jueves, julio 16, 2026
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Ser médico. Sentido cristiano

Para alcanzar la meta de un médico ejemplar debemos salir tras las huellas del médico modelo representado, con sumo esplendor y belleza, en las páginas santas del evangelio, en la figura iluminada de Jesús sanador, No logramos entender, con auténtico sentido cristiano, el misterio insondable de la fragilidad y finitud de la condición humana sino a partir de la figura central de Jesús como hombre y como hijo de Dios.

Somos los médicos servidores de la humanidad que al generoso del buen samaritano debemos imitar al atender y consolar al que nos ha de necesitar.

La rutina de la labor asistencial, sea cual fuere la especialidad que practiquemos ò lo distinto de las instituciones donde toque llevar a cabo la misión, más que una jornada en pro de la salud – como en el contexto científico debe en efecto ser – es en su real experiencia cotidiana un encuentro con el hombre total, en su psique y en su soma, en el momento más crítico de su vida; abatido por la tristeza, la amargura, la impotencia, con la desdicha a sus espaldas y con el destino fatal de la muerte rondando tras él. De allí la osadía de atreverme, con algo de irreverencia, a afirmar que en vez de trabajadores de la salud más bien podríamos catalogarnos como “trabajadores del sufrimiento”.

La relación médico paciente, hecho clínico sobre el que descansa la actividad asistencial, más que un contrato desde el marco jurídico ò intercambio interpersonal en el campo de la psicología, es en su noble contenido humanístico un pacto de amor; un pacto de amor sustentado en la ley natural de la caridad. En su interpre­tación etimológica la caridad es eso: Amor.

Imperativo de la caridad

El imperativo de la caridad es “regla de oro” de la auténtica vida cristia­na. “Amarás al Señor tú Dios con todo el corazón, con toda tú alma y con toda tú mente”. Este es el gran mandamiento y el primero. El segundo, semejante, es este: Amarás al prójimo como a ti mismo. Mateo 22, 37-39.

No es un pacto cualquiera, es un encargo serio, delicado, el que he­mos asumido por la afortunada posición de profesionales de la salud­ al servicio de los enfer­mos, de los más sufridos, de los que tienen dificultades, de los más ne­cesitados. Es un trabajo en fa­vor del hermano, del prójimo, como instrumentos de la divinidad que nos ha llamado a colaborar en el cuidado y perfeccionamiento de su obra magna: la especie humana.

“Recurre luego al médico, pues el Señor le creó también a él, que no se aparte de tu lado, pues de él has de menes­ter. Hay momentos en que en su mano está la solución, pues ellos también al Señor suplicarán que les ponga en buen camino hacia el alivio y hacia la curación para salvar tu vida”. Eclesiástico 38, 12- 14.

Se configura, de esta forma, una misteriosa y admirable tríada médico – paciente, con la presencia invisible y sanadora de Dios en medio de los dos. “Porque donde están dos o tres reunidos en mi nombre allí estoy en medio de ellos”. Mateo 18, 20

Lo trascendental del acto médico

Según Laín Entralgo “El médico debe actuar en todo momento con plena luci­dez intelectual, pero como hombre no puede quedar exento de apoyarse sobre el misterio”.

“La caridad es sufrida, es benigna; la caridad no tiene celos, no se pavonea, no se infla, no traspasa el decoro, no busca lo suyo; no se exaspera, no toma a cuenta el mal, no se goza de la injusticia, antes se goza con la verdad. Todo lo disimula, todo lo cree, todo lo espera, todo lo tolera”.

Aquí radica la exacta y real dimensión humanística de nuestra labor en la búsqueda bienhechora de proteger la salud y la vida. En un principio como médicos del cuerpo, cumpliendo la labor sobre un componente meramente bio­lógico, pero, en una dimensión superior y sublime, que supera lo somático, también, estamos llamados a ser médicos del alma. En esto estriba lo trascenden­tal del acto médico, lo que lo dignifica y da preminencia sobre cualquier otra actividad. Bajo esta consideración tiene cabida una actitud cristiana im­pregnada de fe y esperanza en procura de la ventura deseada de los demás. Sustento espiritual que concede la necesaria fortaleza para vencer escollos, contra­dicciones y la incertidumbre de una clínica secu­larizada, deshumanizada, que mira tan sólo en la persona a un objeto computable, con un código ò un número, en vez de considerarla en el sagrado concepto de criatura, de criatura hecha a imagen y semejanza de Dios.

Encontrar, de otro lado, el indis­pensable soporte a las ingra­titudes que la humana con­ducta pueda depararnos; ya sea por la abominable mentalidad utilitarista de los que explotan el negocio de la salud ò por el escaso reconocimiento que los estamentos de la sociedad y el Estado puedan otorgar a la exigente faena sanitaria que toca cumplir.

“La caridad es sufrida, es benigna; la caridad no tiene celos, no se pavonea, no se infla, no traspasa el decoro, no busca lo suyo; no se exaspera, no toma a cuenta el mal, no se goza de la injusticia, antes se goza con la verdad. Todo lo disimula, todo lo cree, todo lo espera, todo lo tolera”.  Así de elocuente y grandio­so nos increpa el apóstol Pa­blo en su primera carta a los Corintios, mostrándonos el diseño, el patrón de caridad que debemos practicar. Según lo expresa el texto sagrado, para ser fíeles intér­pretes de este mensaje, se hace necesario enviar le­jos la arrogancia y soberbia que, tantas veces, adorna la gestión del médico, para vestir­nos con el ropaje sencillo del hombre compasivo que llevamos adentro.

Para poder disimular y per­donar, saber esperar y creer, ser tolerantes y justos, sufrir y callar, aceptar al hermano, tal y como es, hay que comenzar por ser humildes. “Bienaventu­rados los que tienen corazón de pobre, porque de ellos es el reino de los cielos”. Mateo, 5,39.

Ser médico cristiano nos enfrenta al desafío, impone el requerimiento, de proporcionar bondad ilimitada a los pa­cientes asumiendo el más humano de los comportamientos en cada una de las coyunturas que nos depara el habitual ejercicio profesional. Son respues­tas de amor las que estamos obligados a dar: en la esponta­neidad del gesto, postura de las manos, suavi­dad de las palabras, en la mirada dulce y alentadora, en la sonrisa franca, radiante de optimismo que emana de lo recóndito de nuestro ser médico.

Es tarea extraordinaria, compleja, la que incumbe realizar por la misma natural condición humana, tanto del enfermo como de nosotros mismos. Solo el homo sapiens, dentro de la especie animal, por su inteligencia, por su condición racional busca, desesperado, explicación a sus males, a su sufrimiento, a su destino final.

“El hombre bueno, del buen tesoro de su corazón saca lo bueno. Y el malo, del mal tesoro de su corazón saca lo malo. Porque de la abundancia de su corazón habla su boca”. Lucas 6, 45.

Conclusión

A los que van a dedicarse al ejercicio de la Medicina el Dios Esculapio les pregunta:

“¿Quieres ser médico, hijo mío? Aspiración es ésta de un alma generosa, de un espíritu ávido de ciencia. ¿Has pensado bien en lo que ha de ser tu vida?”

Ser médico, pues, en su más exacta dimensión, para alcanzar el soñado ideal de la excelencia, implica la posesión de las dos condiciones señaladas por el Dios de la medicina. En primer lugar, ser depositario de “un alma generosa” con acciones en correspondencia con la competencia moral de un médico bueno, un médico virtuoso en el recto sentido aristotélico y cristiano. Y en segundo término tener un “espíritu ávido de ciencia” en correspondencia con aptitudes de la más exigente competencia profesional en el arte, la ciencia y la tecnología médica.

En suma, para lograr el objetivo de un ser médico excelente no basta, solo, con desarrollar las aptitudes de un buen médico es necesario, de igual manera, poseer las actitudes de un médico bueno.

Que a imitación del Dios humanado que sana y que salva nosotros, médicos instrumentos de su milagroso poder, sepamos cumplir con abnegación y entrega el llamado grandioso del servicio al prójimo, en los enfermos.

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