Crónicas de un puerto sonoro

Velitas

Por Erudino Alma

La familia de Joselito vivía muy cerca del mercado, a orillas del caño de Soledad.  Eso significaba que en cierta época del año el agua inundaba el barrio y por supuesto su casa, donde funcionaba una de las cantinas de la cuadra.

Cualquiera podría pensar que aquello era una tragedia, y con seguridad para la mamá de Joselito lo era  -toda madre sufre por el temor de que los niños cojan un resfriado, se partan una pata o los muerda una culebra-, pero para los pelaos no, porque para ellos era estar en Disneylandia mientras pescaban y nadaban en su propio patio y perseguían serpientes por entre las piedras puestas en la sala para que saltaran de un lado a otro sin mojarse los pies; y aquello de salir en canoa a hacer los mandados o tener que atravesar maltrechos puentes de madera para visitar a los tíos y vecinos, era ya el culmen de la diversión. Todo se convertía en un juego fantástico, el universo pleno estaba allí, las reglas de la lúdicas eran inapelables pero tácitas ¿Quién necesitaba un juguete?

En la noche del siete, el barrio se veía saturado por tiros de mecha, matasuegras, cohetes y traqui-traquis que resonaban en los rincones más insospechados; a disposición tenían un arsenal porque la fábrica de tiros de Rafelito era una de las más grandes de la costa y muchos de los jóvenes y niños vecinos trabajan allí, por tanto, la invasión de pólvora era portentosa y en cierta forma estrafalaria. Pero casi se daña la fiesta. Después de vestirse con ropa limpia y planchada (en esa época no se estrenaba un siete) y tomarse en voz baja unos traguitos de vino Manischewitz, e invadido por la emoción del riesgo, Lucho Luis hizo la gracia de poner una pila de checas sobre un tiro de mecha; trataba de ver a dónde iban a parar esas tapas cuando el tiro estallara, con tan mala suerte que una de las checas casi le saca un ojo; menos mal solo alcanzó a rozarle el pómulo izquierdo, pero igual, tuvieron que llevarlo al patronato, que afortunadamente quedaba cerca de la cuadra, y le cogieron varios puntos de sutura. Pasado el susto, mandaron a dormir a los pelaos porque debían levantarse temprano a rendirle tributo a la virgen de la Inmaculada.

Como la casa estaba inundada esa madrugada y no había forma de poner las velitas en el andén, Joselito y una de sus hermanas tuvieron la feliz idea de recortar unas tablitas de madera de balsa que el papá tenía por ahí en el patio, y les amarraron unas “pitas” para poner sobre ellas las velas encendidas y lanzarlas a flotar en el río. Un lindo espectáculo, creado por la magia infantil

En la madrugada de un ocho de diciembre, la brisa rumorosa traía un fuerte olor a pescado frito y café hirviendo desde el mercado.  Bocanadas de música eran recibidas desde un roto parlante lejano mientras el abuelo, arrellenado en un mecedor, lanzaba también sus fumaradas, pero de tabaco Roa. Se escuchaba el estribillo “…toma, toma, tómate el trago Juan…”  (cumbión de Nury Borrás) y la canción “Inmaculada virgen bendita/ aquí te traigo esta oración/ dale el consuelo que solicita/ este hijo bueno de corazón” (curiosamente, las dos composiciones de Adolfo Echeverria, Las cuatro fiestas y La Inmaculada, dominaban el entorno musical de aquella época).

Como la casa estaba inundada esa madrugada y no había forma de poner las velitas en el andén, Joselito y una de sus hermanas tuvieron la feliz idea de recortar unas tablitas de madera de balsa que el papá tenía por ahí en el patio, y les amarraron unas “pitas” para poner sobre ellas las velas encendidas y lanzarlas a flotar en el río. Un lindo espectáculo, creado por la magia infantil, que se gozaron esa madrugada, desde el mercado, los vendedores y parroquianos, porque resultó ser una alfombrilla de estrellas errantes titilando sobre el agua. De repente la hermana mayor prendió un volcán de fuegos artificiales en una de las tablitas y la explosión de luces fue magnífica, alborotó el barrio, y provocó aplausos y lágrimas entre los espectadores. En tanto, el olor a pólvora invadía el ambiente y se confundía con el aceitoso regusto de chicharrones y patacones que a esa hora ya consumían los madrugados comensales.

Sabido es que la felicidad no dura mucho a los pobres: No fue, sino que pasara un bote con un Jonhson (motor fuera de borda) a toda velocidad, para que terminara allí la fantasía. Tablitas, cuerditas y velitas se vieron arrasadas por pequeñas maretas de agua fría y todo se apagó, incluso, justo se fue la energía en el barrio en ese momento.  

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