“Muchas felicidades” Frente a las incertidumbres del virus. -Vivir poéticamente- recomienda E. Morin

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Gaspar Hernández Caamaño.

“Allí donde está el dolor también crece lo que salva”. Hölderlin, poeta alemán.

Finlandia, país de la Europa glacial, ha sido calificado, en los últimos cuatro años, por la Unesco como “El país más feliz del mundo“. Y en tal ranking le siguen Noruega y Dinamarca, en pleno terreno escandinavo. O sea, la felicidad colectiva es europea. De esa tierra de cielo detenido, hielos eternos y lentitud al andar.

Por acá, en nuestro mundo latino, de soles incansables y guerras sin fin, LA felicidad, además de un sueño “americano” – no gringo -, es una constante búsqueda. Tanto que, en Venezuela, la ex-rica que cantaba Zalamea en “el sueño de las escalinatas” – poema épico -, ahora país de dictadura y del  humillante éxodo, la felicidad es un ministerio. Paradoja de lo real maravilloso americano.

Entre nosotros, colombianos sin paz y sufriendo guerras prehistóricas, la felicidad es un deber, teleológico, para que los niños, niñas y adolescentes “crezcan en un ambiente de felicidad, paz y comprensión“, según establece, como FIN, el primer artículo del Código de la Infancia y la Adolescencia (Ley 1098 del 2006). Deber de La Familia, La Sociedad y El Estado, precisó el legislador para ser fiel a la obligación constitucional de proteger eficazmente los derechos prevalentes de la niñez colombiana (art 44 constitucional).

Pero en Colombia, tierra de temblores y soledades, en ninguna escuela, colegio y/o universidad existe, enseñan, una catedra de “felicidad, amor y comprensión“. Mientras en Universidades como Harvard y Yale, ambas “gringas” y catalogadas entre las mejores del mundo, se imparte, con audiencia masiva, la catedra de la felicidad. Y en la Universidad de Beijing (China) sé educa en la catedra del amor, creada para evitar o mitigar el suicidio entre los jóvenes hastiados de una vida sin problemas ni necesidades. ¡Paradoja de la globalización oriental!

Días atrás, el pedagogo francés Edgar Morín, del que comenté su libro ” cambiemos de vía. Lecciones de la pandemia”(Paidós), donde aludió, muy brevemente,  a vivir poéticamente – esto dijo Morín: “La política…no puede crear la felicidad, pero puede favorecer y facilitar la posibilidad de que cada uno viva poéticamente, es decir, en la autorrealización plena y la comunión” -, en declaraciones a la radio de Paris, – el audio me lo envió una amiga filósofa -, dijo lo siguiente sobre la felicidad, en tiempos de la peste invisible: “Para mí, dice Morín, el problema de la felicidad, es subordinado a lo que llamo “El problema de la poesía de la vida“. O sea, la vida, como la veo, es polarizada entre la prosa, o sea, las cosas que hacemos por obligación, que no nos interesan para sobrevivir. Y la poesía, las cosas que nos hacen florecer, que nos hacen amar, comunicarnos. Y es eso lo más importante. Así que digo que el verdadero problema no es la felicidad. Es la cuestión de lo que me hago. Porque la felicidad depende de una multitud de condiciones. Diría incluso, que la felicidad es frágil, porque por ejemplo en el amor de una persona, si esa persona muere o se va. Se va de la felicidad a la infelicidad. O sea, en otras palabras, no se puede soñar con la felicidad continua para la humanidad. Es imposible porque LA felicidad repito depende de una serie de condiciones. Por otro lado, lo que nos hace decir, se puede intentar poner todo en favor de cada uno vivir poéticamente su vida. Y si vive poéticamente encuentra  momentos de éxtasis, momentos de poesía, de alegría. Y eso es en mi opinión, lo más importante, la poesía de la vida. Es más importante que la felicidad“.

desde esa realidad de mi ciudad, la que contemplo desde una ventana marítimo-fluvial, volví a leer a Epicuro enseñado por Savater.  Y estas lecciones del español sobre las enseñanzas del griego clásico de la felicidad individual, se las comparto a mis invisibles lectores de solo/proposiciones.com con la única pretensión a que aprendamos a ser felices, a nuestra manera, sin dejar de ser alegres y “arrebataos”, pero comprendiendo que estos son momentos para la levedad, liviandad, el mundo no está sonriendo.

Pero, desde “Los idus de marzo” próximo pasado, sacudidos por tantas muertes silenciosas, sin pompas fúnebres – ¡ los entierros de mi pobre gente pobre no son de papel! Son un espectáculo, ¡Mi Gente!, Canta Cheo Feliz-iano !-, vengo interesado en volver – ¡volver, volver…volver! -, a las páginas, subrayadas con resaltador rosado,  de dos de mis libros más preciados. De esos que disfruto, como cuando como un vaso de ¡Frozzo malt! en la terraza de la Heladería Americana de “20 de Julio”, al sol de un mediodía de sábado judío-sefardita en Barranquilla. ¡Ese día ni Dios trabaja!

Esos libros son:  “Muchas felicidades, tres visiones y más de la idea de felicidad”( Ariel), ¡cuyos autores son los filósofos españoles ! ¡Y Olé !: Carlos García Gual, Javier Gomá Lanzón y Fernando Savater.  Y “La historia más bella de la felicidad“(Anagrama), autoría de los filósofos franceses ¡ O la la!: André Comte-Sponville, Jean Delumeau y Arlette Farge.

Con ellos, recuperados para la biblioteca escondida, volví a ser feliz teniéndolos cerca, a la mano. Abrí la ventana azul, divisé el Magdalena, el río de Heráclito, y me dediqué, en plena aurora, a una lectura en búsqueda de la felicidad para entender los altos contagios que vienen ocasionando las muchas incertidumbres del coronavirus, que tienen a Barranquilla en alerta roja y al mundo patas-pá-rriba.

Las incertidumbres de mi “killa linda”.

Seguimos sin saber usar el tapaboca, lo lucimos como corbatín de Guacherna, andamos corriendo como galgos por el pavimento de calles y parque, hablando cara-jadas, intentando siempre llevar la delantera, no respetando la distancia mínima recomendada, mamándole gallo al aislamiento social, creyéndonos pecho-é-piedra, inmortales. Y estamos mal informados. Perdonen los colegas de radio, prensa y televisión, pero no tenemos periodismo científico. La información diaria es amarilla, sin profundidad sobre el dato estadístico oficial. Y las voces populares de la radio barranquillera siguen, a gritos y carcajadas improvisadas, llamando a la rumba, al despeluche, a las frías con la “jevita” en la esquina. O leyendo boletines oficiales. ¿Cuál periodismo? El de la alarma. El de la desmesura. El que mete miedo, pero no educa. Escandaliza

Epicuro aprendido por Savater.

Y desde esa realidad de mi ciudad, la que contemplo desde una ventana marítimo-fluvial, volví a leer a Epicuro enseñado por Savater.  Y estas lecciones del español sobre las enseñanzas del griego clásico de la felicidad individual, se las comparto a mis invisibles lectores de solo/proposiciones.com con la única pretensión a que aprendamos a ser felices, a nuestra manera, sin dejar de ser alegres y “arrebataos”, pero comprendiendo que estos son momentos para la levedad, liviandad, el mundo no está sonriendo. El virus es mortal sino respetamos las reglas de bioseguridad para la sana convivencia ciudadana. si sobrevivimos – la historia de la humanidad lo ha demostrado – , tendremos momentos para la recocha y hacer el relato. Déjenos contar las historias de vidas buenas, de buenas-vidas. Respetemos a la muerte asomada en cada ventana.

Esto dice Savater de la felicidad, según Epicuro:

1.”Cuando se trata de la felicidad parece justo y pertinente que nos centremos en Epicuro, pues ningún otro pensador ha reflexionado con tanta intensidad y dedicación sobre ese tema”(pág. 11),

2. ” Epicuro pertenece a una clase de filósofos que se centraron en pensar y dar lecciones sobre cómo vivir mejor, que se dedicaron a pensar acerca de la alegría y el placer, el dolor y la tristeza que soporta cada individuo”(pág. 12),

3. “Para Epicuro lo importante en esta vida es vivirla bien, intentar durante los años que pasamos aquí ser lo más felices que podamos”(pág. 12),

4. “La felicidad no es expansiva, se alcanza mediante un proceso de reducción, en ningún caso de ampliación. Nunca es la meta final de una serie inacabable de triunfos y consecuciones”(pág. 12),

5. ” Epicuro distingue entre tres clases de apetencias. En primer lugar, encontramos aquellos deseos que son naturales y necesarios, es decir, aquellos que nos vienen impuestos como metas por nuestra naturaleza humana y que además debemos satisfacer si no queremos morir. Se trata de una suerte de peaje que la vida se cobra por vivirla:

Comer,

Dormir,

Beber

6. “En segundo lugar, Epicuro señala una clase de deseos cuya raíz también es natural pero que podemos pasarnos sin satisfacerlos, pues no vamos a morir si los desatendemos. Entre esta segunda clase de deseos estaría:

El sexo.

7. “Y, en tercer lugar, encontramos una enorme y variada serie de deseos que no son ni naturales ni necesarios: ni depende de su satisfacción nuestra supervivencia, ni nos vienen impuestos por el hecho de haber nacido humanos”(págs. 12/13),

8.”Epicuro se pasó la vida enseñando cómo ser feliz y situó la felicidad en el placer”(pág. 14),

9. ” Epicuro valora los placeres en reposo. Para Epicuro el placer es indolente, en el sentido literal de la palabra, algo así como sinónimo de indoloro. Lo placentero impera en nuestro organismo cuando no tenemos hambre ni sed, ni calor ni frio excesivo…cuando hemos satisfecho las necesidades y las urgencias“(pág. 15).

Y, para finalizar: “Epicuro nos diría que es más razonable delimitar con precisión las metas finales de nuestra vida, y darles un contenido realista que esté al alcance de nuestras condiciones y posibilidades. porque si sabes lo que quieres, y si lo que quieres es llevar una vida sosegada, sin perturbaciones ni inquietudes, una vida basada en la tolerancia y en la moderación, todo lo que necesitas entonces es ejercitar la templanza y cultivar la amistad con hombres de tu mismo ánimo. Si eres un hombre templado y tienes buenos amigos, entonces no necesitas nada más para saborear una vida cumplida y satisfecha.

“Si aprendes bien esta lección, si te la crees de verdad y la haces tuya, entonces mantendrás la imaginación bajo control, no te dejarás llevar por ella. en lugar de soñar en conquistas que agotarán tu vida y muy probablemente te amarguen, te sentarás al lado de Cineas en su jardín, para vivir tranquilo.

“Es así como yo entiendo la idea que tiene Epicuro sobre la vida feliz“(págs. 20/21).

La mediocridad de la felicidad.

Para concluir, por ahora, con este compartir, con este ágape sobre  la felicidad, transcribo un párrafo de la página 108 del libro “la historia más bella de la felicidad“, en la que la filósofa e historiadora francesa, Arlette Farge responde a la pregunta ¿qué significa la felicidad en la mediocridad?, así:

“La felicidad consiste en un justo medio, “la transposición de la idea de reposo”, según Robert Mauzi: por lo tanto, no hay que estar mi demasiado enfermo, ni demasiado bien, porque todo exceso conlleva desvíos y vagabundeos. La felicidad reside en lo mediocre, en el medio. Numerosos tratados de salud o de medicina aconsejan  a los hombres a “manejarse”, a levantarse con suavidad, a andar con lentitud, etcétera. La “mediocridad” se opone al entusiasmo de las pasiones, a sus excesos; constituye una condena a la vida turbulenta y tumultuosa que exacerba los dedeos. La medicina impone de este modo una idea de la felicidad, del bienestar, válida para los hombres, los niños y las mujeres. Se impone una normativa médica que conduciría a los hombres a la felicidad. La salud, como la virtud y la felicidad, exigen hacer las cosas sin prisa ni excesos. No se trata de una ascesis, que en sí misma sería un exceso, sino de una suerte de “dietética“, de régimen de lo mediocre. Se recupera y mediatiza la tesis de Aristóteles según la cual la virtud ocupa siempre el justo medio entre dos males: los tratados del cuerpo enseñan entonces prácticas para lograr una felicidad duradera, la del que evita intensidades emotivas, alimenticias y físicas o sexuales demasiado grandes”.

Entonces, para sobrevivir a los embates mortíferos de la pandemia del coronavirus, y sus incertidumbres, presentes y futuras, Barranquilla debe ser una loa a la mediocridad. ¿No les parece? ¡Es lo mejor para vernos mañana, ñero! ¡¡Hermano!!Próxima: Toque de queda y ley seca para que los corazones barranquilleros vibren.

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