jueves, julio 16, 2026
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Iván Navarro: Desafió a la ciencia y le ganó a la muerte

A Iván V, un artista de la vida.

Si no me hubiera gustado tanto la pintura,

 hubiera sido jugador como Ronaldinho, me dijo un día,

mientras lo veía jugar, gozándose sus malabarismos, sus sueños.

Mostrando su otro talento

Aquella mañana de diciembre, doce, para ser exacto, Iván Navarro, fue revisado por el mejor cardiólogo de la clínica Shaio en la ciudad de Bogotá. Después de tres días de exámenes rigurosos, el médico auscultó con precisión cada sonido que emitía el corazón y el paso de la sangre por válvulas y arterias en una especie de revisión de último examen. Los padres de Iván con apenas seis meses de nacido observaban al galeno y se agarraban las manos ansiosas en un gesto tenso y sudoroso a pesar del frío sudoroso que traspasaba el vidrio de los ventanales en el quinto piso de la clínica. Después del ritual misterioso del profesional, los ojos del niño se habían agrandado aún más de lo normal y mantenían la misma tristeza desde el día que nació; su mirada iba del médico a sus padres, estimulada por las voces y los gestos de las personas que rodeaban su cama.

No me gusta llegar a esto que les tengo que decir, dijo el médico con resolución y la costumbre de usar esas mismas palabras con múltiples pacientes y de padre expectantes. El niño dejaba que sus ojos negros, grandes y limpios, vagaran de sus padres al médico con una indiferencia que hacía coger rabia a la muerte, que merodeaba agazapada en cualquier lugar de la habitación.

Hay que ser fuerte, el niño vivirá sólo hasta los tres años, y eso teniendo el cuidado que necesita y todos los medicamentos al alcance del paciente. Sólo un milagro le salvará la vida, vaticinó el médico como queriendo liberarse de la obligación que le imponía la ética médica al mismo tiempo que justificaba los límites de la ciencia. Esas fueron las últimas palabras del médico, mientras Iván movía sus brazos y sonreía en medio del confort cálido de la habitación a medida que transcurría la mañana.

De regreso a Barranquilla, los padres de Iván le contaron a la familia el resultado implacable de los exámenes médicos. Los abuelos maternos y paternos mandaron a hacer una misa de protección al niño Jesús de Praga a ver si les hacía el milagro; los tíos expresaron su solidaridad y espíritu de colaboración en medio de palabras, sentimientos y abrazos animados, “cuenta conmigo para lo que sea cuñado”, “cuenta conmigo para lo que sea cuñada”. En el barrio las rezanderas prometieron rezar un rosario al desayuno, otro a la hora del almuerzo y uno con la cena de la tarde, “lo haremos por la mañana, a mediodía y por la noche”, dijo la vieja Belén y se ofreció a coordinar los rezos sin dejar de darse bombos al enfatizar que sus oraciones salidas del corazón siempre habían sido escuchadas por Dios, nuestro señor.

Desde ese día sabiendo que la parte religiosa y espiritual estaba arreglada con los rezos de las mujeres, la familia se preocupó por las necesidades materiales: que el niño tuviera sus comidas a tiempo, el consomé de pollo, o el caldo de pichón de paloma, las frutas bien lavadas, los teteros a las horas indicadas, “nada de darle gaseosa porque entonces de nada valdrán los rezos”, dijo Doña Hermelinda, sin dejar de fumar su tabaco. Las visitas al médico eran una agenda abierta a la familia, “ojo, que mañana hay que hacerle examen de sangre al niño”, decía una de las tías. “Cita con el cardiólogo para el 21, no se les olvide”, anunciaba uno de los abuelos que vivía lejos del niño, pero con el teléfono recordaba que estaba pendiente de él. A los demás niños de la casa se les decía que no gritaran tanto, que se fueran a jugar lejos, pero bien lejos, que el ruido de la risa y las carcajadas le volvía el sueño nervioso al niño y “dejen de pelear nojoda, tengan consideración de ese niño, carajo”, decía la abuela paterna cocoteando al que no hiciera caso y persiguiendo por toda la casa a los mayores que se burlaban de ella.

Mientras tanto Iván asimilaba el mundo de afectos que lo rodeaba, se reía con todos los que le visitaban, comenzaba a reconocer a los que lo visitaban con frecuencia; de su boca salían sonidos con los cuales jugaba y ejercitaba hasta llegar a entusiasmar a sus padres cuando decía: “Pa, ma, pa – pa, ma – ma”. Después un día se puso de pie y se agarró con firmeza a un mueble, sin caerse. Cada logro era un festejo, cada esfuerzo era un paso hacia la vida, cada sonrisa ingenua y noble impacientaba a la muerte condenada al olvido en el cuarto de San Alejo.

Era tanta la certeza de lo que veía en sus imaginarios que a los quince años aprendió a usar el lápiz, el papel carbón y el papel bond, y sobre una tabla pintaba las imágenes que estaban ordenadas en su memoria. Se dedicó a recorrer las galerías de la ciudad, donde pintores que dictaban cursos y exponían sus pinturas tratando de llamar la atención del público.

Al año caminó con bastante seguridad, sin que mostrase pérdida del equilibrio alguna, y al año y medio corría y lograba mantenerse en equilibrio durante la carrera, a los dos años corría, caminaba, saltaba y lanzaba cualquier objeto.

Hay que evitarle los sobreesfuerzos, recomendó un pediatra cardiólogo, obligando a su padre a guardar el balón de fútbol autografiado por Victor Ephanor, jugador del Junior de Barranquilla, para que el niño no se le alterara su fisiología. Aun así, había que estar pendiente del niño cuya motricidad se acrecentaba y con ello su alegría: todo le llamaba la atención, le gustaba explorar, tocar, encontrarle sentido a lo que se movía, o a lo que le hablaba.

Fueron tres años de austeridad motriz con el niño, por eso sus tres años la gente del barrio no los olvidó jamás.  Se invitaron a todos los niños de la cuadra a comer helados, galletas, pudín y gaseosa el día de su cumpleaños, pero “no le vayan a dar gaseosa a Iván”. La fiesta duró hasta las siete de la noche, después los padres emocionados y locos de felicidad siguieron votando la casa por la ventana, “vecinos, gracias por acompañarnos, lleven a sus niños a casa y regresen porque ahora viene la fiesta de los grandes”, dijeron los padres al tiempo en un micrófono que le adaptaron al equipo de sonido. Y ahí mismo dejaron correr la voz de Rafael Orozco con la Parranda es pa amanecer, “pero tranquilos que a nadie vamos a trasquilar”, dijeron algunas voces con algunos aguardientes entre pecho y espalda.

Iván Navarro a los siete años todavía no había ido a la escuela y su madre en medio de la angustia justificaba su protección, “es que Iván es muy inquieto, hay que estar detrás de él para que se esté quieto”. Así pasó la época del jardín, la primaria y el bachillerato. Fue dejado al libre albedrío del mundo que lo circundaba, la sobreprotección y la vigilancia a que estuvo sometido le impidió apropiarse de las palabras, los números y las operaciones matemáticas. Solo contó con el privilegio que su madre por las noches le leía poemas de Pombo y cuando le dejaba de leer porque creía que ya estaba dormido, Iván con su voz infantil le suplicaba en medio de un sueño superficial, “El Gato Bandido otra vez, después la Pobre Viejecita”, y así se quedaba profundo bajo el encanto de la voz de su madre hasta el otro día.

Pero el sedentarismo a que fue sometido bajo la vigilancia estrecha de todos los familiares que le rodeaban le permitió desarrollar una mente simbólica que expresaba a través de palabras que estaban dibujadas en los recuerdos pero que jamás pudo escribir.  A los doce años se entretenía con el vuelo de un colibrí sostenido ante una flor abierta y seductora, viendo una iguana milenaria trepando un árbol y mimetizándose a medida que avanzaba; una luna emergiendo en la lejanía donde nace el mar y la salida del sol sostenida en los hombros de las montañas cuando alguna vez viajó a Santa Marta. Por las noches miraba las estrellas y especulaba diciendo que a cada ser humano en vida le correspondía una estrella, y cuando una se caía una persona moría. Otras veces se entretenía viendo caer la lluvia y preguntaba si alguna vez tendríamos un diluvio igual al que su mamá le leía en la biblia. Su mente estaba llena de imágenes, era una mente pictórica, cada recuerdo se aferraba a una imagen.

Era tanta la certeza de lo que veía en sus imaginarios que a los quince años aprendió a usar el lápiz, el papel carbón y el papel bond, y sobre una tabla pintaba las imágenes que estaban ordenadas en su memoria. Se dedicó a recorrer las galerías de la ciudad, donde pintores que dictaban cursos y exponían sus pinturas tratando de llamar la atención del público. Con ellos aprendió el manejo y mezcla de los colores, a usar el lienzo, comprarse un caballete. Cuando creyó estar preparado para un curso más formal se fue a Bellas Artes en la Universidad del Atlántico, pero no fue aceptado porque no sabía leer, sin embargo, mientras estuvo en la inducción demostró sus habilidades con el lápiz y el manejo y mezcla de los colores, pero al enterarse que no sabía leer le cerraron la matricula. Pudo más la razón de un sistema educativo rígido que el talento y la genialidad de una persona que había aprendido a expresarse con imágenes y símbolos en vez de la palabra escrita.

Se decepcionó del sistema y en tiempos de inclusión, con más de veinte años de edad se le marginaba de crecer en el arte que lo hacía vivir y soñar. Ante este veto se dedicó al negocio de comprar camisetas blancas y marcarlas con decorados multicolores para ayudar a la madre en la economía del hogar y a su hermano mayor, estudiante de Biología de la Universidad del Atlántico, con los pasajes y fotocopias.

Un día le compré un cuadro donde hay botellones, frutas y canastas, la combinación es perfecta y equilibrada, hay una sensación de suavidad y paz. Le mandé a poner un marco de madera y lo coloqué en el centro de la sala. Una vez me visitó inesperadamente y vio el cuadro enmarcado con su nombre debajo, en el rincón de la derecha. “Por lo menos aprendí a dibujar mi nombre, sino llega otro avispado y le pone el suyo”, me dijo insistiendo que ese cuadro jamás lo olvidará, sigue intacto en su memoria.

Con este cuadro puse por primera vez mi nombre, lo dice con orgullo y un poco de nostalgia al ver su pintura enmarcada en la elegancia del cuadro en mitad de la sala.

Han pasado treinta y tres años e Iván Navarro es un transeúnte anónimo en la cotidianidad. Su salud es perfecta. La alegría y vitalidad de su cuerpo delgado contrasta a veces con la sombra de tristeza que hay en sus ojos. De una rigidez extrema de cuidados Iván pasó al ejercicio de moverse en libertad, después de haber asimilado que la vida debe vivirse con moderación.

El Psicólogo Eric Fromm, en el Corazón del Hombre, nos habla del amor a la vida expresado en el concepto de biofilía. Vygotsky, por su parte en sus obras ilustra sobre la supercompensación, como esa fuerza interior que ayuda al ser humano a sobreponerse a las limitaciones que oponen resistencia al crecimiento personal y desarrollo de una vida más autónoma. Basado en esto hay que decir que Iván Navarro es un fiel exponente de su amor por la vida, que lo hace trascender con esa fuerza interior que le permite no arrodillarse, ni doblegarse ante las circunstancias; trascendiendo con la dignidad bien puesta sin haber ido un solo día a la escuela. Su capacidad creadora es sinónimo de vida y su vida misma, desde los seis meses, es la evidencia de un estado de resiliencia que persiste sin doblegarse ante los caprichos de la muerte.

A veces dialogo con la muerte, me dice con una profunda seriedad y el encanto de una tristeza soñadora de su personalidad.

¿Qué le dices?, pregunto curioso.

Nada, tú sabes que soy hombre de pocas palabras. Ella me mira, yo la miro; me vuelve a mirar y le muestro mi alegría, entonces se va, se ve más fatigada que yo; sabe que pierde su tiempo conmigo, me dice con humildad mientras pinta el instante de una flor que abre sus pétalos y un colibrí que liba sostenido en el aire por la fuerza veloz de su vuelo misterioso; detrás, en el fondo del lienzo, el sol se eleva en medio de dos montañas, naciendo al nuevo día. Promete ser un cuadro alegre donde la vida renace en cada amanecer. Muy lejos de la muerte, la ciencia sigue asombrada.

Iván frente al caballete sigue ensimismado, rebuscando en su memoria y plasmando en el lienzo esas imágenes que lo apasionan. Me mira, solo me mira. Entonces combina los colores y habla a través de lo que pinta, a través de lo que siente. Ya nadie en el barrio se acuerda de aquél terrorífico diagnóstico.

Aunque no lo crea, lo que este barrio hizo por ese niño y las oraciones en cada rosario fueron el milagro más grande que Dios nos pudo conceder, dice la vieja Belén, envejecida, con la mirada extraviada e indiferente de los ciegos, recordando aquellos días en que sus oraciones intercedieron ante Dios por la salud de Iván Navarro, desahuciado por la ciencia y con la muerte rondándole en la oreja.  

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