Busco una rosa roja

Busco una rosa, la rosa más hermosa del jardín de mis recuerdos. La que, con esmero, cultivé en el amplio patio de la casa en donde me crie. La que, orgulloso, ponía sobre mi pecho, el segundo domingo de mayo, para mi madre en su día ensalzar. La conquistadora que, hechizado, enviaba a la mujer amada el día del amor y la amistad, del noveno mes del año. La que, piadoso y con mucha fe, cada 16 de julio, colocaba ante el altar de la virgen en la iglesia parroquial.

De jardín en jardín ando, escarbando entre claveles, lirios, flores y otras rosas y no la hallo.

La rosa mía, la que yo quiero, a ninguna se parece; es, de todas, la de mayor encanto: que mi alma anima, el cuerpo aviva, los días alegra, la existencia ilumina. Es una rosa trascendental, la de mis mejores días.

Busco, rebusco, de cercado en cercado, de florero en florero, de santuario en santuario y no la vislumbro. Si el viento, con su furia, la llevó no sé. Si un intruso jardinero robó y quedó con ella no lo puedo creer. No está en donde, amoroso, siempre la dejé. Ausente está mientras yo desespero al no tenerla conmigo. Esa rosa era mi ángel, mi ángel custodio que de día y de noche, con sus punzantes espinas, celosa resguardaba del desencanto y la apatía.

 Sus suaves pétalos no entreveo, ni siento su perfumada fragancia que falta grande me hacen; esencia que consuela, sana, embruja, enamora y tierna complacencia daba.

Es mi rosa, rojo carmesí, del color de la sangre mía que al corazón palpitar incita, amor invita, la ternura regala y a dar gracias concita.

Si un intruso jardinero robó y quedó con ella no lo puedo creer. No está en donde, amoroso, siempre la dejé. Ausente está mientras yo desespero al no tenerla conmigo. Esa rosa era mi ángel, mi ángel custodio que de día y de noche, con sus punzantes espinas, celosa resguardaba del desencanto y la apatía.

Es una rosa grande, más inmensa que mi ánimo entristecido. Sus pétalos perdidos los demando, como en los tiempos idos, para acariciarlos y hacerlos míos. Mi rosa es única entre todas las rosas. Igual no hay otra.

Busco mi rosa, rosa de mi vida, la que añora mi alma y mi ser adolorido en medio de tantas ausencias y distante, ya, de las pasiones dormidas. 

Si la brisa, altanera, arrancó su primorosa corola me inclinaré altivo y recogeré jubiloso y seducido; eso haré si regada, al vaivén, tropiezo en las apretadas calles de la barriada, en donde por vez primera descubrí, rozagante, encontré; tierno capullo, entonces, que arrullé asombrado siendo un niño todavía.

Espero, ilusionado, pronto volverla a ver. Y sus pétalos reunir, uno por uno, tal los besos que le di, cuantas veces sumisa la encontraba. En mi pecho arrecostada, sediento de su candor, dulzura y sabrosura, contra mí, con fervor abrazaré.

 Mientras la vuelvo a contemplar, consolarme quiero con la evocación feliz de que mía fue. De que la dicha en sus estambres y pistilos conocí desde el mayo aquel en que la tuve en mi poder, en una mañana sabatina que no tiene fin. No hay amanecer en que el aroma embriagante de mi rosa roja y grande no embalsame mi lecho al aparecer los rayos nacientes del hermano sol. 

Sin ti, rosa querida, siento que yo también desaparecí. Perdidos, estamos, en la melancolía del tiempo que acaba y que, a las dos, inclemente, condena al olvido ingrato de lo que fantasiosos fuimos.

Tu sin mí y yo sin ti ¡preciosa rosa! Pareciera ser la razón de ser en el ocaso de mi aventura terrenal.

Solo una rosa roja y grande deseo para festejar a mis seres queridos, a los que más amo, el día que llegue, seductora, de nuevo a mis manos.

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