jueves, julio 16, 2026
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La conducta humana: el ser humano que actúa y se comunica

El sistema nervioso, y el cerebro, como componente de un ser humano, no generan la conducta, pero intervienen en la dinámica de transformaciones del sujeto. Sin embargo, a los ojos de un observador, el sistema nervioso y el cerebro participan en la generación de la conducta humana porque intervienen en las transformaciones internas del sujeto, cuyas modificaciones externas de posición y de forma en relación con el entorno son distinguidas por el observador, quien las describe mediante el lenguaje, afirmando que lo que observa es la conducta.

En realidad no existe lo interno, ni lo externo, ni la conducta, lo único que existe es el fluir de la vida humana en su interacción con el entorno, lo único que existe es la biopraxis humana. Lo interno, lo externo y la conducta humana son conceptos, distinciones y descripciones que hace un observador cuando le asigna nombres a los cambios de posición del sujeto observado y los trae al fluir de su conversación, mediante la palabra, y es entonces cuando puede nombrar lo interno, lo externo y la conducta humana. “La dinámica orgánica hace posible la conducta relacional del organismo, pero no la especifica porque esta surge en la relación con el entorno, pero no se puede deducir la conducta relacional de la dinámica orgánica, ni al revés” (Humberto Maturana). Esta es la razón por la cual podemos afirmar que el emocionar se aprende, es decir, se cultiva, consolida, configura, conserva y establece en la evolución y desarrollo del ser humano, en las modificaciones armónicas y coherentes del sujeto y el entorno configurante. Maturana definió la conducta como la descripción que hace un observador acerca de los cambios de posición, movimientos o acciones de un ser vivo, en relación con un entorno determinado.

Lo que llamamos conducta al observar las transformaciones armónicas y coherentes de un ser humano en su ambiente no es más que la descripción que hacemos de los movimientos del sujeto en un entorno que nosotros señalamos. La conducta no es algo que el ser humano tiene o hace en sí, pues en él sólo se dan transformaciones configuracionales a nivel neuronal y de su sistema nervioso, que es lo que frecuentemente llamamos “cambios internos”. La conducta es algo que nosotros señalamos, distinguimos y describimos con palabras, es una configuración entre el ser humano y su entorno, es un proceso o actividad identificada y descrita por un observador, mediante el lenguaje, es un concepto.

Las transformaciones del sujeto en su entorno son necesariamente congruentes o conmensurables con él, cualesquiera sean las conductas y los entornos que describamos, ya que las transformaciones de un ser humano dependen de su configuración, y ésta depende de su historia de articulación configuracional. Por esto, el hecho de que una conducta sea adecuada o no depende del ambiente en que se describa por el observador. La valoración de una conducta como correcta o incorrecta depende del enfoque teleológico del observador, por cuanto es él quien determina la validez de la conducta en dependencia de cómo ésta se relacione o no con sus expectativas.

Ya hemos expresado que los seres humanos como sistemas dinámicos y complejos estamos determinados por nuestra configuración, y las conductas son modos de encuentros configuracionales entre sujeto y contexto, que van surgiendo en cada instante como acciones de una clase u otra en el fluir de nuestras interacciones, es decir, en nuestra biopraxis, según la emoción que predomine en nuestra actividad cotidiana. Cada acción humana está determinada por una o varias emociones. Si queremos descubrir cómo actuará un ser humano en un momento determinado, basta con develar la emoción que subyace en su fluir relacional. Y si queremos descubrir la emoción en la que fluye una persona, basta con observar su comportamiento. No hay acción sin emoción, ésta siempre subyace a la acción humana. Y esto sucede en nosotros como un fluir emocional que surge momento a momento, instante a instante, en la dinámica multidimensional de nuestra biopraxis según nuestro modo relacional de vivir, según las interacciones afectivas y emocionales que tengamos con otros seres humanos o eventos y situaciones, de manera que distintos modos de vivir traen consigo distintas configuraciones en el emocionar que, interconectadas con el lenguajear, generan un conversar que puede ser nocivo o hacer que el ser humano viva en armonía, paz y sosiego.

Cada acción humana está determinada por una o varias emociones. Si queremos descubrir cómo actuará un ser humano en un momento determinado, basta con develar la emoción que subyace en su fluir relacional. Y si queremos descubrir la emoción en la que fluye una persona, basta con observar su comportamiento. No hay acción sin emoción, ésta siempre subyace a la acción humana

Lo que fue dicho Humberto Maturana muestra que la dinámica del sistema nervioso es plenamente consistente con su ubicación y funciones, al formar parte de una unidad autónoma en la que todo estado de actividad llevará a otro estado de actividad en la misma unidad porque su operar es circular, o en clausura operacional. Cualquier conducta que observemos es una mirada externa de la configuración de relaciones internas del ser humano, la conducta no es más que la coreografía danzaría que describe el observador. Es el investigador quien tiene la tarea abierta de encontrar en cada caso los mecanismos precisos de tales armonías y coherencias neurales. Para el cerebro y para el sistema nervioso no existe algo que se llame conducta humana.

En nuestro discurso cotidiano, en las explicaciones, en las argumentaciones, en nuestra biopraxis, traemos a colación eventos, situaciones y acontecimientos; mediante nuestras descripciones configuramos un mundo, creamos dominios operacionales en coordinación conduc­tual consensual recursiva.

Todo lo que hacemos los seres humanos en nuestras acciones conductuales nos sucede como resultado de nuestras dinámicas configuracionales. Es más, nuestra configuración es en todo instante la configuración dinámica cambiante que apa­rece en nosotros en ese instante, como resultado de la intersección de todas las interacciones, conversaciones, explicaciones, argumentaciones y reflexiones en las cuales estamos involucrados en ese instante, en coincidencia con las dinámicas configuracionales del flujo configuracional autónomo de nuestras identidades corpora­les.

Como resultado de lo anterior, en todo instante nuestras configuraciones individuales son expresiones de la historia configuracional de la red de interacciones, conversaciones, explicaciones, argumentaciones y re­flexiones a las cuales pertenecemos como miembros de una configuración de comunidades sociales, y sólo ge­neramos las conversaciones, argumentaciones, explicaciones y reflexiones e interacciones que nos suceden de acuerdo a nuestra presencia configuracional en esa configuración social. Y, al mismo tiempo, todo esto nos sucede en el presente de nuestra configuración biológica continua como seres humanos.

Según Maturana, “lo central en el cultivo de una habilidad [como proceso conductual], si las circunstancias del vivir que hacen posible tal cultivo están presentes, es el emocionar, esto es, el deseo, el querer hacer lo que ese cultivo requiere”. Es por ello que es preciso lograr una articulación configuracional con el contexto en el que interactuamos, lo cual es posible mediante nuestras conversaciones, a través de las interacciones entre las emociones y el lenguaje. Por ejemplo, la identidad tiene su propia existencia ontológica, en cambio la imagen es configurada por el ser humano y oculta la verdadera identidad, en la cual uno se muestra tal y como es, dice lo que piensa y siente y hace lo que quiere. En cambio en la imagen es lo contrario, porque uno no se muestra tal y como es, sino que cada vez que uno quiere proyectar una imagen determinada lo que uno quiere es mentir, y eso lo logramos con frecuencia ocultando nuestra verdadera identidad, encerrándola en una máscara llamada imagen, que configuramos mediante el lenguaje.

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