La esquina soledeña

No solamente la calle tenía esquinas, el barrio crecía y con él las esquinas por donde andábamos sueltos y al libre albedrío festejando la infancia. Estudiar, jugar, hacer los deberes escolares y cumplir con ciertas obligaciones, nos daba el derecho de salir a la calle, de encontrarnos en la esquina, sábados o domingos; los demás días era imposible, todos estudiábamos sin saber porque lo hacíamos. La esquina deseada era parte del tránsito del desarrollo de niños y jóvenes. Bastaba una advertencia de los adultos para tomar conciencia de los límites; el que violaba la orden, que era la misma orden para todos, estaba condenado a mirarnos detrás de las ventanas, impotente, ansioso. Desde muy niño, la esquina deseada era para consensuar un tipo de juego, cualquier juego con el ánimo de revindicar el espíritu gregario de niños que no contábamos con televisores y celulares en una Soledad pastoril, bucólica e ingenua. Acostumbrados a vivir nuestro entorno, nuestras esquinas, las largas distancias sin quejarnos, asumiendo la caminata como una aventura, estábamos de espaldas a ese otro mundo que algunos anticipadamente conjeturaban.

Las esquinas en su físico estaban estereotipadas, se convertían en punto de referencia, que se volvía costumbre con el paso del tiempo. Nos dejábamos llevar por el entusiasmo del grupo, por el deseo de estar en esa esquina donde se planeaban los juegos, ¿a qué vamos jugar hoy?, preguntaba alguien. Múltiples respuestas brotaban: saltemos la cuerda, juguemos a la cuarta; mejor el trompo, yo tengo dos, presto uno a quien no tenga; juguemos a cabecear esta pelota, decía uno de nosotros con una pelota de caucho y números impresos; yo tengo una bola de trapo en la casa, la puedo traer…, las propuestas salían espontáneamente, sin rencillas, sin imposiciones. Juguemos primero al cabeceo, después jugamos a bola de uñita, terminamos jugando bola de trapo, decía alguien sabiamente, después de haber escuchado los intereses de cada uno. Así deliberábamos y jugábamos en la esquina de la Vieja Sara, una casa inmensa de barro, con techo de paja y árboles frutales en los tres patios que tenía; era fresca en las mañanas, calurosa a mediodía y nuevamente fresca por la tarde. La Vieja Sara nos dejaba estar, nos dejaba reír; no permitía “malas palabras, ni vulgaridades”, y cuando alguna vez cometimos ese error, abría media puerta de madera y nos echó un balde de agua fría en medio del grupo, espantándonos por unos días.

Nadie estaba sólo en una esquina, sin embargo, el primero que llegaba se mostraba inquieto, ansioso, en una espera inconsciente. Llegaba Juvenal, después Abimeleth, y en ese orden y actitud gregaria la esquina escogida tenía sentido, dejaba de ser cualquier esquina. Estar en la esquina nos convertía en observadores espontáneos, algunos más agudos que otros. En las esquinas observamos la vaquería, la furia inaudita de Juanchito La Caleba, la mirada extraviada de Alberto, el Bobo, solidario, ingenuo y generoso, mirándonos siempre desde su mundo extraño y misterioso. Las zancadas exageradas de Tranquito, con su risa silenciosa y la mirada ausente, escarbando en un pasado que no lograba recordar en los extravíos de la locura. El paso cortito de Rosa, La Plancha, que usaba su vejez y su experiencia para que los jóvenes del barrio terminaran odiando el ejercicio de la zoofilia.  Al mismo tiempo que jugábamos, observábamos lo que acontecía a nuestro alrededor.

La mano de Dios

Era una esquina, al final de la calle. Era una casa antigua, de techo alto, con grabados en las paredes. La casa ocupaba toda la cuadra, incluyendo el patio. Nos gustaba sentarnos en el piso durante los diciembres a recibir la brisa del río, que venía de la calle nuestra haciendo bailar los árboles a su paso. Por la otra calle que conformaba la esquina, llegaba la brisa entusiasmada de La Cruz de Mayo, que traía un olor a aserrín y madera recién cortada, agradable al olfato. En la casa de La Mano de Dios vendían baratijas, dulces, bolas de uñita, bolis de fruta y helados caseros. Era imponente La Mano de Dios, omnipotente desde sus altas paredes, seria y austera en medio de las casas de madera y de barro que la rodeaban. De su interior, cuando las ventanas de madera se abrían de par en par, salían las fragancias del jardín, el ladrido de los perros, el olor a comida y el ruido de los tenedores se imponían sobre las voces de los comensales. Allí en la esquina soñábamos con vivir alguna vez en La Mano de Dios. El patio inmenso estaba dividido en jardines, árboles frutales y hortalizas. En el piso de afuera, donde nos sentábamos, percibíamos con fuerza el olor intenso a plantas silvestres; toronjas, limones, guayabas, mangos, nísperos. El olor era tan fuerte que nos alcanzaba para imaginarnos como era el mundo vegetal; años después cuando nos llegó la adolescencia comprobamos en la realidad que nuestra imaginación no nos había engañado. De ese patio frondoso y rico en plantas, emanaba la frescura de una paz moderada. Hoy día La Mano de Dios, que pudo haberse exhibido como patrimonio arquitectónico del municipio se ha deteriorado con el paso del tiempo; el patio desapareció por completo y la casa en su vejez agoniza.

La esquina de Pedro Navarro

La casa era de barro, sobre su frente el techo de paja caía con rebeldía. La brisa que venía de la Emisora atravesaba el Cachimbero y golpeaba de frente a los esquineros adolescentes que planeábamos la fiesta, el vacilón con una pelada, discutíamos el último chisme del barrio, haciendo conjeturas con él. Esta esquina era un espacio fronterizo, pero sólo en el imaginario del Plan de Ordenamiento Territorial, POT. Allí nos pasábamos la tarde de un sábado, o de cualquier día de diciembre para hacer las agendas de la mañana, tarde y noche. La esquina de Pedro Navarro era un punto de encuentro, sin discordia, pero si para exhibir el espíritu deportivo de los mejores jugadores de bola de trapo frente a los equipos del Ferrocarril, La María y El Cabrera, barrios que estaban ubicados después de la carretera principal. El equipo solidario en amistad y travesuras conformado por tres barrios aledaños era imbatible, primero con la bola de trapo, después con balón de cuero, cuando un directivo deportivo se le dio por inventar un intercuadras con más de veinte equipos, programando partidos en las cuatro canchas de Soledad: Club de Amigo, España, Venancio Pacheco y Marañón, la cancha del Hipódromo apenas era un sueño que Carlos Lleras Restrepo, el presidente de la república, todavía no inauguraba. Soledad llegaba hasta la calle treinta y estos intercuadras eran una fiesta donde todos se conocían, lo que les daba el derecho a discutir, a disentir, a porfiar, a insultarnos y, por último, a agredirnos a puñetazos limpio, sin que nos condenara a quedar como enemigos, permitiendo, además, que el asombro elevara su nivel de credibilidad al observar como los protagonistas de la pelea terminaban abrazados, con tremenda borrachera y hablando más de la cuenta.  

Soledad llegaba hasta la calle treinta y estos intercuadras eran una fiesta donde todos se conocían, lo que les daba el derecho a discutir, a disentir, a porfiar, a insultarnos y, por último, a agredirnos a puñetazos limpio, sin que nos condenara a quedar como enemigos, permitiendo, además, que el asombro elevara su nivel de credibilidad al observar como los protagonistas de la pelea terminaban abrazados, con tremenda borrachera y hablando más de la cuenta.  

La esquina de Leonardo

Al llegar a la esquina de Leonardo sabíamos que no teníamos escapatoria y terminábamos influenciados del deseo del juego. La casa de Leonardo estaba en la esquina, a mitad de la calle, frente a la casa de La Vieja Sara. Leonardo era un artista de las manualidades, poseía una paciencia infinita, jamás se le vio con ira, una sonrisa le hacía agradable su rostro moreno. Sábado, domingo, o cualquier festivo, Leonardo sacaba un banco para sentarse y junto con él, traía los insumos para fabricar una bola de trapo, o de goma. Sentado en su banco esparcía el material a sus pies, en el suelo. Esa era la seña, alguien lo veía en el trono de la puerta de su casa, e íbamos llegando uno a uno, se escuchaban los silbidos de llamados, nos juntábamos, y entonces Leonardo iniciaba el ritual de fabricación, nadie le ayudaba, le encantaba conversar, era inteligente y muy capaz de abstraerse en su condición de homo faber y al mismo tiempo que conversaba, reía, discutía. Pensándolo bien, todos hacíamos parte del ritual; él nos esperaba para comenzar su fabricación. Mientras se conversaba, se divagaba, alguien refería un chiste, o comentaba una película que llevaba casi quince días en el Teatro Olimpia. Sí, mientras hablábamos, las manos de Leonardo tejían sueños y deseos; nos escuchaba por largos ratos, largos también eran sus silencios al contemplar su obra de arte. La sopesaba, tomaba la bola con una mano, la olía y respiraba el olor de la lona de una pelota de trapo, o el olor profundo de la goma amarilla, que utilizan los zapateros. Hablábamos y observábamos sus manos ágiles y hábiles. Ya con la pelota casi terminada, Leonardo callaba, calculaba, le daba vueltas a la pelota en sus manos, buscando el error, de vez en cuando soplaba la goma con su aliento para secarla; o con una tijera gruesa y filosa cortaba la lona que sobraba de la pelota de trapo. La lanzaba al aire, la recibía con la cabeza, a veces la mataba con el pecho, el muslo, sin dejarla caer. Le veíamos hacer sus malabares y la boca se nos hacía agua, como cuando un solo niño come helado ante veinte niños que lo miran. Entonces entendía el deseo de nosotros, parándose en la mitad de la calle, nos miraba risueño y nos compartía también su deseo. “Saquen dos equipos, tenemos bola para jugar más de veinte partidos”. Nos invitaba a jugar y le hacíamos caso en un ritual que siempre terminaba con la alegría del juego. 

La esquina de Héctor

El sr. Héctor, así le conocíamos. Lo respetábamos porque era parte de las costumbres del barrio. “Vea, ese señor, tiene derecho a corregirlos y si les da dos correazos, no me pondré bravo, bien merecido lo tendrás”, era la advertencia autorizada de los padres. Siempre respetamos al sr. Héctor, pero el tiempo lo traicionó y le terminó jugando una mala pasada. Dicen que fue el exceso de trabajo. Por esa época la palabra estrés, promovida por Hans Selye comenzaba a tener un lugar en la vida cotidiana del mundo. Perdió el sentido de realidad y los rasgos de hombre serio y juguetón se esfumaron de su personalidad. De su mundo interior surgieron la ira y la paranoia, comportamientos liderados por el caos de su cerebro turbulento, según el diagnóstico médico. Se convirtió en el aguafiestas de los partidos de bola de trapo, dejando entrever sus consignas a través de la ventana. La primera, “bola que caiga en el patio, no la devuelvo”, nos avisaba con una sinceridad mortificante y nos limitaba la espontaneidad que surgía del juego. Así lo hacía. La segunda consigna mostraba el deterioro de su vejez, amenazándonos: “de ahora en adelante, bola que caiga, la devuelvo, pero rota”. Y así fue, pelota que caía al patio de su casa, era acuchillada y devuelta a la calle, inservible, como un juguete roto que nos sacaba lágrimas de impotencia. A pesar de los inconvenientes, La esquina de Héctor era una terraza amplia y acogedora, que permitía vigilar la incursión policiva y escaparnos a tiempo. Entonces, a falta de pelotas optábamos por los juegos de siglo, dominó y cartas. Juegos que años después nos ayudaron a entender por qué siempre sacábamos buenas notas en matemáticas, pero que los padres de esa época desaprobaban. Todavía recordamos las palabras del viejo Héctor, gritando desde la cárcel de su demencia, riéndose, asomado en la ventana, contenido por sus hijos que intentaban taparle la boca, apenados: “policías, llévenselos a todos, partidas de viciosos”. Nunca la policía tuvo éxito en sus incursiones, porque siempre alguien asumía el rol de observador y sabíamos dónde escondernos. Los gritos del viejo Héctor nos perseguían en nuestros escondites, y en las casas donde nos guarecíamos teníamos asegurados un jalón de oreja, o un par de correazos. Aún, así nunca dejamos de ser reincidentes.

La esquina del mercado

Pero la esquina del mercado también tenía su encanto, allí terminaba nuestra calle. Era un mercado pequeño y limpio, de largos pasillos: el de las fritangas, donde campesinos, viajeros y jóvenes amanecidos desayunaban. En la nave central del mercado de la carne, abierto desde las tres de la mañana; el tercer pasillo lo ocupaban los vendedores de verduras, frutas y tubérculos. Al final del mercado, estaba el río con las embarcaciones atracadas en la orilla, y otras que salían rumbo a la isla de Cabicas.  Por las tardes, en los primeros meses del año, con la crecida del río, subíamos al techo del mercado y nos lanzábamos a las aguas, nadando hacia la otra orilla. Era la esquina acuática, donde pescábamos, remábamos los botes prestados de un sitio a otro. En esa esquina, con el paso del tiempo, aprendimos los peligros que traía la bravura del río, evidenciábamos el desastre medio ambiental en la erosión de las orillas; los pescados amanecían flotando, pero en la mente mítica de los campesinos no se acusaba al hombre ni a los gobiernos, sino el demonio, y se santiguaban implorando a Dios.   

Todas las esquinas han sido arrasadas, olvidadas, como si un viento feroz se hubiese empeñado en llevarse la ingenuidad de los soledeños y soplara en las esquinas la mala hora, donde la gente temerosa ya no anda, sino fisgoneando el día a través de las ventanas, mientras al fondo se oye la voz musical de Rubén Blades:  “Por la esquina del viejo barrio lo vi pasar. Con el tumbao que tienen los guapos al caminar”. Al día siguiente sucede – cosa que antes no sucedía – que un hombre en mitad de la noche sale a atracar, que una mujer frustrada disparó un 38 Smith & Wesson, que un carro sin placas pasó haciendo ronda. No fue en Nueva York, fue en una esquina de Soledad, pero nadie sabe ni dice nada.

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