jueves, julio 16, 2026
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La ingenuidad de la nostalgia

A veces se me da por meditar y en un ejercicio que me devuelve al pasado, recuerdo el entorno de mi infancia, invadido por sonidos naturales, la caída de la lluvia sobre los techos y el agua deslizándose sobre las hojas de los árboles, el canto matinal de los pájaros. Me encantaban los aguaceros que invitaban a bañarse y correr descalzo sobre la arena y el agua cayendo sobre la tierra, llenándola de surcos y formando charcos que se convertían en obstáculos promisorios, invitando al salto y el goce de la niñez breve que hasta ese momento vivíamos. Cómo olvidar los largos trayectos a la Isla Cabicas, cuando al río se le agotaba su caudal y se volvía un hilo delirante, largo y lánguido, como si agonizara; lo cruzábamos, casi a pie, por el lado de su cintura estrecha en el verano caluroso. Qué alegría sentíamos, cuando en romería caminábamos al corregimiento de Caracolí por caminos poblados de árboles, todavía no recuerdo qué íbamos a hacer, pero nos quedaron en la memoria las caminatas largas, las carreras veloces, cargando bolsas con mango y ciruelas regalados a través de los trayectos, especialmente de regreso. Mucho más cerca estaba la poza, en el aserradero viejo, casi junto al río, como una promesa alegre y siniestra a la vez; atraídos por el placer de nadar en sus aguas muchos sucumbieron a su desafío tenebroso, sabiendo los riesgos que corrían a pesar de la confianza que se tenían en las habilidades natatorias. “Ahora saben porque no pueden nadar ahí”, nos decía papá, cuando sabíamos que el ahogado era del pueblo, “eso le pasó por atrevido y no hacer caso”, decía la vieja Belén, caminando con lentitud por la calle, al mismo tiempo que su voz se apagaba en el murmullo de los rezos manipulando las cuentas del rosario con sus dedos sin mirarlas, con la digna y suficiente habilidad de los ciegos.

También mi infancia estuvo llena de árboles frondosos y frutales. El palo de mamón en casa de Rafael, cariñosamente conocido como “Rafelito”, era inmenso y se prestaba para inventarle historias que terminábamos creyéndolas. Qué tiempos aquellos de largas vacaciones desde noviembre hasta enero, bajo la sombra del mamón que nadie alcanzaba a abrazar porque su tronco grueso era inmenso y su estatura competía con la altura de la iglesia, sobresaliendo cuando Soledad apenas tenía veinticinco calles y treinta y seis carreras. Este árbol es una bendición de Dios, decía Rafelito, dejándonos coger los mamones que queríamos y gozarnos su sombra después de los partidos de bola de trapo. “Así debió descansar el libertador en su paso por Soledad”, nos decía con humilde sabiduría sin saber si era cierto o falso lo que nos contaba y que a veces lo delataba el brillo malicioso de sus ojos.

¿No tiene ahora nidos y pájaros y frutas?

Señora, y ¿quién recoge los gajos del pomar?[1]

Nos gozábamos la calle, los patios, las terrazas, el río, éramos inquietos explorando y descubriendo lugares para tener qué hacer en los tiempos de ocio. El patio de la vieja Sara era inmenso, tan inmenso que lo dividieron en tres. En el último patio, estaban los palos de coco y de mangos, alejados un poco de la casa, y “¡cuidado con pasar para allá atrás, les cae un coco de esos en la cabeza y los mata!”, nos advertían. En el segundo patio estaban los nísperos, papayas, melones, guanábanas, limones, guayabas. En el primer patio las poteras con plantas ornamentales exhibían un jardín con una diversidad de colores y aromas, flores y hojas; también como sombras invisibles y aromas saludables que conservo en la memoria olfativa: toronjil, hierbabuena, sábila, manzanilla, limoncillo, incluso, el matarratón, que servía para bañarnos y espantar la enfermedad en los rituales de madrugada.

Señora, buenos días; señor, muy buenos días…

Decidme, ¿es esta granja la que fue de Ricard?[2]

Pero la incesante actitud depredadora se obstina en quitarnos el verde de los bosques, la esperanza y la paz que nos traen los árboles y el sosiego para los estados de ánimo. ¿Con qué recuerdos de infancia contarán las nuevas generaciones? ¿Acaso la intención de la gran ciudad, con sus rascacielos altísimos, nos cierra las posibilidades del campo, del esparcimiento y los sonidos de la fauna, sin que nos demos cuenta de la desaparición lenta de la naturaleza, como bien relata Yoko Ogawa? Las especies de flora y fauna desaparecen bajo la magia de la civilización, sin notarlo, sin sentirlo y, peor aún, olvidando el verde de la infancia los que la vivimos y presenciamos la indiferencia de las nuevas generaciones incapaces de olvidar lo que nunca vivieron. ¿Qué hacer? Nos recuerda el poeta Barba Jacob:

En tu libro – que encomia la primavera

de los años floridos de tu niñez –

quisiera dejar rosas de la pradera

y una rima sonora, blanca y ligera

con perfume adorable de candidez[3].  

No sólo perderíamos la memoria los que la tuvimos, sino que también, además de vivir la indiferencia de las generaciones que vienen, se anularía la capacidad de expresar la sensibilidad a través de la poesía, de esa literatura vegetal que circula en La Vorágine y en las evocaciones de Marcel Proust en su ejercicio de memoria tratando de ir en busca del tiempo perdido, evocándolo. El paso del tiempo nos cubre de impotencia al contemplar la conformidad de la gente por unas carencias que no sienten, simplemente porque su memoria no recuerda lo que no han vivido; saldrían bien librados después de una inspección de recuerdos, no así los que mantenemos la memoria intacta, lo cual puede parecer subversivo.

Nos cambiaron la ciudad de la infancia, esa que llevamos en la memoria y en los recuerdos que a nadie importan; a los que nos refutan la ternura de una vida sencilla y nos obligan a vivir una vida distinta.

¿Quién en ciudad trocó mi caserío?[4]

Y de regreso a la ciudad que nos vio nacer, al barrio que nos albergó la niñez y la adolescencia, a ese entorno en el que todos se conforman y responden encogiéndose de hombros en una expresión incierta ante las preguntas.

¿Qué se hicieron las chozas

que hace algún tiempo abandoné?[5]

Los jardines de las casas y los árboles frutales que fueron testigos de nuestra alegría y nuestra ingenuidad desaparecieron junto con la tierra cubierta por el cemento y el asfalto. Arrasaron con los juegos, y las calles lentas se volvieron veloces y mortales para niños y ancianos, secándose junto con los árboles, perdiendo la alegría de vivir. Los frentes de las casas fueron encarcelados con rejas y candados.

Ya no florecen en mi huerto rosas,

están las avenidas bulliciosas[6].

Los gallos perdieron su cocoroyó y las gallinas con sus cacareos se marcharon de sus corrales. El río perdió su musculosa arrogancia frente a la indiferencia de los gobernantes, los pescadores navegaron en busca de otros ríos, algunos se adentraron mar arriba. Pero nuestro río muere de pesar, se ha quedado sólo con su memoria y sus recuerdos, agoniza en una danza sinuosa fluyendo intermitente hacia un mar que espera su muerte. Ese río está vivo en la memoria de los que quedamos, ojalá nadie nunca la secuestre.

Y no se escucha la canción del río…[7]

Estar al aire libre siempre fue una necesidad, por eso se volvieron frecuente los paseos a fincas, yendo a pie en excursiones al otro lado del río, o en buses a los balnearios de algunos municipios, cerca al mar, y en los ranchos y potreros que se encontraban a lo largo de la cordialidad, desde Galapa hasta Sabanalarga y Manatí.

Todo esto se me ha venido de golpe a la memoria viendo cómo el cemento levanta su estandarte depredador sobre los montes y los bosques de las ciudades, siguiendo el ejemplo y los pasos al espejismo del desarrollo. Hay dentro de mí una cicatriz que no sana, que anda conmigo desde la infancia, que contiene una historia que se evoca cada vez que salimos a gozarnos la ciudad y las correrías por los municipios. El verde de la infancia se esfuma paulatinamente con el “progreso” y la herida de la nostalgia pervive porque no es una herida cualquiera que sana con el tiempo como en la biología del cuerpo, es la herida abierta en la memoria que trae consigo el malestar y el desasosiego ante la vida, que solo puede sanar a través de la palabra, de las historias que se conversan y se escriben; aunque sea un alivio momentáneo porque el progreso incansable no se detiene. Y no se detendrá mientras exista la codicia anquilosada y la ostentación malsana y dañina de una racionalidad amparada en las conveniencias políticas e intereses particulares. El día que todos marchemos con los afectos en una sincronía y la dignidad exhibida en la frente y el pecho, con libertad y autonomía; ese día, sin pensar que la herida pueda sanar todavía, será el inicio para que la memoria duela menos y la incredulidad se minimice con la restauración.

Mientras tanto démosle paso a la esperanza y el optimismo, y la poesía nos permita contemplar lo que nos queda de verde en el planeta, a sentir y recordar sin dejar de soñar:

Hay que dormir con los ojos abiertos, hay que soñar con las manos,

soñemos sueños activos de río buscando su cauce, sueños de sol soñando sus mundos,

hay que soñar en voz alta, hay que cantar hasta que el canto eche raíces, troncos, ramas, pájaros, astros,

cantar hasta que el sueño engendre y brote del costado del dormido la espiga roja de la resurrección, …[8]


[1] BARBA JACOB, Porfirio. Poesía completa. Poema Parábola del eterno. Planeta. Bogotá. Pág. 39. 1999.

[2] Ibid, pág. 39

[3] BARBA JACOB, Porfirio. Poesía completa. Poema Ofrenda. Planeta. Bogotá. Pág. 17. 1999.

[4] BARBA JACOB, Porfirio. Poesía completa. Poema El retorno. Planeta. Bogotá. Pág. 12. 1999.

[5] Ibid, Pág. 17.

[6] Ibid, Pág. 12.

[7] Ibid, Pág. 12

[8] PAZ, Octavio. Corrientes alternas. Antología de verso y prosa. Edición conmemorativa. La estación violenta (1948 – 1957). Real Academia Española. España. 2024.

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1 COMMENT

  1. Sabes qué, estaba más allá de la nostalgia con 15 mamones dulces y grandes a punto de alcanzar mis labios. Y llegó el texto de tu nostalgia. Sí, claro, la infancia es una ciudad de la memoria y la nostalgia. Niñez se parece a la mía, excepto el lago. Lo demás es tan parecido que contagias de recuerdos

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