El libro de Edgar: “Lecciones de un siglo de vida”.

“Reconozco en todo hombre a mi compatriota”. M. Montaigne.

Morin” es el alias de Edgar Nahoum Beressi. Alias que adoptó durante la Resistencia Francesa en la II Guerra Mundial. Pero Morin es el apellido de su identidad universal. Nació en Francia en 1921. Sobrevivió a la guerra y a la pandemia del Covid-19. Acaba de publicar, bajo el sello de Paidós, el libro “lecciones de un siglo de vida“, que no es otra cosa que el relato, en 115 páginas, de las aventuras de su larga y provechosa vida.

Decidí de este Morin centenario, bajo la intuición que en sus lecciones encontraría dedicar unas horas, antes de salir a buscar los regalos de navidad a mis nietos, a la lectura ideas vigentes para obsequiar a nuestros lectores que, todavía, sueñan con tener una prolongada vida, como la suya. No me equivoque. Tanto que decido recomendar la lectura del libro para comprender la postura de un judío humanista frente al conflicto de Israel y palestina.

Edgar Morin

El libro, amén del preámbulo, credo, momentos y agradecimientos, contiene 7 capítulos titulados así: 

La identidad una y múltiple, 

Lo imprevisto y lo incierto, 

Saber vivir, 

La complejidad humana, 

Mis experiencias políticas: en el torrente del siglo y 

El error de subestimar el error.

De estos capítulos el más íntimo es “saber vivir“. En el

 cuenta aspectos de la niñez y la juventud. Del amor por su madre difunta y el celo por su condición de judío. Así mismo de sus amores y amistades. Fue amigo de la novelista Marguerite Duras y sus amantes. También nos narra que fumó “porros” y cómo se vinculó a la resistencia en defensa de la Francia del General De Gaulle, tanto como su militancia, después abandonada, comunista. Nunca aceptó la política estalinista.

“Para envejecer bien, hay que mantener la curiosidad de la infancia, las aspiraciones de la adolescencia, la responsabilidad del adulto, y, en la vejez, intentar extraer las experiencias de las edades precedentes”

Dedica un capítulo, el 4to, a informar de cómo fraguó su teoría del pensamiento complejo para explicar, desde los conocimientos, la condición humana; luego de haber bebido en las enseñanzas de Kant, Marx y Heidegger, amén de otros pensadores modernos. Para ver su formación comparto este párrafo:

“Como los conocimientos sobre las realidades humanas están separados y compartimentos en disciplinas, me matriculé en la Facultad de Letras en la especialización de Filosofía (que incluía en su programa sociología y psicología) y en la especialidad de Historia y Geografía, así como en la Facultad de Derecho, en la especialidad de Ciencias Económicas y en la escuela de Ciencias Políticas:(ver pág. 56).

Morin ha vivido más de un siglo. Agotó el XX y lleva un cuarto del presente. De las experiencias políticas aventuradas, en esos tiempos de Guerra y covid, extrae lecciones para mantener su independencia intelectual. Lo que lo lleva a afirmar lo siguiente: “Una de las principales lecciones de mis experiencias es que el retorno de la barbarie siempre es posible. ninguna conquista histórica es irreversible:(ver pág. 89).

Lección, pienso, que debería ser aprendida y enseñada en nuestro país, donde en mucho territorio nacional no hemos superado la barbarie. Todavía nos matamos y enemistades por ideologías que hace años perdieron eficacia y solo han cosechado fanáticos totalitarios. Lección para seguir luchando por democracia sin gobiernos de mayoría: solo respeto a lo humano.

No deseo terminar esta reseña de un libro que considero de indispensable lectura para educadores contemporáneos, sin compartir sin mayor comentario estas dos lecciones de “alias” Morin:

Primera. “Para envejecer bien, hay que mantener la curiosidad de la infancia, las aspiraciones de la adolescencia, la responsabilidad del adulto, y, en la vejez, intentar extraer las experiencias de las edades precedentes”(ver pág 112).

Segunda. “Sospecho que Tánatos será el vencedor final, pero es evidente para mí que, pase lo que pase, nuestra vida solo puede tener sentido si tomamos partido por eros“(ver pág. 92).

En ese partido juego yo, con fuego.

La próxima: Qué es la mediocridad?

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