Sabe que la miramos…

“A Teo, que me obligó a escribir esta historia”.

Sabe que la miramos. Se siente observada desde que comenzó el curso. Siempre llega después que los demás ya estamos instalados en los respectivos computadores. En el imaginario del grupo se ha ido conformando una percepción de sus llegadas tardes, sin embargo, no son sus pasos leves e inaudibles de gaviota, sino el aroma que emana de ella cuando entra el salón con su aura sencilla y agradable de princesa. No la vemos entrar casi nunca, pero la percibimos cautelosa y llena de vergüenza por sus tardanzas cotidianas. Se sienta frente al mismo PC durante todo tiempo que ha durado el curso; tácitamente, sin ponernos de acuerdo ni mencionarla, respetamos su silla vacía. “Si no viene, no nos cuesta imaginarla”, ha dicho el profesor, observando la silla vacía e imaginando la gracia de su cuerpo ausente. Después ella llega agitada y nerviosa a ocupar su puesto e intenta ponerse al día, muy atenta a lo que dice el profesor. Al poco rato se pierde en el mundo virtual y su atención deambula entre las tareas de informática orientadas por el profesor y el whatsappeo del celular, que la mantiene conectada con la aldea global que alguna vez predijera Mcluhan. Nada parece importarle aun sabiéndose observada. ¿Timidez o coquetería? Sabe que la vemos y se goza el deseo de tenerla como amiga que nos provoca. Es inteligente. Descomplicada. Su aroma suave y mesurado es su única manera de comunicarse, no así sus palabras, tampoco su silencio. 

Con el paso de los días, sin pensarlo, nos hemos puesto de acuerdo y la observamos hasta que ella se incomoda y se pone nerviosa, y sus mejillas exhiben un ligero rubor adolescente. Se sabe observada y deseada mientras observa el mundo que le muestran el PC y su celular con mensajes insistentes. Alguien le escribe y vemos su sonrisa agradable y espontánea, su mirada brillante, que trata de ocultar mientras responde el mensaje que le llega. Whatsappea con ese otro desconocido que le roba instantes de las tareas: ¿algún familiar o un amor secreto que la distrae? Sencillamente especulamos. La lista de asistencia diaria pasa de mano en mano para que los alumnos firmemos. Adrede el profesor la hace firmar primero, lo hace, y su atención automatizada vuelve al PC y al celular, mientras nuestras manos se llenan del aroma de su perfume y las lociones dejados en el bolígrafo y el papel. Whatsappea rápido, da la impresión que tiene mucho que contar. La sonrisa muy tenue es reiterativa sin quitar la mirada del celular. Levanta la mirada y no mira a nadie a pesar que sabe y siente que ocupa nuestro interés. Profe, repita, dicen algunos distraídos que la observan de reojo. El profe también se distrae y pregunta para volver a la realidad: ¿por dónde íbamos? Ella sonríe, muestra una sonrisa tímida, se sabe observada, deseada. No le interesa hablar con nadie del grupo, su voz es un misterio, la desconocemos. Siempre llega retrasada y se va de prisa. Nos acostumbró a no despedirse de nadie y tampoco tuvo nunca la costumbre de mirar hacia atrás. “Quizás tiene miedo de convertirse en estatua de sal”, dice alguien recordando a Edith, la mujer de Lot. 

Mientras las conjeturas van y viene, sabe que las miradas masculinas la siguen, la persiguen, la acosan, se deslizan por su piel, su nuca, la evalúan de pies a cabeza. Lo percibe. Nunca escucha lo que decimos, tampoco le interesan los comentarios que su callada presencia nos deja a su paso.

En el camino hacia la puerta de salida del salón sabe que la miramos, nos deja su aroma de despedida en el ambiente sin llegar a escuchar los murmullos del grupo. Es la única mujer de la clase. Los doce restantes del grupo somos hombres. Siempre se va primero, sin despedida. La sonrisa que le dejó el whatsappeo ha desaparecido pero su rostro va lleno de tranquilas promesas.

– Es tímida, muy tímida. Me encanta su timidez, me hace acordar a un poema de Neruda que se refiere a una gaviota – exclama con fuerza alguien del grupo. Los demás se motivan a especular.

– Creo que las miradas la tienen nerviosa. Sabe que la observamos – el profesor participa de la conversación y se vuelve cómplice, nos guiña el ojo con cierta malicia.

– No se descarta que el novio la venga a buscar, por eso siempre se va rápido – nueva hipótesis de alguien que no ha podido culminar la tarea.

Mientras las conjeturas van y viene, sabe que las miradas masculinas la siguen, la persiguen, la acosan, se deslizan por su piel, su nuca, la evalúan de pies a cabeza. Lo percibe. Nunca escucha lo que decimos, tampoco le interesan los comentarios que su callada presencia nos deja a su paso. Un admirador de Neruda, lo evoca, refiriéndose a su silencio: 

“Me gustas cuando callas/ porque estás como ausente/ me oyes desde lejos/ y mi voz no te toca/”

A través de la ventana, observamos que habla por celular, le escuchamos la risa que nos niega, que siempre imaginamos bajo la máscara de su aparente timidez. Cruza el patio hacia la puerta de salida de la universidad. Ahora ya no la vemos a través de la ventana. Le seguimos la prisa y nos contagiamos de ella. Casi corremos. Sale a la calle. Afuera, en la puerta, mira hacia ambos lados. La brisa de la noche nos regala un anticipo del diciembre que se acerca. Un automóvil blanco y elegante, con vidrios oscuros, se detiene frente a ella. Atraviesa la calle, pasa por detrás del auto y antes de entrar, para sentarse al lado del conductor desconocido, nos mira desde su sencillez altiva, su porte de reina, y nos regala su sonrisa guardada e inocente a lo largo de este curso que se acaba. Sube al auto y observamos cómo se esfuma su timidez en la magia de la noche del viernes. Al verla partir, surge de nuevo la voz melodiosa del admirador del poeta chileno, evocando versos alusivos y ansiosos para ser escuchado: 

“…mis palabras 

se adelgazan a veces

como las huellas de las gaviotas en la playa”.

En la puerta de la universidad nos queda el consuelo, viéndola partir, de continuar tejiendo hipótesis y configurar nuevas especulaciones sobre su impuntualidad y la candidez de su indiferencia, a pesar – nos da la sensación – que siempre supo que le admirábamos su vanidad. 

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