Gato viviendo la eternidad en la ventana

El balón que cae/ del cielo/ viene del estadio/

El gato que vive/ la eternidad en la ventana/

Lo ve venir/

 y desea que sea pájaro/

Poema. Pedro Conrado Cúdriz

 

El gato siempre dio que hablar. Era sigiloso, amante del silencio, la prudencia era su virtud, gozaba del privilegio de merodear todo el día por la casa. Cuando éramos niños le gustaba jugar con balones o pelotas. Le lanzábamos el balón y corría detrás de él hasta atraparlo con una destreza que mejoró con el paso de los días. Desde cachorrito corría en busca del balón a ras de piso o saltando siguiendo el ritmo cuando rebotaba. Era una delicia verlo. Ordenado en sus costumbres: dormía en un rincón de la sala, sobre un colchón fabricado para gatos; tenía por costumbre revisar la casa antes de irse a la cama, revisaba puertas y ventanas, y con la boca atezaba las cortinas mal cerradas. Antes había salido al patio, orinaba justo al lado de un árbol de guayaba, después se perdía en la oscura profundidad de la noche y hacía sus necesidades con el mismo pudor de los humanos. Cuando nos quedábamos hasta tarde, Gato – niño, – así decidimos llamarlo – se sentaba en un sofá y sus ojos verdes, entrecerrados, brillaban en la penumbra viendo televisión, ya sea la telenovela de mamá, o los partidos de fútbol de papá. No se dormía nunca frente a la televisión encendida. Mamá y papá roncaban y Gato – niño les cuidaba el sueño, sumido siempre en su silencio misterioso.

Gato – niño de tanto ver fútbol aprendió a patear con la punta del pie y el borde interno del mismo, detener la pelota con una pata delantera era su show más elegante; si le lanzábamos la pelota por arriba la dejaba rebotar una sola vez, exhibiendo su velocidad y “matándola con el pecho”, decíamos igual que el locutor Edgar Perea al transmitir el partido de los domingos. Gato – niño era dúctil con el balón, su cuerpo flexible le permitía un buen desempeño bajo los tres palos haciendo las veces de portero, lo que le permitió convertirse en el arquero menos vencido del campeonato. Los perros del barrio le envidiaban porque jugando frente a Gato – niño eran unos “troncos”, es decir, torpes y bruscos, sin ningún tipo de técnica. Gato – niño era veloz por la punta derecha, con el balón pegadito a los pies amagaba con fintas y los perros que le marcaban se iban de bruces, o tropezaban, cayendo al suelo, de nada servían los ladridos furiosos, ni para distraer al Gato, que ya celebraba con maullidos juveniles, y se iniciaba para las noches furtivas con sus amantes en los tejados a futuro.

Pero a Gato – niño le llegó la juventud y las hormonas de su fisiología se movían desaforadas por todo el cuerpo, rebozándoles por los poros y todo el pelaje gris. A las gatas de la cuadra les entusiasmaba el porte digno de príncipe inglés de nuestro gato, la elegancia de su cuello altivo y digno, la seriedad profunda de su rostro, el misterio que emanaba del verde de su mirada. Además, no temía a los perros de la cuadra, ni se burlaba de ellos, simplemente que a estos les molestaban los aplausos y comentario que Gato – niño se ganaba por los malabares que hacía con la pelota igual que Ronaldinho, el brasilero, cuando jugaba en el Barza. Ya en los últimos tiempos de su infancia, a Gato – niño le cambió la mirada, dejó de ver los partidos de los domingos por televisión y le era indiferente que pateáramos una pelota delante de él, simplemente su cabeza giraba de un lado a otro y cuando lo animábamos a correr detrás de la pelota nos daba la espalda y caminaba a la casa con su andar elegante, sintiendo que nos despreciaba, dejándonos el mensaje de “cuándo dejarán de ser niños y de jugar estos juegos pendejos”. Entraba a la casa sin mirar una sola vez atrás. Desde ese día dejó de ser Gato – niño, nadie pudo regresarlo de nuevo a la infancia, tampoco se le obligó a jugar, lo cual fue un alivio para los perros; en la retina de los vecinos, fanáticos del fútbol, quedaba el dominio de la pelota y el sentido de equipo, sólo eso quedaba en imágenes y comentarios.

La alegría que le vimos en los juegos desapareció y se volvió aún más introspectivo. Comenzaron las salidas nocturnas y el juego perdido reaparecía en los techos de la casa, viéndolo y sintiéndolo saltar de una casa a la otra, perseguido por el maullido de las gatas que lo correteaban y se lo disputaban, ¿de quién será ese tesoro? Parecían decir entre maullido y maullido las gatas perseguidoras. Los perros ladraban furiosos, corriendo nerviosos detrás de las sombras juguetonas y la flecha de la envidia se percibía en su alboroto.

Vivíamos frente al Romelio Martínez desde que éramos niños y los domingos Gato – niño nos deleitaba correteando los balones que caían en la calle, sobrepasando las altas paredes. Los domingos, día de partido, se apostaba en la ventana con la mirada puesta en el cielo, las orejas se movían como antenas ante la algarabía calurosa de los aficionados que veían el espectáculo; paciente esperaba una reventada de balón de Segovia, Segrera, o Walberto Maya, con rapidez atravesaba la calle setenta y dos, esquivando los carros y con la agilidad de sus saltos jugueteaba con el balón, después volvía a la ventana para que Dios le enviara del cielo una nueva pelota para jugar.  

Gato – niño se ganó el corazón de la familia desde que lo trajeron a casa. Llegó enfermo y débil con una carga de parásitos; una sola visita del veterinario lo volvió a la vida y nos devolvió el entusiasmo. “Bueno, todavía le quedan seis vidas”, dijo papá disfrutando el universo lúdico de Gato – niño, viéndolo jugar como un niño con la pelota y toda clase de objetos colgantes al alcance de su salto infantil. De ahí en adelante, las travesuras de Gato – niño se acentuaron y fue protagonista de un accidente automovilístico que le fracturó una de las patas traseras. Una noche salió por la ventana y se subió al techo, guiado por sus instintos y los impulsos de la juventud: ya no huía de las gatas, ahora las elegía una a una, prometiéndoles con su vitalidad una larga noche de satisfacción a todas las convidadas. Una vez, después del desorden erótico se escabulló de las gatas insaciables, pero el trasnocho y la debilidad física le hicieron dar un traspiés – bueno, un traspata – cayendo del techo al centro de patio, donde quedó sin sentido hasta el amanecer. La abuela que lo mimaba con lomo fino, yogures deslactosados y caldo de pollo, le hablaba a Gato – niño, tocándole las mejillas y jalándole el bigote hasta que despertó sin fuerzas, acomodado en el regazo maternal de la mujer, que le hablaba como a un niño pequeño sin preocuparse tanto en cómo había llegado a ese estado. “Déjenlo descansar, le hará bien a su recuperación”, dijo el veterinario, tratando de evitar hablar de lo sucedido al animal por esos días, pero que él comprendía muy bien. Después de eso no recuerdo las muertes que tuvo, “con esta van tres muertes, todavía le faltan cuatro”, recordó papá aquella vez.

No recuerdo las muertes sucesivas que tuvo Gato – niño que ya no era tan niño. A través de las cartas, papá no hablaba de él. Todos los hijos nos habíamos ido a estudiar a la capital del país. De vez en cuando recordábamos sus anécdotas en los estaderos, frente a la Universidad Nacional; nadie creía en las proezas futbolísticas de nuestro gato, y hacíamos caso omiso a las críticas y burlas de los cachacos incrédulos, “oigan a este costeño, y que gato futbolista, todavía siguen viviendo en Macondo”, nos decían, pero hacíamos como que no escuchábamos.

Vivíamos frente al Romelio Martínez desde que éramos niños y los domingos Gato – niño nos deleitaba correteando los balones que caían en la calle, sobrepasando las altas paredes. Los domingos, día de partido, se apostaba en la ventana con la mirada puesta en el cielo, las orejas se movían como antenas ante la algarabía calurosa de los aficionados que veían el espectáculo; paciente esperaba una reventada de balón de Segovia, Segrera, o Walberto Maya, con rapidez atravesaba la calle setenta y dos, esquivando los carros y con la agilidad de sus saltos jugueteaba con el balón, después volvía a la ventana para que Dios le enviara del cielo una nueva pelota para jugar.

Veinte años vivió Gato – niño. Decía papá en una de sus cartas que hasta buen compañero resultó. Papá le hablaba y él escuchaba desde su silencio; mamá andaba por la cocina y él se le enredaba entre las piernas avisándole que quería salir al patio a orinar y esconder, por pudor, la caca. Nunca perdió la costumbre de ser un televidente con buena capacidad de escucha, era capaz de pasar horas y horas tendido a los pies de papá, que leía el periódico o se entretenía con una película mejicana. Dejó de salir por las noches, temiéndole a un accidente en el tejado; a sus veinte años de edad había alcanzado la sabiduría felina de la mesura y la regulación de los instintos. Nunca supimos cómo fueron sus muertes restantes, siempre estuvimos convencidos que tenía muchas más vidas en su haber. El día que murió lo hizo en paz de Dios – siempre lo consideramos un hermano menor por todos los prodigios que nos brindó, cuando nuestra infancia terminaba y la de él comenzaba –. En medio de papá y mamá, sentados ante el televisor, se echó a los pies de ambos y dejó fluir las últimas energías, sin ningún maullido, tranquilo, digno y en paz. “Al final de sus días se dio cuenta que los balones no caían del cielo, sino que el Junior dejó de jugar en el estadio”, nos contó papá, avergonzado por su tristeza y una lagrima rodando por sus mejillas. Lo abrazamos y lloramos juntos en un gesto de solidaridad y dolor.

La casa de mis padres sigue en pie, frente al Romelio. Incrustada en alto relieve, sobre una de las ventanas del frente, viviendo su séptima vida, se encuentra la escultura de Gato – niño, fuerte, elástico, vigoroso, dispuesto a dar un salto, mirando el cielo y esperando en la eternidad de su pose que la ausencia de balones, un día, sea remplazada por un puñado de pájaros.

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