Breves historias de amor

Los amantes rendidos se miran y se tocan

una vez más antes de oler el día.

Poema: Los amantes. J. Cortázar

1.

Después de implorar, llorar y tomar conciencia de su amor, se dio cuenta que nunca fue correspondido, que la mujer amada jamás lo amó, no tuvo en cuenta sus sentimientos al partir de una vez para siempre, dejando sólo el aroma de su ausencia por toda la casa. Sereno y resignado, con el paso del tiempo, se dio cuenta que la herida seguía abierta, sin embargo, le escribió a la dirección, que ella le envío tiempo después, sin explicaciones, quizás esperando con su presencia el amor sumiso que siempre le mostró, pensó él. Después de pensarlo, sólo le escribió:

“…te dije que, si alguna vez te perdía, perderíamos ambos, pero tú perdiste más. Sólo te digo con estos dos últimos versos de Ernesto Cardenal que: yo podré amar a otras como te amaba a ti/ pero a ti no te amarán como te amaba yo…”

2.

La vida la condenó a sentir pena de sí misma. Sus amigas tenían consigo el amor de un hombre; disfrutaba departiendo con ellos en las tardes soleadas de verano, en los días íntimos de otoño. Un refresco bajo la inclemencia calurosa del verano y un té observando caer las hojas amarillas del otoño. Tanto el verano como el otoño fueron dos estaciones que la llenaban de felicidad. Cuando veía partir a sus amigos se daba cuenta de su soledad, de la falta que le hacía un hombre en su vida. Ella era una mujer completa, pero se veía fea, se sentía fea, actuaba con la timidez de las feas; su falta de coraje y de amor propio la embargaban. Le entristecía que nadie viera su belleza, las cualidades que tenía, su vasta cultura, sin embargo, la pobreza de sus pensamientos era más fuerte. Hubo noches que despertaba sobresaltada, se acostumbró a no soñar con príncipes azules, porque sus sueños le mostraban hombres, comunes y corrientes, fuertes y llenos de coraje que la abrazaban, consolándole la soledad. Mientras eso sucedía en los sueños, les decía los mismos versos de Gabriela Mistral, que llevaba consigo en su memoria de mujer fea, dejando a un lado la vergüenza, en un ejercicio onírico de optimismo atrevido:

Si tú me miras, yo me vuelvo hermosa

como la hierba a que bajó al rocío,

Tengo vergüenza de mi boca triste,

de mi voz rota y mis rodillas rudas.

Ahora que me miraste y que viniste,

Tengo vergüenza de mi boca triste,

de mi voz rota y mis rodillas rudas.

me encontré pobre y me palpé desnuda.

Ninguna piedra en el camino hallaste

más desnuda de luz en la alborada…

mírame largo y habla con ternura,

¡que ya mañana al descender al río

la que besaste llevará hermosura!

3.

Fueron tus ojos los que me enamoraron, dice el hombre a la mujer sentada en la cama. Tus ojos son un relámpago silencioso que me cautivaron y no dejan de indagar mis silencios. Tus ojos siempre hablaron mientras las palabras sobraban; hay en tu mirada pájaros presos que cautivan esperando el vuelo y fieras adormecidas guardando sus pasiones. Tus ojos son eso y mucho más, cómo no amar tus ojos, si ellos son, además:

Cesta de frutos de fuego,

mentira que alimenta,

espejos de este mundo, puertas del más allá,

pulsación tranquila del mar a mediodía,

absoluto que parpadea,

páramo.

La mujer se regocija en las palabras del hombre. Si sus ojos lo enamoraron, a ella la enamoran los versos que le declama, sabiendo ella, y desconociendo él, que Octavio Paz, es su poeta preferido.

4.

Aunque se piense que no hay tiempo para las sutilezas del amor y la poesía, los amantes después de amarse, conversan sobre sus ansias y deseos manifiestos en cada encuentro. Son conscientes de desearse como animales, liberando el fluir de los instintos, ignorando modales de una buena educación. Cada encuentro está lleno de salvajismo, caricias, risas, rubores, quejidos. Pero al final, está el amor tierno, la paz y el sosiego, la conversación, la parsimonia que se exhala en un cigarro fugaz y compartido. Hablan de lo insaciables que son – mirando el humo subiendo hacia el techo –, también reflexionan sobre la moderación de los impulsos. Dos versos de Cortázar, merodean sus pensamientos: “Los amantes rendidos se miran y se tocan/ una vez más antes de oler el día/”. Después de ser cuerpos, nos volvemos razón y moderación – opinan –. No les importan las conclusiones a que llegan, eso no les impide ser felices. Pero juntos, casi siempre al final de cada encuentro, declaman al unísono los versos de Oliverio Girondo:

Se miran, se presienten, se desean,

se acarician, se besan, se desnudan,

se respiran, se acuestan, se olfatean,

se codician, se palpan, se desean,

se mastican, se gustan, se babean,

se confunden, se acoplan, se disgregan,

se agazapan, se apresan, se dislocan,

se perforan, se incrustan, se acribillan,

se contemplan, se inflaman, se enloquecen,

se desgarran, se muerden, se asesinan,

se rehúyen, se evaden y se entregan.

5.

Ese hombre de vida intachable reconoce ante el desasosiego del amor, que es mejor ocultarse, es preferible huir. Lleva arraigado el amor de esa mujer en su memoria que la esquina de encuentros furtivos le recuerda y le resiste, más por la guía de sus instintos, que la lucidez de su conciencia. Durante esos instantes espontáneos se le escapan versos memorables de Borges, sintiéndose incluso como él: “Estar contigo o no estar contigo es la medida de mi tiempo”.

Es el amor, se dice, no le resulta fácil sobrellevar la ansiedad en cada respiración, en el cauce de cada latido corriendo por sus venas, cuando se encuentra en situación de espera y la memoria lo acosa con imágenes de ausencias y olvidos; cómo un oráculo vivo se horroriza ante la mujer pensada, la mujer que se fue, la mujer que busca, la mujer que no llega, la mujer extraviada en los laberintos míticos de los recuerdos. No lo dice, lo calla, nadie entendería su amor, por eso le duele y se conduele. Sigue pensando antes de traspasar la esquina, se detiene para que Borges hable por él:

Hay una esquina por la que no me atrevo a pasar.

El nombre de una mujer me delata.

Me duele una mujer en todo el cuerpo.

6.

Es el preámbulo del amor siempre que están juntos en la mañana, a mediodía, o por la noche, el tiempo no les angustia, se burlan de él, aprovechan el ahora, el presente. A ella le gusta contemplar su cuerpo delgado, atlético y nervioso. A él le encanta verla señorial, majestuosa en su sencillez; es placentero estar bajo sus órdenes. Antes del ritual del amor es el teatro culminado en comedia. Él se exige en cada encuentro declamando los mismos versos de amor de Sabines; lo que cambiaba es el drama de su voz, las emociones encontradas, el ajuste perfecto del cuerpo durante las palabras expresadas, su mirada atrevida y suplicante. Le fascinan los esfuerzos del hombre, su exigencia dramática, esa comunión perfecta de cuerpo y espíritu, su voz diciéndole, “no es que muera de amor”, y esa frase le llegaba plena y profunda, y sus emociones muestran el amor – odio que llevan las palabras prestadas de su amado. Saberse amada, deseada y, sin embargo, no sentirse necesaria en el sadismo del hombre, que exhibe la crueldad de sus palabras, eso la excita. Así como él se preocupaba por los ajustes de su actuación, ella le observa, con la misma paciencia y devoción, desde diferentes perspectivas en el cuarto de un motel, la habitación prestada de un amigo, el cuarto propio utilizado como refugio anónimo y secreto. Le recorre con la mirada, sentada sobre la cama, o en una silla en el rincón, o de pie, viéndole la coreografía de sus movimientos amplios y recogidos en una armonía voluptuosa. No lo toca, sólo lo ve. Sin embargo, él la toca con su voz, grave, seria:

No es que muera de amor, muero de ti.

Muero de ti, amor, de amor de ti,

de urgencia mía de mi piel de ti,

de mi alma de ti y de mi boca

y del insoportable que yo soy sin ti.

Nos morimos, amor, muero en tu vientre

que no muerdo ni beso

en tus muslos dulcísimos y vivos…

Al final, le aplaude, y él se regocija en su cuerpo abierto para dejar de tocarla con las palabras y fundirse en un abrazo, después del preámbulo.

7.

En el jardín, una mujer corta flores, las acaricia, les habla; se sumerge en ellas a diario. Hay en su rostro una fatiga que resiste, bolsas de insomnio bajo los ojos azules, cabellos grises y tristes peinados hacia atrás y recogidos en un moño alto, mostrando un cuello fuerte, juvenil, que contrasta con su andar cansado. Así se ve, cuando no está en el jardín. Sin embargo, si hay algo que no soporta es ausentarse de sus rosas y flores, de perderse un instante por verlas crecer. Confundida en el jardín cada mañana, la mujer ríe, la fatiga desaparece; se arrodilla, se agacha, les susurra bajito las palabras que ya conocen. Su rostro es limpio e impecable, en su cutis permanece la suavidad fresca del otoño que inicia. “Las plantas son como las personas, necesitan que se les cuide para vivir y sobreponerse a las enfermedades, y para morir en paz”, piensa en voz alta, recordando una frase – dudando un poco de su exactitud – de Jerzy Kosinski, en su novela, Desde el Jardín.

El jardín ocupa su vida desde que se marchó el hombre, llevándose el amor de los dos. Él fue el que se desenamoró, se marchó un día sin palabras, cuando más lo necesitó. Aprendió a vivir en soledad, a hablar consigo misma y comunicarse con el silencio de las flores, a andar los diversos caminos del patio, entre arbustos y árboles; araba la tierra con sus manos expertas, abriendo surcos fértiles. Un día se apagó su llanto y a su espíritu una paz en calma llegó.  Se acostumbró al silencio del jardín, a la caída de agua que brotaba de una fuente artificial, estación de paso de los pájaros, que alegraban la mañana con sus trinos.

Muchos años después, el hombre regresó. Lo reconoció detrás de su rostro envejecido, pero su corazón había sanado; fue honesta consigo, lo amaba todavía, pero dispuesta a dejarlo partir sin llanto y sin rencor. Bella, muy bella en medio del jardín, la vio el hombre y titubeó y se avergonzó. Ella le sonrío como una amiga comprensiva y le vinieron a su memoria impulsivamente los versos de Dulce María Loynaz, a manera de bienvenida:

Amor que llegas tarde,

tráeme al menos la paz:

Amor de atardecer, ¿por qué extraviado

camino llegas a mi soledad?

Amor que me has buscado sin buscarte,

no sé qué vale más…

8.

Se conocieron desde niños. En los juegos del barrio se encontraban, también en el recreo de la escuela primaria. Tomándose de la mano se invitaban a una piyamada. La inocencia habitaba en sus ojos, la conciencia era ingenua. Nunca la malicia surcó sus ojos. Sus padres eran felices viéndole. Al bachillerato fueron juntos. Era mixto. Estaban juntos en los trabajos en grupos, pero – sin decirlo, lo sentían – disfrutaban las tareas en parejas. Jamás perdieron la costumbre de tomarse de la mano, a pesar de las discusiones, sobre aquello que los hacía diferentes.

Los padres los veían como dos amigos, casi hermanos. Crecieron sin dejar de respirarse muy cercano, de percibir el aroma del perfume dos cuadras antes de encontrarse. Ella era excelente en inglés, él en matemáticas. Ella reflexionaba desde las ciencias humanas y él desde las experimentales. Aceptaban la ayuda que el otro le ofrecía. Los padres confiaban en ellos, no había ningún tipo de malicia.

Con frecuencia se quedaban hasta tarde el uno en casa del otro. Sentados en la cama del cuarto de ella, o del cuarto de él, estudiaban, discutían, merendaban; se agotaban el uno en el otro hasta el cansancio haciendo los deberes escolares.

Después les quedaba tiempo para hablar, hacerse bromas, pensar en el futuro; mirarse sin pestañear; angustiarse en las despedidas; bailar diferentes ritmos musicales; abrazarse en el bolero; sentir el aliento del otro, la piel de las mejillas, abrazarse bajo un ritmo musical; las manos tocándose y recorriendo la espalda, la nuca. Se exploraban con inocencia mutua ese otro mundo compartido desde niño con ingenuidad. Caricias, nuevas miradas, cuerpos ardiendo, fundiéndose en el otro, intentando ser uno; forcejeo, búsqueda, exploración, recepción; bocas entreabiertas; quejidos y palabras inusitadas, nunca dichas, pecaminosas. Desnudos, contemplación. Tendidos, mirando el techo. Se saben solos.

Toda la tarde leyeron a Neruda. Se miran, siguen desnudos, sin arrepentirse; tendidos en el lecho piensan lo mismo, recordando al poeta austral:

La misma noche que hace blanquear los mismos árboles.

Nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *