Nupcias en carnaval

Don Paco, un bacán modelo 42, a estas alturas de su vida se “patonea”, campante y jacarandoso la Guacherna, Batalla de Flores y Gran Parada junto a la muchachada del Garabato del Norte.

Viejo carnavalero, cuenta que  fue testigo, cuando niño, década de los 50, del matrimonio de Juan Parranda y Beatriz Derroche, dupla embelequera del Barrio Boston. Se casaron en pleno relajo de la Batalla de Flores, en el atrio de la iglesia del Perpetuo Socorro, cuando este evento hacia su recorrido desde el Estadio Municipal, Romelio Martínez, bajando por la avenida Olaya Herrera hasta el Paseo Bolívar.

En casa de esta bulliciosa pareja, refiere Pachito como le llaman sus amigos cercanos, había celebración casi todos los días, por cualquier motivo. La enfermedad, el sufrimiento y el dolor no tenían cabida. “La madre el que se enferme”, era consigna familiar. Si no había un motivo especial para la rumba se buscaba cualquier pretexto entre parientes y amigos circunvecinos.

 Para celebrar los agasajos, en su acogedora y alcahueta casona, todo estaba dispuesto. Frondoso palo de níspero en medio del patio; por la pachanguera sombra que dispensaba a su alrededor servía de comedor para el infaltable sancocho de guandú con carne salá o de mondongo con pata de vaca. Indispensables aportes nutritivos para el aguante del cuerpo y mantener el temple sabrosón.

En tiempos que la ley Emiliani no imperaba los lunes festivos, compensatorios, las francachelas del fin de semana se prolongaban hasta este día con el rebuscado subterfugio de: “En lunes de zapatero el jolgorio es lo primero”.

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Monseñor Pedro María Revollo, Camarlengo del Papa Pio XII, un cura nacido en Ciénega, con bastante arraigo en Barranquilla y la costa caribe, con más poder que el Obispo Jesús Antonio Castro Becerra, se prestó para darles la bendición nupcial en medio de la ronda que montaron integrantes de la cumbiamba “Guepa je”, en que ellos eran capitán y capitana respectivamente. En vez de arroz, sobre los novios e invitados, cayeron inclementes y sin contemplación cintas, papelitos multicolores y maíz blanco en polvo.

El consabido vals Danubio Azul, típico para bailar en esta ceremonia, sucumbió ante el quejido bullicioso de la flauta y retumbar de tambores que entonaban guapachosa cumbia al grito de ¡upa, upa, guepa, guepa, guepa je! El padre Revollo, mientras tanto, concluida la función religiosa, por debajero, se colaba uno que otro Gordolobo con limón y levantaba los brazos, eufórico y complaciente, confundido entre los ebrios danzarines. ¡Costeño tenía que ser!

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 La Guepa Je con la “Agua Pa Mi” eran cumbias que pugnaban, casi siempre, en aquellos tiempos, las finales para elegir la ganadora. El Congo Grande y el Torito contendían las danzas grandes, emulando con El Congo Reformado, La Burra Mocha y El Garabato. Danzas menores se consideraban: el paloteo, los gallinazos, los diablos arlequines etc. 

En las danzas grandes el rol femenino lo protagonizaban maricas disfrazados de mujer, en parapetados entre los tambores del conjunto musical que las animaba.  Recuerda, Paco, cómo uno de los estribillos que cantaban decía:

“El marica se conoce por el modo e` camina…el marica se conoce por el modo e` camina…que viva la Burra Mocha, que viva el pantalón amarillo, que viva la camisa morá, que viva el carnaval”.

 Eran simplemente maricas. Los homosexuales no habían alcanzado el estatus gay que, libérrimos, ostentan hoy en día. 

Otro desfile que se realizaba, además de la batalla de flores, era el de La Conquista, martes de carnaval, a lo largo del paseo Bolívar, dedicado al entierro de Joselito. No había más. 

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Juan y Beatriz se habían conocido en verbenas precarnaval del baile “Al son que me toquen bailo”; de los tantos que se cumplían en la arenosa topografía de la ciudad, con variados nombres, cada año,  en la cuadra de su residencia el sábado de carnaval.  Para la época no existían casetas populares como se estila ahora. Tampoco palcos, silleteros, espuma, ni tanta chabacanería. 

¡Paradojas tiene la vida! doctor Teo, me dice Don Paco, para concluir: Curramba la bella que históricamente ha sido territorio estéril para parir hijos con vocación de curas, monjas y militares se dio el lujo de dar a luz dos de estos especímenes y justo, en el cobijo menos indicado de la comarca: en la morada de Juan Parranda y su mujer Beatriz Derroche.

 Grandes bailaderos se ubicaban en el Hotel del Prado y clubes sociales: Country Club, Club Barranquilla, Club Italiano, Club Alemán, Club Angloamericano, Unión Española y   Adeco. Teatros de cine, en la periferia de la ciudad: Mogador (calle 30), Rex (Centro), Amazonas (Nueva Granada), Teatro Nuevo (San Felipe), Granada (En Murillo, frente al Cementerio Universal) eran habilitados como salones de baile sectoriales.  

La gente joven de los barrios organizaba bailables en terrazas y patios de su casa que adornaban o disfrazaban en correspondencia con el nombre que le ponían, por ejemplo: “Una noche bajo palmeras”, Bailando hasta al amanecer”, “Bajo la luz de la luna”, Embrujo entre palmeras, etc.

En rondas de cumbia, ensayos nocturnales de martes y jueves precarnaval, que se llevaban a cabo en alrededores del Estadio Tomas Arrieta, avenida La María, Juan Parranda y Beatriz Derroche lograron afianzar y disfrutar amistad más estrecha.

Una noche de viernes precarnaval escaparon de sus padres, amigos, vecinos y terminaron enrumbados en el Salón Mi Quiosquito, Barrio El Valle. La orquesta de Rufo Garrido con la voz melodiosa de Nuncira Machado y el conjunto de Aníbal Velásquez y sus muchachos animaban la fiesta. Allí formalizaron su relación amorosa, en firme, prometiéndose amor mutuo para toda la vida. Beatriz dio el sí, tan esperado a Juancho, que le tenía la perseguidora puesta, en medio de bacanísima lluvia de confetis, serpentinas y   maicena que se esparcía juguetona, entre bailadores, por la brisa inclemente de un salón Mi Kiosquito sin techo. El sitio, propiedad del señor Víctor Reyes se convirtió, tiempo después, en el desaparecido Teatro Virrey. Ahí, en esa esquina, calle 68 con carrera 21, inició su negocio de fritanga el famoso “Peñita”, que luego trasladó a lo alto del barrio Ciudad Jardín. 

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Esta típica dupla currambera tuvieron dos hijos: María Piedad primero, luego nació Juan Marcial.

María Piedad se hizo monja de la Presentación y, no obstante su condición religiosa, en el Hospital de Barranquilla, donde vino a trabajar culminado su noviciado en Medellín – contra viento y marea de sus superioras – armaba tremendos parrandón, cada vez tenía oportunidad en reminiscencia, tal vez, de los que organizaban sus viejos queridos.  El 3 de diciembre, día del médico, por ejemplo, contrataba papayera y millo; con chicharronada y fritos. No había doctor, hábito en mano, al que no sonsacara con su baile arrebatao. La estirpe caribe brotaba de su alma, le corría por la sangre y le llegaba hasta los tuétanos muy por encima de su rigoroso porte monástico. Tronco seriedad se mandaba terminado el jaleo. La sala Fátima del Hospital de Caridad, como se llamaba en esos tiempos el Hospital de Barranquilla,  era epicentro de su diligente y amorosa actividad asistencial.

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Juan Marcial se fue para Bogotá a la Escuela de Policía Francisco de Paula Santander. Trasladado a Barranquilla, culminada la carrera con grado de teniente, comandaba operativos de control contra la maicena y el coge…coge propio de los desfiles carnavaleros.

Imperturbable, haciéndose el de la vista gorda, tenía que soportar oleada blanquecina de polvo Duryea que caía sobre sus charreteras, proveniente del más organizado de los desórdenes en paz, y mayor jolgorio que ninguna urbe en Colombia pueda consentir. La misma maicena cómplice de sus padres enamorados que le dieron la venturosa oportunidad de nacer en esta capital de la alegría, donde imperaba y  prevalece, no la ley de los generales, sino el mandato exequible del Dios Momo: “Quien lo vive es quien lo goza”. 

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¡Paradojas tiene la vida! doctor Teo, me dice Don Paco, para concluir: Curramba la bella que históricamente ha sido territorio estéril para parir hijos con vocación de curas, monjas y militares se dio el lujo de dar a luz dos de estos especímenes y justo, en el cobijo menos indicado de la comarca: en la morada de Juan Parranda y su mujer Beatriz Derroche.

Aquí, en esta villa, “Puerta dorada” de Colombia”, fantasiosa y sandunguera, la más feliz del orbe, todo lo relacionado con el goce y la sabrosura está permitido. “En carnaval todo pasa”, con el único fin de vencer a la insidiosa muerte, salga triunfante la vida y el bien predomine sobre el mal; tras la colorida alegoría de la Danza del Garabato ícono grandioso de esta fiesta sin igual. Insuperable. Espectacular.

¡Que viva el carnaval de Barranquilla! ¡Guepa je ¡

¡Arriba Curramba¡¡Carajo!

Foto: Doctor Teo

¡Que viva el carnaval de Barranquilla! ¡Guepa je!

¡Arriba Curramba¡¡Carajo!

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