Altersofía y hacer educativo decolonial: desprenderse de la pedagogía, desengancharse del currículo y desobedecer a la didáctica

Alexander Luis Ortiz Ocaña

Entrevista realizada por Luis Felipe de la Vega, investigador educativo en el Centro Saberes Docentes de la Universidad de Chile, al Doctor Alexander Ortiz Ocaña, docente-investigador de la Universidad del Magdalena, Santa Marta, Colombia.

1. Para hablar de decolonialidad y de giro decolonial, parece relevante primero preguntarse qué es la colonialidad. Por favor, ¿podría describirla, por ejemplo, considerando la visión de Walter Mignolo sobre el vínculo entre modernidad, occidentalismo y colonialidad?

Colonialidad es una noción introducida por el sociólogo Aníbal Quijano en la década de los noventa del siglo pasado, para dar cuenta de fuerzas de dominio ocultas y subyacentes en las relaciones humanas al interior de las naciones, que no necesariamente responden a la Colonización o al Colonialismo.

Muchos de los países de Nuestra América (Abya-Yala) ya no son colonia de ningún imperio y de ninguna potencia extranjera. Sin embargo, propician, naturalizan y legitiman la colonialidad en múltiples subsistemas de la sociedad. En este sentido, ya no existen colonización ni colonialismo, no obstante, persiste la colonialidad. Es por ello que colonización, colonialismo y colonialidad no son lo mismo.

La colonialidad es una cualidad de los procesos de dominio y poder en las relaciones humanas, es un atributo que caracteriza patrones de exclusión de subjetividades válidas. En el pensamiento de Walter Mignolo, la colonialidad es la cara oculta de la modernidad. No hay modernidad sin colonialidad.

Occidente desplegó sus fuerzas capitalistas a partir de implementar un patrón de dominio que subalterniza subjetividades, invisibiliza saberes, niega o rechaza conocimientos y prácticas de vida, impone formas de sentir, pensar, conocer, aprender, ser y estar en el mundo, mediante la colonialidad. Esta matriz de dominio que subalterniza, invisibiliza, niega, rechaza y destruye subjetividades no es otra cosa que la colonialidad en sus múltiples manifestaciones: colonialidad del poder (Aníbal Quijano), colonialidad del ser (Nelson Maldonado Torres), colonialidad del saber (Edgardo Lander), colonialidad del lenguaje, colonialidad del vivir, colonialidad del pensamiento y colonialidad de la mente humana, que, en el caso concreto de la educación y de la ciencia, se manifiesta en la colonialidad pedagógica, colonialidad curricular, colonialidad didáctica y colonialidad epistémica, metodológica y epistemológica.

La colonialidad es una trama oculta, un entretejido complejo que subyace las relaciones humanas, es un entrelazado sistémico de prácticas de exclusión de formas de vida; expresa una configuración holística de formas de sentir, pensar y actuar que subalterniza y excluye subjetividades válidas, pertinentes y relevantes, haciendo ver que no lo son y, por lo tanto, deben ser invisibilizadas, negadas, rechazadas e incluso destruidas.

Este proceso surge con profundidad a finales del siglo XV, concretamente en 1492, en la primera modernidad caracterizada por Enrique Dussel. Por eso podemos afirmar que la colonialidad, el capitalismo y la modernidad surgen de manera simultánea, ya que uno no puede existir sin el otro, constituyen una tríada epistémica y praxiológica de dominio, subalternización y destrucción de subjetividades; una configuración tríadica de destrucción del vivir y de la vida.

2. ¿Cuáles son, a su juicio, los principales aportes del pensamiento de Catherine Walsh a esta temática? Usted la nombró dentro de las intelectuales que han entregado más importantes aportes al respecto.

Decolonialidad es una noción muy potente, los gobiernos no pueden apoderarse de ella, se han apoderado del concepto interculturalidad, a tal punto que observamos en Nuestra América gobiernos ultracapitalistas, neoliberales, patrialcales y excluyentes, que se asumen interculturales, lo cual constituye una evidente paradoja.

Son muchos los aportes de Catherine Walsh al giro decolonial, pero a mi juicio debemos destacar 3 cuestiones esenciales:

a) Tipologiza la interculturalidad en sus múltiples manifestaciones: funcional, relacional y crítica. No es lo mismo referirse a la interculturalidad como una noción o práctica única, indivisible, sin dimensiones, que asumirla en sus diversas formas de expresarse y manifestarse. El filósofo peruano Fidel Tubino introduce la noción de interculturalidad crítica, para dar cuenta de una necesidad histórica en Abya Yala, y así reconocer el imperativo emancipatorio y liberador de la interculturalidad como proyecto ideopolítico. A partir de esta provocación epistemológica y praxiológica, Wals caracteriza la interculturalidad en sus tres formas de manifestarse: interculturalidad funcional, interculturalidad relacional e interculturalidad crítica.  

b) Introduce la noción Decolonialidad a principios de este siglo, desmarcándola del concepto Interculturalidad, pero relacionándola con éste. Decolonialidad es una noción muy potente, los gobiernos no pueden apoderarse de ella, se han apoderado del concepto interculturalidad, a tal punto que observamos en Nuestra América gobiernos ultracapitalistas, neoliberales, patrialcales y excluyentes, que se asumen interculturales, lo cual constituye una evidente paradoja. Y lo peor es que muchos académicos en nuestras universidades e instituciones educativas se sienten felices con estos gobiernos “interculturales”, naturalizando y legitimando prácticas neocoloniales vestidas de interculturalidad, contribuyendo a vaciar la interculturalidad de su verdadero contenido liberador y emancipatorio. Esta situación nos llevó a sugerir la noción de interculturalidad decolonial, que emerge/urge como práctica emancipatoria, desobediente y desprendida de la modernidad/colonialidad. De esta manera, contribuimos a deslegitimar la colonialidad que subyace en la interculturalidad institucionalizada. Estas mismas prácticas neocoloniales desplegadas desde los gobiernos también se pueden observar en los espacios micropolíticos, al interior de las universidades e instituciones educativas.

c) Relaciona la pedagogía con la decolonialidad, emergiendo así las pedagogías decoloniales, no como ciencias de la educación ni como disciplina académica, ni como campo del saber que estudia el hecho educativo, sino como práctica liberadora y emancipatoria que contribuye a desmantelar los patrones y las configuraciones de dominio y subalternización de las subjetividades, es decir, disipar y desvanecer la colonialidad, específicamente la colonialidad educativa

3. En el caso de las experiencias más directas que usted conoce, Cuba y Colombia, ¿en qué dispositivos, políticas o normas es más evidente observar la presencia del colonialismo en educación? 

En primer lugar, no hay nada más colonial en el mundo de la formación del ser humano que un Ministerio de Educación, dispositivo que se erige como único ente que configura los procesos educativos que emergen en/desde/por/para los contextos situados, eventos singulares y particulares, y situaciones educativas únicas e irrepetibles. Es una matriz/patrón/configuración de dominio y poder pedagógico, el cual subalterniza, niega, rechaza e incluso destruye saberes educativos “otros”, igualmente válidos, pertinentes y tan relevantes como aquellos explícitos en las políticas educativas nacionales y en las normas regionales, locales e institucionales.

La política educativa domina, excluye, rechaza, niega y subalterniza en nombre de la pedagogía y de la formación, pero no debemos olvidar que la doctrinalidad es la cara oculta de la formación. Todo proceso formativo coloniza, y si se estructura de manera estandarizada a nivel nacional, entonces aflora la colonialidad educativa en su máxima expresión.

Lo anterior ejemplifica el sistema educativo en Cuba, un modelo global, dirigido por el Gobierno, con objetivos estatales, donde no hay cabida a la pluralidad inmanente a la vida humana. El mundo educativo plural no debe existir solo en el discurso oficial nacional, sino en la configuración curricular y en las prácticas pedagógicas que emergen en las organizaciones educativas.

En el caso de Colombia, una gran cantidad de tesis de maestría y doctorado se han orientado a develar la colonialidad que subyace las prácticas pedagógicas de los docentes en distintas áreas del saber y en diversos contextos y niveles educativos, pero a mi juicio, esta colonialidad subyacente se ha naturalizado y se ha legitimado debido a la función de espejo que han cumplido las normas, decretos y leyes. La política educativa en sí misma es colonizadora, en la Ley 115/94, en decretos y normas ulteriores, y en los diversos lineamientos curriculares, subyace la colonialidad educativa en sus múltiples dimensiones.

Debido a lo anterior, hoy emerge la Altersofía (sabiduría del otro), no como un paradigma educativo, no como otro modelo pedagógico, ni como una estrategia de enseñanza, sino como una opción válida y pertinente, como una respuesta que desentraña y resuelve la contradicción entre formación y emancipación; como una forma “otra” de educar, conocer, pensar, aprender y evaluar; que permite desprendernos de la Pedagogía moderna/colonial, desengancharnos del diseño curricular hegemónico y excluyente, y, sobre todo, desobedecer a la Didáctica, mediante las acciones huellas del hacer educativo decolonial: contemplar comunal, reflexionar configurativo, y conversar alterativo (y alternativo).

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