jueves, julio 16, 2026

Si algún día

Solo basta llegar a esta edad para que el optimismo se esfume y el desastre de lo inaceptable cobre una fuerza incontenible, así pensamos la mujer y yo en la sala del hogar. Se fueron los gritos infantiles hace años, los cuartos les dijeron adiós a los juguetes, dándoles un uso para otros menesteres; a la música se le escuchó bajito en el tocadiscos, muy cerca del rincón, cerca de la cocina. La música alegre y atenuada de Celia Cruz nos recrea y aviva los recuerdos en diciembre. Esthercita Forero, menudita y enérgica, suena después del año nuevo y el carnaval se dispersa por toda la ciudad y el departamento; en Semana Santa, la música religiosa entra en armonía con las nubes grises, que irradian tristeza, pero se inhiben para convocar la lluvia.

A veces tenemos la sensación que naufragamos, que la tierra que pisamos ha perdido su firmeza bajo nuestros pasos dentro de la casa y afuera en el patio. Hemos llegado al punto que sólo esperamos en esta soledad que nos agobia, esperamos con la calma que dan los años y la dureza emotiva una ausencia alargándose cada día; hasta consolamos la existencia mientras dura la vida sin dejar de pensar en el pasado. Reconocemos que no hay tiempo para dar un paso atrás, que no se puede volver a los lugares donde ya no nos quedan amigos, que delante de nosotros está lo incierto del futuro con sus ambivalencias y atrás la ausencia desolada de la risa y los juegos recreados en el barrio. No es fácil aceptar vivir sin pasado, es como perder la memoria; quedarse sin los recuerdos es entrar a transitar por los caminos de la angustia y la nostalgia.

No pienses que fui tu destino, tampoco me consideré así; no quiero que pienses que fuimos títeres en nuestra existencia. Somos el destino hecho realidad con la complicidad tuya y mía. Al final de los días, de esos momentos en que estamos juntos, llegamos a la conclusión que la vida nos ha durado, y nos ha durado porque creamos nuestro destino, no como títeres, sino como marionetistas desde que estamos juntos, nos hicimos fuertes en la andadura de este camino, aprendiendo a morir un poco cada día, eso me lo enseñaste tú cuando citabas la frase de Vallejo en la oscuridad de la noche: “Para solo morir, tenemos que morir a cada instante”. Y es cierto. Además, nos queda la opción de la locura para burlar a los hijos crecidos y volar lejos, muy lejos, a otros mundos, sin tener que dejar este planeta. Nos hemos convertido en malabaristas ideándonos un sinfín de trucos para mitigar la soledad que compartimos, esforzándonos con certeza, con la lucidez de que lo único cierto que nos queda es la nostalgia.

No me arrepiento de nada – eso me dices siempre, para exonerarnos de la culpa – y sé que tú tampoco; todo lo sucedido ha sido culpa nuestra, ¿para qué buscar culpables, si los dos nos consideramos tales? Quisimos vivir y nos vivimos entre el miedo y la incertidumbre. No sabría qué hacer con tus libros si algún día tuvieras que irte; qué haría con las noches que antes fueron nuestras y después fueran sólo mías; me sería imposible detener el ímpetu del perro que husmea con insistencia, buscándote debajo de la cama, sin embargo, a veces confío en el olfato y me viene la esperanza de que un día te encontrará. Todo eso me dices para levantarme el ánimo y hacer una tregua cuando nuestra vida se vuelve desastre y es necesario retomar los saldos escondidos que yacen ocultos en los juegos de la memoria.

En mis manos estarán siempre la suave piel de tu cuerpo y la sangre apasionada que corre rauda y palpitante por tu cuerpo; el exquisito aroma de la travesura de tu alegría desvergonzada. Solo eso me bastará en el camino del exilio aventurero y la ausencia dolorosa soportada en la nostalgia que una vez vivimos y ahora compartimos.

Pero si en verdad soy el que parte llevaría conmigo el sabor inocente de tus labios, el calor efusivo de tus abrazos, la mirada desamparada que siempre protegí, la risa espontánea e ingenua de tu pasado adolescente. En mis manos estarán siempre la suave piel de tu cuerpo y la sangre apasionada que corre rauda y palpitante por tu cuerpo; el exquisito aroma de la travesura de tu alegría desvergonzada. Solo eso me bastará en el camino del exilio aventurero y la ausencia dolorosa soportada en la nostalgia que una vez vivimos y ahora compartimos. Sin duda que será duro para ambos un tiempo terrible, pero con el consuelo de salir como locos en la búsqueda de aquellos días afortunados aún vivos en la memoria.

Y si algún día sucediera el reencuentro lo festejaríamos con la humildad, sin tantos aspavientos, sabiendo que los años hacen estragos en el cuerpo que duele y ese dolor ascendiendo para ser compartido y tolerado en aquellas partes que nunca dolieron. Sin duda alguna, ya no somos los mismos, la edad nos hace cambiar con el aire; nos vuelve mesurados en la contemplación de una estética de las consabidas puestas de sol; nos convierte en vigilantes de las noches de insomnio recorriendo el silencio de la casa, mirando los cuartos vacíos; la edad trae consigo los días rutinarios, testigos planos de páginas en blanco. Tú y yo nos miraríamos como de costumbre, sabiendo que en este duro tránsito que hemos andado hay unas huellas imborrables marcadas en la piel, en las arrugas, en el nuevo brillo de los ojos, en la impaciencia por vivir hasta el último momento, en la contemplación mutua que nos hace maldecir el exilio voluntario de mi partida y esa sensación tuya que se enrosca en tus pensamientos, imaginándote una vida sin mí.

Si algún día no sucede así, entonces, tú lo sabes, nos quedaría el consuelo de la memoria, el instante fugaz de esta vida larga que hemos vivido, los recuerdos que van y vienen en un círculo espontaneo, incontrolable, que no podemos evitar. Hasta nos conformaríamos en la angustiosa soledad con los momentos más felices de una vida juntos, que fueron todos, sin excepción, a pesar de los reclamos, de las treguas después de la guerra, del odio y el amor, donde siempre este último fue el ganador. Eso es si algún día, por ahora estamos aquí paliando esta soledad olvidados del mundo, olvidados de todos.

Sí, sólo basta mirarnos para saber que el amor sigue firme, maduro, en la observación mutua y paciente, – explorándonos y viviendo los recuerdos – similar a la del viejo Eguchi en su ritual contemplativo de la mujer dormida – o narcotizada – en la casa de las bellas durmientes.

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