¿Qué es la conciencia y el “yo”?

La actividad del ser humano se guía, direcciona y está conducida, generalmente, por complejidades imperativas que con frecuencia se denominan «superiores», «espirituales» o «trascendentales». Ahora bien, según Humberto Maturana, si llamamos distinción a la recursión en la coordinación conductual consensual, el observador en su proceso comunicativo nombra objetos o sustantivos en sus distinciones, es decir, al operar en el lenguaje. En esta circunstancia, la conciencia emerge como una distinción de la distinción de distinciones, es decir, una distinción de tercer orden. Lo mis­mo ocurre con el yo, el que surge como distinción de la localización (inter­sección) de distinción de distinciones.

“Conciencia y yo, son fenómenos sociales en el lenguaje, es decir, concien­cia y yo son distinciones que no tienen sentido fuera de lo social” (Humberto Maturana). La conciencia, y por lo tanto todos los procesos psíquicos que surgen a partir de ella, se generan en la dinámica de configuración de coordinaciones conductuales de coordinaciones conductuales consensuales de los seres humanos que vivimos en la actividad lingüística, en realidad no ocurre ni en su cabeza, ni en el cerebro, ni en el interior del ser humano.

El yo y la conciencia surgen como procesos en el lenguaje en las identificaciones y descripciones consensuales que configuran al observador como operador y operando en la recursión consensual del lenguaje.

Humberto Maturana se planteó la pregunta por la autoconciencia de varias maneras a lo largo de la vida. En una ocasión un niño de 7 años de edad le dice a su mamá: hice un descubrimiento, yo soy yo. ¿Qué significa «yo soy yo»?

Yo no recuerdo en qué momento me sucedió a mí, sin embargo yo tengo recuerdos de mi infancia de cuando apenas tenía 4 ó 5 años. La religión católica afirma que los niños adquieren el uso de la razón a los 7 años de edad, aunque yo no creo que eso tenga que ver con la edad, sino con un momento del vivir, con un instante específico motivacional-afectivo de las biopraxis infantiles, en el que el niño o la niña develan y distinguen su propio “yo”, por alguna razón necesaria y suficiente que perturba de manera positiva su configuración afectiva, motivacional, emocional y volitiva.

“El individuo sólo existe en el lenguaje, uno mismo sólo existe en el lenguaje, y la auto-conciencia como fenómeno de autodiferenciación tiene lu­gar únicamente en el lenguaje” (Humberto Maturana). Es más, de esto también se deduce que la auto-conciencia también es un fenómeno social similar al lenguaje, en tanto dominio de coordinaciones consensuales de acciones. En este sentido la conciencia no existe en el cerebro ni en ningún lugar del cuerpo del ser humano, al contrario, resulta externa a ellos y corresponde a su dominio de interacciones como una forma de coexistencia. Como resultado de esto, la realidad surge con la auto-conciencia en el lenguaje como explicación de la diferenciación entre el yo y el no-yo en las biopraxis del observador. El yo, la auto-conciencia y la reali­dad existen en el lenguaje como explicaciones de las biopraxis del observador, son conceptos. En efecto, el observa­dor, en tanto ser humano que vive en el lenguaje es primero con respecto al yo y a la auto-conciencia, y éstos sur­gen al operar el observador en el lenguaje y explicar así sus experiencias, su biopraxis.

Los seres humanos somos configuraciones complejas determinados en nuestra configuración, existen ciertas situaciones y procesos que ocurren en las relaciones con los demás seres humanos, por lo que no todo sucede dentro del cuerpo ni en la cabeza. Esta idea resuelve el debate que se ha dado a lo largo de la historia de la ciencia sobre la separación entre el cuerpo y el alma.

En opinión de Humberto Maturana, lo que distinguimos cuando hablamos de la cuestión psíquica, mental o espiritual, son distintas configuraciones de relaciones del ser vivo con su circunstancia.

Los seres humanos somos configuraciones complejas determinados en nuestra configuración, existen ciertas situaciones y procesos que ocurren en las relaciones con los demás seres humanos, por lo que no todo sucede dentro del cuerpo ni en la cabeza. Esta idea resuelve el debate que se ha dado a lo largo de la historia de la ciencia sobre la separación entre el cuerpo y el alma.

Si atendemos a lo que llamamos la vida psíquica humana sin confundir el fenómeno con la explicación que damos de él, veremos que todas las distinciones con las que la caracterizamos, como emociones, conciencia, sentimientos, subjetividad, memoria, etcétera, corresponden a distinciones que hacemos como observadores en nuestra vida de relación. Por esto, al decir que el operar del sistema nervioso como red cerrada de relaciones de actividad neuronal tiene sentido en el dominio de relaciones del organismo como dominio de correlaciones senso-efectoras, Maturana también dijo que el operar del sistema nervioso tiene sentido en el espacio psíquico del organismo pero no consiste en un operar con categorías psíquicas porque éstas pertenecen a la descripción que un observador hace del operar del organismo, es decir, no pertenecen al operar del sistema nervioso.

La dinámica del sistema nervioso no se genera con procesos del lenguaje, aunque dé origen en el organismo a correlaciones senso-efectoras que tienen sentido en el len­guaje porque tiene una configuración “que se ha establecido en una historia de cambio estructural contingente al operar del organis­mo en coordinaciones de coordinaciones conductuales consensuales” (Humberto Maturana).

Ya hemos señalado que según Maturana, todo lo que distinguimos cuando hablamos de la mente, la psique o el espíritu, pertenece al espacio de las relaciones humanas, a nuestra dinámica en la relación.

Maturana hizo un pequeño cuento para mostrar las diferencias del espacio psíquico que surge en nuestra comunidad cotidianamente y el que surge en la televisión: Un amigo que vive en el sur de Chile lo invita a su casa. Viaja y llega de noche, cansado; se acuesta, duerme y en la mañana, al llegar al come­dor, se encuentra con un gran ventanal; mira hacia afuera y ex­clama: ¡qué bosque maravilloso tienes aquí! Pero los amigos de uno tienen más amigos y este amigo de Maturana invitó también a un empresario quien vivió igual que él toda la llegada. En la mañana se levanta y mira por la ventana y dice: ¡Oye, aquí tienes como cinco millones de dólares!

Uno ve lo que ve según el espacio psíquico en que vive, y ese espacio psíquico lo configuramos continuamente con nuestro actuar, con nuestro conversar, “con las preguntas que hacemos o las respuestas que damos, si acariciamos o no a nuestros hijos, si nos tomamos de la mano o no, si abrazamos o no a nuestros amigos, si les exigimos o no” (Humberto Maturana).

Según Maturana, el sistema nervioso opera identificando configuraciones de re­laciones senso-efectoras en el ser humano en la medida que éste se mueve en su espacio de relaciones e interacciones en el fluir de su biopraxis. Por esto el ver se aprende en el hacer y en la repetición del hacer porque el sistema nervioso distingue configuraciones en el es­pacio relacional del ser humano aun cuando no se pueda describir del todo lo que hay que ver si se puede apuntar con la acción. Las biopraxis del observar y del reflexionar configuran el ver y el comprender que configuran el hacer adecuado a los propósitos que tiene la persona.

Es importante admitir que los seres humanos somos configuraciones complejas determinados por nuestra configuración, lo cual no debe aprisionarnos. Esta afirmación no aniquila nuestras experiencias psíquicas ni las espirituales; más bien a través de ellas nos percatamos de que éstas no pertenecen a la cabeza, ni al cerebro, ni al cuerpo, sino a la configuración de relaciones convivenciales humanas. Mi yo es una relación, no es una cosa que se puede tocar, no es un objeto, no es algo tangible ni estático, yo existo porque existe el otro, mi sensación de identidad es relacional, mi yo es dinámico y oscilántico, es fluctuante, y se manifiesta en la existencia con el otro. Debido a esto, toda historia individual de un ser humano es el resultado de una epigénesis en la convivencia humana, y se caracteriza por su inteligencia para adaptarse al entorno cambiante.

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