jueves, julio 16, 2026
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Más de 100 víctimas del conflicto acceden a oportunidades laborales en jornada “Martes de Empleo” en Soledad

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El “Martes de Empleo”, estrategia liderada por el Centro Regional de Víctimas (CRAV) de Soledad en articulación con el SENA, se consolida como un espacio clave para la inclusión laboral de la población víctima del conflicto armado en el municipio.

Durante la jornada, más de 100 personas acudieron en búsqueda de oportunidades laborales dignas. Los asistentes recibieron orientación ocupacional, accedieron a vacantes vigentes, conocieron la oferta de formación para el trabajo y participaron en talleres de fortalecimiento de habilidades.

Esta iniciativa contribuye directamente a la reconstrucción de proyectos de vida y al desarrollo económico local, reafirmando el compromiso de Paz de la alcaldesa, Alcira Sandoval Ibáñez, con la empleabilidad, la equidad y la construcción de paz en el territorio.

Desde la Alcaldía de Soledad, a través de la Oficina de Víctimas, se continuará abriendo espacios que generen oportunidades reales para mejorar la calidad de vida de esta población, que ha encontrado en Soledad un renacer para sus familias.

Ya voy. La cultura del aplazamiento

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Es mejor hacer algo que no sea perfecto que no hacer nada.

Jhon Perry

Han pasado dos tediosas semanas sin poder escribir los esporádicos artículos para Teomedicadas, mi blog, ni para la revista virtual SoloProposiciones en la que, voluntariamente, estoy comprometido con una columna sabatina; no tanto con la revista, sino conmigo mismo.

Menos mal, asiduo lector, no he perdido el entusiasmo por el estudio y la investigación. Preocupado por esta abulia narrativa he dado, escudriñando por internet, con algunos textos que abordan el tema de la “Procrastinación” que me han llamado la atención y, por ende, dedicado a revisar y contextualizar. De esta manera he llegado al diagnóstico del mal que por una conocida y dolorosa razón personal y familiar me aqueja, el de una “procrastinitis aguda”, término que, motu proprio, se me ocurre endilgarle a este sindrome en el que “Uno no hace lo que tiene que hacer cuando corresponde”. 

Según la Real Academia de la Lengua procrastinar equivale a diferir, aplazar, dejar todo para algún otro momento, casi siempre indefinido. Sinónimos de procrastinar son: posponer, retrasar, postergar, demorar, retardar, dilatar, aparcar.

John Perry, el filósofo norteamericano de la Universidad de Stanford, en su libro The Art of Procrastination, 2020 (El Arte de la Procrastinación), Workman Publishing Company, lo define como “El arte de perder el tiempo” y habla de la deficiente gestión del tiempo de ciertas personas, de su extraña costumbre de aplazar tareas cortas, sencillas, susceptibles de llevar a cabo en el instante en que se plantean; actitud que puede ser irritante para otras personas que tienen una forma puntual, diferente de realizarlas. Tal vez lo más incómodo de esta modus operandi, procrastinador, es la justificación que siempre tienen para no ejecutar lo que en verdad toca, ocupados en otros menesteres de menor importancia.

Señala, Perry, el concepto de «orden horizontal», natural en un procrastinador, frente al «orden vertical», mucho más cercano a la noción de orden más conocida, el del individuo disciplinado.

Procrastinación proviene del verbo latino procrastināre, que significa postergar la presentación de una actividad de manera voluntaria. Tiene origen, también en el antiguo término griego Akrasia, que implica actuar en contra del juicio o causarse daño a sí mismo por debilidad de la voluntad.

Según la psicología la procrastinación es el producto de deficiencias en la autorregulación, con la falta de auto control que lleva al individuo a posponer el comienzo y realización de las actividades programadas por gratificaciones inmediatas, a pesar de conocer las repercusiones adversas de retrasarlas.  Es considerada, así como un patrón inapropiado en la conducta humana, de la voluntad.

Personas que visionan sus metas a largo plazo, con capacidad de posponer la satisfacción inmediata de lo cómodo y fácil por un beneficio más adelante, son menos propensas a procrastinar; dan valor promisorio a recompensas futuras con todo el esfuerzo que demandan. Disciplinadas y responsables que son.

Es justo reconocer que todos, con mayor o menor severidad, por diversas razones padecemos este sindrome cuando tenemos la pésima costumbre de dejar todo para después, nos encanta esperar el último momento para llevar a cabo obligaciones, deberes y compromisos. Justificamos la actitud dilatoria con excusas como: hace mucho calor, hace mucho frío, cuando deje de llover, se acaben las brisas, gradué y haga la especialidad, case y nazcan los hijos, trabaje y tenga dinero, consiga un mejor computador o más prosaicamente “cuando Dios quiera”. Supeditamos, de esta última forma, el ejercicio proactivo de nuestra voluntad al imperativo de la voluntad divina.

Recuerdo bien, que en mi casa la expresión “Ya voy” estaba terminantemente prohibida por mi exigente padre. Cuando daba una orden había que cumplirla de inmediato. “Por el camino del ya voy llegas al de no hacer nada, todo queda aplazado”, sostenía con vehemencia.  “Aplazamiento” es una palabra que utilizan los expertos en este tema para significar el resultado práctico de la PROCASTINACION. Al procrastinador crónico no le alcanza el tiempo para nada, es incumplido y siempre llega tarde a las citas. Si es estudiante en todo momento solicita aplazamiento de trabajos y evaluaciones.

Según la psicología la procrastinación es el producto de deficiencias en la autorregulación, con la falta de auto control que lleva al individuo a posponer el comienzo y realización de las actividades programadas por gratificaciones inmediatas, a pesar de conocer las repercusiones adversas de retrasarlas.  Es considerada, así como un patrón inapropiado en la conducta humana, de la voluntad.

 Diría que el aplazamiento es una constante en la cultura nuestra, es un fenómeno social que contribuye, poderosamente, en el atraso de las instituciones, en el desarrollo del país, a su subdesarrollo. Aplazamiento rutinario en la iniciación y terminación de las obras, demora para comenzar un evento, postergación indefinida de proyectos y planes corre pareja con la falta de puntualidad y cumplimiento de las personas responsables de su realización y su entorno. Comenzando por el presidente de la Republica Gustavo Petro, que debe dar ejemplo, la mayoría es incumplida con el oprobioso argumento de que nadie llega a la hora, todo el mundo se presenta tarde.

  • La semana pasada asistí en Cartagena a la ceremonia de graduación de la primaria, de uno de los niños de la familia que culminaba su 5º año elemental, ¿Qué tal? Estaba programada para las 4 y 30 de la tarde; comenzó a las 6, esperando a 3 chicos, de los graduandos.
  • Después que la Universidad Libre canceló mi contrato como profesor titular tras 41 años de servicio ininterrumpidos a la institución, ofrecieron por “prestación de servicios” que siguiera dictando la catedra de ética profesional a los doctores residentes de las distintas especialidades clínicas. La clase estaba programada de 4 a 6 de la tarde en el Hospital Universitario, CARI. No resistí la impuntualidad de los estudiantes y terminado el semestre no volví más a la universidad. Comenzaba a la hora señalada con los pocos alumnos presentes, los residentes de ortopedia, el resto iban llegando graneaditos y faltaban 15 minutos para terminar la clase y todavía seguían entrando estudiantes que llegaban con la mayor tranquilidad a conversar o a mirar sus celulares.

En la actualidad, inmersos en el mundo cibernético, a todos nos sucede que nos sentamos en el computador a realizar un trabajo, un escrito, por ejemplo, a mí me pasa, y en vez de concentrarme desde un principio en el objetivo señalado comienzo por revisar el correo electrónico, Facebook, YouTube, Instagram, etc., leo las noticias de toda índole y cuando vengo a ver he perdido tiempo valioso sin hacer nada, toca entonces postergar la elaboración de lo programado.

Este fenómeno que se da por el uso desmedido de las redes sociales el filósofo Perry lo llama “procrastinación estructurada”.  Según esta teoría los adictos a la dilación no son holgazanes sino personas que “consiguen hacer muchas cosas, dejando de hacer otras… posponen lo más importante y se entretienen haciendo algo “menos importante”.

  • En alguna ocasión llamé la atención a un estudiante durante la cátedra de anestesiología que, mientras yo dictaba la conferencia, revisaba fijamente su celular. Su respuesta me dejo callado, mirando hacia arriba. “No profe, yo no estoy distraído con el celular. Al contario, estoy muy atento a lo que usted dice. Solo que trato de comprobar qué tan cierto es, si es correcto, lo que usted refiere en su charla”.

Deduje, conforme, que, haciendo un esfuerzo, en algunos casos, si se pueden atender dos señores al tiempo.

Podemos colegir que la procrastinación, a las finales, encierra un problema ético, de falta de respeto por el otro, por la institución y por sí mismo, con repercusiones económicas y sociales nefastas. El costo de una obra pública, por ejemplo, después de varios aplazamientos, sale costando, mucho más de lo que fue presupuestada en sus inicios.

Para enfrentar la procrastinación debemos reflexionar sobre el valor del tiempo para no perderlo ante la conciencia que tenemos, como seres humanos, de la brevedad de la vida. El tiempo perdido tiene un costo alto. “El tiempo es oro” afirma la sabiduría popular. Séneca decía: “No es que tengamos poco tiempo, sino que desperdiciamos mucho.”

La cultura del aplazamiento corre pareja, sin duda, con la descomposición moral de los diferentes estamentos de la sociedad; de la corrupción galopante que corroe los cimientos de nuestra organización política. Habría que comenzar por exigir, ser rigurosos, en la puntualidad y cumplimiento de los niños y jóvenes, estudiantes de escuelas y universidades.

 El respeto por el tiempo del otro debería ser una consigna para poner en práctica en todos los ámbitos de la sociedad; comenzando por mis colegas, los médicos especialistas que, en su mayoría, ponen a los pacientes a esperar, horas y horas en sus consultorios, en forma inmisericorde.

Diario para mitigar tu ausencia

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…ay que no vuelen tus párpados en la ausencia:

 no te vayas por un minuto, bienamada, /

porque en ese minuto te habrás ido tan lejos/

que yo cruzaré toda la tierra preguntando/

si volverás o si me dejarás muriendo.

Cien Sonetos De Amor. Pablo Neruda.

Día 1.

Decidiste partir por voluntad propia. Conversamos durante tantas noches, con el insomnio como testigo. No deseaba que te fueras, pero tu viaje era necesario. Tú tampoco querías irte, sin embargo, aun, así dijiste: “Ellos me necesitan, debo partir”. “Veamos si este amor se agranda en la aldea global que vivimos”. “Es sólo una tregua impuesta por el destino; tranquilízate. La Odisea de Ulises no se repetirá. Regresaré sana y salva sin verme obligada a luchar con monstruos y lestrigones. Me esperaras sin saber tejer, pero leyendo a Homero, al lado de una taza de café”. Después de tantas lágrimas y un abrazo interminable, acepté tu decisión, aunque mi corazón insistía en retenerte.

Día 2.

Miro el cielo desde este lado del Caribe. El vuelo que te lleva se pierde entre la multitud de estrellas. Intento seguir tu trayectoria en la noche infinita. Arriba, las luces titilan, y en su parpadeo descubro tu adiós. Desamparado y huérfano de ti, también les digo adiós a esas estrellas en esta soledad, que apenas comienza y ya pesa como un mundo.

Día 3.

Esa tarde, nuestro hijo llamó y con cierta ironía, me dijo: “Gracias por prestarme a mamá”. Sonreí. Te veías radiante el día de tu partida; tu felicidad disolvía las lágrimas en un instante. Mientras buscaba la sala de espera, yo pensaba en el largo itinerario que emprendías. Antes que partiera regresé a casa, preguntándome en silencio: ¿Por qué he de prestarte si no soy tu dueño?, pienso y te hablo en silencio. La noche trajo la soledad, y a esta hora, estás surcando los cielos como un ave que emigra de un continente a otro.

Día 4

Con la llegada de la noche, la conciencia de la soledad me envolvió. Mientras aguardo el sueño, te imagino surcando los cielos, migrando de un continente a otro, libre y distante, y siento mi vacío más profundo.

Día 5.

Al despertar me he encontrado solo. Mis pensamientos se ordenan lentamente, y una tristeza sutil intenta abrirse espacio en mi memoria. De pronto, suena el teléfono y tu voz es un bálsamo que ilumina el día. Hola mi amor – me dices. Al escucharte, la tristeza esteparia que me había invadido comienza a disiparse. La ciudad despierta; los pájaros matinales trinan su felicidad insistente, mientras nosotros agotamos las palabras en una conversación que se hace sostén mutuo.

Día 6.

En camino hacia el sueño profundo mi cuerpo se relaja y divaga como un animal que explora la noche. Recuerdo un cuento de Calvino en Historias de un matrimonio y, sin pensarlo, mi cuerpo busca el calor que dejaste en la cama. Te sueño con antojo: el ronroneo de tu pecho, el abrazo en la oscuridad, las manos que se buscan, los cuerpos que se acomodan en un instante breve y amplio.  Temo despertar. Despierto. No estás. Tu ausencia es un vacío prendido en el insomnio de la madrugada, que no cede.

Día 7.

Te recibieron en el aeropuerto el día que llegaste a Ámsterdam. Sonríes tranquila al lado de nuestro hijo, de su esposa y de su pequeño. Se te ve segura, aplomada, más madura en tu porte. Mientras observo la foto, por un instante se desliza en mí la duda: quizá ya no estoy tan presente en tus pensamientos como antes.

Día 8.

Deambulo ansioso y triste de un lugar a otro. Invento pretextos para recorrer los sitios que compartimos. Busco tu rostro escondido en los rincones de la memoria. Alguien me saluda; no sé quién es. Mis pensamientos están demasiado lejos. Me asumo peregrino en la ciudad, deteniéndome en centros comerciales y en rincones que fueron nuestros. Regreso desolado a casa: la cama vacía; el zumbido de la nevera; la caída de una salamandra; el sonido del silencio colmado de tu ausencia. La alcoba inmensa tiene ahora el tamaño exacto de tu ausencia.

Día 9.

Nos acostumbramos a vernos por Skype. Compartimos imágenes y voces desde la lejanía. Tu voz delgada y alegre suena intacta, auténtica, casi puedo sentir su frescura. Tu risa, breve y entrecortada, se siente nerviosa por momentos. Te veo. Me ves. Nos vemos. Distingo tu imagen abrigándote del frío invierno europeo. Permanecemos en silencio durante instantes prolongados; el silencio dice más que cualquier palabra, y las palabras, por unos segundos, sobran.

Día 10.

Hoy la casa fue invadida, por un breve instante, por la felicidad. Durante el día, la ausencia había llenado cada estancia, pero con la noche llegaron las voces: niños y adultos rompiendo el silencio con natural alegría. El optimismo de siempre retornó como una pequeña onda expansiva. Sofía subió a mis piernas con su gracia infantil, antojándose de mi cena; su madre miraba emocionada y alegre. Esa noche, la casa se llenó de un insomnio feliz: risas, voces, canciones de cuna. Por un momento, la casa recobró su ternura, el amor extraviado, su propio estado de ánimo. Todos preguntaban por ti.

Día 11.

Esta noche, leo el poema 5 de Neruda. Mientras avanzo, mis pensamientos se detienen en unos versos que te evocan con una nitidez dolorosa.

“…Y las miro lejanas mis palabras.
Más que mías son tuyas.
Van trepando en mi viejo dolor como las yedras.

Ellas trepan así por las paredes húmedas.
Eres tú la culpable de este juego sangriento.

Ellas están huyendo de mi guarida oscura.
Todo lo llenas tú, todo lo llenas.

Antes que tú poblaron la soledad que ocupas,
y están acostumbradas más que tú a mi tristeza”.

 Es la misma sensación que me dejan tus manos ausentes: palabras tuyas y mías que profanan las distancias, acortándolas para aliviar este dolor de hombre solitario. Siento mis palabras lejanas, huyendo de mí o buscándote. Dejaron de ser mías; se llevaron el dolor consigo. Es tu ausencia la que provoca este dolor incontenible, pero es mía la culpa de amarte como te amo. Mis palabras brotan espontáneas, indisciplinadas y rebeldes, solo para que tú me escuches. Mi vocación de hombre triste se arraiga con tu ausencia, una ausencia sin final todavía, como si tu partida llevara ya un siglo.

Día 12.

¿Tiene sentido escribir este diario de ausencia y pensar que, al hacerlo, quizá esperes la fuerza de mis palabras, como si te invitaran al regreso?

Abordaje de la mentira y sus paradojas

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Existen teorías éticas que plantean la existencia de circunstancias atenuantes en las que lo ideal sería decir una mentira piadosa para generar un mal menor, dado que la verdad desnuda podría causar daños mayores. Desde esta perspectiva, se considera que la mentira ha estado presente en el trasegar de la humanidad: forma parte de la vida cotidiana y constituye una expresión vital del ser humano, un artilugio que ayuda a hacer la vida más llevadera y a enfrentar de mejor manera los sufrimientos que surgen en la existencia. La mentira funciona como una especie de aligerante de las cargas; en ocasiones, la vida puede sentirse pesada, y por ello la historia está llena de leyendas, ficciones y falsas narraciones que actúan como “paliativos” que hacen más agradable la vida.

Sin embargo, la mentira es negativa por naturaleza, pues constituye un acto que se sustenta en lo indebido. Las palabras son un conjunto de signos que representan ideas de la realidad; por ello, resulta incorrecto emplearlas para significar algo que no es realmente. La mentira es una afirmación falsa emitida con la intención de engañar y puede manifestarse como un fraude verbal, una actuación fingida o una estrategia psicológica. Generalmente ha tenido una connotación negativa y puede acarrear sanciones sociales, legales y morales.

Desde el punto de vista moral, la mentira se considera reprochable porque atenta contra la verdad, la confianza y el respeto entre las personas. La filosofía, por su parte, muestra otras facetas de la mentira, como la paradoja del mentiroso —también conocida como la antinomia del mentiroso—, que consiste en la afirmación de un individuo que declara estar mintiendo. Por ejemplo: “Estoy mintiendo”. Si el mentiroso efectivamente miente, entonces estaría diciendo la verdad, lo que a su vez demostraría que mintió, configurando así una contradicción lógica.

Sócrates afirma que la mentira puede ganar partidas, pero la verdad es la que gana el juego. Lo mismo puede decirse de la ignorancia, pues solo existe un bien —el conocimiento— y un mal: la ignorancia, que para los griegos equivale a estar lleno de mentiras que no sirven para vivir. Para Aristóteles, las mentiras son viles y reprobables en sí mismas. A veces se cita esta postura y se la relaciona con la visión contemporánea según la cual las mentiras tienen un peso negativo inicial, ya que, en ausencia de circunstancias especiales, las afirmaciones veraces siempre son preferibles a las falsas.

La paradoja del mentiroso se atribuye a Eubulides de Mileto, contemporáneo de Sócrates, quien la incluyó en una lista de siete enigmas. Eubulides planteaba la siguiente cuestión: “Un hombre dice que está mintiendo. ¿Es verdadero o falso lo que dice?”. No se conserva en los textos antiguos una respuesta suya a este enigma. Ateneo relata que en una antigua lápida encontrada en la isla griega de Cos había un poema que aludía precisamente a la dificultad de resolver esta paradoja.

La paradoja de Epiménides constituye una versión clásica vinculada a la paradoja del mentiroso. Fue formulada por el filósofo cretense en la afirmación: “Todos los cretenses son mentirosos”. El problema surge porque, si esta frase es verdadera, entonces Epiménides —siendo él mismo cretense— también sería un mentiroso, lo que volvería falsa su propia afirmación. Pero si la frase es falsa, significaría que al menos un cretense (en este caso, Epiménides) dice la verdad, lo cual también genera una contradicción lógica.

Al analizarla como un problema de auto-referencia que cuestiona las leyes lógicas sobre la verdad y la falsedad, puede decirse lo siguiente: si la afirmación es verdadera y Epiménides, siendo cretense, sostiene que “todos los cretenses son mentirosos”, entonces él mismo debe ser considerado un mentiroso. Esto lleva a concluir que su afirmación es falsa, lo que deja la paradoja en un callejón sin salida. Si la consideramos como una contradicción, puede colegirse que, si la afirmación es falsa, al menos un cretense dice la verdad. Si ese cretense fuera Epiménides, entonces estaría diciendo la verdad al afirmar que todos los cretenses son mentirosos, pero su afirmación sería falsa al mismo tiempo. Si no fuera él, sino otro cretense quien dijera la verdad, esto también contradeciría la afirmación de que todos los cretenses son mentirosos. En esencia, la paradoja de Epiménides es un problema clásico que desafía nuestra comprensión de la verdad y la lógica, y se ha convertido en un punto de partida para el debate filosófico, fortaleciendo tanto la reflexión lógica como las teorías sobre la verdad.

Para Descartes, la mentira no es un asunto de engaño deliberado, sino una herramienta metodológica empleada a través de la duda para alcanzar la verdad. Él duda sistemáticamente de todo aquello que pueda ser puesto en duda, incluidas las verdades aparentes, con el fin de encontrar una verdad absolutamente indudable, una certeza absoluta. En última instancia, su método de “duda metódica” elimina la falsedad para llegar a la certeza, mientras que la figura del “genio maligno” funciona como una hipótesis radical que lleva el cuestionamiento hasta sus principios más básicos.

En el siglo XX, Alfred Tarski se interesó por la paradoja del mentiroso y se centró en encontrar una solución mediante la distinción entre lenguaje objeto y metalenguaje. Tarski propuso que, para evitar paradojas como “esta oración es falsa”, se requiere un sistema jerárquico de lenguajes, en el cual el análisis de la verdad de un lenguaje (lenguaje objeto) sea realizado desde un lenguaje de nivel superior denominado metalenguaje.

La mayoría de las personas, cuando se encuentran por primera vez con la paradoja del mentiroso, reaccionan de una de dos maneras. Una de estas reacciones consiste en no tomarla en serio y negarse a seguir razonando sobre ella. Esta actitud es débil, pues no ofrece un diagnóstico útil del problema original de incoherencia semántica. La segunda, y más común, es afirmar que la paradoja carece de sentido.

Para Descartes, la mentira no es un asunto de engaño deliberado, sino una herramienta metodológica empleada a través de la duda para alcanzar la verdad. Él duda sistemáticamente de todo aquello que pueda ser puesto en duda, incluidas las verdades aparentes, con el fin de encontrar una verdad absolutamente indudable, una certeza absoluta. En última instancia, su método de “duda metódica” elimina la falsedad para llegar a la certeza, mientras que la figura del “genio maligno” funciona como una hipótesis radical que lleva el cuestionamiento hasta sus principios más básicos.

Kant considera que un principio fundamental sustenta la prohibición de la falsedad, entendida como una violación de deberes y derechos. Para él, una declaración intencionalmente falsa constituye una mentira y, por tanto, una infracción del deber moral. Nietzsche, por su parte, sostiene que el mentiroso es quien utiliza designaciones válidas —las palabras— para hacer que algo irreal parezca real. Decir, por ejemplo, “soy brillante” cuando la designación adecuada sería “mediocre” es, para él, un abuso de las convenciones establecidas mediante sustituciones arbitrarias.

Heidegger considera que la mentira no es simplemente la falsedad de un enunciado, sino que está intrínsecamente ligada a la verdad del Dasein (el ser-ahí). Por ello, no la entiende como la simple contraparte de la verdad, sino como parte de su esencia, en la medida en que la verdad implica también un ocultamiento. La mentira puede verse como un velo o un aspecto constitutivo de la verdad, lo que significa que esta no se reduce únicamente a la correspondencia entre los enunciados y las cosas.

Richard Rorty sostiene que la mentira no posee un estatus metafísico especial y, por ello, rechaza la idea de una verdad objetiva y universal. Para él, la verdad es una construcción social y pragmática, no una correspondencia exacta con la realidad. En este sentido, el concepto de mentira sería simplemente una manera de describir aquello que no se ajusta a una justificación o a un acuerdo dentro de un contexto social determinado.

Para John Rawls, la mentira no ocupa un lugar central en su teoría de la justicia, la cual se enfoca en los principios de la justicia como equidad y en la estructura básica de la sociedad. Sin embargo, puede inferirse que la mentira es incompatible con dichos principios, ya que la verdad y la honestidad son condiciones fundamentales para que los ciudadanos racionales puedan acordar los principios de justicia en la “posición original”. Mentir socavaría la confianza mutua y la integridad del proceso contractual, debilitando así las bases mismas de su teoría.

Este breve recorrido por la mentira y sus múltiples peculiaridades invita a una reflexión profunda. A pesar de la aparente oposición entre verdad y falsedad, paradojas como la del mentiroso revelan la complejidad del fenómeno y nos llevan a cuestionar nuestras propias nociones sobre la certeza, el lenguaje y la lógica. Estas tensiones conceptuales no solo enriquecen el debate filosófico, sino que también nos permiten comprender mejor la fragilidad y la importancia de la verdad en la vida humana.

Hablar con la verdad sigue siendo esencial para construir relaciones sólidas, fomentar la confianza mutua, preservar la dignidad personal y evitar el daño que produce el engaño. La veracidad fortalece la convivencia y otorga valor a la palabra dada; quien actúa con honestidad se gana el respeto y la confianza de los demás, y su reputación se convierte en un reflejo coherente de su integridad. Así, la reflexión sobre la mentira nos conduce, finalmente, a reafirmar el profundo valor ético y social de la verdad.

Reflexión: El tiempo, el silencio, la soledad tres grandes compañías para envejecer con salud y tranquilidad

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“El tiempo infinito contiene la misma cantidad de placer que el tiempo finito si uno mide los límites del placer con la razón”. Epicuro.

En 1976, en una entrevista televisiva que concedió al periodista Germán Castro Caicedo, Gabriel García Márquez al recordar su infancia, sentado en un “taburete” en la “Casa Grande” de Aracataca después de las seis de la tarde, manifestó que todos, absolutamente todos, al enfrentarnos a la realidad estamos solos y aterrados de miedo. Esa imagen del niño solo y medroso, dijo, lo impulso a escribir, a contar para que “Los demás lo quisieran más”.

He escuchado y visto, en YouTube, repetidas veces, esa entrevista porque encuentro en ella las voces que indican, a mi entender, que el tiempo, el silencio y la soledad son, en clave de historia y literatura, las leyes naturales de la existencia humana que permiten, no solo superar los miedos, sino entender, comprender y resolver los diversos conflictos que se generan en la existencia, tanto en lo individual como en lo social. 

A tales categorías, para decirlo en lenguaje aristotélico, la filosofía y los filósofos han dedicado, en profundidad, reflexiones en búsqueda de encontrar el sentido de vivir. Y creo que tales reflexiones, como las que intento compartir, son pertinentes desde la madurez, cuando la vida bien vivida facilita la ligereza del pensar “hacia dentro” y contemplar que podemos seguir disfrutando de la misma buena vida en la vejez. Eso creo.

1o. El tiempo cruza la vida. La convierte en lo posible, de acuerdo con lo que de esa vida recordamos y/o imaginamos. Es decir, en el tiempo vamos creando, razonablemente, nuestra vida, ya que si extraviamos la memoria deseamos “revivir” la juventud o niñez del pasado, para condimentar de sabor y frescura el presente que vivimos, sin descuidar, en la madurez que habrá futuro si nos cuidamos y ahorramos (pensión vitalicia) para seguir existiendo como soñamos en la adolescencia: amando.

La linealidad del Tiempo permite que el mismo se reduzca en cada existencia humana. Fue Martín Heidegger, considerado el filósofo más importante de la post-guerra nazi, que en su obra “ser y tiempo“, creó la expresión da-sein para dar a entender que somos seres propios en nuestro limitado tiempo, es decir seres finitos. “Seres para la muerte”, como   consumación de la vida propia.

El tiempo cruza la vida. La convierte en lo posible, de acuerdo con lo que de esa vida recordamos y/o imaginamos. Es decir, en el tiempo vamos creando, razonablemente, nuestra vida, ya que si extraviamos la memoria deseamos “revivir” la juventud o niñez del pasado, para condimentar de sabor y frescura el presente que vivimos, sin descuidar, en la madurez que habrá futuro si nos cuidamos y ahorramos (pensión vitalicia) para seguir existiendo como soñamos en la adolescencia: amando.

2o. Al silencio los filósofos griegos clásicos, como los epicúreos, a mi entender, lo denominaron ataraxia, que sería, filosóficamente “la imperturbalidad de ánimo, la serenidad y la tranquilidad profunda”. Condición indiscutible que se logra, como toda creación personal, sí se ha vencido el miedo y también se ha comprendido el equilibrio de vivir en paz con uno mismo y armonía con los otros. el silencio no erosiona al amor, que se desgasta con “la cantaleta” perenne.

3o. Soledad. En época de concluir el Bachillerato, leí “El laberinto de la soledad” ensayo del Nobel mexicano Octavio Paz, también “Cien años de soledad” novela de nuestro Nobel Gabriel García Márquez. Ambas obras son, sociológica y literariamente, el retrato de la historia de la soledad, como naturaleza y contexto, que acompaña al hombre latinoamericano: Siempre en búsqueda de libertad, fraternidad e igualdad…hasta “vencer o morir”.

Entonces, no deberíamos entender a la soledad como abandono, huida. No. La soledad es búsqueda de libertad, tanta como dormir sin temores y dolores. La libertad de andar con sus propios pasos. Es, esa libertad, anhelo de los pueblos rebeldes, como de la persona gozosa de sus derechos inalienables. La creación colectiva “socialista” fracaso, solo los creadores libres dejan huellas con sus obras artísticas. Y para ello, la soledad les acompaña.

Conclusión. Somos humanos, en sentido antropológico, ¡si a lo largo de la historia propia caballeros! -la historia nuestra-, conservamos la lucidez de la memoria. Y podemos hablar con nuestra propia lengua, órgano universal. La mente sana y el hablar fluido son, no lo dudo, las herramientas vitales para poder conversar con El Tiempo en Silencio y en soledad sobre nosotros mismos. ¿Y? También con y sobre los otros si nos respetan dignamente.

Vivir, quién lo duda, es un aprendizaje, no solo diario, sino constante. Y en ese aprendizaje por el placer de vivir bien, es decir, con todos los sentidos, hay que lograr que la vida se nutra de buenos recuerdos. De aquellos llamados, por las musas, “¡recuerdos mágicos que transportan para siempre!”. Quienes alcance a recordar, con pelos y señales, los momentos mágicos de su vida, bien vivida y contada, tendrá la dicha de envejecer sano y tranquilo. Los recuerdos alimentan, en silencio y soledad, el alma prendida y la piel encendida. ¡Feliz Navidad!

la próxima: Historia de Familia: Regina, la Caamaño longeva.

Las casas de mi barrio

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La casa que no se abre a los otros es como el pan

que no se parte: no lo come nadie, lo come el moho.

La casa y otros ensayos. Hugo Mujica

La vejez se sostiene en la madeja de recuerdos que circulan en la memoria. No puede evitarse la nostalgia desbordada de cada evocación: aparece sin aviso, abre caminos inesperados y nos hunde en breves instantes del ayer. Hoy la memoria, en un impulso súbito, me conduce por las casas de mi barrio, las que viví en la infancia y un poco más.

El barrio donde nací permanece vivo en la película de mi niñez. Estaba a un lado del río, ese río que, en su agonía, fluye hacia el mar en este siglo XXI. Era un barrio íntimo, con una calle extensa, arenosa y primitiva, que conducía al río, a la Isla de Cabica, las fincas aledañas, los potreros y al mercado público, puerto vigoroso en los diciembre y enero de antaño. Una calle que no era tal, sino una carrera, desde que planificación municipal inició el ordenamiento territorial. Desde entonces supimos que la calle era carrera, la carrera 21. Sin embargo, todos seguimos añorando la calle, aunque oficialmente sea una carrera.  

Nos conocíamos todos. Sabíamos los nombres de los vecinos a lo largo y ancho de la calle. La intimidad que compartíamos nos hacía tan felices que no temíamos revelar nuestros sueños y tragedias. Éramos felices saboreando el aroma de las comidas y los sancochos, que compartíamos sin remordimientos ni juicios. “Dónde comen cuatro, comen cinco, y hasta más”, decía mi papá, animando al visitante imprevisto. “Acérquese compadre; orgullo con hambre no sirve”. Lo decía con una gracia carismática, sin burlas, profundamente comprensivo.

Cada casa era una puerta abierta a la fiesta, al café, a la conversación, a la invitación improvisada. A través de los cercados de madera se veía quién desayunaba, quién almorzaba, quién comía. Una intimidad social y prudente nos volvía prudente. Cada familia era un mundo conocido, pero la crianza hacía la diferencia en cómo enfrentar el mundo. Se respetaban las opiniones; los llamados de atención también. “Cualquier vecino puede darte una limpia, porque así lo hemos acordado”, nos advertían. Teníamos derecho a entristecernos por los que nunca llegaron viejos y no escucharon consejos. Éramos solidarios en el dolor y la muerte. Las palabras y los abrazos mitigaban el odio a la vida que cargaban algunos.

¿Y qué hay de las casas de mi barrio en la memoria?

La casa de la vieja Sara, a mitad de la calle, sobresalía con sus paredes de barro y bahareque. El techo de paja dejaba caer flecos rebeldes sobre la fachada, pintada de amarillo y verde, que resplandecía incluso de noche. Era la esquina del encuentro los sábados y domingos por la mañana, y durante las noches de vacaciones.

La casa era un remanso de paz natural que se extendía en un patio, largo y ancho, dividido en tres partes. En el primero, una terraza – comedor era punto de reunión en las tardes; en el segundo se encontraban árboles frutales – anón, papaya, níspero, limón, toronja, ciruela, guayaba y mango –; en el último, hortalizas, ahuyama, yuca, plantas medicinales como yerbabuena, toronjil y la caléndula. Los pájaros eran dueños de ese paraíso natural. El aroma de las flores, las frutas, y el canto alegre de las aves, contrastaban con el mal humor de la vieja Sara. Suspendía el rosario para arrojarnos insultos vulgares e impronunciables, defendida por la venia de Dios.

Muy cerca estaba la casa de Diomedes: sin techos sólidos ni paredes firmes, como una zona de camping en medio de un patio inmenso. Las paredes eran de cartón, sujetas a troncos secos; el techo, de láminas zinc. En ella vivían dos familias extensas. Los fogones permanecían apagados la mayor parte del día. Sobre un taburete, Leonardo – amigo de juegos y travesuras – hacía nacer, con parsimonia de artista, la magia de una pelota de goma: La apretaba, la sopesaba, la deslizaba, la untaba y tejía su textura. La boca soplaba susurros para secarla; las manos los ojos y la boca trabajaban en silencio. Siempre sentimos que la casa de Diomedes era un parque de diversiones que homenajeaba la intemperie. Allí veíamos las estrellas. Una casa confundida con el paisaje.

Sobre un taburete, Leonardo – amigo de juegos y travesuras – hacía nacer, con parsimonia de artista, la magia de una pelota de goma: La apretaba, la sopesaba, la deslizaba, la untaba y tejía su textura. La boca soplaba susurros para secarla; las manos los ojos y la boca trabajaban en silencio. Siempre sentimos que la casa de Diomedes era un parque de diversiones que homenajeaba la intemperie. Allí veíamos las estrellas. Una casa confundida con el paisaje.

Al llegar al río estaba la casa de Rafael, también de barro y bahareque, techo de paja, y un patio inmenso. En el centro se erguía, desde comienzos del siglo XX, un palo de mamón cuyo tronco grueso no alcanzaban a abrazar tres personas. Su frondosidad era el techo del patio. Era el ícono de la familia. Bajo el mamón se hacía la siesta, se trabajaban los juegos pirotécnicos de diciembre, se servían las comidas del día y se tomaba el café en las tardes. Bajo su sombra descubríamos los sabores dulzones y ácidos de sus frutos. Era el eje de la vida familiar y del sentido comunitario del barrio. “Lástima, que Bolívar no alcanzó a tender su hamaca bajo el mamón”, escuchamos decir a Rafael.

Una noche de agosto, Rafael, experto en el arte de la pirotecnia, se quedó dormido con un cigarrillo en la mano. El cigarrillo cayó al piso del cuarto de pólvora. La casa voló en pedazos, iluminando la noche con un estropicio que despertó a los vecinos. Las paredes de las casas se resquebrajaron, los techos saltaron por los aires, los vidrios estallaron. La explosión nos quedó en la memoria, después de sentir en el pecho su resonancia brutal. Sin embargo, el palo de mamón permanecía firme, estoico, indiferente. Era el tótem con los días contados, después de una larga vida. Quién hubiera pensado que bajo su sombra moriría el hombre que tanto lo veneró con orgullo.

 Qué delicia eran las horas transcurridas en la terraza de Félix. Aunque nos echaban con insultos, nos arrojaban agua o enjabonaban el piso para que no nos sentáramos, nos aprovechábamos de sus fatigas y sus ausencias solo para sentir la brisa de diciembre en las tardes. No nos importaba su desprecio. Éramos felices desafiando su actitud autoritaria.

Allí se jugaban juegos tradicionales: siglo, dominó, cartas, parqué y dama. El siglo nos afinaba la conciencia matemática. El dominó exigía pensar relaciones numéricas; las cartas pedían intuición maliciosa y dominio emocional; el parqué conjugaba una especie de sadismo y estrategia; la dama demandaba concentración. Fueron juegos prohibidos durante mucho tiempo; sufrimos la persecución policial. Los vecinos nos denunciaban, uno de ellos era Félix. Qué más podíamos hacer para reivindicar el ocio, considerado siempre la madre de todos los vicios.  

Pero también hubo casas inasequibles, cerradas a la opinión ajena. Arrastraban tragedias que no superaron; patologías y sospechas; vergüenzas nunca dichas pero sabidas por todos. Casas de puertas cerradas: unas con ínfulas y otras con silencios dolorosos. Casas introvertidas.

La casa de Agustín, quedó marcada por su renuncia a la vida. Hijos y nietos supieron que una mañana de octubre se ahorcó en mitad de la sala. No hubo más explicaciones. Desde entonces la casa alegre se hundió bajo el peso de la desgracia. Una sombra se percibe aun en ventanas, puertas y jardines. También en su interior, oscuro y tenebroso. Al año siguiente corrió el rumor que Agustín aparecía colgado en la sala, cada octubre. Ningún familiar lo desmintió, y ese misterio provocó que la gente desviara la mirada y se persignara a su paso.

En la casa de Felipe, vivían él y su mujer. Felipe trabajaba todo el día en el consejo municipal. Su mujer, Blanca, era blanca y obesa, de cabellos cortos y lisos. Andaba desnuda por la sala y el patio, dicen. Se asomaba por los ventanales y veía la calle. Nos veía. La veíamos. No le gustaban los niños. No pedía favores, no hablaba con nadie; le molestaban nuestros ruidos cuando queríamos ver la televisión de su casa por la ventana. Nos miraba con odio. Siempre se vestía de rojo, que resaltaba en su piel demasiado blanca. Supimos que murió cuando llegó el carro funerario. “Tanta fartedad y la hijueputa era atea”, dijo la vieja Belén, al enterarse que la mujer no quiso misa en su funeral. Felipe, el buen vecino, murió años después, sin alboroto. Lo recordé entonces en una frase de La vida gris, de Ribeyro: “Y por fin murió. Pero hasta su muerte fue vulgar, pueril, y antipoética. No se cayó de un quinto piso, ni lo arroyó un tranvía…”. La casa fue rematada. Ni herederos hubo.

Así fueron las casas de mi barrio: acogedoras y humanas; cómplices y profanas; tesoros vivos en la memoria; pan compartido sin recelo ni egoísmo; abiertas sin discriminar. Pero también se nos llenó la memoria de casas rodeadas de misterio: tenebrosas, austeras, miradas con recelo y prevención; cubiertas por un húmedo verdín y consumidas por el moho de la tristeza, capaces de entristecer nuestro ánimo al pasar.

El enigma del participante número cuarenta y dos

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Ciudad de México a principios del siglo XX se asemejaba a una enorme sala de baile donde todos parecían moverse al mismo compás. Porfirio Díaz llevaba dos décadas en el poder y había consolidado un régimen fuerte. La vida social se regía por las apariencias, era necesario comportarse según los cánones que la sociedad dictaba y dominar cualquier deseo que escapara de las normas establecidas. En nombre de ese aparente orden, la policía vigilaba salones, bares y sitios particulares, no para perseguir delitos, sino para preservar las buenas costumbres.

Aunque la homosexualidad en esa época no era considerada un delito, la condena social era tan fuerte que bastaba un rumor para destruir una reputación. La socialite mejicana, sin embargo, vivía intensamente y en ocasiones transgredía lo establecido. Entre celebraciones, tertulias y reuniones, las sonrisas se mezclaban con silencios incómodos. Aquellos que experimentaban por dentro ciertos deseos que la sociedad prohibía, aprendieron a ocultarse en habitaciones cerradas, en lugares discretos y en salones concebidos para estos menesteres, en estos sitios podían, comportarse como realmente querían.

La noche del 18 de noviembre de 1901, una casa de la colonia Tabacalera se llenó de ruidosa música y ambiente festivo. Cuarenta y dos hombres bailaban animadamente entre sí. La mitad de ellos vestía prendas asociadas a la feminidad —vestidos, faldas, chalinas y zapatillas, entre otras prendas—, mientras que la otra mitad llevaba elegantes trajes masculinos. En aquel pintoresco salón no había temor, solo un pacto cómplice entre los asistentes.

Acostumbrada a hacer redadas en cantinas y bares populares, la policía, se sorprendió al encontrar a varios miembros de la alta sociedad bailando entre sí. Este hecho enfureció a los agentes del orden, desatando una andanada de insultos, golpes y humillaciones. Los invitados fueron sometidos a todo tipo de vejámenes, los formaron en sendas filas, los contaron, les rasgaron la ropa y los revisaron como si llevaran sustancias prohibidas.

Quienes llevaban vestidos femeninos fueron los más maltratados, pues,  los empujaron a la calle, los llamaron despectivamente “maricones”, los exhibieron ante las personas que observaban tras las ventanas de las casas. También, los obligaron a barrer las calles aledañas hasta el amanecer.

Imagen tomada de un periódico de la época

Una causa de la violencia que, endémicamente, sacude la historia nacional, puede ser que somos un pueblo de analfabetas (cafres, dijo un cachaco), según las estadísticas oficiales es bajo el porcentaje de colombianos que acceden a la educación superior, donde la violencia sigue siendo la fiel demostración de la ciudadanía mal entendida. Los derechos se defienden con la fuerza del derecho.

Cuando los agentes anotaron los nombres, solo incluyeron en el listado cuarenta y un asistentes. Del supuesto “invitado número 42” no quedó rastro. La versión extraoficial señala a Ignacio de la Torre y Mier político y empresario mejicano emparentado con la nobleza española, francesa y monegasca, quien estaba casado con Amada la hija mayor de Porfirio Díaz, como aquel invitado desaparecido. Debido a la importancia de su apellido, es probable que por obvias razones no figurara entre los detenidos. Mientras los demás eran humillados por la Policía, él habría sido escoltado sigilosamente fuera de la casa, protegido por un silencio que retumba hasta hoy.

La noticia del escándalo estalló al amanecer, la prensa convirtió el operativo policial en un espectáculo que alimentó durante semanas la morbosidad del público. No se hablaba de los abusos de la autoridad, sino de los vicios y degeneración de los asistentes. Mediante caricaturas se ridiculizaron a los detenidos y los periódicos de esa época advertían sobre una supuesta “decadencia moral”. Algunos de los detenidos con las ayuda de sus familias pudieron comprar su libertad gracias a sus influencias.

Sin embargo, la mayoría de los invitados no corrió con la misma fortuna. Sin haber cometido delito alguno, fueron enviados a trabajos forzados en Yucatán y en el Valle Nacional, parajes inhóspitos donde la vida se consumía entre enfermedades, un clima insoportable y jornadas extenuantes. Muchos no regresaron jamás a la capital. Sus nombres se diluyeron en archivos polvorientos que terminaron  borrando las huellas de su existencia, entre esos casos estuvo al parecer el amante del enigmático invitado cuarenta y dos.

El número cuarenta y uno fue mitificado y adquirió en México una connotación negativa asociada a la mala fama, se convirtió en objeto de burla, en un tema tabú y en un medio de amenaza. Durante décadas, nadie quería ser relacionado con “el número 41”. El país intentó superar este lamentable episodio, pero los recuerdos son habitantes incómodos que suelen sobrevivir. Con el paso del tiempo, aquella noche violenta se transformó en un símbolo de la mala suerte y una muestra de la intolerancia.

La comunidad LGBTIQ+ colocó una placa conmemorativa en el Centro Cultural José Martí en 2001, fue un gesto silencioso pero firme para recordar a quienes habían sido humillados y borrados de la historia. En 2019, la Marcha del Orgullo reclamó el número 41 como propio, adoptando el lema “Orgullo 41” y transformando un símbolo de humillación en un emblema de lucha y resistencia. En 2020, el cine, a través de la plataforma Netflix, revivió aquella historia con el título:  El baile de los 41, dando sentido a un episodio que la moral porfiriana intento silenciar.

Aunque ha pasado el tiempo, aquel salón secreto sigue dando que pensar en la memoria colectiva. La noche en que cuarenta y dos hombres realizaron una peculiar celebración que se salía de los estereotipos de la época —aunque solo cuarenta y uno quedaron en los registros— constituye un recordatorio de que los hechos históricos, a pesar de que intenten ocultarse, en algún momento cobran vigencia y ocupan el sitio que les corresponde en la historia de la humanidad.

Libros: valioso regalo para el “aguinaldo” de navidad

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Aprendí a leer a los cinco años (…). Es la cosa más importante que me ha pasado en la vida“. Mario Vargas Llosa, al recibir El  Nobel de Literatura.

Ha llegado, en hora buena, la navidad con sus vivos colores, con su música de sonidos gratos y con su espíritu que invade, hasta la médula, nuestra alma de niños cuidados y queridos, pues la felicidad consiste, entre otras cosas, en no dejar escapar nunca al niño que somos desde que nacimos. Y el espíritu navideño, sin discusión alguna, nos despierta la infancia recobrada y bendecida.

La navidad con sus tradicionales personales de fantasía, ficción o disfraz real: El niño dios, Papá Noel, Santa Claus y otros es, no lo dude, la mejor época para regalar, el bien llamado “aguinaldo“, como expresión de bondad, de agradecimiento, de solidaridad y de generosidad. Pero, además, de reconocimiento de nuestros afectos a personas cercanas, entrañables, lejanas o desconocidas. Mientras se pueda el aguinaldo de navidad no se le niega a nadie.

Ante ese acto o gesto de verdad que es regalar -dar- recomiendo, con el respeto de siempre, que sería sumamente agradable, desde la pedagogía familiar y social, invitar a la lectura en esta época de corazones abiertos y borboteantes de sonrisas. Me explico: un gran aguinaldo sería nutrir el intelecto de infantes y adolescentes con regalos de libros. Aprender a leer es volver a nacer y seguir leyendo es viajar por mundos divertidos. Leer es una vida aprendida y buena.

Entonces, fomentar la lectura –con sus placeres-, no debe ser tarea exclusiva de magníficos maestros de escuelas, sino una labor natural de padres de familia interesados que sus hijos se formen, complacidamente, como ciudadanos de bien, como dicen en la esquina. Y nuestro país requiere ciudadanía con vocación democrática para la construcción de una sociedad segura, tranquila y con buenos gobernantes.

En este orden, una causa de la violencia que, endémicamente, sacude la historia nacional, puede ser que somos un pueblo de analfabetas (cafres, dijo un cachaco), según las estadísticas oficiales es bajo el porcentaje de colombianos que acceden a la educación superior, donde la violencia sigue siendo la fiel demostración de la ciudadanía mal entendida. Los derechos se defienden con la fuerza del derecho.

Una causa de la violencia que, endémicamente, sacude la historia nacional, puede ser que somos un pueblo de analfabetas (cafres, dijo un cachaco), según las estadísticas oficiales es bajo el porcentaje de colombianos que acceden a la educación superior, donde la violencia sigue siendo la fiel demostración de la ciudadanía mal entendida. Los derechos se defienden con la fuerza del derecho.

Por ello, presumo que no resulta descabellado sugerir, a quienes tienen el compromiso ético de regalar u obsequiar aguinaldos en esta Navidad que abandonen la vieja práctica de dar armas, no importan sus características, a niños y jóvenes, transformando el acto de bondad decembrina: donando libros. Quien regala libros regala vida, aventura y la más genuina invitación a alimentar la imaginación e incentivar la creación.

Ahora, tampoco se trata de regalar por regalar, porque un libro puede resultar menos costoso que un “juego electrónico”. ¡No! No, es dar cualquier libro. La pretensión, aunque suene pomposo, es entregar lecturas que abran ventanas, es decir libros que sean una invitación a ser mejor. Y esos se encuentran es los estantes de Librería nacional, por ejemplo, o las que están en super-mercados de la Barranquilla vestida de Navidad.

Por ello me resulta grato recomendar que un buen regalo de Navidad sería el libro:” Cuentos cortos sobre los Derechos de los Niños y las Niñas“, la autora es la escritora barranquillera Ligia Margarita Riaño González, una experimentada profesional en Ciencias de la Información, la Documentación, Bibliotecología y Archivística de la Universidad del Quindío. La edición ilustrada obra es de la Asociación para la Equidad de la Niñez y Adolescencia, A.E.N.A. y la colección Sképsi del grupo editorial Ibáñez.

Por lo singular de la temática, ficción y derechos, y la calidad editorial del libro, concebido universitariamente para lectores infantes, bien puede ser adquirido y promovido, como “aguinaldo navideño”, por entidades de la talla del Instituto Colombiano de Bienestar Familiar, ICBF, y la Fundación Children Internacional (Unesco), que se dedican, comprometidamente, en la defensa y garantía de los Derechos Fundamentales de los Niños. Les dejo ahí la invitación.

Cuando avanzaba en la redacción de esta sugerencia a regalar libros en navidad, como “regalos del Niño Dios”, me encontré con el anuncio que el diario El Tiempo está proponiendo una colección denominada:” mi primera biblioteca“, integrada por auténticos clásicos de la literatura universal, como: don quijote, la isla del tesoro, los tres mosqueteros, el libro de la selva, veinte mil leguas del viaje submarino, entre otros. Este sería un grato aguinaldo a nietos, hijos o parientes en esta navidad. No lo olviden: ¡Los libros enseñan…vidas!

Y deseo compartir el pregón de “Bella es la navidad“, de Ray & Cruz, que ya retumba en hogares de Barranquilla, que dice: “Yo le pido a Dios estas Navidades mil felicidades a mis familiares y le ruego a Dios por la humanidad gloria en las alturas y en la tierra paz!“. ¡A todos mis lectores feliz navidad! y el deseo infinito que los encuentre con un libro en las manos! 

La próxima: El tiempo, el silencio y la soledad.

Esa necesidad de respirar un aire nuevo

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A esa mujer incierta la movía el estrés. Un estrés que rebelaba en su cuerpo grueso, pesado, cansado. Después de un minucioso examen, el médico le dijo “su cuerpo habla por usted, pero usted no lo escucha”. Ella lo miró como si lo interrogara en silencio. Él añadió que el cuerpo no olvida, y que ella había desatendido sus señales durante demasiado tiempo.

Desde que llegó como jefe de sesión, una tensión inexplicable se apoderó del ambiente, y todos en la oficina la sentimos. Se presentó el primer día haciendo gala de un ego académico, que, con el paso de las semanas, demostró no corresponderse con su discurso represivo no con sus posturas autocráticas. Terminamos concluyendo todos – sin ser médicos – que era una mujer enferma.

Cada vez que hablaba lo hacía con una actitud de urgencia. Daba la impresión de querer terminar rápido las reuniones que ella misma convocaba. Su discurso irreverente y grosero, impacientaba a la mayoría; irradiaba hostilidad. Constantemente repetía: “qué lástima, que los días solo tengan veinticuatro horas”. En su premura cometía errores frecuentes, justificándolos siempre. Apenas llevaba un año en la oficina y su cuerpo era un libro abierto que leíamos, desde su propia inconciencia.

Su personalidad manifiesta naufragaba en una ceguera que le impedía verse a sí misma. Nos intrigaba su actuar despreocupado, del que no se percataba: su caminar lento y pausado convertido en sobrecarga, no solo física sino también existencial; su voz firme, inflexible; su mirada retadora, teñida de burla e ironía; sus evocaciones de épocas que nadie conocía, en la que se regocijaba mientras le alcanzaba la memoria; sus sueños de grandeza sostenido por ficciones que parecían nutrirle la vida.

Su personalidad manifiesta naufragaba en una ceguera que le impedía verse a sí misma. Nos intrigaba su actuar despreocupado, del que no se percataba: su caminar lento y pausado convertido en sobrecarga, no solo física sino también existencial; su voz firme, inflexible; su mirada retadora, teñida de burla e ironía; sus evocaciones de épocas que nadie conocía, en la que se regocijaba mientras le alcanzaba la memoria; sus sueños de grandeza sostenido por ficciones que parecían nutrirle la vida.

Leíamos su irascibilidad en los constantes cambios de ánimo. Su mirada hostil ante la crítica dejaba entrever un rencor profundo frente a cualquier desacuerdo. Las reuniones comenzaban a impregnarse de una tensión que enrarecía el ambiente. Aunque conocíamos aquello que ella desconocía de sí misma, temíamos a sus estallidos emocionales: la agresividad llena de palabras hirientes, gestos duros y golpes en la mesa.

Desvirtuaba lo que hacíamos en la oficina. Se atrevía a imponer cambios amparándose en sentencias legalistas que recitaba de memoria y que tenían poco fundamento. Desvalorizaba nuestro trabajo, pero al inicio de cada reunión repetía: “ojalá que las críticas que hagamos sean constructivas”, como un ritual vacío. Conocía al dedillo las debilidades de cada empleado y atribuía a ellas cualquier error, sin importar que nada tuvieran que ver con las responsabilidades del trabajo.

Con gran sarcasmo señalaba las pasiones personales como si fueran defectos. “La poesía te va a enloquecer”, le decía a Martín, un buen trabajador que sobrellevaba los días leyendo a Pizarnick, Gabriela Mistral o Piedad Bonnet. A Virginia, amante del teatro y la declamación, que soñaba con un papel en la televisión nacional, le decía: “Mijita, usted va a quedarse, esperando, esperando. Deje de soñar”, lo decía sin pensar, pero su tono sádico lograba arrancarle lágrimas a Virginia, cuya labor era impecable.

Eusebio que regresaba de un permiso deportivo al que tenía derecho por convención colectiva, recibió de ella: “Y usted por qué juega tanto fútbol, ya su época pasó, concéntrese en su trabajo”, Pero Eusebio no se amilano: seguía siendo el alma del equipo de fútbol, y su espíritu lúdico nos contagiaba a todos. Curiosamente, entre más desvirtuaba nuestro quehacer, más unidos nos volvía.

El trabajo de la oficina nunca fue el problema. El problema era ella. Siempre fue ella hasta el día que se marchó por su propio pie. Resistimos, la resistimos. El día de su partida supimos que habíamos vencido la adversidad que representaba. El rendimiento de la empresa mejoró, sin su presencia. Respiramos un aire nuevo, como aquella vez en que la pandemia llegó a su fin.

Ese aire nuevo era necesario. Y fue profundamente gratificante.

Semblanza de Rodolfo Ortega Palma y su obra.

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Rodolfo Ortega Palma, quien se consideraba a sí mismo un facilitador de experiencias de aprendizaje, fue un educador que por gracia del destino, tuvo el privilegio de trabajar en los distintos niveles del sistema educativo colombiano. Desempeñó su labor en reconocidas instituciones como los colegios La Sagrada Familia y San Francisco, en la ciudad de Barranquilla, así como en el Servicio Nacional de Aprendizaje (SENA) y la Universidad del Norte.

Su obra Ética y desarrollo integral está muy próxima a ver la luz pública gracias al rescate realizado por Moisés Pineda Salazar y el suscrito, con el auspicio de la Universidad de la Costa y la especial colaboración de la doctora María Ardila de Maury. Esta publicación constituye una obra póstuma y un homenaje al insigne pedagogo, filósofo y pensador bolivarense Rodolfo Ortega Palma.

En las instituciones educativas en las que laboró, Rodolfo Ortega Palma desarrolló su labor docente a partir de la estrategia pedagógica de las guías de aprendizaje, especialmente en el área de las Humanidades. Su enfoque se centró en la enseñanza de asignaturas como Filosofía, Ética, Historia de la Ética, Bioética, Axiología y Deontología. Promovía una enseñanza dinámica, participativa y crítica, que buscaba superar el modelo tradicional de educación bancaria imperante en la época (década de los 80 siglo pasado), fomentando en sus estudiantes el pensamiento reflexivo, la autonomía intelectual y el compromiso ético con la sociedad.

Rodolfo Ortega Palma desempeñó una amplia variedad de roles dentro del ámbito educativo, consolidando una trayectoria ejemplar al servicio del conocimiento y la formación integral. A lo largo de su carrera, se destacó como conferencista, tallerista, maestro de aula, profesor universitario, instructor técnico, formador de formadores y asesor pedagógico. Cada uno de estos roles fue asumido con un alto compromiso ético y profesional, dejando huella en múltiples generaciones de estudiantes, colegas y comunidades académicas.

Su versatilidad y capacidad para adaptarse a distintos contextos educativos le permitieron incidir tanto en la educación básica y media como en la formación técnica y superior. Ortega Palma no solo transmitía conocimientos, sino que también inspiraba a pensar críticamente, a cuestionar la realidad y a actuar con responsabilidad social. Su enfoque pedagógico, centrado en el diálogo y la construcción colectiva del saber, lo convierten en un referente en la región Caribe y en un formador comprometido con la transformación educativa del país.

Hombre de profundos valores familiares, Rodolfo Ortega Palma construyó un hogar lleno de amor, respeto y armonía junto a su esposa Beatriz Angulo, con quien compartió una vida de compromiso y crecimiento mutuo. Fruto de esta unión nacieron sus hijos Elíseo, Beatriz, Míriam, Rodolfo y Marcelo, quienes no solo continuaron su legado de principios éticos y vocación por el conocimiento, sino que también lo colmaron de alegría al convertirlo en abuelo de una numerosa y querida descendencia.

Su hogar fue siempre un espacio de diálogo, formación y afecto, en el que se vivían los ideales que él mismo promovía en sus espacios educativos: la solidaridad, el pensamiento crítico, el amor por la verdad y el compromiso con los demás. Así, la familia de Rodolfo Ortega Palma no solo fue su refugio y sostén, sino también una extensión viva de sus enseñanzas y de su ejemplo como ser humano íntegro.

Ortega Palma plantea que la ética personal no se reduce a la obediencia de normas externas, sino que surge de una convicción interna que impulsa a vivir de acuerdo con principios universales de justicia y respeto. La persona ética, por tanto, no actúa por obligación, sino por la comprensión del valor de sus actos y del impacto que nuestras actuaciones tienen en los demás. En este sentido, la reflexión ética se convierte en una praxis formativa, un proceso de auto-reconocimiento que permite alcanzar una vida auténtica y plena.

Su libro Ética y desarrollo integral se estructura en torno a tres ejes temáticos fundamentales que articulan una propuesta ética coherente y profundamente humanista. En primer lugar, aborda la dimensión de la persona, concebida como un sujeto capaz de reflexionar críticamente sobre su propia vida y de actuar desde una eticidad interior. Esta eticidad eje central de su propuesta pedagógica, se construye mediante una relación constante entre la conciencia, la libertad y la responsabilidad moral, elementos que permiten al individuo encaminar sus acciones hacia el bien y reconocer la dignidad intrínseca que posee todo ser humano.

Desarrollando esta perspectiva, Ortega Palma plantea que la ética personal no se reduce a la obediencia de normas externas, sino que surge de una convicción interna que impulsa a vivir de acuerdo con principios universales de justicia y respeto. La persona ética, por tanto, no actúa por obligación, sino por la comprensión del valor de sus actos y del impacto que nuestras actuaciones tienen en los demás. En este sentido, la reflexión ética se convierte en una praxis formativa, un proceso de auto-reconocimiento que permite alcanzar una vida auténtica y plena.

En segundo lugar, la obra explora la dimensión comunitaria, entendida como el espacio donde la ética se concreta y cobra sentido práctico. La comunidad es el ámbito donde la persona se realiza plenamente, pues solo en la relación con los otros puede desarrollar virtudes como la empatía, la solidaridad y la cooperación. Ortega Palma subraya que la ética comunitaria exige reconocer la interdependencia humana y promover estructuras sociales más justas que garanticen la dignidad de todos sus miembros.

La comunidad, por tanto, no se concibe solo como un conjunto de individuos, sino como una red de vínculos morales y afectivos que sustentan la vida social. En ella se forjan valores compartidos y se construye un sentido colectivo que gira alrededor del bien común. Este enfoque ético es una invitación a trascender el individualismo contemporáneo y a recuperar la importancia de la corresponsabilidad social, donde cada persona se compromete activamente con el bienestar del otro.

El tercer eje temático de la obra de Ortega Palma es el trabajo, concebido no solo como un medio de subsistencia material, sino como una forma concreta de realización personal y de servicio a la sociedad. El trabajo ético implica asumir con honestidad, responsabilidad y compromiso las tareas propias de la vida cotidiana, reconociendo que cada acción laboral contribuye a la construcción del bien común. En esta perspectiva, el autor reivindica la dimensión humana del trabajo, donde el valor realizativo de la persona prevalece sobre el interés económico y la productividad desmedida.

Asimismo, Ortega Palma plantea que el ejercicio profesional debe orientarse por un sentido trascendente, que supere la mera eficiencia técnica. El trabajo se convierte, así, en un espacio de desarrollo moral y espiritual, donde el ser humano expresa su creatividad, su vocación de servicio y su capacidad de transformar positivamente la realidad. Este enfoque revaloriza la ética profesional como una herramienta esencial para el desarrollo integral de las sociedades humanas.

Estos tres pilares —persona, comunidad y trabajo— se entrelazan en la obra como una invitación a construir una vida íntegra, en la que la ética no sea un conjunto de normas abstractas, sino una praxis cotidiana que transforma tanto al individuo como a su entorno. La ética, en este sentido, se entiende como un proceso dinámico que acompaña al ser humano en su crecimiento individual y social, encaminándolo hacia su plenitud como persona.

En esencia, en su obra Rodolfo Ortega Palma propone una visión del desarrollo integral que trasciende lo meramente técnico o económico, colocando en el centro al ser humano como agente de sentido y protagonista de su propio destino. Su propuesta ética busca equilibrar la interioridad personal, la responsabilidad social y el compromiso profesional, promoviendo un modelo de desarrollo sustentado en valores humanos profundamente arraigados. De este modo, su legado intelectual se erige como una guía para repensar el papel de la ética en la construcción de una sociedad más justa, solidaria y humana.

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