Valió la pena un año más

Iluso uno, cuando cree marca, con acierto, el paso inexorable del tiempo a través de la obtención de las innumerables baratijas que la sociedad de consumo impone.

Somos esclavos de la moda tecnológica, cuando con el cuento para tontos de la “última generación”, sucumbimos ante el más reciente aparato que ofrece la avasalladora industria cibernética – electrónica.

Mientras las todopoderosas multinacionales que usufructúan el negocio capitalista compiten, por imponer sus productos,  nosotros,  idiotas útiles, rivalizamos, individualmente, por quien tenga el último insumo salido al mercado: llámese automóvil, televisor, equipo de sonido, computador, celular, etc.; interminable lista en  que a falta de una genuina  identidad personal pretendemos disfrazarla  ostentando la mejor vestimenta, la  de marca;  o el novísimo perfume que las cortesanas del celuloide y la farándula  han ideado ahora para la explotación de la mujer por la mujer y,  porque no, también del hombre por el hombre. Incautos la novelería nos hipnotiza. La frivolidad nos atropella.

En la época malbaratadora que vivimos en donde el cuerpo humano y con mayor énfasis el femenino se ha convertido en un medio de explotación comercial, es exagerado y muchas veces innecesario el gasto suntuoso y costoso que hacemos en pos de la belleza física cuando tan escaso es el maquillaje, la cirugía plástica, quiero decir, cirugía espiritual que dedicamos a lo más valioso que tenemos: nuestra alma

Ocuparse de uno incumbe, no solo, a la apariencia corporal es, también, el encuentro critico constructivo consigo mismo en el ejercicio de la formula “Conócete a ti mismo”, inscrita en el templo de Apolo por el oráculo de Delfos. “Hay que contemplarse en un elemento que es el equivalente de uno mismo; ese elemento es el principio propio del saber y del conocimiento, es decir en el elemento divino; hay que conocer lo divino para conocerse a sí mismo”, para poder trascender a las cosas del mundo material y vencer las debilidades, vicios y defectos que nos agobian. “El alma virtuosa está en comunicación plena con el universo, atenta a la contemplación de todo y por tanto se controla a sí mismo en sus acciones y en sus pensamientos”.

Mientras las todopoderosas multinacionales que usufructúan el negocio capitalista compiten, por imponer sus productos,  nosotros,  idiotas útiles, rivalizamos, individualmente, por quien tenga el último insumo salido al mercado: llámese automóvil, televisor, equipo de sonido, computador, celular, etc.; interminable lista en  que a falta de una genuina  identidad personal pretendemos disfrazarla  ostentando la mejor vestimenta, la  de marca;  o el novísimo perfume que las cortesanas del celuloide y la farándula  han ideado ahora para la explotación de la mujer por la mujer y,  porque no, también del hombre por el hombre. Incautos la novelería nos hipnotiza. La frivolidad nos atropella.

Consiente y reflexivo uno cuando se da cuenta que el paso del tiempo lo señala la ausencia de los seres queridos que ya no están. De padres en el más allá y hermanos distantes; de los hijos amados que volaron bien lejos, de apreciados amigos que buscas y no encuentras, de los inolvidables compañeros que, uno a uno, han ido desapareciendo. Ya ni vecinos quedan cuando el viejo barrio se convirtió en una urdimbre de elevados edificios con piscina. Las vetustas casonas, que aún quedan, semejan una cerrada prisión por la humillante reja que las envuelve.

Realista uno cuando el correr del tiempo te hace caer en cuenta que ya no eres el mismo de antes. Que la Juventud “divino tesoro” es asunto del pasado. El vigor físico que en otrora ostentabas se ha trastocado en una portentosa sabiduría a mostrar, la que da los años; para sobrellevar, airoso, el tercio final, que te queda, de existencia.

La realidad, a estas alturas de la vida, me señala que estoy en tiempo futuro.  Los ciclos personales y profesionales, que el destino tenía deparado, han llegado a feliz término. Los sueños del ayer han tenido, a Dios gracias, cumplimiento cabal.  

Entiendo bien que el futuro se concreta en la esperanza. En la esperanza de poder ver la mayor cantidad de amaneceres posibles. Con la mirada puesta en ver caer, también, tornasolados atardeceres, tranquilo y dichoso.

Todo esto he llegado a pensar, tras cálido y afectuoso plebiscito de felicitación recibido con motivo de mi cumpleaños, el pasado primero de julio, a través de las redes sociales, milagro, este sí, de la tecnología cibernética. Virtualmente, por lo menos, he satisfecho la necesidad del encuentro con personas que me son queridas, cualquiera sea la circunstancia, que nos distancia, que no permite vernos y darnos un cálido, fraternal, abrazo

Lo he experimentado, no como simple manifestación coyuntural de felicitación.  He sentido, complacido, en lo profundo de mi corazón y en toda mi alma la presencia grata de tantos seres humanos admirables que me han hecho sentir con mensajes generosos, plenos de cariño y aprecio, que no estoy solo.

 Que valió la pena haber cumplido un año más.

Que tengo motivos suficientes para seguir estando presente, ahí, al pie del cañón, no obstante, la soledad, el silencio, las ausencias, dolencias y naturales sinsabores que acosan por las calendas octogenarias, de la cuarta edad.

Dios les pague con infinitas bendiciones

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