…ay que no vuelen tus párpados en la ausencia:
no te vayas por un minuto, bienamada, /
porque en ese minuto te habrás ido tan lejos/
que yo cruzaré toda la tierra preguntando/
si volverás o si me dejarás muriendo.
Cien Sonetos De Amor. Pablo Neruda.
Día 1.
Decidiste partir por voluntad propia. Conversamos durante tantas noches, con el insomnio como testigo. No deseaba que te fueras, pero tu viaje era necesario. Tú tampoco querías irte, sin embargo, aun, así dijiste: “Ellos me necesitan, debo partir”. “Veamos si este amor se agranda en la aldea global que vivimos”. “Es sólo una tregua impuesta por el destino; tranquilízate. La Odisea de Ulises no se repetirá. Regresaré sana y salva sin verme obligada a luchar con monstruos y lestrigones. Me esperaras sin saber tejer, pero leyendo a Homero, al lado de una taza de café”. Después de tantas lágrimas y un abrazo interminable, acepté tu decisión, aunque mi corazón insistía en retenerte.
Día 2.
Miro el cielo desde este lado del Caribe. El vuelo que te lleva se pierde entre la multitud de estrellas. Intento seguir tu trayectoria en la noche infinita. Arriba, las luces titilan, y en su parpadeo descubro tu adiós. Desamparado y huérfano de ti, también les digo adiós a esas estrellas en esta soledad, que apenas comienza y ya pesa como un mundo.
Día 3.
Esa tarde, nuestro hijo llamó y con cierta ironía, me dijo: “Gracias por prestarme a mamá”. Sonreí. Te veías radiante el día de tu partida; tu felicidad disolvía las lágrimas en un instante. Mientras buscaba la sala de espera, yo pensaba en el largo itinerario que emprendías. Antes que partiera regresé a casa, preguntándome en silencio: ¿Por qué he de prestarte si no soy tu dueño?, pienso y te hablo en silencio. La noche trajo la soledad, y a esta hora, estás surcando los cielos como un ave que emigra de un continente a otro.
Día 4
Con la llegada de la noche, la conciencia de la soledad me envolvió. Mientras aguardo el sueño, te imagino surcando los cielos, migrando de un continente a otro, libre y distante, y siento mi vacío más profundo.
Día 5.
Al despertar me he encontrado solo. Mis pensamientos se ordenan lentamente, y una tristeza sutil intenta abrirse espacio en mi memoria. De pronto, suena el teléfono y tu voz es un bálsamo que ilumina el día. Hola mi amor – me dices. Al escucharte, la tristeza esteparia que me había invadido comienza a disiparse. La ciudad despierta; los pájaros matinales trinan su felicidad insistente, mientras nosotros agotamos las palabras en una conversación que se hace sostén mutuo.
Día 6.
En camino hacia el sueño profundo mi cuerpo se relaja y divaga como un animal que explora la noche. Recuerdo un cuento de Calvino en Historias de un matrimonio y, sin pensarlo, mi cuerpo busca el calor que dejaste en la cama. Te sueño con antojo: el ronroneo de tu pecho, el abrazo en la oscuridad, las manos que se buscan, los cuerpos que se acomodan en un instante breve y amplio. Temo despertar. Despierto. No estás. Tu ausencia es un vacío prendido en el insomnio de la madrugada, que no cede.
Día 7.
Te recibieron en el aeropuerto el día que llegaste a Ámsterdam. Sonríes tranquila al lado de nuestro hijo, de su esposa y de su pequeño. Se te ve segura, aplomada, más madura en tu porte. Mientras observo la foto, por un instante se desliza en mí la duda: quizá ya no estoy tan presente en tus pensamientos como antes.
Día 8.
Deambulo ansioso y triste de un lugar a otro. Invento pretextos para recorrer los sitios que compartimos. Busco tu rostro escondido en los rincones de la memoria. Alguien me saluda; no sé quién es. Mis pensamientos están demasiado lejos. Me asumo peregrino en la ciudad, deteniéndome en centros comerciales y en rincones que fueron nuestros. Regreso desolado a casa: la cama vacía; el zumbido de la nevera; la caída de una salamandra; el sonido del silencio colmado de tu ausencia. La alcoba inmensa tiene ahora el tamaño exacto de tu ausencia.
Día 9.
Nos acostumbramos a vernos por Skype. Compartimos imágenes y voces desde la lejanía. Tu voz delgada y alegre suena intacta, auténtica, casi puedo sentir su frescura. Tu risa, breve y entrecortada, se siente nerviosa por momentos. Te veo. Me ves. Nos vemos. Distingo tu imagen abrigándote del frío invierno europeo. Permanecemos en silencio durante instantes prolongados; el silencio dice más que cualquier palabra, y las palabras, por unos segundos, sobran.
Día 10.
Hoy la casa fue invadida, por un breve instante, por la felicidad. Durante el día, la ausencia había llenado cada estancia, pero con la noche llegaron las voces: niños y adultos rompiendo el silencio con natural alegría. El optimismo de siempre retornó como una pequeña onda expansiva. Sofía subió a mis piernas con su gracia infantil, antojándose de mi cena; su madre miraba emocionada y alegre. Esa noche, la casa se llenó de un insomnio feliz: risas, voces, canciones de cuna. Por un momento, la casa recobró su ternura, el amor extraviado, su propio estado de ánimo. Todos preguntaban por ti.
Día 11.
Esta noche, leo el poema 5 de Neruda. Mientras avanzo, mis pensamientos se detienen en unos versos que te evocan con una nitidez dolorosa.
“…Y las miro lejanas mis palabras.
Más que mías son tuyas.
Van trepando en mi viejo dolor como las yedras.
Ellas trepan así por las paredes húmedas.
Eres tú la culpable de este juego sangriento.
Ellas están huyendo de mi guarida oscura.
Todo lo llenas tú, todo lo llenas.
Antes que tú poblaron la soledad que ocupas,
y están acostumbradas más que tú a mi tristeza”.
Es la misma sensación que me dejan tus manos ausentes: palabras tuyas y mías que profanan las distancias, acortándolas para aliviar este dolor de hombre solitario. Siento mis palabras lejanas, huyendo de mí o buscándote. Dejaron de ser mías; se llevaron el dolor consigo. Es tu ausencia la que provoca este dolor incontenible, pero es mía la culpa de amarte como te amo. Mis palabras brotan espontáneas, indisciplinadas y rebeldes, solo para que tú me escuches. Mi vocación de hombre triste se arraiga con tu ausencia, una ausencia sin final todavía, como si tu partida llevara ya un siglo.
Día 12.
¿Tiene sentido escribir este diario de ausencia y pensar que, al hacerlo, quizá esperes la fuerza de mis palabras, como si te invitaran al regreso?

Mi apreciado, me decía un colega cuando trabajaba de profesor en el bachillerato, y era sincero como yo contigo.
Se me ocurré pensar que las ausencias se visten de varios colores y sin embargo, las o la que más nos parte el corazón en dos son las queridas y vivas, porque o sospechamos de su regreso o porque nunca será una pérdida su ausencia.
Ahora, ese vacío del que hablas puede estar enmascarado de soledad. Ojo con la costumbre de la convivencia.
Saludo, hermano
El diario para mitigar tu ausencia se convierte en un puente entre la presencia y la distancia, en una forma íntima de hacer visible aquello que ya no está. A través de sus páginas, el relato da vida al ser amado que partió hacia lejanas latitudes, transformando la ausencia en palabras, recuerdos y emociones. Escribir se vuelve entonces un acto de resistencia frente al vacío, una manera de acortar distancias y de sostener el vínculo afectivo cuando el tiempo y el espacio imponen su separación. Descrita magistralmente en este poético escrito.