Jamás quise que sucediera

Wensel Valegas

Jamás quise que sucediera. En la familia dijeron que me desquitaba porque mamá y papá nunca me dejaron ir a la escuela, porque me tenían como una esclava y eso me daba rabia, decían – y que no me cansaba de repetirlo – cuando estaba malhumorada; proseguían: que a falta de una sirvienta yo era la destinada a realizar los oficios de la casa, cuidar a mis hermanos menores y hacer las tres comidas: desayuno, almuerzo y la cena. Siempre hablaron de un resentimiento y un desquite que jamás pasó por mis pensamientos, incluso, alguna vez les escuché que mi actitud se la atribuían a la rebeldía propia de la edad, cuando cumplí los catorce años. Reconozco que mis protestas se soportaban en el silencio y en los murmullos malhumorados que me salían del corazón. Otro día, un familiar cuyo nombre no menciono para evitar más disgustos, dijo que mi silencio era una forma de hacer resistencia y oposición a la autoridad de papá y mamá. Ahí viene la rebelde, me señalaban los primos, con la risa burlona, cuando les gritaba que no era justo trapear la sala y pasaran por ella, ensuciándola de arena y mierda de perro. Hasta dijeron que era la forma más silenciosa de mi venganza. Nunca supe que significaba esa palabra. Además, lo juro, todas esas habladurías de desquite y venganza fueron puras invenciones que se dieron por lo que sucedió y que nunca desee que sucediera.

De lo que sí estoy segura es que jamás quise lo que sucedió aquella mañana de septiembre, pero quién le podía creer a una brutica como yo, que hasta el día de hoy se niega a considerar que lo sucedido fue intencional, nadie claro está, decirme al mismo tiempo que me acusaban de ser una ingrata, que carecía de sentimientos. Mientras llovían las acusaciones y decían lo que se les daba la gana quise volverme loca, desaparecer, no le hablaba a Dios – tampoco me acordaba de él y nadie me había enseñado a hacerlo – porque nunca fui a la escuela, si lo menciono fue por escucharlo de boca de mis hermanos que lo aprendían del sacerdote que impartía la clase de religión en la escuela. Me sentí sola, insignificante, deseando que la tierra me tragara. Sin embargo, me tragaba la rabia y el silencio forzado era mi único consuelo.

Mientras llovían las acusaciones y decían lo que se les daba la gana quise volverme loca, desaparecer, no le hablaba a Dios – tampoco me acordaba de él y nadie me había enseñado a hacerlo – porque nunca fui a la escuela, si lo menciono fue por escucharlo de boca de mis hermanos

Serás una buena madre, me decía con frecuencia papá, viéndome bañar a mis hermanos, como les arreglaba la ropa, revisaba sus deberes escolares sin saber leer, ni escribir, era pura intuición ver una lección no terminada, unas palabras saliéndose de la línea, preguntarles, a ver qué aprendieron y qué tareas hay para mañana, estas libretas están sucias, dónde están sus forros, ya veo que no aprovecharon el tiempo, carajo, qué más hubiese querido yo, que estudiar. Esto último lo decía, lo digo, lo diré hasta la muerte. Eran palabras que se habían quedado en el deseo, solo las decía para consolarme, creo. El tiempo y la costumbre me convencieron de aceptar mi destino, de conformarme con amar lo que hacía a diario para toda la familia, pero ese deseo de venganza que todos sintieron con lo sucedido no fue cierto porque ya me había resignado a la vida que me había tocado y renunciado a todo anhelo por una educación que nunca se me ofreció; hasta llegué a sentir cariño por todo lo que hacía, el oficio de sirvienta se me convirtió en hábito.

Jamás quise que pasara lo que sucedió, aunque se atrevían a decir que había sido una muerte intencional, calculada a propósito, les escuchaba los susurros mientras velaban a mi hermanito en su cajón de muerto. Acongojada lloraba en un rincón de la habitación de al lado. Los ojos los mantenía cerrados y la tragedia se me metía en los pensamientos haciéndome llorar más y más. Aquella mañana mientras barría, atendía la comida en el fogón y bañaba a Goyo de seis meses en la ponchera con agua, enjabonaba su cuerpo enérgico e inquieto, que palmoteaba el agua, la pateaba, y su cuerpo escurriéndose de mis manos. Ya sin jabón en el cuerpo, a Goyito, se le dio por sentarse en el centro de la ponchera, qué bien, ya te sientas, y él sonreía golpeando el agua con sus manos, pataleando el agua como un nadador ansioso. Recuerdo que le dije como si me entendiera, a ver Goyito, ¡nada!, ¡nada!, y lo acosté boca abajo y él seguía pateando y manoteando el agua, riéndose a carcajada mientras sus manos se aferraban al borde de la ponchera y su cabeza jugaba entrando y saliendo del agua, mientras sus piernas pateaban el agua… Lo dejé solo un momento para atender la comida en el fogón, fue un pestañeo rápido. Jamás quise que sucediera, lo juro.

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