jueves, julio 16, 2026
Home Opinión Wencel Antonio Valega Ruiz Alguien cuya voz es silencio

Alguien cuya voz es silencio

Es posible que este lugar

resulte inexistente,

pero a decir verdad,

es todo lo que no es mi país,

lo que nunca fue mi país,

cada vez más lejano.

Poema: postal de ninguna parte. Juan Manuel Roca.

Alguien le dijo que el dinero no bastaba, que no valía la pena idolatrarlo tanto, viéndolo extasiado y contemplando las montañas de billetes creciendo en el cuarto blindado en que había convertido la bodega con la tecnología sofisticada de una caja fuerte, de esas que utilizan los bancos de la ciudad. Hacía parte de su ritual cotidiano caminar descalzo por el suelo forrado de dinero que formaban los billetes esparcidos: un mosaico de colores diversos conformaba los billetes de diferentes denominaciones, esperando ser ordenados. En ese ritual sus pasos eran lentos, sentía el regocijo del papel en la planta de los pies, mirando las montañas ordenadas y, de vez en cuando, se agachaba, dejando que sus manos se hundieran y sacaran un puñado de billetes al levantarse, viendo como escapaban en un vuelo fugaz; su mirada asombrada veía el dinero formando una colcha blanda, multicolor; los ojos brillaban extasiados; agachándose varias veces en diferentes puntos de la bodega blindada, sin cansarse tomaba un puñado de billetes que soltaba después de manosearlo, y una sonrisa afloraba en sus labios al verlos volar por los aires como pequeñas golondrinas, empujados por la brisa de los abanicos giratorios y el aire acondicionado que cubría la inmensidad del cuarto.

Extasiado ante el dinero, creía que su desquite con la vida estaba en acumular más y más y eso jamás se apartaba de su memoria. Al vivir la sensación de una vida diferente, donde las carencias de su niñez y juventud ya eran parte de su historia, se veía a sí mismo sin pasado, como si este jamás hubiera existido. Día a día trataba de borrar de su memoria el país que no tuvo, pero que le tocó vivir, que le dolían muchísimo los días en que la nostalgia se estacionaba dentro de él como una advenediza, sobre todo en su nueva condición, casi omnipotente, mostrándole las banalidades de una vida efímera, pero donde todo lo podía lograr. Fue en esos estados de angustia que Alguien se le subió a la cabeza y le dio la lucidez para transitar por los desafíos en que se convirtió su vida. El país de su infancia fue la fuerza propulsora para no desfallecer, para encontrar y vivir un país que se merecía, ¿acaso no tenía la libertad de añorar y desear la utopía de país que estaba viviendo, siendo el amo y señor de su destino y sabiendo claramente los riesgos que corría? Ese interrogante surgido de su propia conciencia lo alentaba y sonreía con la sensación de que sus elucubraciones estaban respaldadas por ese Alguien que habitaba dentro de él, pero cuya sombra presentía como un otro, que lo respaldaba y le guiaba la vida cada vez más lejos del país en que nació, de un país inexistente, lejos de su memoria, que de vez en cuando aparecía de pronto para recordarle quién era y, también para darle fuerza para no regresar nunca más.

Ese mismo Alguien le preguntó otro día mientras se deleitaba viendo su dinero: ¿De qué te sirve el dinero si estás fuera del círculo de la política de tu ciudad y de tu país? Volvió la mirada hacia su interlocutor dejando entrever que era un hombre de instinto, no de palabras. Explícame esa vaina, alcanzó a decir – dando la impresión de que hablaba solo en voz alta – mientras su tacto se deleitaba con el manoseo de los billetes, escapando de entre las manos y revoloteando hasta donde les alcanzaba la fuerza del empuje del aire.

Siguiendo los consejos de Alguien se hizo elegir concejal de su ciudad, después se aventuró a la asamblea departamental, el congreso de la república se convirtió en una obsesión, por último, ser presidente no estaría mal. El dinero crecía, junto con ello el deseo de escalar más y más en la esfera política. En ocho años era dueño no sólo del dinero, también exhibió su poder de influencia en las mayorías, siendo concejal, diputado y senador de la república para decisiones trascendentales, que lo blindaban jurídicamente y lo mostraban como el político condescendiente interesado en el bienestar de la gente. A la sombra, estaba Alguien recordándole que el dinero todo lo podía y lo compraba, la conciencia era una de ella, y los obstáculos no eran impedimentos si había dinero para persuadir personas y comprar votos.

Los medios de comunicación lo seguían para entrevistarlo, pero jamás nadie le preguntó de dónde provenía su fortuna. Todos querían hacer una nota de él en la prensa hablada y escrita, hasta la televisión nacional se interesó en él. Ofrecían sus servicios, dejando entrever que contar con los medios era una estrategia que hacía parte de la política. Muchos periodistas se dejaron influir y cayeron bajo su pregunta provocadora, después de haber sido invitados a fiestas con todo incluido: ¿cuánto me cuestan tus servicios? Veo que has aprendido rápido, los medios de comunicación siempre serán un gran aliado, le susurró Alguien al oído y sonrió como quien lo hace con su conciencia. Su imagen traspasó fronteras y su hoja de vida maquillada fue soltada como una promoción en los itinerarios digitales de las redes sociales.

Y mientras el Senador ascendía en el mundo de la política, buscando la presidencia, el país encegueció, muchos se hicieron los de la vista gorda, los empresarios estaban felices viendo sus negocios floreciendo sin tener que pagar horas extras y los trabajadores empobrecían con un salario miserable que les impedía soñar, situación que recordaba las angustias del obrero inglés en el siglo XVIII

Dinero y política, ¿consideras que es suficiente? Pues no, le preguntó y se respondió así mismo Alguien, su Alguien de siempre, aconsejándolo y protegiéndolo como un ángel de la guarda. Lo miro desde su escasa locuacidad, como quien se mira en un espejo, y dejó que Alguien muy asertivo le hablara desde muy adentro: eres dueño de la ciudad, del trabajo, de la diversión; sabes lo que le duele a la gente, lo que le gusta, lo que desea; serás el dueño de la vida y de la muerte. En otras palabras, hay que controlar a la gente, quién entra, quién sale; el que te crítica, el que está en la oposición. Y así lo hizo el Senador cuyo tiempo transcurría entre el ritual cotidiano de observar el crecimiento de las montañas de dinero y atender los asuntos de la política local, regional y nacional, leer los informes de los vigilantes de la seguridad, ver los vídeos realizados por drones que lo mantenían al tanto de aquellas comunidades inconformes visitadas por líderes sociales. Es hora de actuar, sugirió con sutileza Alguien siempre a la sombra. Empezaron los asesinatos de líderes sociales, de los inconformes, de los bachilleres que habían desarrollado un pensamiento de rebeldía. Nadie se pronunció y en el mismo congreso hicieron caso omiso. Sabían de donde provenían las órdenes de los asesinatos, quién las estaba dando, pero nadie en las altas esferas de la política se atrevió a proponer que le hicieran un examen psiquiátrico al Senador, que permitiera evaluar sus decisiones para comprobar si estaba en su sano juicio o no.

Y mientras el Senador ascendía en el mundo de la política, buscando la presidencia, el país encegueció, muchos se hicieron los de la vista gorda, los empresarios estaban felices viendo sus negocios floreciendo sin tener que pagar horas extras y los trabajadores empobrecían con un salario miserable que les impedía soñar, situación que recordaba las angustias del obrero inglés en el siglo XVIII, a través del relato de Paul Lafargue, El derecho a la pereza, donde era mal pagado y con un exceso de fatiga física, además de la falta de un tiempo para soñar debido al exceso de las jornadas laborales. Eso sucedía ante la impotencia de los Estados Unidos, que lo habían reseñado en los archivos como el mayor traficante de drogas del continente americano, prohibiéndole su entrada al país norteamericano.

Sin embargo, el pueblo lo aclamaba porque el equipo de fútbol del Senador traía en cada temporada refuerzos argentinos y brasileros, para que la hinchada no se aburriera los domingos; lo alababan y le daban gracias a Dios porque los que no tenían casa ahora si tenían una propia; también tenían trabajo así fuera conseguido a punta de votos. Todos lo defendían contra el imperialismo porque los hijueputas gringos en todo se meten, era el murmullo que corría por los pasillos de la burocracia del departamento.

Mira cómo te desean – le dice Alguien en la intimidad – viendo a las multitudes que lo anhelaban y le pedían que continuara en el poder. Senador – dice una mujer con una niña en brazos -, lo que usted ha hecho ningún político lo hizo antes en este pueblo, por eso le digo de frente que no sé si usted ha robado, pero si es así: robe y siga haciendo, mi barrio lo apoya, muchos pasaron por ahí donde está usted ahora y robaron y no hicieron un carajo, ¡Viva el Senador! Después de esta breve arenga un ¡Viva el Senador!, fue la respuesta al unísono de la gente, que respaldaba las palabras de la mujer.   

Mientras estas aclamaciones eran vistas a través de la televisión nacional, Alguien levanta su brazo y brinda con el Senador, sentado sobre un montón de billetes, donde sobresalen el verde esperanza del semblante de Carlos Lleras, inteligente e irónico, y el color violeta en el trasfondo de la mirada burlona y mamagallística de Gabo y su estampa en liqui – liqui, al recibir el nobel.  

  • ¿Tienes algo que decirme? – Pregunta el Senador.
  • Ha llegado el momento de enfocarse en la presidencia – responde Alguien, sabiendo que el senador se ha entusiasmado con la política.

Afuera del cuarto blindado, los guardaespaldas en la puerta escuchan la voz del Senador que conversa con Alguien cuya voz es sólo silencio y se miran entre sí con asombro al escuchar las palabras del jefe, haciendo preguntas que nadie responde y respondiendo preguntas provenientes de largos silencios ¿quién alucina ellos o el senador? Sin embargo, no se atreven a conversar sobre la locura de su patrón – aunque lo piensen – hablando solo con nadie y sentado sobre una montaña de dinero, cada vez que entra a la bodega blindada. Aferrado a su Alguien que le ha permitido ser, el Senador, consigo mismo, incansable festeja con nadie, y los guardias en silencio, muy prudentes, también lo hacen, encogiéndose de hombros.

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