Crónica de quirófano: Vivir feliz entre mujeres, a maternalizar el mundo

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Gaspar Hernandez Caamaño

“Nosotras sentimos una curiosidad insaciable por los otros, que puede desembocar en chismorreos de patio de vecinos o en grandes obras literarias, y a veces en ambas cosas a la vez. Desde Sherezada hasta nuestras abuelas y nuestras madres, las mujeres han almacenado historias, han sido geniales narradoras de historias”. Esther Tusquets, en prólogo de “Las mujeres, que leen, son peligrosas“.

Foto proporcionada por el autor de la columna.

Con el interés de recuperar la visión periférica, un poco de vanidad por rejuvenecer la mirada de miel quemada de  ojos de primerizo y con la autorización de Colmédica, la Pre-pagada,  amén de la complicidad médico-científica y afectiva de Jesús María, el menor de mis hijos, decidí visitar el quirófano, otra vez, para someterme a una: “Corrección de ptosis palpebral+blefaroplastia parpados superiores“.

Esta, como en las anteriores citas quirúrgicas, me ha permitido la tranquila reflexión de repasar la vida en la que he tenido la dicha de existir. Y me convenció que vivir rodeado de mujeres es lo que mejor me ha podido suceder en una existencia que bordea los 70s Octubres, en éste y el siglo pasado.

¿La razón? En el  reciente quirófano conviví, durante tres horas, consciente pero “ciego“, con cinco mujeres que me con-sintieron como paciente, anestesiado y varón domado, mientras disfrutamos conversar de literatura, política y educación, muestras  ellas, en equipo, laboraban milimétricamente sobre los ojos del: abuelo, nieto, sobrino, huérfano, hermano, esposo, padre, tío, yerno, cuñado, suegro, compadre, amado, pensionado, poeta, a-poder-ado, socio, amigo y paciente… de mujeres. ¿Qué repaso, señores?

Por eso,  bajo las diez manos de mujeres, decidí contar aquí, en solo/proposiciones.com, aquella historia, dura y feliz, que viví, por primera vez, en una sala de cirugía para agradecer a la vida, esta vida que me ha permitido disfrutar rodeado siempre por mujeres. Y contarla, sin más detalle, en crónica que siempre había deseado escribir sin atreverme. Hela aquí. Mientras saboreo una lágrima por los recuerdos de las mujeres que no puedo volver a ver ni abrazar y decirles: ¡que las sigo queriendo eternamente! Escribo sin poder leer. ¡Vaya paradoja! 

Crónica de quirófano. De Jesús María, cardiólogo electro fisiólogo, aprendí que al ir a buscar una cita médica, asistir a una consulta facultativa, concurrir a laboratorio clínico o visitar, con preparación anticipada, una sala de cirugía, a ser paciente. Dejar colgado al abogado y al ciudadano en el pretil o sardinel, vestirse de paciente sumido en las gozosas ganas de vivir sin dolor. Pleno.

Así que esa mañana de un viernes de Junio, en ayuno obligado, acompañado por el afecto familiar, me fui a la programada cita para ser “opera-do” de los envejecidos parpados superiores. Escuché mi nombre, luego de tres horas de paciente espera y de ir, varías veces, a complacer a la ” desesperada” próstata -celebraba en su día mundial, supe después-. Y desde la puerta que dice “cirugía“, una señora vestida de desechables azules, me  abría. E invitaba a pasar, lo que hice, paciente-mente, luego de ser despedido y bendecido. Guiado ingresé. Todo limpio y pulcro. Solo oía débiles voces. Invitado a vestirme con bata de quirófano, me acostaron y fui advertido que el “interior” debía  ser de algodón.

Encamillado y lejos de  cualquier “pataleo”, fui preparado por aquellas voces de mujeres que, como cantos de colibrí, llegaban a decirme: “Soy la enfermera auxiliar. Ella, la jefa.  “Soy, Margarita Rosillo Lascarro, anestesióloga“. La auxiliar me había guiado, con delicadeza, a esa posición. Un rato después de la inyección con anestesia, apareció la cirujana, Dra. Ingrid Salazar Araujo, afable ordenó sentarme, comenzando a dibujar, con fino marcador azul, la ruta a recorrer del láser,  explicando por qué la inclinación de la mirada del derecho. Dijo: “Es por la forma del cráneo”. Calladamente se marchó, ordenó me condujeran. Caminado y tomado de los brazos ingresé al quirófano, que la instrumentadora, Ana María Durán Posada, tenía preparado, mientras se despedía una señora guajira que feliz dijo: “¡con ustedes regreso, otra vez, a ser opera-da!”, mientras sostenía la bata como una sábana que la elevaba, igual que Remedio, La Bella, a los cielos donde un señor luciendo sombrero wayuu la esperaba. 

En la estrecha camilla, a la que fui atado por Carmen Escorcia Medina, la circulante, en el brazo derecho, alce la mirada. Estaba rodeado de ojos de mujeres, todas vestidas con uniforme de bioseguridad. Me colocaron una cinta en la frente y rodó el largo brazo del láser sobre mis ojos. Fue el instante en que una voz preguntó: “¿Es de algodón el calzoncillo?”. Respondí: “Sí. Pero sostiene el peso una banda elástica”. Se detuvo el brazo del láser. Y otra voz ordenó: “¡Quítese el pantaloncillo, por favor, puede haber un incendio!”. Un momento de confusión. Yo no podía, estaba amarrado. “¡Quítenselo!”. ¡Pónganle un desechable! (Entonces me acordé en mis nietos Emilio y Gabriel: volvía a la niñez. En la mía no existieron desechables de droguería, sino pañales cruzados de nodrizas, que las tías lavaban y ponían a secar, como alas de palomas blancas, en los tendidos de alambres que cruzaban el patio frondoso de altos arboles llenos de grandes, carnosos y dulces nísperos). La Auxiliar procedió. Así que en estado de infante huérfano de madre y de abuela quedé a la disposición de las manos y de las voces del cuerpo de mujeres del quirófano.

La conversación. Cuando la cirujana encantada esculpía sobre el parpado derecho, le dijo a quien le ayudaba en la cabecera:

-“Voy a tener que hablar con el nuevo ministro de ciencias…..”.

-“Por qué?, replicó otra voz.

-“Por un asunto de plagio, pues mi profesor en Brasil me recomendó a otro estudiante de la especialización. y a éste le envié unas historias de casos de pacientes míos. Y él los incluyó en un artículo científico y no me dio crédito alguno, como si la investigación la hubiese realizado él solo. Eso me tiene disgustada. y el ministro me puede orientar en este delito de plagio“.

La interlocutora callo. Instante en que me picó la lengua y dije, como batracio en dialogó de damas: 

-“El plagio no es una conducta delictiva, sino una indelicadeza universitaria. Alimentada en esta época del internet, donde es más fácil cortar y pegar, qué leer”. y entonces, intervino otra voz. “qué es el plagio?”

Respondí: “Un asunto de derecho de autor. De propiedad intelectual. Un caso más de justicia civil. De ser un delito, autónomo,  hasta García Márquez habría estado preso. A nuestro Nobel lo criticaron que en su novela “Mis putas tristes” había plagiado a otro nobel, el japonés Yasunari Kawabata, en su novela “La casa de las bellas durmientes“. Y rematé: ” En literatura solo existen cuatro grandes temas universales: El amor, la muerte, la bondad y la maldad“. Y esos temas lo recicla el mundo académico haciendo investigaciones para amar más, alejar morir, aplaudir lo bondadoso Y mirar cómo vencer a la maldad humana, que se refleja en envidia. o no? Me pregunto.

Reinó un silencio metálico, mientras el láser cortaba piel y suturaba a la vez.

“Nosotras sentimos una curiosidad insaciable por los otros, que puede desembocar en chismorreos de patio de vecinos o en grandes obras literarias, y a veces en ambas cosas a la vez. Desde Sherezada hasta nuestras abuelas y nuestras madres, las mujeres han almacenado historias, han sido geniales narradoras de historias”. Esther Tusquets, en prólogo de “Las mujeres, que leen, son peligrosas“.

Dije: “un asunto de gente buena!”. Para sentenciar vencido, pero despierto: “solo la gente con sangre químicamente buena son  los que aman. los amantes, cuyas historias son pura literatura real“. Callaron.

Pero ante la alusión a la literatura, Íngrid, la cirujana-estética, con nostalgia en la voz anotó:

-“¡Si en algo extraño a mi padre, médico como yo! Es en los libros que leíamos. Don quijote. Los diálogos de platón. Esas lecturas me encantaban. La que no me gustó fue el lobo estepario“.

Le contesté: “Hesse es un escritor existencial angustiado por la guerra. Mientras don quijote y Sócrates son personajes soñadores, enamorados de vivir las aventuras del amor humano… del buen amor. El que dá frenesí en el corazón para compartir: cuerpo y mente sana“.

Poseído por la magia coqueta de la palabra me atreví a decirles, mientras mi piel era cortada en finísimos pedacitos, que se leyeran: “Las mujeres, que leen, son peligrosas, una historia ilustrada de la lectura desde el siglo XX hasta el siglo XXI”, libro delicioso, de la escritora Stefan Bollmann.

Les conté que lo estoy leyendo en fotocopia. En Barranquilla no se encuentra. Me la recomendó mi sobrina periodista Eel María. Ana Sofía, amiga paisa en las montañas, me la envió en un PDF y la filósofa Luz María me contó que había conocido a la autora en París.

El brazo del láser no llegaba, cómodamente, al ojo izquierdo, ya el derecho había sido conquistado. Lo que exigió ser reacomodado y mover la camilla. Todas empujaron y el amarrado se acomodó como cordero feliz. Fue entonces que la atenta Anestesióloga preguntó sobre cómo veía la política nacional. Dije sin balbucear: “al país le falta más inteligencia emocional. Un país cuya economía ha sido el contrabando no puede tener una política honrada. Hemos vivido guerreando y matando por el poder político. Necesitamos más educación política. Más comprensión lectora. y electora. Menos twitter en política“. 

Para ese momento recordé un pasaje del libro “Gabo y Mercedes, una despedida“, del hijo Rodrigo García Barcha. En el nobel, criado por sus abuelos, agoniza sin memoria del pasado rodeado por mujeres que lo cuidaban, como un niño grande, tanto de día como de noche. (Ver pág. 26). Y pedí, atrevido, léanlo. Es la historia de una familia, unida hasta en la muerte.

Con el frio del quirófano, la próstata volvió a tocar su alarma de urgencia. Esa urgencia de acero que dan ganas de correr y desocupar la vejiga en la primera esquina. Pero paciente dije: ¡tengo ganas de orinar! Y el coro de mujeres tragedia griega, riéndose, cantó: “¡orínese en el pañal…es ¡desechable! Otra vez me contuve las entrañas. Y dije para mis adentro: “Nada. Nada Gasparcito quédate quietico y aguanta. Aguanta. Nada de nadar el pececito”. Callé. Estaba vencido por las circunstancias. Ni correr. Ni obedecer.

El tiempo pasaba como en Yolanda, la declaración de amor de P. Milanes, ” de aquella callada manera…”. Y la Dra. Salazar dijo: “ha quedado bello!”, Entendí el trabajo. Y relajado esperé. Me soltaron el brazo atado. Entre todas me sentaron. Felices rodearon la camilla, diciendo en coro, que sonó celestial:”¡puede ir al baño!”.

Del quirófano salí en silla de rueda y con gafas negras al estilo “Joselito…feliz-año“. Gracias Mujeres!

Luego entendí lo que Edgar Morin ha proclamado, a lo largo de sus cien años, la necesidad de maternalizar el mundo. Es que en una mujer late siempre el corazón de una madre, una abuela, una hermana, una hija, una tía, una sobrina, una compañera, una amiga, una musa, una familia

A maternalizar el mundo: ¡ES UNA TAREA!

PRÓXIMA: La ley “Chancleta”  y/o “El principio del interés superior del niño”(libro).

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