jueves, julio 16, 2026

Adiós a los sueños

“Cuanto más se frustra el impulso de vivir más se refuerza el de destruir”.

Eric Fromm. La atracción de la vida. Aforismos.

Llegó un día a Soledad, y fue visto con la curiosidad con que se mira un extraño por los amigos del barrio. Venía de Barranquilla, ciudad lejana desde la óptica de un niño, que recorríamos en una experiencia de un viaje lento, con paradas en cualquier lugar, y la carretera Oriental llena de huecos, medio asfaltada por donde transitaban autos y buses en un solo carril de doble vía. Samuel era de rostro pálido, ojos de un negro intenso y curiosos, el cabello liso le caía sobre los hombros, siendo la comidilla y burla en el grupo, cuando se hizo amigo y nos tomamos confianza. “Quién es ese pelao nuevo que parece una mujer con el cabello largo”, me preguntaron la primera vez que lo vieron, y yo les decía que no era una mujer que era hombre, que llevaba el cabello largo porque su mamá estaba pagando una manda que había ofrecido por su salud durante siete años, llevándolo en peregrinación todo ese tiempo, cada año, a la Villa de San Benito, en el departamento de Sucre.

Después de aceptar las bromas de los pelaos de la cuadra, Samuel se integró al grupo; nos cayó bien a todos. No hablaba fuerte, pero tampoco su voz era débil. Eso sí, hablaba pausado y nos encantaba escucharle hablar de carros y retándonos con preguntas, ¿en que se parecen un automóvil al cuerpo humano?, ¿cuál es el corazón de un auto? En su familia, padre y hermanos varones, eran conductores de camiones. Él era el menor y se conocía la costa, desde los pueblos de Córdoba hasta las rancherías de la Guajira; hablaba con mesura, despacio, pensando lo que decía, su espíritu de viajero nos ilustraba sobre los puntos cardinales, de lugares donde había vivido experiencias que captaban nuestra atención. Le escuchábamos asombrados porque nos costaba imaginar el sur, norte, este y oeste que la maestra Elena nos obligaba a aprender de memoria; sonreía comprensivamente, siempre con respeto.

Hablaba de sus correrías por las carreteras de la costa. Nos contó su época de ayudante en los camiones de sus hermanos, cuando salía de vacaciones; para él eran momentos de felicidad, al evocar en su mente y con los ojos cerrados narraba el asombro de sus aventuras de viajero. Cuando terminaba, nos miraba y decía con humilde firmeza: “algún día daré la vuelta al mundo en menos de ochenta días y no será en globo ni en automóvil, será en avión”, después, se quedaba exhausto y pensativo. Le mostrábamos los mapas de la costa y cuando lograba comprenderlos, se ubicaba y hablaba de la desolación de las rancherías en la Guajira, de un mundo mágico destruido por el espíritu depredador de los arijunas, personas que no son indígenas; del poco valor que se le daba a la educación y del irrespeto por la cultura de la etnia Wayuu. Nos hablaba de Ciénaga, a la que concebía como un pueblo de paso habitado por gente trabajadora y negociante; del abandono de los pueblos de Bolívar y la prosperidad de los que estaban en Sucre y Córdoba. De cada sitio tenía una anécdota, de sus gentes y los hoteles de paso. Por él, no por la escuela, supimos que existía un Julio Verne y un García Márquez, autores de libros que llevaba en su bolso de viaje, Veinte leguas de viajes submarino, Viaje al centro de la tierra, La vuelta al mundo en ochenta días, Cinco semanas en globo. De García Márquez, llevaba La hojarasca, La mala hora, Los funerales de la mamá grande e Isabel viendo llover en Macondo. “Cuando no estoy ayudando, leo mientras viajo, también contemplo el paisaje”, nos decía, despreocupado, sencillo y sin ínfulas.

Así era Samuel y así lo recordamos todavía: un lector con espíritu viajero que se gozaba los goles que hacíamos jugando bola de trapo. Nunca jugó, siempre fue un observador. Su mirada triste, subrayaba en la nostalgia, no le gustaba el fútbol, pero aplaudía las jugadas durante los partidos de bola de trapo en mitad de la calle. No tomaba partido por ningún equipo, “solo aplaudo las buenas jugadas, por eso aplaudo”, nos decía con sincera ingenuidad, sentado en la esquina de la vieja Sara.

Envidiaba nuestra manera de ser, de las casas, siempre, con las puertas abiertas, a lo largo de la calle; en cualquiera almorzábamos, o comíamos; bebíamos agua, o tomábamos un descanso. Le envidiábamos su conocimiento del mundo, mucho más amplio que el nuestro. Hablaba y nosotros, imaginábamos a través de sus palabras el mar tranquilo del Cabo de la Vela en la Guajira; o las calles de Maicao abarrotadas de gente que iban y venían, viviendo del contrabando; nos ilustraba al escucharle las diferencias existentes entre las aguas azules de Taganga, el Rodadero y la Bahía de Santa Marta, finalmente como un profeta nos anunciaba que algún día el mar saltaría sobre la carretera entre Barranquilla y Ciénaga, tapándola.

Pero un día desapareció, no lo vimos más. Así como llegó al barrió, se marchó sin despedirse. Le preguntamos a la vieja Julia y nos dijo: “Él es hermano de mi yerno, hace dos días se fue, de la casa de sus padres lo llamaron urgente”. Le creímos y nos conformamos con que Samuel estaría bien, sin embargo, no supimos nada más, sólo lo que la vieja Julia nos dijo.

Cinco años más tarde apareció de nuevo en el barrio, tenía 18 años. Habíamos dejado de ser niño. Éramos hombres hechos y derechos – según mi padre –. El patio de mi casa colindaba con el de la vieja Julia. Desde que llegó no se dejó ver, pero lo observaba a través de la cerca que unía los dos patios. Acostado sobre una hamaca se pasaba los días, meciéndose en un vayven suave. Desde mi observatorio veía su cabello liso, sobre los hombros, y las piernas largas, empujándose con una de ellas en un gesto automático e inconsciente.

Un día me sorprendió mirándole y me asusté al verle una mirada donde había desaparecido aquella bondad y ternura infantil con que lo recordábamos. Me miraba sentado en la hamaca y yo le miraba a través de la cerca de caña brava el único ojo que le quedaba, vivo e inquieto. Un parche le cubría el ojo derecho. En su rostro de un solo ojo habían desaparecido los rasgos de afabilidad. El ojo, fijo en mí, dejó de mirarme con agresividad y desconcierto al reconocerme; se volvió más humano y tierno como cinco años atrás, antes de partir.

Desde mi silencio quise preguntarle qué sucedió. No lo hice, pero leyó mi desconcierto como un interrogante. El rostro sereno del niño ya no estaba, ahora se veía un rostro nervioso haciendo muecas cuando hablaba; la voz pausada del niño había mutado hacia una nerviosa y rápida. Entonces le escuché atentamente, mientras observaba que cualquier ruido le agudizaba la desconfianza, mirando paranoico de un lado a otro.

Por él, no por la escuela, supimos que existía un Julio Verne y un García Márquez, autores de libros que llevaba en su bolso de viaje, Veinte leguas de viajes submarino, Viaje al centro de la tierra, La vuelta al mundo en ochenta días, Cinco semanas en globo. De García Márquez, llevaba La hojarasca, La mala hora, Los funerales de la mamá grande e Isabel viendo llover en Macondo. “Cuando no estoy ayudando, leo mientras viajo, también contemplo el paisaje”, nos decía, despreocupado, sencillo y sin ínfulas.

“Me acuerdo que no me despedí de los amigos del barrio porque me llamaron de mi casa, en Barranquilla. Me tocó viajar con uno de mis hermanos mayores, Jesús, servirle de ayudante, como siempre lo había hecho. Viajamos a Santa Marta a recoger una mercancía en una bodega, que quedaba cerca del mercado. A las ocho de la mañana llegamos y cargamos la mercancía en dos horas, y sin perder tiempo regresamos a Barranquilla. Pasando el peaje de Ciénaga nos detuvo la policía y sin preguntar nos hicieron bajar del camión; vimos como tres agentes subían al camión, revisando cada caja. Mi hermano y yo nos mirábamos, él estaba nervioso, yo estaba tranquilo. Nunca habían registrado la mercancía, pero ese día fue distinto. Salieron los agentes con seis bolsas de marihuana escondidas entre las cajas. Mire mi sargento, dijeron.  Mi hermano angustiado decía que no sabía nada, que sólo éramos transportadores de una empresa familiar que llevaba años con honestidad y buen un buen servicio. Su angustia me contagió y me puse a llorar. Él fue preso y a mí me enviaron a la correccional de menores. Caso cerrado. Mi hermano sigue preso y yo salí apenas hace un mes”.

Lo miro y escucho destellos de sinceridad del niño que se hizo hombre en la cárcel, de la inocencia vejada y la agresividad contenida; de sueños extraviados en medio de la desconfianza, de ilusiones perdidas. No concebía que el niño viajero estuviese implicado en semejante situación. Sin embargo, aquel Samuel que hablaba con nerviosismo le ganaba al niño de lenguaje mesurado y lleno de asombro que nos contaba sus crónicas de viajes.

“¿Quieres saber cómo perdí este ojo?”, dijo, preguntándome y tocándose la cuenca vacía al quitar el parche negro del ojo. 

“En el correccional traté de ser el mismo, a pesar del dolor y el sufrimiento, pero siempre hay alguien al que no le caes bien en este mundo hijueputa. Bueno, ese alguien me perseguía por todo el correccional, primero queriendo congraciarse conmigo, después intimidándome, queriendo que hiciera parte de su mundo sucio y bajo. Nunca me dejé, aunque eso tuvo consecuencias”.

Lo veo y su dolor es claro. Le duele el recuerdo, pero la amistad que nos unió le obliga a sincerarse.

“Una noche, con la permisividad de los guardias, ese alguien, de cuyo nombre no quiero acordarme, entró con tres reclusos y antes que pudiera reaccionar me golpearon por sorpresa. Iban armados con navajas, cuchillos y bates de béisbol. Sucedió en silencio, con la complicidad y el temor de los otros reclusos. Me defendí. Reconocí sus voces en la oscuridad y, en ese momento de lucidez, sentí un batazo en el ojo, es lo último que recuerdo. Desperté días después, con un ojo inservible y la conciencia clara de tres años y medio por delante para cumplir mi condena. Nunca nadie supo nada. Sólo yo. Imagino que así también sucede en la cárcel de adultos”.

Lo miré balancearse en la hamaca con la confianza en el suelo, cabizbajo, incierto en su manera de pensar, presto a hacer uso de su impulsividad si alguna vez alguien le ataca.

“El silencio es la voz de la cárcel. Dije que me caí en el baño y me golpee con la pared. Así consta en el papeleo que se hizo. ¿Recuerdas que me gustaba la lectura? vinieron a mi mente, durante la convalecencia, las palabras de Rousseau: “el hombre nace bueno y la sociedad lo corrompe”.  Decidí dejar de ser bueno. Sabia decisión que permitió ganarme el respeto dentro del correccional. Hasta aquí mi historia. No quiero contarte lo que siguió los tres años siguientes porque quiero que conserves la imagen del niño aquel que deseaba viajar en avión y recorrer el mundo en menos tiempo”.

Tú no has matado nunca a nadie con un tubo.

Tú eres una persona decente

Un hombre honrado[1].

Estas últimas palabras fueron la conclusión de una parte de su vida buena. La hamaca se quedó quieta, sin el vayven nervioso. Jamás la ley estuvo de su lado. Lo cierto es que el negocio familiar decayó, el padre murió luchando por restituir el buen nombre de la familia, el hermano amaneció colgado en su celda una mañana de diciembre; estoy seguro que Samuel no se convenció que fue un suicidio, aunque lo pareciera. Las puertas de una vida digna estuvieron cerradas, no había manera de ingresar a ella, además de la ley, la sociedad lo impidió. A veces, la ley da la impresión de no escuchar, mostrándose inhumana y objetiva, cuando debía ser accesible a todos. El mundo de la vida de Samuel se perdió en los interminables trámites y cantidad de solicitudes. La ley implacable debilitó la resistencia de su familia hasta extinguirla ante la indiferencia de la justicia.

Bien cierto es que en esta vida el sueño de Samuel, ese de dar la vuelta al mundo en menos de ochenta días quedó aplazado para otra vida. “Una vida más justa, quizás”, dije desde mis creencias, viendo como Samuel salía por el portón a la calle, tan silencioso como había llegado. Fue la última vez que lo vi, apagado y sin sueños por los que luchar. Esa última vez, me dio la impresión, al verle salir con su andar desgarbado, que llevaba consigo múltiples interrogantes y dudosas respuestas. Todo su impulso de vivir fue cercenado y de sus palabras brotaba el rencor y las ansias imperiosas del desquite.

¿Pude haber vivido de otro modo? Si pudiera recomenzar, ¿lo haría?[2]


[1] CARDENAL, Ernesto. Antología poética. Valparaíso ediciones. España. 2012. Pág. 40

[2] SABINES, Jaime. Recuento de poemas 1950 /1993. Planeta. Colombia. 1993. Pág. 473

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