Liberalismo, para vivir con libertad

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Gaspar Hernández Caamaño.

El futuro está abierto. Todos somos responsables de lo que el futuro nos depare. Por tanto, nuestro DEBER no es profetizar el mal, sino más bien luchar por un mundo mejor“. Karl Popper.____________

Al abrir el libro, en el prefacio, leí: “Cuando Isaiah Berlin murió en 1997, fue recordado, en obituarios, homenajes y conmemoraciones, como el mayor filósofo liberal de una época liberal. Su liberalismo, además, era muy inglés: tolerante, con sentido del humor, culto, compasivo y escéptico”. 

Fue suficiente para decidir escribir esta reflexión, en la que cavilaba desde el momento de conocer los resultados de las elecciones hibridas del pasado 13 de Marzo, sobre los rumbos en las urnas y no en las redes sociales, para escoger un nuevo Presidente de la República, como a los legisladores.

Para 1997 apenas conocí de Isaiah Berlin, pues estudiaba una maestría en Filosofía Política, empeñado en investigar sobre la libertad de prensa y el derecho a la información en la Constitución Política de 1991. Así, que el libro “Cuatro ensayos sobre la libertad” era una obligatoria lectura de estudio. ¡Obvio, placentero! Por eso, la frase en el prefacio del libro de Michael Ignatieff: “Isaiah Berlin. Su vida“(Taurus-Uninorte), me conmovió en estos momentos de incertidumbre por definir por quién votaré para presidente tanto en los comicios de mayo como junio, si es qué vamos a segunda vuelta.

De ahí que, para disipar las dudas, seguí leyendo el libro que compré el miércoles de cenizas sin misa ni cruz del pasado  Carnaval del extraño marzo 2022,  en “Kilometro 5”, la librería de la Uninorte, porque esa biografía de Berlín fue recomendada por el rector Adolfo Meisel en la campaña: “el poder de la lectura“. Antes había promovido leer: “El llamado de la Tribú” del Nobel peruano-español Mario Vargas Llosa, en que aborda la conversión del marxismo al liberalismo, en una singular Auto-biografía intelectual en que hace, entre otras, una semblanza de Isaiah Berlin, una de las más sensibles de las siete que integran el libro. A Berlín lo llama “el filósofo discreto”.

Vargas Llosa ha expresado, en diversos escenarios en que ha presentado su libro, que el liberalismo: “No es una ideología. Sino una doctrina“. Mientras Ignatieff afirma que: “El liberalismo de Berlín nunca dio lugar a una ideología (…). Su liberalismo nunca constituyó una doctrina, sino una psicología de la vida liberal“. O sea, un modo de ser: “tolerante, culto, compasivo, escéptico” y mamador de gallo. Es decir, un bacán, digo yo.

En esta afirmación del biógrafo, “una sicología de la vida liberal”, encuentro el argumento para plantear por qué debatir sobre liberalismo en estos momentos de incertidumbre electoral que vivimos los colombianos, ante unas elecciones de extremos, o de extremistas. Unos ideológicos, los de una plataforma política de izquierda y/o de derecha. Otros doctrinarios, los que intentan conservar, reformar o desarrollar “cómo vivir con libertad”. Y en tales extremos, los políticos no hablan de política, sino que cada encuentro es para hablar mal el uno del otro, armando polémicas (destrozos), y no conversaciones para lograr acuerdos reales para un país que  desea vivir en paz, sin guerrilla, ni narcotráfico, ni paramilitares. sí, ¡en libertad!

El diario El Espectador, en ediciones recientes, ha publicado dos informes sobre los odiosos extremismos en que se desarrolla la actual campaña electoral, con partidos políticos desdibujados y minimizados a simples personajes translúcidos. Ambos se titulan: “así arranca la campaña presidencial: el persistente escenario de los extremos”(20/3/2022) y “el lenguaje de campaña: cuando el odio opaca las propuestas”(17/4/2022). Y hasta editorializó bajo esta frase: “el deterioro de los valores democráticos”(3/4/2022).

“la ética social y política, la tolerancia, la libertad, el pluralismo y la no violencia, la paz, la fraternidad, la igualdad”, con los que Bobbio luchó contra el fascismo y el comunismo dogmático, estén siendo respetados por quienes, en Colombia, (país donde seguimos matándonos a machete de acero inoxidable y cortante de afilada lengua viperina) se confrontan por el poder político que representa ser Presidente de la República.

La lectura de tales publicaciones periodísticas, me permitieron recordar una página del libro del filósofo italiano, Norberto Bobbio, quien fuera senador vitalicio del parlamento romano (no por votos y “billetico”, sino por valiente sabio), “derecha e izquierda. Razones y significados de una distinción política“(Taurus), en la que enseña lo siguiente:

“Guste o no guste, las democracias suelen favorecer a los moderados y castigan a los extremistas. Se podría también sostener que es un mal que así ocurra. Pero si queremos hacer política, y estamos obligados hacerla según las reglas de la democracia, debemos tener en cuenta los resultados que este juego favorece. quien quiere hacer política día a día debe adaptarse a la regla principal de la democracia, la de moderar los tonos cuando ello es necesario para obtener un fin, el llegar a pactos con el adversario, el aceptar el compromiso cuando éste no sea humillante y cuando es el único medio para obtener algún resultado“.(ver pág 11).

Desconozco, entonces, si valores democráticos como: “la ética social y política, la tolerancia, la libertad, el pluralismo y la no violencia, la paz, la fraternidad, la igualdad”, con los que Bobbio luchó contra el fascismo y el comunismo dogmático, estén siendo respetados por quienes, en Colombia, (país donde seguimos matándonos a machete de acero inoxidable y cortante de afilada lengua viperina) se confrontan por el poder político que representa ser Presidente de la República.

República cuya Constitución Política, en su artículo 5to, consagra su estirpe filosófica al liberalismo, así:

“El Estado reconoce, sin discriminación alguna, la primacía de los derechos inalienable de la persona y ampara a la familia como institución básica de la sociedad”.

Entonces, dónde queda el reconocimiento de la libertad personal de decidir, en su propio criterio, a quien va a respaldar para que asuma la Jefatura del Estado, sí siendo candidatos no se respetan, como PERSONAS, ellos mismos?. el liberalismo no es un invento del partido liberal, sino una conquista de la persona hoy consagrada como derecho fundamental: La persona por encima del Estado.

Es evidente, por lo que a diario se informa, por tantos canales como esquinas, que el actual proceso electoral no es más que un escenario de propaganda de odios ideológicos de los tres o tantos candidatos y sus “fanaticadas” que, luego de las consultas, quedaron para “el baloto de las urnas”. Ninguno de los opcionados, en las encuestas multi-pagadas y sospechosas, expresan en discursos de plaza pública, de paseo por calles o visitando, en cuerpo ajeno y/o sanguíneo, cárceles, un solitario pensamiento que merezca ser considerado decente, serio y producto de un jefe de estado. Son, todos, propagandistas de sus “intereses creados” para vender, a incautos desesperados, ¡alegría con coco y aní! Oye, como me gusta a mí.

En días pasados, cuando “rumbeamos” los días santos, el DANE reveló los resultados de la encuesta de cultura política, en que se entrevistaron 70 mil colombianos sobre sus “preferencias” al momento de votar. El 44% de los encuestados afirmó ser del centro, el 18% de la derecha y el 14% de la izquierda. Pero, esos resultados, comparativamente, no se reflejaron en las elecciones de marzo pasado (Todavía la Registraduría están encontrando votos, como lo haría el Blacaman de macondo), donde la coalición del centro fue la menos votada, teniendo a un aspirante presidencial como el ex-rector universitario Dr. Alejandro Gaviria, cuyo discurso es de auténtico liberalismo decente, el que no compra voto, ni ha hecho alianza con el paramilitarismo para dormir en La Picota, el liberalismo retórico del “trapo rojo“, el cual nadie enarbola, por ahora,  por vergüenza de sus auto-llamados dirigentes.

Con razón, el difunto profesor Guillermo Hoyos Vásquez, fundador de la Facultad de Filosofía de “la nacho“, dijo en una entrevista que el sistema educativo colombiano carecía de una asignatura: ciencia política. Y, en Barranquilla, ciudad fenicia, de esa asignatura nunca se habla. Sino de “billetico para comprar voticos” de derecha, del centro o izquierda. ¿Es ese el “liberalismo” más popular? 

Y hago mías las palabras de advertencia o recomendación que lanzó, en su reciente columna en el diario global El País, de España, Juan Luis Cebrián, titulada: “la izquierda frente al apocalipsis“, que dice: 

“La moderación es la base del triunfo y el reformismo es una manera de hacer la revolución. Naturalmente esta visión resulta desesperante para los héroes, los santos y los patriotas de profesión. Pero es el único camino para que podamos recuperar un modelo social inspirado en la ilustración”. (17/4/2022).

Liberalismo es, entonces, ilustración, respeto al libre comercio, no solo de las ideas u opiniones, sino de los iniciativas de vida individual de cada persona en su condición social y naturaleza humana. Es hacer política para la libertad.

El único, en este extremista y escandaloso debate presidencial 2022, al que le oí hablar de reformismo moderadamente fue al ex-ministro de Salud, Alejandro Gaviria, pero su aspiración no pasó de los idus de marzo. ¿Será que tendrá una segunda oportunidad? Todavía no somos una sociedad ilustrada. Liberal.

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