Suicidas del Centro Cívico

Presentación. Acaba de ser presentado, en La Cueva, el libro “Fantasmas del Centro“, del joven historiador urbano Johnny Insignares Cadena, quien amablemente me invitó a participar en el mismo. La presente columna Suicidas del Centro Cívico es mi contribución al texto de Insignares, cuya lectura recomiendo a los nostálgicos de la vieja Barranquilla. El tema ha recobrado actualidad por las recientes muertes de jóvenes universitarios que, víctimas de algún trastorno mental, decidieron suicidarse lanzándose desde los nuevos escenarios “cuasi-mortales”: edificios del Alma Mater y de Centros Comerciales. La Muerte se Olvido del Centro cívico

Centro Cívico se denomina no solo el edificio desde el que se imparte (impartía) el servicio público de justicia, sino todo un amplio sector de la principal zona administrativa de Barranquilla y del Departamento, por estar ahí ubicados, en sus alrededores, la Gobernación del Atlántico, la Procuraduría regional, la Contraloría, la Personería y las sedes del Consejo Distrital y la Asamblea del Departamento, amén de oficinas de litigantes y todo un mercado de pulgas, desde libros viejos hasta bastones para la tercera edad.

Obvio que fue bautizado como Centro Cívico es el Edificio, cuya construcción data de la primera mitad de siglo pasado, que tenía una plataforma o rampa, sobre la carrera Líbano para Parqueadero y aún conserva unas acaracoladas escaleras para subir, piso a piso, hasta la “azotea”: sitio escogido por suicidas, de otros tiempos, para lanzarse o volar al vacío, desde los cielos y dejar las huellas de sus vidas en el suelo. Vidas anónimas. Por allá, en los años 80.

A esa edificación, con historia de dolor y muerte, se le fueron anexadas unas construcciones nuevas, con otra historia y otra arquitectura. Como la torre “Lara Bonilla” y la de la antigua sede de Telecom. Ambas esta diseñadas para evitar el vuelo hacia a la muerte segura. No tienen balcones ni ventanas abiertas al viento. Son edificaciones cerradas. Una de poca altura y la otra alta como una torre de concreto y vidrio de seguridad.

La noticia de un suicida del Centro Cívico, casi siempre a pleno día, corría. Por eso corríamos del Barrio Abajo hasta ahí y a unos lográbamos verlos y fotografiarlos en el piso. Eran cadáveres desgarrados. Sin historia.

En esos alrededores del Centro Cívico camine, viví y trabaje durante las tres últimas décadas del Siglo XX Siendo estudiante de bachillerato lo transitaba para ir y venir al Instituto Agustín Nieto Caballero, situado entonces en el Barrio Abajo. Luego ser empleado, secretario de la Comisaria Primera de Policía Municipal o de la Asamblea y de la Contraloría Departamental. De Litigante, por mas de 20 años, desde una oficina en el edificio de Cámara de Comercio.

Pero el Centro Cívico fue, en la década de los años 80, mi lugar de trabajo diario, cuando me desempeñe como cronista judicial para el recordado Diario del caribe que funcionó, también, en la manzana del Bario Abajo. Y los avatares de la justicia que sucedían ahí, en el Centro Cívico, eran mis fuentes periodísticas para cubrir. De esos años son estos deshidratados recuerdos. Para entonces, ese edificio hoy fantasmagórico lucía un blanco o cúpula en el ultimo piso al que se llegaba a pie. A hurtadillas, pues ahí no funcionaban los juzgados.

Por eso, presumo, era el lugar escogido premeditada y calculadamente por los suicidas para iniciar su viaje escondido y público a la muerte deseada. El sitio preferido lo fue el que da hacia la carrera 45 (Líbano), mas tarde lo fue el que da sobre los jardines olvidados de la plaza central de Telecom. La noticia de un suicida del Centro Cívico, casi siempre a pleno día, corría. Por eso corríamos del Barrio Abajo hasta ahí y a unos lográbamos verlos y fotografiarlos en el piso. Eran cadáveres desgarrados. Sin historia.

Recuerdo que una tarde de brisa, un joven asomo sus intenciones suicidas a una de esas barandas aéreas del Centro Cívico. Y se armó una romería. Fue tal el bullicio encendido de la audiencia expectante del “Lanzamiento” que despertó la autoridad de un policía que logro persuadirlo y el frustrado regreso a su olvidada vida.

Por el crecimiento demográfico de Barranquilla, la demanda de justicia obligo a remodelar el edificio Centro Cívico, un bien de la Nación. Y lo primero fue convertir aquella terraza “suicida” en despachos judiciales, que eran pequeños e incomodos “tugurios” urbanos sin sanitarios ni para funcionarios ni empleados. Al ser ocupada esa área, los eventuales suicidas perdieron escenarios o desistieron de la idea de volar a la muerte estrellada.

Luego vino la construcción de la torre de 11 pisos “Rodrigo Lara Bonilla”, en honor a la memoria del inmolado exministro de justicia, que albergo la justicia sin rostros y salas incómodas para las audiencias de la justicia oral que pretendía descongestionar los juzgados y acabar con los voluminosos expedientes judiciales. Estos cambios también afectaron aquella vieja y trágica costumbre de irse a suicidar al Centro Cívico, pues ahora utilizan, lamentablemente, espacios abiertos de centros comerciales.

Pero la presencia e la pandemia aceleró el uso de la tecnología de la TIC en la administración de justicia en el país. Y en Barranquilla, por esos misterios del miedo a la muerte, el edificio Centro Cívico es prácticamente un lugar abandonado, ya que la virtualidad los jueces dictan sentencia desde sus cálidos hogares, mientras nuestro recordado Palacio de Justicia es un fantasma donde flotan, porque no, las memorias de aquellos desgraciados que prefirieron morir inevitablemente lanzándose desde el octavo piso del Centro Cívico.

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