedetti. Nada de lo que percibe a su alrededor le parece que tiene sentido; le encanta la rutina de su trabajo porque las tareas reiterativas lo automatizan y eso le permite pensar en otras cosas. Cuántas personas se han hecho tal pregunta. La posibilidad de vivir el presente sin trabajo les aterra, les aterra el futuro incierto sin saber qué hacer, de quedarse sin pretextos para continuar viviendo la vida.

Nunca he conocido una educación que responda a este interrogante con vehemencia y certezas. ¿Qué haré con tanto ocio? Es un lamento angustioso y existencial que sucumbe bajo la creencia de que dejamos de ser útil. Los currículos escolares con sus conceptos de competencias y desempeños dejan la sola sensación de que estudiamos para trabajar, ganarnos la vida, o ser alguien en este mundo caótico. Hemos transitado tanto por el tiempo de las obligaciones del estudio y el trabajo que perdimos la sensibilidad de observar la naturaleza, escuchar los cantos matinales de los pájaros, maravillarnos ante una puesta de sol, o escuchar los sonidos del caribe. Los juegos tradicionales jugados en las calles, los patios de recreos y en las veladas nocturnas se han extinguidos; con ello perdimos la condición de homo faber al elaborar los juguetes de la infancia y crear recursos con materiales extraídos del medio. Esa condición artesanal del juego consensuando las reglas y la vivencia del mismo nos transportaba a un estado de fluir, o flow, experimentando instantes de felicidad, concentración y una absorción total en las actividades lúdicas, desde el enfoque de Mihaly Csikszentmihalyi, como factor esencial hacia la dimensión del ocio.

¿Qué haré con tanto ocio? No me atrevo a dar respuestas, cerraré la agenda y viviré una vida sin planificar sustentada en los deseos y apurada por los estados de ánimo

La legislación colombiana en la ley 181, ley del deporte, resalta el tiempo extraescolar como un espacio de descanso, pero también para aprovecharlo en el juego y el deporte, ya sea en la escuela con toda la logística deportiva, o en el barrio. La ley 115, ley de educación, dentro de los proyectos escolares propone el Proyecto Pedagógico del Tiempo Libre, que en la mayoría de las instituciones educativas no existe porque no cuentan con la infraestructura pertinente y los docentes se enfocan sólo en la parte académica y seria de su asignatura, olvidándose que se puede jugar a la ciencia a través de clubes matemáticos, clubes de medio ambiente, clubes de experimentos físicos. Desde las humanidades el club de inglés, el club literario, el club de escritura creativa. Desde las ciencias sociales, el club de los filántropos, con estudiantes solidarios y entusiastas.

 El tiempo libre de la escuela visto desde una perspectiva de desarrollo humano integral ha sido olvidado por el estado, por una falta de gestión para el cumplimiento de la ley. Si los proyectos pedagógicos contaran con el apoyo estatal, estoy seguro que los maestros trabajaríamos con más empeño y dedicación. Pero si hay carencias institucionales e indiferencia de los entes administrativos, el artículo 14 de la ley 115, del cual emanan estos proyectos, es una sentencia que se queda en la utopía, como un no – lugar inexistente, pensando en la novela de Tomás Moro. A pesar de ese pesimismo que nos pudiera embargar, los niños siguen jugando sus propios juegos, los hombres y mujeres conversan, la fiesta es un espacio de encuentro e identidad, las celebraciones convocan, los recreos siguen incansables con sus risas y sus carreras; sin embargo, ese esparcimiento artesanal y tradicional, espontáneo y sin prejuicios tiende a perder su inocencia y gracia frente a una sociedad de consumo que asombra y pone en disonancia cognitiva a la conciencia ingenua de personas que sucumben bajo la influencia de una clase ociosa.

“Me faltan seis meses para jubilarme, ¿qué haré con tanto ocio? Dice el protagonista de La Tregua. El que escribe estas líneas está a punto de jubilarse, pero no hay angustias, tampoco miedo a vivir un tiempo incierto. Hay un ejercicio de visualización durante años que se ha hecho para rescatar una vida llena de detalles, sentir el regocijo de la lectura de un poema de Gabriela Mistral en las mañanas, o escribir sobre una nueva vida que empieza y llenarla de anhelos y sueños; o extasiarme en una conversación larga y tendida con mi esposa, que jamás termina. De vez en cuando caminar bajo los frondosos bosques de primavera y contemplar el paisaje amarillo del otoño; ver los picos de montañas llenos de nieve, anunciando el invierno y dejarse calentar bajo el fuego furioso del verano.

¿Qué haré con tanto ocio? No me atrevo a dar respuestas, cerraré la agenda y viviré una vida sin planificar sustentada en los deseos y apurada por los estados de ánimo. Escribiré hasta la madrugada mientras el silencio de mi casa me vigila y acompaña; dormiré hasta tarde con el propósito de amanecer entusiasmado. Soltaré el reloj de las muñecas y perderé la costumbre de hablar por celular. Regresaré por viejos caminos transitados a buscarme a mí mismo y sentir la soledad liviana y llevadera. Borraré de la pizarra de mi cuarto de estudio la palabra trabajo y nuevamente le daré la razón a Faulkner de que trabajo, o trafago, nunca trajeron nada bueno, sólo enfermedades. Otros días de otras semanas en diferentes meses y años viajaré a visitar la tumba de Juan Rulfo y leeré frases subrayadas en Pedro Páramo; viajaré a Portugal y conoceré a Lanzarote, lugar donde murió Saramago y donde alcanzó a vivir una vida de felicidad. También visitar Madrid cualquier día y conocer el Cementerio de Almudena para leerle en voz alta fragmentos de su novela La Vida Breve, a Juan Carlos Onetti, y sentir su acuciosa escucha desde el más allá.

Loco, quizás usted piense que estoy delirando, pero después de ganar el derecho al ocio, ¿quién puede quitármelo?  Haber trabajado me dio ese derecho. ¿Para hacer locuras? ¡Quizás! ¿Acaso la formalidad del trabajo nos permite ejercitar eso que denominan locura? Las locuras se realizan sin tiempo, sabiendo a que nos atenemos y cuándo actuar con mesura. No soy un ser ocioso y pasivo a la manera de Whitman, nunca lo seré. Pero ahora al terminar casi este texto estoy ocioso porque antes he trabajado y sólo los que trabajan se les permite ese estado.

¿Qué haré con tanto ocio? Seguirá siendo un interrogante de preocupación, un malestar corroyendo a la persona, temor que se lleva por dentro ante la avalancha de ocio que se avecina. Cuando ese alud nos cubra en lo que menos hay que pensar es en la muerte, sólo la vida ocupara nuestra mente, dispuesta para el asombro y la magia de la existencia nueva que nos espera. Tendremos todo el tiempo para revisar el tiempo robado por los hombrecitos grises, enemigos del ocio familiar, del juego espontáneo y del esparcimiento, y estaremos de acuerdo con Momo, personaje central de la novela de Michael Ende, de la felicidad que se siente al liberarnos de dichos hombrecillos agazapados en nuestras vidas y recuperar, por fin, el tiempo arrebatado por el trabajo, para reencontrarnos con los demás y ver la vida que comienza con el estado ocioso de la jubilación desde una nueva perspectiva.

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